jueves, 31 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Campanas

                                                           

Tocaban con lentidud. Como sin prisa. Doblaban a tristezas y recuerdos. Dos campanadas graves y una aguda: tan, tan, tin; tan, tan, tin… Y el tin se perdía por el aire, y se iba lejos, muy lejos. A donde no lo escuchaban los niños. Eran campanas de otro tiempo.

Eran otras las campanas a las que cantó Rosalía –Rosalía de Castro -. “Campana de mi Lugar / tú me quieres bien de veras / cantantes cuando nací / llorarás cuando me muera”. Rosalía ponía, en otros versos, dejes de airiños de misterios, de enigmas, de embrujos y meigas…

De melosas, empalagaban, aquellas campanas – ‘Campanitas de la aldea- de Jorge Sepúlveda. Hablaba de sueños, de rosales sin rosas y de nevadas tempraneras. Le pedía a la campana silencio… España estaba sumida, también, en un sueño que duraba demasiado tiempo. Todo era idílico - en la canción- claro; la realidad, otra.

Anunciaba Juan Ramón un cielo azul y plácido y pájaros cantando, y veía su huerto con su árbol verde, y su pozo blanco, y la gente, otra gente que vendría, de no sabemos dónde, a hacer nuevo el pueblo cada año y él erraría nostálgico y, “tocarán, - decía- como esta tarde están tocando, / las campanas del campanario”.

Hay trasiego y ruido en la calle. La gente menuda celebra “jalogüin”; entre los grandes hay una magnífica cosecha - el año ha sido generoso – de horteras. Nunca han estado en Norteamérica pero odian a los EE.UU;  fuman ‘Malboro’ beben Coca-Cola y visten Levis de importación. O sea, de los caros, pero hechos, - como debe ser -, por los chinos. Y, celebran Halloween.


Cuando dejen de joder con el timbre, entornaré los ojos. Soñaré con aquellas campanas -  dos sones graves y un agudo -   que tocaban con lentidud y llamaban a recuerdo…, porque, como a Barbeito, en “la calle de Las Campanas…/ digo su nombre y me suena / a bronce cada palabra”.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Santa Bárbara bendita

                                               
El tren parte de León cuando la tarde comienza a cambiar de color. Junto a nosotros, toma asiento una chiquita con cara de cera y cabellos negros. Se llama Rosa, va a casa porque han dado vacaciones por Semana Santa. Rosa lleva la ilusión de quien, por unos días, escapa de la jaula. Nos cuenta cosas de su internado - en León - de los profesores, de las compañeras…

“Santa Bárbara bendita, patrona de los mineros…”

En Astorga sube, al tren, un mendigo. Parece escapado de una obra de Valle Inclán. De modo pedigüeño, con voz lastimera, extiende la mano y  pide; recoge unas monedas…, un vendedor - babero blanco e impoluto - de ‘matecadas de Astorga’ pregona la mercancía; un cantarín con una guitarra vieja…

“Traigo la camisa roja, de sangre de un compañero, mirad, maruxina, mirad como…”

Trenes en la estación de Ponferrada. Van en las dos direcciones; llegan y salen. Mucho cableado eléctrico y un paisaje gris. Muy gris. Bordea el tren el Sil, y encara el acceso a Galicia. En la Rua-Petín se baja Rosa. Le ayudamos porque lleva una maleta grande. Demasiado grande para la chiquilla.

“El alma tengo partida no será el último duelo…”

Hace unos meses, desde Los Ancares… bajé atravesando El Bierzo hasta Fabero. Los Ancares tienen, todavía, carreteras terrizas y pallozas y gente que vende orujo artesano bajo los chozos de brezo… Dos imágenes. Dos momentos.
“Traigo la cabeza rota, que me la rompió un barreno…”

Ahora, el momento es otro. La pintan de negro, con guadaña de hoz afiladísima y muy fea. Ha venido. Sin avisar y por sorpresa. Se ha adentrado en  la mina – o ¿esperaba dentro? -. Ha vestido de dolor y luto a todo El Bierzo. A otras gentes, tampoco, nos ha dejado indiferentes. No. Eso remueve el sentimiento de todos.

“Mañana son los entierros, de esos pobres compañeros…”

Llegó de mañana y asida de la mano a un gas que llaman grisú. Marcó, eligió y tocó. Las imágenes mostraban rabia, tensión… La mar y la mina. Duros donde los haya. La mina más; de la mina nunca se va la noche.

