miércoles, 31 de enero de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Lo nuestro: La palabra del campo: ubre


En los mamíferos, cada una de las tetas de la hembra.



Foto: Miguel A. Márquez Macías


 “Por no dejarla sin alivio en las ubres, acallaron su mugir con sobo de  pringue densa, licuada al roce con la piel ardiente dolorida”.


 El Clan y otros cuentos (1998), Manuel Garrido Palacios en José Morales La palabra del campo (2017)

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Tiempo


Va camino de tres años. Parrita  - que todavía no ha llegado a parra – se las anduvo con un grupo de perotes desperdigados por “las Málagas”, aunque él vive un poco más allá, casi en el rebalaje donde se unen el mar y los que vienen a tostarse, o sea los turistas -  y nos fue congregando. Agustín Lomeña le puso el hombre: “Perotes por la perosia”.

Nació como nacen las cosas grandes, casi sin sentir. Un café, un desayuno mañanero, cada uno echa tabaco de su petaca – o sea, se paga a escote – y se habla y se habla. En Andalucía existe desde no se sabe cuándo lo más puro de la democracia, la tertulia. La gente expresa lo que tiene que decir; los demás, opinan. Hay quien escucha y quien no se entera de nada. Luego, cada mochuelo a su olivo.

Como había que celebrar la efeméride decidimos comer en el pueblo. Casi una treintena en la mesa. El rato se partió en dos. Los andarines se largaron por la carretera de Flores; en la trinchera de Triviño un giro a la izquierda, hasta el arroyo del Sabinal, coronaron la loma de Don Paco, bajaron a la carretera de Los Llanos y cantando bajito, (es un decir, claro),  al Urogallo donde esta concertada la cita, junto al Cuartel de la Guardia Civil.

-         Y ¿eso?

-         Porque tenéis mu mala bebía

Ignacio Mariscal (que ni es mariscal ni se apellida así) guió  la partida con una caña de bambú como quien guarda pavos) era el ‘mariscal’ del campo; llevó la voz cantante. Los otros, los que no,  se  unieron – algunos con retraso – pero llegaron a la hora de las ‘sopas’ que tampoco eran sopas.

Hay quien a pesar del tiempo pasado sigue siendo Juanito – Juanito Vázquez que ya trabaja en su sexto libro – el “Pillo”,  que tampoco ha llegado a Pepillo sacó fotos de no se sabe qué baúl en que las tiene guardadas…Benito, ese tesoro de voz y bonhomía que guarda Álora para la ocasiones… pues eso, se soltó y deleitó con su cante.

Compartió mesa el alcalde. A los postres entregó a cada uno de los asistentes un escudo de solapa de Álora… A más de uno eso le hizo algo... Y a pesar de la distancia y del tiempo, ya se sabe, el pueblo ese que decía Juan Ramón que se hace nuevo cada año…  está metido dentro, muy adentro. 





martes, 30 de enero de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Lo nuestro: rocío


Vapor de agua que con la frialdad de la noche se condensa en la atmósfera en gotas menudas que aparecen, cuando comienza a calentar el sol, sobre la tierra o las plantas y desprenden vaho.




F. Miguel Ángel Márquez Macias





 “El rocío las torna así, acumulando hasta en el más tenue filamento gotitas imperceptibles”

 El bosque animado (1943), Wenceslao Fernández Flórez en José Morales La palabra del campo (2017)

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Callos


Los dedos de su mano marcaban cinco caminos: honradez, trabajo, solidaridad, amor, sufrimiento. Su mano encallecida sabía de espalda achicharrada al sol y del desamparo, casi permanente, en el alma. Conocía la injusticia del jornal cicatero y el abuso de quien tenía el poder. Su mano abierta, estaba limpia de la suciedades de otras manos que hacían el recorrido entre su propio bolsillo y el de su pecho.

Era un hombre honrado. Honrado a carta cabal. Su cara de arrugas, el espejo de su alma.  Su  palabra valía lo que no era capaz de recogerse en los papeles escritos y  no tenía doblez. Se levantaba antes que el sol, y se acostaba, mejor se rendía, cuando ya las estrellas llevaban un rato grande en el cielo.

