viernes, 14 de mayo de 2021

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 Para ti...



Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Por mayo

 

                        


Cuando llegaba el buen tiempo, o sea por mayo, entre la merienda y la cena, cuando los niños salíamos de la escuela, la calle era un griterío ensordecedor de gene menuda que recobraba la libertad por un poco de tiempo.

Flotaba el polen en el aire. Era el polen de los olivares, de los campos de trigo, de los plátanos de Indias que orillaban la vía del tren. Había un vago olor a celindos nuevos y a claveles en algunos balcones de la calle. Entonces, no sabíamos que era eso de las alergias. Nadie, por supuesto, hablaba de esas enfermedades.

Las bestias regresaban al pueblo cargadas con yerba recién segada que salía por los bordes de los serones de esparto. Traían alcaceles y arvejones, espiguitas que se conocían como llamanovios.  Era el acopio de verde para alimentar al ganado durante la noche. La tarde era amarilla y limpia. Se echaba el aire y a campana de la Vera Cruz llamaba con una tañido lastimero y endeble a las mujeres – eran poquísimos los hombres que acudían a aquella hora – a la iglesia.

Al caer la tarde, también regresaban los cabreros al pueblo. El ganado invadía las calles y dejaba el olor característico que suelen llevar consigo las piaras. Nadie conocía la brucelosis, pero sí que de vez en cuando, alguien cogía unas fiebres que dejaban molido todo el cuerpo y que entre la gente se conocía como “calenturas maltas”.

Las niñas jugaban entre ellas. Una veces, al corro y, otras, se entrelazaban de sus brazos y formaban dos filas que corrían al encuentro y al desencuentro y cantaba con voces agudas: “Yo tenía un castillo, mata larín, larín, lirelo…” y se reafirmaban cantando lo mismo en aquella visionaria posesión.  Luego, se preguntaban: “Donde está la llave, mata larín, larín lirelo...” Y la respuesta era siempre la misma: “En el fondo del mar….”

Había otra canción, más dulce, más poética… “Por la baranda del cielo se paseaba una dama, sí, sí… Y hasta decían su nombre: “que Catalina se llama” y decían que vestida de azul y blanco… y esas cosas. Hay que ver lo que cambian los tiempos, ahora, a casi ninguna niña le ponen de nombre Catalina, ni juegan los niños en la calle, ni cantan las niñas canciones de una belleza inusitada, y mayo pasa como pasaremos todos.

 

 

jueves, 13 de mayo de 2021

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Una de visigodos


 

                               


Y alguien puede que se pregunte a qué viene esto. Verán. Mi amigo Fulgencio – que, por cierto, tiene nombre visigodo – me envía un artículo que se publica en el Diario La opinión de Murcia. Recoge medidas de nuestra vecina Francia (que también tiene mucho que ver con los bárbaros que recorrieron las tierras de Europa) ha tomado para lucha contra la estupidez de ciertos modismos en el lenguaje.

A lo que iba, porque menudo rodeo para llegar hasta aquí, hoy se me ha ocurrido escribir algo de los visigodos y de, entre ellos uno, del que se dijo, que fue “príncipe para su pueblo y padre para los pobres”. Luego cuando lo destronaron porque solo reinó diez años, las crónicas que hablaban de él le quitaron el piropo. Ya ven de viejo viene eso de que al árbol caído, hacha sin contemplaciones.

 No se sabe dónde nació ni en qué lugar. De su muerte que fue un año después de su destronamiento en 631, tampoco se tienen noticias, aunque parece que ocurrió en Toledo o en sus cercanías. Él coincidió en el mismo año de comenzar su reinado con otros dos reyes visigodos: en el 621 con Sisebuto, con Recaredo II que reinó y murió igualmente en ese mismo año en el que él comenzó a reinar.

El primer gran problema – está considerado como el primero de los  reyes visigodos que gobiernan sobre toda España -  lo tiene con los vascones que atacan y saquean (ya se ve que eso del saqueo hay algunos que lo lleva los genes desde muy viejo) que había sido provincia romana de la Tarraconense. El segundo con los bizantinos. Los expulsó del sur de España.

A los prisioneros les obligan a construir una ciudad en las cercanías Vitoria que en lo sucesivo ya fue un bastión de defensa contra otras incursiones. Las ciudades de Vitora y Toro son las únicas ciudades que fundaron los visigodos en la Península Ibérica.

Otro día quizá les hable de Sisebuto, de  Rescevinto, de Chisdanvinto, de sus nombres en el gran tesoro de Guarrazar que está colgado en una de las vitrinas del Museo Arqueológico Nacional… ¿A qué saberse el nombre de los reyes godos servía para algo? Y si no dense una vuelta por la colección de estatuas frente al Palacio Real. Se descubren cosas muy curiosas.

 

 

 

miércoles, 12 de mayo de 2021

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La Sierra de Cádiz

 

 

 


La Sierra de Cádiz es tierra aparte. Si quieres puedes andarla de la mano de San Juan de la Cruz o de Gacilaso, que para el caso viene a ser como lo mismo, pero, eso sí, con los ojos bien abiertos. Es tierra de hombres recios que siempre supieron hacer frente a los tiempos que venían de otra manera.

Puedes entrar por donde quieras. A saber, desde Ronda por Grazalema, y de allí hacia Villaluenga del Rosario (del queso payoyo, no te hablo), Benaocaz y Ubrique; por Zahara de la Sierra sube hasta el Puerto de las Palomas, bordea sierras y precipicios cortados donde a tus pies se abre toda cuanta belleza seas capaz de imaginar y, por Benamahoma, llégate hasta El Bosque donde el Majaceite es riachuelo de aguas claras y espumosas.

Si viniste por el Campo de Gibraltar te habrá recibido la masa boscosa de alcornoques más importante de la Península Ibérica. Estás en el Parque de los Alcornocales que linda con el Pinsapar de Grazalema –la Sierra del Pinar, la llaman por aquí- y las llanuras fértiles de las tierras de la Janda, entre Arcos de la Frontera, Mediana Sidonia y Alcalá de los Gazules.

Las campiñas de Jerez, lentamente dejan de ser tierra de viñedos y cerealistas, y se tornan en sierra, y vienen contigo si iniciaste camino desde Trebujena, Bornos, Villamartín –donde hacían las mejores hoces para la siega de toda Andalucía- y Prado del Rey;  desde Puerto Serrano, Espera, Algodonales y Olvera el paisaje es distinto. Ni sierra ni campiña, ni de labor ni de monte, ni caliza ni arcilla.

¿Ríos? Como para muestra el Guadalete. (Recuerda aquello de “las huestes de Don Rodrigo…”), que por el Puerto de Santa María se va al Atlántico. Nace en la Sierra del Endrinal cerca del Puerto del Boyar, cuando ya se ven, a lo lejos, pero muy lejos, llanuras de campiñas fértiles; y el Barbate y el Hozgarganta y el Guadalcobacín, y el Guadiaro que rompe hacia el Mediterráneo; y el Majaceite - del que te hablé antes - y te digo que lleva agua a toda la Bahía de Cádiz, o alimentan pantanos como los de Zahara, Arcos, Bornos..., y el Guadarranque, y...

Es primavera. El campo llama, acércate…, pero como sea día de fiesta ¡que Dios te ampare, hermano!