“Unos dicen que hay Dios; otros dicen... no lo creo…”

 El paisaje gris; triste el verde de los cerros. Llovizna o llora el cielo. Demasiadas preguntas; ninguna respuesta. España, la mina y El Bierzo, de negro.


“Santa Bárbara bendita, patrona de los mineros…”

martes, 29 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Maria de la O


                                               

Desgracita, teniéndolo tó. Dineros por medio, castigos divinos y cruces a cuesta. Pregonaba una soledad impuestas por una mala decisión tomada a destiempo. Maldito parné. Salvador Valderde y Rafael de León llevaron al pentagrama letra y música universal. “Querer como aquel nuestro, no hay en el mundo dos”. Y sigue María, María de la O, cantando su destino.

Julio Romero pintó a una mujer de ojos negros y bellos; profundos como una noche de estrellas; enigmáticos como el sueño de Córdoba entre patios de flores y geranios que como la carita – labios con rictus de tristeza - de la mujer “el sentío  quita”… “Ay, válgame San Rafael, teniendo el agua tan cerca y no poderla beber”.

El hombre del campo sabía que, en la Voz de Álora, Luquita el de la “ceneece” ponía los discos dedicados, y él los escuchaba en la radio de petaca… y sabía que Juanito Valderrama hablaba de un maletilla que no tenía suerte y, que Antonio Molina, vendía un agua fresca -“tan fresca como la nieve”- pero esa agua la daba la Fuente del Avellano y esa fuente estaba muy lejos.

Sabía el hombre del campo que cuando la piedra blanca del Hacho se veía era la hora. El sopero cortaba un cuarterón de pan de cada talega y migaba las sopas. Sobre tres piedras la sartén para el sofrito; abajo unas taramillas y la candela… Sabía, el hombre,  por cómo estaban las sombras, por el olor de campo y, por cómo estaban los pájaros, la hora.

Doña Concha, que esa sí que era grande, Estrellita Castro, don Miguel de Molina. (El don vino después. Carlos Herrera se fue a su casa de Buenos Aires y le dijo a España entera que era un horror lo que se hacía con él) y, otro Miguel, Miguel de los Reyes, que hablaba de las noches de luna en el río, de chumberas, de zambras en las cuevas granaínas… España se arrancaba el fajín de luto del antebrazo; el otro fajín, tardó, más tiempo.


Y, el hombre del campo escuchaba, en La Voz de Álora,  a Luquita, que para entonces todavía, no era Lucas. Era tan buena persona y tan generoso, como cuando se hizo grande. Llevaba sueños y mensajes de amores imposibles desde sus “discos dedicados”. ¡Tiempos!

lunes, 28 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El Carro

                                                         
En las noches de verano sin luna, al fresco del rancho, mi abuelo, nos leía el cielo. Las estrellas sobresalían en la oscuridad.  Estaban al alcance de la mano y el empedrado celeste era algo que se nos venía encima y, nosotros, lo creíamos hasta nuestro.

Aquellas cuatro – nos decía – son ‘el Carro’ y las tres que van por delante, las mulas. Al niño le costaba ver un carro en aquellas estrellas y mucho más a unas bestias brillantes que, además, no ‘tiraban’ del carro como tiran las de aquí abajo.

Mi abuelo no sabía de constelaciones pero si nos decía que esa mancha blanquecina era “el Camino de Santiago’ y, el niño, que no sabía dónde estaba Santiago, sí sabía, que tenía que ser algo importante  porque asomaba por lo alto del Cerro de la Fiscala y se perdía por detrás del Sabinal…

Y ¿aquellas, abuelo? Aquellas son las Cabrillas. ¿Ves? Están juntas, como en piarita. Y el niño miraba y miraba. Veía como unas brillaban más que otras, y con los ojos, en los que asomaba el sueño, quería alcanzar a ver lo que estaba tan lejos. ¿Se podrá ir alguna vez a las estrellas? No, eso –decía mi abuelo- nunca.

Y por la madrugada, cuando venía el lucero, el niño, sabía que su abuelo se levantaba para echarle la pastura a la yunta, que luego se las llevaría Paco Reyes a abrir unos surcos largos, y haría una besana, y las pipitas se comerían, detrás del arado, los bichillos que salían de las entrañas de la tierra.