Trabajaba duro. Cada tiempo marcaba un ciclo. Sementeras, cavas, escardas, siegas bajo el sol de la siesta y el agua caliente del cántaro porque el pozo estaba, en ocasiones, muy lejos. Era dura la era, y la viña y la almendra con el suelo lleno de espinas de cardillos secos; eran frías las mañanas con la escarcha…

En el campo – entre la gente del campo – la solidaridad era grande. Sobraba miseria.  Se compartía lo poco que había y la alegría era de todos. No había fiestas pero cuando había que festejar algo se compartía. Cuando llegaba la muerte el dolor también llamaba  a todas las puertas.

Eran hombres cargados de hijos. La gran ilusión del hombre del campo era que su hijo tuviese una formación. Que hiciera la carrera que él no pudo hacer nunca. El mendrugo de pan de niño,  la carencia de la adolescencia,  la madurez temprano hizo que todo lo que él no había tenido lo volcase en los hijos que algunas veces hurgaban en la talega en busca del mendrugo que él, conscientemente, fingía olvidado.

Sufrió de niño. Sufrió a lo largo de toda su vida. Muchas veces el final fue triste. La pobreza y la miseria que cantaban los poetas era muy bonita en los versos y muy dura en la realidad. Noches de lluvia calándose el tejado; el jornal que no había,  y cuando lo había, casi no llegaba. Don Antonio Machado dijo de ellos que era buena gente y que un día descansaban bajo la tierra. Amén.





lunes, 29 de enero de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Predicciones


El hombre el tiempo, bueno, los hombres y mujeres del tiempo que ya casi forman manifestación hablan de un montón de cosas malas que se nos pueden venir encima si es que Dios antes no lo remedia.

Informan de olas de no se sabe cuántos metros.  A ver quién es el guapo que mide la altura de una ola si no es por la espuma de amor que rompe en su cresta y que va destinada a esa amada que la aguarda en la orilla.

Dicen de vientos, que para ser más precisos, habría que llamarlos aires huracanados. Van a despeinar las palmeras de la costa; las ramas de los olivos y los pimpollos de los eucaliptus que se bambolean y resisten y luego dejan una alfombra de hojas que huelen a mentolado por el suelo.

En no se sabe cuántos sitios piden que la gente se quede en su casa. La culpa se la echan a la nieve. Hay carreteras cortadas y un montón de puertos cerrados; ya parece que vuelven a la normalidad. Que si cadenas, que si neumáticos de invierno…

A eso lo llaman gota fría, o sea algo malo que más que frío está caliente, caliente, muy caliente, como la papa que tiene el gobierno y los tribunales y todos los españolitos que no entendemos de muchas cosas con la solución de Cataluña. El Maestro Alcántara con ocasiones – y otras cosas, también– suele decir. “Que sea lo que Dios quiera, que no será nada bueno”.

Las lomas se han puesto un mantoncillo verde sobre los hombres. Los trigos han crecido un par de palmos mal medidos; los pantanos, por contrario, han bajado muchos metros. Tantos que algunos se han empeñado en enseñarnos sus fondos y muestran valles con torres de campanarios y pueblos de piedras viejas que dejaron allí, tiradas cuando el agua que crecía echó a la gente que amaba esos lugares.

Navegamos en un océano de zozobra. Andamos, mucha gente, metidos en un batiscafo soñando  algo de luz para todo lo que nos acongoja. El campo seco; falta de soluciones a los problemas, los que tienen que tomar decisiones desorientados… Y, las predicciones ofrecen gotas frías y no se sabe cuántas más cosas malas. A ver cómo le ponemos ahora al niño.





domingo, 28 de enero de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Mirando al mar

Era verano. Me las andaba en un curso en la Menéndez Pelayo, en la Magdalena. Entre los profesores ponentes Vargas Llosa… Caía la tarde; enfrente la bahía. Paseaba por la Avenida de la Reina Victoria… Como esas cosa que aparecen de pronto, me topo con un busto de Jorge Sepúlveda que, por cierto,  ni se llamaba Jorge ni se apellidaba Sepúlveda…, pero eso para otro día.

