jueves, 20 de septiembre de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

Para ti...



Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Flor de Jerusalén



Parece una margarita; no lo es. Parienta lejana del girasol; tampoco. Flor para ramo, ni se te ocurra. ¿Prima del crisantemo? como no sea por la cercanía en el tiempo de floración… Muchas connotaciones con otras plantas que llenan escaparates en las floristerías pero solo en apariencias.

 Florece cuando el verano apura los días y el otoño llama a la puerta, o sea de mediación de septiembre hacia adelante aunque, a veces, puede adelantarse a finales de agosto. Su vegetación abundante. En ocasiones, alcanza hasta los tres metros de altura, lo que hace que el viento pueda perjudicar el desarrollo de los tallos. Los dobla y troncha.

 La aparición de las lluvias, propias de este mes y tiempo,  hace que sus sépalos y pétalos caigan con facilidad. Alfombran el suelo de amarillo. Sus tallos altos se ven coronados por una ‘falsa’ margarita de  llamativo color amarillo. Foco de atracción de insectos, abejas sobre todos, que la visitan a diario para libar en ellas.

Tiene  un montón de nombres. Pataca, tupinambo, aguaturma… La más conocida flor o alcachofa de Jerusalén y curiosamente es originaria de América. De México, como tantas otras,  por más señas. Ya se sabe, desde el otro lado del Atlántico nos ayudaron a llenar la despensa con muchos alimentos. Se incorporaron a nuestra vida diaria.

Le reconocen, los que saben de estas cosas,  muchas propiedades. Dicen que reduce el colesterol, es buena para sistema caridovascular y para el aparato digestivo. Lo mismo ayuda en las digestiones pesadas que facilita el tránsito intestinal. A pesar de la buena literatura que lleva consigo algunas personas  no la toleran y puede originar ciertos trastornos.

 De America vinieron hortalizas y tubérculos. Este tubérculo comestible tiene un cierto parecido  con jengibre por el color, sabor,  y forma.  No necesita suelos de especiales características para su cultivo. Es amante  de suelos ligeros y con un drenaje adecuado. No se siembran a grandes profundidades y el tubérculo se desarrolla con más facilidad una vez concluida la floración. Su siembra puede hacerse en los meses de invierno antes del inicio de la primavera…




miércoles, 19 de septiembre de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

Para ti...



Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Don Remigio


                     A don Remigio donde esté; a todos mis compañeros de aquellos años en los que nos enseñaron a abrirnos paso en la vida.

El aula de Ciencias Naturales era espaciosa y con mucha luz. Estaba en la planta baja de la rotonda. Se llegaba, después de bajar por la escalera de caracol, atravesando un patio con forma de semicírculo cubierto con cristalera…

En uno de los laterales, una ventana por la que entraba la luz. En el testero de enfrente, una vitrina acristalada con muestras de mineralogía, animales  y pájaros disecados, instrumentos de ciencias y precisión. Tenía llaves pero las portezuelas nunca estaban  cerradas.

El profesor de Ciencias Naturales en 5º de Bachillerato era don Remigio Sánchez- Mantero. Había sido director en el Instituto de Baeza y en el femenino de Málaga, el que estaba en calle Gaona y donde había estudiado Severo Ochoa cuando en Málaga, la de las ‘cien tabernas y una sola librería’, también había un solo Instituto…
Don Remigio tenía la cabeza de nieve. Un acento castellano (porque don Remigio era de Valladolid) en el que pronunciaba la ‘elle’ de calle y no la de lluvia que pronunciábamos nosotros. Siempre de traje, camisa muy limpia y corbata;  zapatos negros y con brillo. Sus años – don Remigio era ya muy mayor – hacían que entre nosotros, además del prestigio académico tuviese un algo muy  especial…

El libro de texto, las Ciencias Naturales, de Salustio Alvarado. Un tocho. Más de trescientas páginas sin una ilustración. A lo sumo, unos dibujitos a plumilla. A mí me vino muy larga la Cristalografía. Le daban la mano la Estratigrafía y Geología Histórica, las Esquizofitas, Talofitas y Muscíneas… (La alegría del barrio).

Algunas veces, como gente con quince y dieciséis años entre nosotros afloraba una pizca de gamberrismo de aquel tiempo, claro. Hecho el lipendi alguien sacaba un ejemplar de mineral de su caja:
-         Don Remigio, ¿este pedrusco…?

-         ¡Hijooo, saltaba como un resorte, no seas animal…,  eso no es un pedrusco, es un mineral!… Déjalo en su sitio  y no incordies.

Un día, el periódico publicó que habían descubierto diamantes en Carratraca. La gente del pueblo se echó, literalmente, al monte. Debajo de las camas, un auténtico arsenal acumulando con todas las piedras ‘raras’ encontradas que había visto desde siempre pero que ahora las pensaron como parte del tesoro…
-         Don Remigio, ¿se ha enterado usted que han descubierto diamantes en Carratraca?

-         Anda, hijo, no digas tonterías y, atiende…




martes, 18 de septiembre de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

Para ti...




Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Los niños



Los niños de Álora éramos como todos los niños. Pero todos éramos diferentes. Había puntos – ahora dirían ‘puntos de encuentro’ – donde confluíamos a las mismas horas, los mismos días y con las mismas aspiraciones: el juego.

Entre los niños de mi pueblo casi ninguno tenía bicicleta. Solo un par de ellos y los veíamos como a niños que pertenecían a otro mundo. A nosotros nos unían los juegos comunes: el trompo, las bolas, los ‘toreros’, el pincho en la puerta de la droguería del Pintor un rato antes de entrar en  la escuela, un aro de cinc arrancado a un cubo que servía de rueda…

Jugábamos a indios y había ‘luchas’ contra otros niños del pueblo. Aquellas pandillas tenían entidad propia, su líder y su tropa. Eran como las partidas de bandoleros pero sin trabucos y con piedras. ¡Artistas de la pedrada certera! Las chumbas del Calvario, las del ‘Veneno’… El Llanillo chico era el ‘Maracaná de pueblo’ del que desconocíamos, naturalmente, su existencia…

Acudíamos a una escuela inmunda. Ni agua corriente, ni servicios. Aire viciado y un aula oscura. El maestro era el gran pedagogo que sacaba agua de pozos secos. Nosotros éramos los pozos y él el héroe anónimo a quien valoramos muchos años después.  Un mapa de hule, una pizarra, pupitres bipersonales con tinteros de porcelana manchados de tinta…

Cuando llovía el agua corría por las calles y nos poníamos chorreando metiéndonos en los charcos.  A los niños de secano eso de pisar fuerte en los charcos para mojar a otros que estaban distraídos era un deleite tan poco común – porque llovía poco – que nos daba un placer especial.

Las tardes de verano eran largas. El río, la escapada necesaria. Los ancones tenían  su encanto y su peligro: la ‘Playita’,  los ‘Remolinos’, la ‘Argamasa’, la ‘Nerisca’… Eran otro punto al que se acudía como quien atiende a una llamada totémica. Fue lugar donde descubrimos, con el paso del tiempo,  que había otra cosa… ¡La llamaban vida!