Por la tarde, cuando daba de mano, Paco, amarraba el mulo cano, que se llamaba ‘pajarito’, en una de las argollas de la puerta, lo aparejaba, el echaba el serón y, en los cujones, ponía cuatro cántaros de barro. Iba por agua a la fuente de la Zorra. Por el camino, Paco le contaba muchas cosas al niño, y el niño, siempre, quería ir con Paco, porque Paco que, era un hombre muy bueno, le enseñaba y le enseñaba...

Pasó el tiempo y el niño supo que otro hombre, que también era bueno y que se llamaba Manolo, cantaba buscando un carro – otro carro-  y, con él, media España. Después la media España y parte de la otra, buscaban algo más importante que un carro: buscaban su identidad que también estaba perdida.


Y queda, porque lo dicen los saben de todo esto,  que Dubhe – que está en la Osa Mayor, o sea, en el Carro- es la estrella más cercana al polo norte, que el Lucero del Alba es el planeta Venus, que Orión no se ve, según que fechas, desde el hemisferio norte, que las Hyades están en la constelación de Tauro o, que el cielo, en las noches de verano, es, sencillamente…

domingo, 27 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Esperando a que piquen

                                  

La tengo delante - la foto - de una tarde de pesca. Es una maravilla de tranquilad y paz. Sosiego. Atrapa el paso de las horas, lentas, sin prisas…Capta ese momento con el que uno sueña;  puede llegar en cualquier momento del día. Que está ahí, que lo miramos, y no lo vemos, y que nos esperan.

La foto la ha colgado mi amigo Pedro Rodado. Lugar: el Peñoncillo, Torrox. La mar -‘cerulea tumba la llamó Góngora’- está placentera. Arriba la luz; entre el cielo y el agua, la caña, y el hombre que espera…

Tiene - la mar - matices, muchos matices: platas, azulados, grises. La luz se bajó a dar la mano al agua.  No hay olas. Un tul blanquecino entelaraña de nubes el cielo que no es azul; el sol, aguarda.  Como el sol, el hombre, -todo hombre- espera una brisa que le limpie el camino. Quizá, quizá…

El pescador, en el contraluz de la foto, también espera. ¿Qué  piquen? Me acuerdo de otro pescador. “Era un viejo que pescaba solo en un bote en la corriente del Golfo y hacia ochenta y cuatro días que no cogía un pez…” Hemingway nos lo presentó, así, en “El Viejo y el mar”.

Lorenzo Orellana, nos enseñó a conocerlo. (A Hemigway y al Viejo). Los hicimos  nuestros. Soñábamos con haber estado junto al  viejo, en el bote, aquel día en que picó el pez grande. El pez más grande que jamás había pescado. Tan grande, que asombró, a los otros pescadores, del embarcadero de El Guincho.


No sé qué peces pican en las playas de Torrox. Es el mar de Ulises, de las Sirenas que adormecían a los hombres, de fenicios que traían velas blancas y olivos y aceite…  Yo  he picado. No me han embaucado los cantos de sirenas. No. He picado enganchado en la foto del  amigo. Gracias, Pedro.

sábado, 26 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Tarde de otoño

                                              

Tarde de otoño; un sillón ante la ventana, un libro –“Cancionero Íntimo” Ed. La Isla de Siltolá, 2011, autor: Antonio García Barbeito-, lluvia en los cristales. Corren las gotas, en carreritas cortas, como tomando corondilla, como dándose la mano entre ellas y, luego, se paran, de pronto y,  luego, otra vez. Y hacen chorritos de sueños que no van a ninguna parte.

Sube del río un vaho que es niebla y misterio. Ha salido de paseo el silencio… Las choperas, semidesnudas, airean hojas doradas y ramas sin ropaje; los granados dejan, a sus pies, una alfombra de oro. Se esponjan, achaparrados, los olivos. Esperan y se empapan. De pronto, otra vez, el aguacero. Y sigue la tarde.

Abro el libro y leo: “Te hizo reina tu rey / de su conquista; / yo te sueño de reino, / mi favorita, / y en mi serrallo, / tu sola, reina mía; / yo tu vasallo.”  Y entorno los ojos y pienso en la suerte que tuvo esa reina. Favorita.  Un vasallo suspirando. ¿Dónde estará ella?