Unos versos justifican el monumento. “Santander, al marchar te diré/ guarda mi corazón que por el volveré”. Habla, también, la canción  del mar, que inclinado  besa sus pies, de estrellas que se van y vuelven y brillan en el cielo…

Ya no es verano. Hace frío; tiempo revuelto; nubes de paso. Dicen que si una gota fría en el Mediterráneo – otro mar, claro – y me topo con una foto de Marilina. La acompaña, a modo de pie de texto,  con un poema bellísimo. (No se lo digan a nadie, pero esta niña vale un Imperio).

Hablan los versos  de sueños por alcanzar, de misterios sin resolver, de horizontes que esconden detrás de un oleaje, y se siente parte del paisaje que “me permite – dice – ver la grandeza de su poder”.

La foto recoge un acantilado. Rompen las olas, o sea el mar, junto a las rocas de la orilla. Son como esas rocas que nos aguardan en cualquier recodo del camino. El acantilado es abrupto, casi cortado a pico. El cielo, entoldado. Es un cielo oscuro de nubes feas; en el fondo un pico de tierra parece que se adentra en el mar.

Otra tarde; otro tiempo. Bastante tiempo atrás.  Bahía de Palma. Uno se las andaba de ‘vacaciones pagadas con ropa, cama y comida’. El corazón perdido, muy perdido.  Jorge Sepúlveda en una segunda juventud; la canción: “Mirando al mar”. Un soldado lejos de su casa.  Algo más que una canción; un suspiro por el aire…” Ni un lejano barquichuelo que mirar, / ni una blanca gaviota sobre el mar…”

viernes, 26 de enero de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El tren


El tren llega a su hora; el tren se va a su hora. Une la capital con el pueblo.  El tren hace el trayecto varias veces todos los días. El tren tiene nombre propio: es el Cercanías. Va y vine a Málaga. Lleva, según qué hora, un tipo determinado de gente; trae, también, según otros viajeros.

Es moderno, limpio, ligero. Lleva calefacción en invierno; aire acondicionado en verano. En las horas de más calor refrigera; se está a gustito. En invierno, cuando aprieta el frío, entonces, calentito.

Al tren se accede por un estribo que acciona el hombre que manda; o sea el maquinista. Ese hombre también, un momento antes de ponerse en marcha acciona un mando y se cierran las puertas. Es un tren moderno por megafonía dicen en español y en inglés cuál es la próxima estación y esas cosas… ¡Si los viejos levantasen la cabeza!

Antes de ponerse en marcha un timbre con sonido raro avisa a los viajeros. Los viajeros pueden mirar cómo pasa el paisaje por amplios ventanales. Es un tren luminoso. Algunos cristales están rayados por los gamberros. Ya se sabe, si no dejan la huella parece que su felicidad no es completa.

Felipe Aranda es un artista. Felipe se echa a la cara la máquina y capta lo que se refleja en el cristal del tren que hace de espejo: el naranjo del andén, los cables del tendido eléctrico, el castillo en lo más alto, coronando del Cerro de las Torres.
No hay nadie en la estación. Todo es quietud, silencio.  El tren está en esa espera en que le tiene que llegar la hora de partir… “y cuando llegue el día del último viaje…” Lo escribió don Antonio Machado. Siempre hay un primer y último viaje.

Los trenes – este tren  - aguarda en la estación. Antes los trenes llegaban con mucho retraso; ahora los trenes modernos, limpios, insonorizados hasta se dejan retratar y permiten que el fotógrafo firme su obra de arte en el costado del lado inferior izquierdo…




jueves, 25 de enero de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Abanico de nombres

La calle ¿sube o baja? ¿viene o va? ¿no deja que entre el sol o es el sol que no quiere entrar? ¿es estrecha o es la anchura mínima que se vende en calles? ¿El cielo se asoma desde lo alto o es ella que se empina para verlo? Álora tiene cosas así....

Es la calle Rosales. También Encinasola por hermanamiento con el pueblo de la Sierra de Huelva –junto al Múrtiga y Portugal -  del que nos trajeron en tiempos de conquista, a la Virgen de Flores, sus costumbres, apellidos y muchas cosas comunes en la razón de ser.

Tuvo otro nombre. Se llamó, hasta su mediación calle de Don Juan Tenorio. En atención a Juan Tenorio del Castillo persona principal que vivía allí a principios de siglo XVII. Su antigüedad se remonta al 7 de octubre de 1549.

Arranca – si nos agarramos a la numeración – en la Fuentarriba. Llega hasta el Bajondillo. Por la izquierda se le une la calle Escribanos, que recuerda a una de las dos categorías de profesionales en el oficio. El escribano público y el escribano del Concejo… Pero eso para otro día. Por la derecha –seguimos con los oficios –  Herradores. No hay que ser muy lince para saber de la abundancia (está en plural) de los profesionales de la calle.

 En la mediación está la capilla del Santo Cristo del Portal. Algo único e insólito.  El inmueble fue cedido por Antonio Díaz Carrasco según consta en escritura de 16 de junio de 1743. Se abrió al culto el 7 de abril de 1744. Según la tradición, un tiro escapado en una disputa entre hermanos en la fragua allí existente dejó al descubierto una pintura al fresco de carácter religioso, que representaba un Ecce Homo. El suceso se tuvo como un hecho milagroso. 

Siempre fue muy seguida por el fervor popular. En el Libro de Amillaramiento, en el apartado de Riqueza Rústica se recoge que Juan Aguilar Mancera con fecha 26 de marzo de 1880 inscribe, en el Registro de la Propiedad una suerte de tierras que formaba parte de la Hacienda nombraba de Santo Cristo del Portal, ubicadas en el partido de Los Chaparrales.


¿Alguien sabe si sube o baja, si viene o van, si…?



miércoles, 24 de enero de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Eras Tú

 Hay un murmullo sordo entre las hojas de la parra; se mueve, casi imperceptiblemente, la enredadera verde y frondosa,  y se escuchan pasos de sigilo  entre las flores lilas de la pasiflora que se abrieron por la tarde… Eras Tú…

Hay un tintineo de estrellas lejanas. Se pierden en la oscuridad del cielo. Unas más refulgentes; otras, las más lejanas, apagadas. Parece, como si todas, de una vez, quisieran lanzar un mensaje y abren entre ellas una pasillo que da vuelva y más vueltas y no termina nunca a modo de laberinto, y una mano toca una sinfonía que no se acaba…Eras Tú.

Ha asomado la luna por lo alto del cerro. La luna, al principio cálida y cercana se abría paso por el perfil del horizonte; luego, a medida que se elevaba, se hacía más grande, lo llenaba todo, lo invadía todo. El camino era un reguero de luz tibia… Eras Tú.

Hay soniquetes de cencerras en el corral. La cabras dormitan. De vez en cuando se levanta alguna. Un sonido de latón, metálico y diferente se transmite por el aire y llega hasta donde las ondas se pierden y se queda allí y, entonces, entonces, sé que… Eras Tú.

Silban las retamas con el aire que se levantó al caer la tarde. Toda la sierra es un clamor. Se hablan entre sí los pinos y lanzan notas aguadas; las ramas de los olivos son como un enjambre de oboes que tocan bajo una batuta mágica. Tocan y tocan la sinfonía de la noche… Eras Tú.

Por las ramas de los naranjos se filtra el aire; se bambolean los cipreses como haciendo reverencias a algo que está por encima, tan alto, tan alto que ni ellos que sobresalen sobre todos los demás árboles alcanzan a verlo… Eras Tú.

Eras Tú quien propició el café mañanero con un ángel, y luego, después,  la mesa de la amistad compartida y la tertulia sobre escritos y los jirones de la vida…


Porque eras Tú quien está entre los pámpanos de la parra y las flores de la enredadera y en las rosas nuevas y en los pajarillos que acurrucan su cabeza pequeña bajo el ala  y en la luna, y en las estrellas lejanas y en el brocal del pozo y…, sí, sí. Lo sé. No hace falta que me lo digas, eras Tú. 




martes, 23 de enero de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Boabdil

Nació en la Alhambra; le correspondía por rango y herencia. Hijo de Muley Hacen y de Aixa. Su vida estuvo plagada de sinsabores y, lo que es más cruel, sus recuerdos, también.  Los suyos  le consideraron como quien no supo defender el reino; los contrarios como un ser débil y manejable.