Mañana, cuando se entreabra paso el sol, reverdecerá el campo; las lomas se vestirán de yerba nueva y la aceituna tomará, a sorbos pequeñitos, buches del agua que viene del cielo. Irán, camino del molino, ahítas de aceite, de ungüento santo, de vida…

Se hace barro en el camino. En los charcos, se espejean las nubes de paso, y la copla popular seguirá con su letra: “esta noche ha llovido / mañana hay barro / pobre del carretero / que va con carro”…


No se mueve el viento. Aguacero, sordo, continuo; lloran las canales del tejado. Bajan hilos de agua clara. Rebotan en el suelo. Llueve y llueve. Es otra música. Como la música de las campanas de bronce perdidas en las iglesias perdidas de los pueblos. Saben de mensajes ocultos esas campanas. ¿Lo sabrá ella?

viernes, 25 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Carne de membrillo



 Tenía el perol dos asas macizas para asirlo con seguridad, un interior reluciente limpiado a base de estropajo, nerisca y limón y las abolladuras que da el paso del tiempo. Sobre un rescoldo de leña que ya no tenía llamas, unas trébedes le daban soporte. Y, mientras, el gachero de caña daba vueltas y vueltas, para tener el almíbar a punto.

Goloso el niño, siempre se quemaba porque para ver si el azúcar estaba a punto se hacía que chorrease, como un oro líquido y limpio. Naturalmente, antes había que esperar a que se enfriase algo, pero la espera no tenía hartura…

Sobre el perol, con cuidado, se vaciaba aquella masa de membrillos cocidos previamente, en una olla de porcelana, y tapados con un trapo blanco que no dejaba pasar el vapor de la cocción. El pasapuré lo hacía pasta y al perol…

Por el cielo azul del corral, porque la candela se hacía en el corral, se columbraban las nubes algodonosas y blancas; en el caballete, distantes, pero tendidos para evitar cansancio, los gatos veían toda la operación.
Poca pesca para los gatos en eso de hacer carne de membrillo pero como los gatos son tan curiosos como los niños… No querían perder puntada. Tienen los pueblos sus calendarios propios: cuando el otoño baja a tierra los pámpanos de la parra, a modo de hojas atabacadas, se hace la carne de membrillo y las empanadillas rellenas de polvo de batata o de cabello de ángel.

Y vendrán, después, -antes de que lleguen los dulces de Navidad- pestiños y castañas asadas, y pasas en aguardiente, y calabazate y mermeladas con las últimas ciruelas y, el recuerdo de un tiempo que fue pero que ya no es.


Es tiempo de recogerse temprano, de ver cómo se vienen los pájaros de los secanos buscando cobijo en las ramas más bajeras de los árboles y de pensar –aunque este año no lo haya sido- que son noches de humedad y aire que mea las ramas y… de carne de membrillo.

jueves, 24 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Pena

                                              
¡Ay, pena! Pena, penita, pena, que cantó Lola. No. No es esa. Es la otra. Pena negra, maldita pena. Te vimos venir. Pensamos que no llegarías, que te quedarías por ahí. Sin saber dónde  pero, ¡ay, lista tú!  burlaste las esquinas, como en las noches de invierno las burla el viento,  y te metiste dentro, tan dentro que…

Rabia, puñetera rabia. Impotencia que te revuelves y te subes por no sé donde hasta la boca y haces que uno piense disparates, tan negros que, de momento, hay que rechazarlos porque si no, uno, sería como son  ellos.

No es lo mismo olvido que pasar la hoja; no. No es lo mismo perdón que mirar para otro lado; no. No es lo mismo resignación que poner cara de tonto ante el listo de cada mañana que, encima, viene y sermonea y te vende  la burra con buenas palabritas… No. No es lo mismo.

Son muchos niños que preguntaron dónde fue su padre que no venía por las noches a su casa como venían los padres de otros compañeros del colegio. Un día comprendieron que su padre ya no vendría nunca, como tampoco vendría el hijo, el hermano, el marido, el amigo, el vecino, aquel muchacho que un día subió a otro tren en el camino de la vida.

Supimos el significado de palabras: jamás, nunca, siempre… y de soledades, de las que van por dentro y de las que se nos pegan por la calle y vamos -.islas- en un océano de gentes. Y conocimos que es la mentira y la traición y… la palabra hueca. “A separar las voces de  los ecos” que decía don Antonio Machado.