Los historiadores han dejado numerosos datos de su vida. Unos ciertos; otros, leyenda. “Cuando te perdió el rey moro / Granada por ti lloró…”  La llegada a la corte del reino nazarí de Granada de Isabel de Solís, Zoraida, que enamora al sultán y la hace su favorita, es el punto de una guerra – además de la sostenida contra los Reyes Católicos- en el interior del reino que lleva a la destrucción final.

Aixa, la madre de Boabdil, despechada y arrinconada por la cristiana, intriga y conjuntamente con los Abencerrajes, hace todo lo posible por destronar a su marido, Muley Hacen que, además, pretende, acabando con su propia estirpe, encumbrar a los hijos que tiene con Isabel.

Fue hecho prisionero en varias ocasiones  - hay quien dice que en dos – y puesto en libertad bajo la promesa de luchar contra su propia familia, promesa que incumple y que propicia para que siga la guerra.

Para unos es el “Desdichado”, para otros el “Rey Chico’: para todos el último rey del reino Nazarí que tras la conquista de Granada por Isabel y Fernando, se marcha exiliado a Laujar de Andarax en la Alpujarra de Almería y, luego, a Fez donde muere casi en la oscuridad del derrotado.

A su favor tiene el haberse encontrando, en el bando contrario, con la cabeza mejor amueblada, el mejor estratega y el más maquiavélico de todos los reinos cristianos de su tiempo. Se llamaba Fernando, era rey de Aragón y consorte de Casilla.  En su reino, una descomposición enorme. Luchas internas entre el Zagal, su tío que desde la alcazaba de Málaga peleaba contra su padre…


Granada – como la historia – ha sido cicatera con su figura. Le ha dedicado una calle (lo menos que se vende en calle). Va desde la plaza del Bib-Rambla a la calle de San Sebastián…





lunes, 22 de enero de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. ¿Sabes?

¿Sabes? Se ha levantado la brisa de la tarde. Viene húmeda. Esa brisa trae olor a brea y a sal. Es una brisa suave... Acaricia; es casi imperceptible. Es dulce, es una brisa diferente  pero se reconoce fácilmente porque en con esa brisa vienes tú y hay un susurro que se pierde y parece que encierra un mensaje: “ven y vuelve otra vez…”

¿Sabes? Hace un rato que se puso el sol. Se dibujó una silueta de oscuridad. Se echó el campo. Han dejado de cantar los pájaros. Se alargan las sombras. Las sombras son como esas lágrimas que resbalan por las mejillas y nunca responden ¿por quién son esas lágrimas?

¿Sabes? Se ha echado la noche. Todo está oscuro. Tintinean unas estrellas lejanas. Se intuyen más que se ven. Las luces de la ciudad la ahogan; casi no las dejan que brillen por ellas solas pero todas dicen lo mismo: “y quisiera que supieras cuánto… ”

¿Sabes? Hay una rodaja de luna en el cielo. Es la luna en cuarto creciente. Es la luna que crece. No sé si la luna se pregunta algunas cosas o quizá las sepa todas. La luna lee esos mensajes que no se escriben y desgrana las notas que se pierden en el pentagrama de los sueños…

¿Sabes? Hay un silencio que lo invade todo. A ratos lo rompe el motor de algún coche. Va a alguna parte. El coche, claro; el silencio, no. El silencio está ahí y espera y espera ¿hasta cuándo? Las esperas largas son como esas canciones que arrancan jirones al alma y hace preguntas y más preguntas; preguntas y más preguntas…


¿Sabes? Ya apunta el alba. En el horizonte ha aparecido el lucero que anuncia la venida del día y “simplemente no puedo creer que sea verdad”. Pero sí, sí. Es verdad apunta un nuevo día y de su mano llega el sol de la mañana y los pájaros que cantan y se comen las manzanas que alguien dejó en el tronco para que ellos con sus cabecitas negras y sus pechillos rojos tengan un despertar inesperado y todo es “como si antes nunca hubiera…” Ya sabes. 




domingo, 21 de enero de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Palmera

Árbol de la familia de las Palmas, que crece hasta 20 m de altura, con tronco áspero, copa sin ramas y formada por las hojas con el nervio central recio, leñoso, de sección triangular y partidas en muchas lacinias, duras, correosas, puntiagudas; flores amarillentas, dioicas, y por fruto los dátiles, en grandes racimos que penden a los lados del tronco, debajo de las hojas.



“Por cima de los tapiales y aún del caserío asoma la gallardía de una palmera que se abre al cielo azul”.


                        Pueblos en cuerpo y alma (2005), Antonio García Barbeito en José Morales La palabra en el campo (2017)

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El Humilladero

En el camino, mejor, a pie de carretera conforme se va a Flores, antes de llegar y al lado izquierdo hay un humilladero. ¿Y eso qué es? preguntó una vez un niño. Alguien le explicó que era un recuerdo de otros tiempos.

En el camino, antes de seguir carretera adelante está la pequeña construcción. Es de tapial blanco. Se corona con un tejadillo pequeño. Vierte a cuatro aguas. Se accede por unos dos peldaños. Tiene una puerta de madera y un cristal para que la gente vea lo que hay dentro.

Es pobre y mínimo. Sobre un pequeño poyete una cruz de madera. La cruz dicen los que saben que se extendió por occidente en la época de Constantino, el que venció  en la batalla del puente Milvius y que desde entonces,  fue el símbolo usado por los cristianos sin ningún reparo.

Según otros  fueron los visigodos los que tuvieron la costumbre de colocarla sobre los cerros, los promontorios y los lugares elevados para que irradiase su influencia por todos los contornos. La cruz – existe también la cruz de cada día – acompaña al hombre en su caminar. Para unos es un asidero; para otros, pues, eso, ya se sabe…
El humilladero que está en Flores es pequeño. La vista es esplendida. Un poco más bajo porque el terreno lo ha querido así, el convento. Es el convento de Flores, donde está la Virgen, donde cada día acude gente y se sienta en los bancos. Otra enciende una vela y le reza que es una manera de hablar con Ella.

El humilladero ve cómo pasa también otra gente por el borde del camino. Es gente que va de prisa. Algunos, llevan unos artilugios en los oídos. Se llaman auriculares. Sirven para escuchar música. Yo cuando, algunas veces, he andado por el mismo camino he preferido escuchar cómo silba el viento, cómo se escucha el cacareo de las gallinas, cómo ladran los perros.


El humilladero está, si se mira desde otra perspectiva, al pie de El Hacho y a la falda de un muro de piedra. No le demos más vueltas. Es pequeño. Tiene dentro una cruz de madera; una puerta que nunca está abierta, y un montón de recuerdos.



sábado, 20 de enero de 2018

Una hoja suelta del cuaderno Las nuestras: María de Padilla

Dicen los cronistas de aquel tiempo – siglo XIV – que era pequeña de estatura, muy lista y bellísma. Para más exactos: “muy fermosa, e de buen entendimiento e pequeña de cuerpo”. Nació (aportan distintos lugares) aunque la mayoría lo sitúan de Astudillo, hoy Palencia, en torno al 1334 y murió en 1361, en Sevilla, en julio por más señas.  Contaba veintisiete años y había compartido su vida, como amante, con Pedro I, el Cruel para uno; el Justiciero, para otros. Ya se sabe cada uno cuenta en la feria…

El rey la conoció en tierras de Castilla. Era oriunda de la merindad de Castrojeriz en Burgos y huérfana desde muy tierna edad. Fue criada por su tío Juan Fernández de Hinestrosa – favorito del monarca -  quien la presentó al rey para ganarse sus favores por mediación de su sobrina.

María de Padilla, fue la auténtica reina de Castilla, amante de Pedro y siempre por encima en consideración sobre las esposas y matrimonios que contrajo. Dicen los papeles viejos que el rey, muy desgraciado en cuanto a los asuntos de estado, encontró junto a ella la felicidad terrenal. Alfonso, el único varón murió un año después de su madre.

A María se le conocen tres hijas  y un hijo: Beatriz, que profesó en un convento; Constanza se casada con Juan de Gante, duque de Lancaster e Isabel que contrajo matrimonio con el duque de York, Edmundo de Langley por lo que la corona de Castilla en un momento estuvo a punto de caer en manos inglesas.