Las cosas pueden ser legales pero no son justas. Aquella muchacha violada por el canalla de turno por el solo hecho que ella era mujer, y él - repugnante - más fuerte. Aquel muchacho que creyó que la felicidad pasaba por el estupefaciente que le daba el camello en el parque y al camello, el otro y al otro…Ese de arriba, ese también mañana estará, otra vez, en las andabas.


Pero no me quedo a gusto si no escribo que siento asco, mucho asco de todos los judas –con minúsculas- que pudieron poner remedio al problema y no lo pusieron. Hipócritas que miraban para otro lado, pero eso sí, las posaderas muy pegaditas al asiento del coche oficial. Sean del color o de la leche que sean. Asco, mucho asco…

miércoles, 23 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitacora. El día que Jesús no quería nacer

                        

Pudo no haber sido, y fue; puedo no haber nacido, y nació. ¿Hubo un día en que Jesús no quiso nacer? Verán. Antonio García Barbeito hace veinte años que se lo planteó. Cuenta que recibió una carta de unos niños que le decían algo de eso – y de otras cosas – y fue  y se lo llevó a un papel - porque entonces, se escribía en papel- y lo  contó a los que quisieron escucharlo.

Y Antonio, generoso él, este año, ha decidido porque le ha parecido bien, contarlo a la gente de Álora. Bueno, a los de Álora y a los que quieran venirse en noche de diciembre, casi seguro con frío, y a lo mejor hasta con lluvia, hasta el teatro Cervantes. Allí lo va a contar  - “El día que Jesús no quería nacer” - con esa voz que Dios le ha dado y con el acento que él le pone. ¿Los beneficios? Todo para Caritas. Coste cero. Con ese pingüe jornal se admite –ya hay un montón-  a todos los que quieran meter el hombro.

Saben ustedes que la gente lo pasa mal. Muchos, más mal que otros. Y Antonio y unos pocos más seguidos de su mano hemos pensado que si en Navidad a alguna casa llega algo de lo que  a todos nos gusta y ellos no pueden… Pues al igual es una forma de que Jesús nazca allí…

Cuando se alce el telón del teatro Cervantes, en las calles habrá vaho de noche –porque un 20 de diciembre y a las 9 de la noche, es casi madrugada - y gente que va y viene y música que sale desde dentro de tiendas.
Y trasiego de bolsas y compras y consumismo y derroche y más derroche y peces borrachos de tanta agua y romero con ropa tendida, y ríos de papel de plata y montañas …y tres Reyes Magos, porque los Magos eran tres… es que con esto de los recortes. Bueno, ustedes me entienden.

El coste de la generosidad no tiene precio. Por la entrada se cobran sólo cinco euros. Con tan poco ¡se puede hacer tanto! Ayuntamiento, la propia Caritas y el voluntariado vamos a romper esos tópicos tan bonitos: “Si se puede”, “El pueblo unido…” “Ahora, ahora…” y todos esos más que tenemos en mente.


Que regusto nos va a dar cuando hagamos añicos la premonición del Ángel: “¡Como va a nacer Dios! ¿No veis la gangrena de la maldad, vestida de perfumes, como devora la carne del hombre?” Y, entonces, todos a una, desde nuestro interior, diremos. “Aleluya, quiso Dios / venir a la Nochebuena, / que sí mereció la pena / que lo pidiera el Amor…!” 

martes, 22 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Rosas de otoño

                                            

Cuando don Emilio Mandly nos enseñaba Lengua Española y llegaba a las oraciones subordinadas de  relativo, siempre, nos ponía el mismo ejercicio y mandaba: análisis morfológico y  sintáctico: “En el parque hay un rosal que tiene rosas en enero”.

Eran otros tiempos. No está don Emilio, ni al tiempo en que salíamos a desbravarnos, en el patio,  se le llama, ahora, recreo, sino “segmento de ocio”;  y, la Lengua ha perdido el apellido de ‘Española’ y se ha quedado, en lo primero. No se hagan ilusiones ya mismo ni eso… ¿Hace falta seguir?

Esta mañana en el campo he cortado un ramo de rosas: rojas, rosas, blancas, amarillas, anaranjadas, salmón…Uno que tiene un montón de vicios, ese, el de tener rosas, no le iba a faltar. Pinchan y tienen mucho trabajo las puñeteras ¡ pero son tan hermosas!