María vivió en Torrijos donde el rey mandó que le construyesen un palacio y, primordialmente, en Sevilla. La Hacienda de Doña María, en Dos Hermanas, que había sido propiedad de Ibn Jaldún se encontraban entre sus pertenencias.
Doña María de Padilla murió en Astudillo, en el palacio mudéjar – única joya de este arte en la ciudad palentina – y fue enterrada en el Monasterio de Santa Clara.  Dicen que fue víctima de la peste; otros que de muerte natural. Sus restos fueron trasladados a Sevilla donde reposan en la Capilla Real de su catedral.

El rey la lloró. Algunos historiadores hablan  de un matrimonio por amor en la corte de Castilla, declarando, el rey en las cortes celebradas en Sevilla que su matrimonio se había celebrado en secreto para evitar el levantamiento de la nobleza contra él.







viernes, 19 de enero de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Lo nuestro: Palmar

Lugar poblado de palmas o palmitos.





 “Con siete mulas castañas / cruza pronto los palmares / no hagas alto en las posadas…“ 


       Diligencia de Carmona, Fernando Villalón en José Morales La palabra del campo (2017)

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Las cosas pequeñas

No quiero ni mucho ni poco. Lo preciso. Quizá esas cosas pequeñas a las que no se les hace caso.  No se repara en ellas. Están ahí, con nosotros. Son las pequeñas cosas que hacen grande un día cualquiera.

No cortarme por las mañanas cuando me afeito. Bueno, cortarme, no. Salta la sangre. Es la piel sensible.  Sentir el agua caliente en el primer chorro de la ducha. ¡Puñetera cuando viene fría! Arrancar el coche a la primera. Ese café caliente en el bar.  Ver a los mismos de cada mañana. “Buenos, días, ¿lo de siempre?” Sí. 

Llegar al campo. No hay ninguna sorpresa. Aparentemente todo está bien. El rocío sobre la yerba; el gato en el caballete; las palomas en el tejado. Aguantan los jazmines el frío del invierno. La ropa de faena está gélida. Ver cómo la brisa de la mañana arranca al rato. “Hoy no han madrugado las malagueñas”.

El bocadillo de media mañana. Juan ¿no vemos? Llama a… La tapa de callos desnatados. El vino de los montes. “Lina, esto hoy tiene poco pique”. Lina, paciente, trae un tarrito con guindilla molida. Dos ciclistas reponen fuerzas. La gente se olvida de tantas cosas… Entra una muchacha.  Ver cómo alguna gente mayor no pierde la costumbre de saludar.

Descubrir canciones nuevas. Pensar qué escribo hoy. ¿Aburrir a la gente? Siento pánico. Te leo. Gracias; muy amable.  Contemplar, de lejos,  la hipocresía. Quedar como quien se traga la píldora. Aguantar a los sapos. Ver cómo llega siempre alguien…

Olvidar los encargos. Atender la llamada de un amigo… Quedar con alguien a quien aprecias. Enfadarme y al rato ya no queda nada. Escuchar la música que siento. Saber qué rosas te gustan. Saber que…


Esperar toda la tarde por verte pasar por la calle. Escuchar el silencio. El tuyo y el mío. El silencio nuestro. Sentarme con el libro que llena. Escuchar en las horas altas de la madrugada cómo ladran los perros. El ulular del viento… Las cosas pequeñas. Ni poco ni mucho; lo preciso y a su tiempo.  



jueves, 18 de enero de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Lo nuestro: Mocha


Dicho especialmente de un animal cornudo, de un árbol o de una torre: Que carece de punta o de la debida terminación.



Foto: Miguel Ángel Márquez Macías


-¿El demonio tiene cuernos? / Sí. / -¿Y mocha?”


El príncipe destronado (1973), Miguel Delibes en José Morales La palabra del campo (2017)

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Ojú

                            A mi amigo  entrañable Pillo Lobato

Vulgar, corriente, común, banal, insignificante, manida, plebeya, ramplona, simple, sobada, grosera, ordinaria, trivial, insustancial, frecuente, usual,  zángana, habitual, desvergonzada, cojonera, imprudente,  puñetera.

Familiar, inevitable, golosa, voraz, confiada, ineludible, pegajosa, plasta, plúmbea, plomiza, pertinaz, terca, tenaz, obstinada, contumaz, testaruda, recalcitrante, cabezona, desobediente,  vaga, tontuna, permanente.