En la floristería, que hay frente a mi casa, venden rosas preciosas. Son rosas de invernaderos: no tienen perfumen, están cortadas todas por mismo patrón y, vienen, según me cuentan de sitios de muy lejanos. Tan lejanos que hasta las suben en los aviones para que lleguen antes.

 Las mías está comidas por los caracoles, se hablan todos los días con los mirlos - por cierto este año ha habido una ‘buena’ cosecha de mirlos -, con los chamarices y con los verderones,  y se dejan que las acaricie la brisa que se levanta a media mañana cuando cambia la luz del día.


Me he acordado esta mañana de don Emilio, y aunque no estamos en enero, están los rosales, en la última floración, la de otoño, antes que lleguen los fríos y pienso que como Federico, alguna que otra,  cuando llegue la noche y haya una avanzadilla de estrellas “mientras los aires se van / en la raya de lo oscuro / se comienza a deshojar”. Una pena pero, es ley de vida.

lunes, 21 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Olivos

                                              

Dicen que en la Grecia antigua olivos y mitología iban de  la mano. Simbolizó la paz, el nacimiento de Atenea o la coronación de  los vencedores en los Juegos Olímpicos cuando el doping aún no había llegado al mundo de la competición.

En la escuela, el maestro, nos enseñaba que, hasta este extremo del mar azul, lo habían traído los fenicios que venían de una tierra de muy lejos - donde también había cedros pero esos árboles no sabíamos cómo eran - en barcas de pequeño calado a las que empujaba el viento.

El mejor ejemplar del término municipal: soberbio, imponente, extraordinario, único, estaba, conforme sube el camino desde Los Lantiscares hasta la Atalaya, antes de llegar al término  de Antequera. En su hueca se cobijaba una cuadrilla de hombres cuando los sorprendía un aguacero en el campo. Un día volví y por mor de una ganadería brava (señoritos de nuevo cuño) estaba deteriorado, y casi subsistiendo a duras penas.

Otro - otro olivo - le dio nombre a un pago rural: el Hoyo del Olivo, donde se dan la mano las estribaciones del Hacho y el Monte Redondo. Allí nace el arroyo del Baece que en el Libro del Repartimiento aparece como el arroyo de Catalina Díaz… También dio ‘apellido’ a Pedro, - Pedro ‘el del Olivo’- que un día llegó al banco con un gran apósito tapando un ojo. Pedro - le preguntan - ¿qué te ha pasado? “Na, que me han sacao un ojo”. Y, se quedó, tal cual.

Extraordinarios son los que se crían en la Herradura, donde el arroyo de los Chinos, que viene desde las tierras altas de la Atalaya de Omar, estrangula el meandro, frente al Escondrijo, antes de llegar a confluir con el Jévar, junto a las tierras que fueron del antequerano  Francisco Martínez Primo - el que doró el retablo de la iglesia en el XVIII -  y, que después se llamó El Tallista.

Hay ejemplares fuera de lo común en la Solana de Cerro del Cura, que traspone por el Puerto hacia el Lomo Frío; en Bombichar – la Bobaxter de Simonet- ; en los Romerales, en Las Angosturas; en la Zurriaga… En la plaza de Médico Zamudio. Vino de la mano de Andrés García cuando era concejal de Agricultura o el que le ha mandado - en fotografía - Felipe Aranda a Lucas López…


Don Antonio Machado lo cantó: “campo, campo, campo / y entre los olivos / los cortijos blancos”; otro Antonio -  García Barbetio - dijo de él que “todos los años, ahí anda el olivo, que ha hecho de cada gota de agua una aceituna” y, Federico vio cómo se iba, “entre naranjos y olivos” el río Guadalquivir… Olivos, olivos, olivos…

domingo, 20 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Aloreña

                                               

Dicen, los que saben, de la manzanilla aloreña que tiene tantas propiedades que los posibles defectos - si los hubiera - se quedan en agua de borrajas. Dicen, que la pulpa es abundante, exquisita y carnosa, que se separa muy bien del hueso y que ya, en la boca, su masticar supera en textura y dejo a otras posibles rivales.

Dicen que es, como una niña que no llega a los veinte y, que pasó de  los quince. Todo le va bien. ¿Todo? Si. Se comen enteras, partidas, zajadas, moradas, en cáustica y con tan buen andar que lo mismo acompaña una copa de fino frío, muy frío, que a un tinto criado en el Morquecho. Se une a las sopas perotas, a un plato de puchero, a una ensaladilla con bacalao y cajeles o a un rato de conversación entre amigos.