Pequeña, revoltosa, fruslera, tonta, pamplinosa, fútil, nonada, mísera, insignificante, inana, alborotadora, sediciosa, insurrecta, amotinada, turbulenta, rebelde, hostil, traviesa, inquieta, enredadora, perturbadora, solapada.

Falaz, trepadora, inoportuna, impertinente, imprudente, atolondrada, imprevista, descuidada, aturdida, irreflexiva, desatinada, incauta, indiscreta, arriesgada, atrevida, osada, temeraria, imprevisible, desocupada.

Incongruente, disonante, desproporcionada, improcedente, incorrecta, extemporánea, repelente, repentina, inadecuada, inútil, negligente, incómoda, fastidiosa, cargante, complicada, estorbo, chinchosa.

Acribillante, molesta, chinchosa, pesada, latosa, molesta, machacona, jaquecosa,  ávida, hambrienta, pestilente, tragona, insaciable, glotona,  inadmisible, ansiosa, hambrona, deseosa, anhelosa,  hastiosa, tediosa.
Aburrida, desganada, repugnante…


Eso recoge el  diccionario de Sinónimos. Doce palabras más, ciento sesenta y una; o sea, la mosca. Y, luego dices tú, querido amigo, que las cazo al vuelo…



miércoles, 17 de enero de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Foto de archivo.

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Lo nuestro: Nísperos

 Árbol de la familia de las Rosáceas, con tronco tortuoso, delgado y de ramas abiertas.




 “Papandujos andan ya los caquis, y abriéndose por minuto, la flor del níspero. En el jovencísimo mesto, las cuatro bellotas han dejado su verdor adolescente y lucen airosas y adultas con su boina clara, cerca de donde el pozo ahonda con sus manos hasta el centro de la tierra y los avíos de las aceitunas esperan las últimas, quizá unas zorzaleñas moradas, quizá unas verdiales”.


                La Tribu (2012), ABC de Sevilla,  Antonio García Barbeito en José Morales La palabra del campo (2017)

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora: Azules

Dicen los que saben de Física que los cirros son nubes altas. Están en esas capas de la atmósfera donde la temperatura es bajísima. Tan baja que el cuerpo humano no las puede resistir. Desde abajo, desde el suelo, son nubes deshilachadas; jirones perdidos por el cielo que aparecen de vez en cuando.

Están formadas por cristales de hielo. Pueden ser  parte del resto de lo que ya pasó o un aviso del frente que viene. Un amigo dice que este año  en que el hombre del tiempo anuncia nubes y claros, a nosotros siempre nos tocan los claros. Ahora los cirros pueden anunciar que viene ‘algo’. Ese algo es la lluvia deseaba y esperada que tarda tanto.

Es un paisaje azul. Marilina estaba allí para captarlo. Todos podemos verlo.  Entre los cirros y las montañas algunas nubes sueltas; sobre las cumbres pinceladas blancas, diminutas. Son restos de la nieve que bajó estos días pasados. Por otros lugares fue mucha. Tanta que la gente hasta dicen que salió harta; por aquí solo un pespunteo en las cumbres.

Todo es azul. No sabemos de qué color es la mano de Dios. Unas veces es de rojo de amapolas entre los trigales de abril; otras, de margaritas y florecillas silvestres en los bordes del camino; a veces,  es la blancura de la flor del almendro, del azahar de primavera; del color de las rosas… o del azul de la montañas en una mañana fría de invierno.

En la falda de la ladera el pueblo espera el rayo de sol. Es ese rayo que aporta vida. Es un rayo tibio, dulce, calentito, deseado. El pueblo está quieto. Aguarda el momento y se asoma como empinándose de puntillas en el anhelo de lo deseado.


Es un paisaje azul y gélido. Es un día de invierno de cielo lejano y sombras prologadas. Es el paisaje de esos días en que, al amparo de la chimenea, se deja que corra, que pase, dulcemente, el tiempo y entonces, solo entonces se permite que afloren esas añoranzas…¿Te acuerdas, aquel día azul detrás de la ventana con cirros en el cielo…?