Se venía con ellas – y digo que se venía – porque desde que se fue mi madre…, el campo a la orza, y luego a la mesa y, luego al paladar y, luego al recuerdo y, luego a la palabra. Era tomillo de jerriza e hinojo fresco, y pimientos colorados y ajos machacados, sal de la mar cercana que no es brisa y sí sabor…

No hay que acudir por el agua, para el aliño, a la Fuente del Avellano que cantaba Antonio Molina, ni a la fuente de Roma que decía el Barrio, ni a la Fuente del Berro (¿se acuerdan?, “la fuente que cría berros / siempre tiene el agua fría, / la niña que tiene amores / la cara descoloría). No, no, pero por favor, a la del grifo, clorada, tampoco. Eso raya en el pecado mortal. Y, los que mueren en pecado mortal: tienen destino asegurado.

Dice el maestro Barbeito – que de esto sabe un rato – que “partir manzanilla morada es desangrar  una estilográfica”. Maestro, con el debido respeto, y ¿no podrá ser sangre del que pasó por estos sotos con presura y yéndolos mirando, tan solo…? Ya sabe…

Por aquí se crían - siempre injerto sobre acebuche - en los olivares del Hacho, en los Lagares o en las umbrías de la Fuente de la Zorra; un poco más allá, conforme se sigue al sol cuando va camino de América en tierras de ‘pecheros’ o en tierras de ‘moriscos’… y, más allá, de más allá, en muchos sitios.


Es tiempo de aloreñas. Hace unos días he mandado, por paquetería urgente, un envío a un amigo de Valladolid. Me cuentan que quien las conoce repite, que se abren mercado, que se valoran y que en la mesa… 

sábado, 19 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La niña de los cabellos de lino

                      

Debussy,  llamó así –La niña de los cabellos de lino-  a una pieza suya compuesta para piano; el quinteto de música de viento, nos hizo una adaptación. Se inauguraba la II Exposición de “Artistas Independientes de Álora. Lugar, Casa de la Cultura. Hora: el viernes por la noche, y la luna asomándose por entre los árboles de parque.

Un ramillete de artistas - extranjeros y locales - con dos connotaciones comunes: aman el arte y viven en Álora. Jacques, -entrañable y querido Jacques, donde estés- fue quien lo inició hace muchos años antes de tomar el tren que no tiene retorno. Ahora, Shinji Naganawau, “más perote que japones”, lo ha retomado…
En el ramillete hay autores consagrados: esplendida de luz y paz la marina –‘Contraluz en la playa del conde”- la llama él, de Cristóbal Pérez; la muestra de Kent Harrison; la interioridad – “ese misterioso objeto del deseo”- de Jazmin Campos; el bodegón ahíto de color de Julia Groos,  o una Ana Mari Garrido que ha subido mucho, pero que mucho, en el dominio de la acuarela.

Entre los que empiezan María Blanco - de la abundancia del corazón, como dicen las Sagradas Escrituras - habla la boca; Juaky que se libera de un interior muy rico, apasionante que la oprime - “Espiral”- o el alcance de la libertad plena entre un velado de sueños y color; rígido, reflejo de lo que puede ser su percepción del hombre de fuera al que se le responde desde dentro en Antúnez;  la dulzura de Pepita Perea, la Alpujarra de Salvador Chamizo…

Mimético, interiorista, un flas de color en Terry Durhan; Shinji - también un consagrado- y casi alma de la exposición nos acerca a una Venecia que evoca a la que cantó Aznavour: “ante mi soledad / que tristeza sin fin / que distinta Venecia…” Ya saben.


No son estas letras una crítica. Ni una relación de artistas que cuelgan su obra. Imposible. Si quieren: reflexión en voz alta. Ustedes pueden acercarse. Ver, mirar (el maestro Alcántara dice que entre el mirar y el ver se queda el viento) y luego, si nos encontramos, compartimos pareceres. Ah, y también estaba, preciosa, por cierto, la Niña de los cabellos de lino. La de Debussy no, esa no. Otra…

viernes, 18 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Calma chicha

                                 
Tenemos un otoño raro. Muy raro. Hay días en que no ocurre nada. Horas lentas, cansinas, monótonas. Ni una brizna de aire, ni una nube que cruce por el cielo. Ni un mal asomo de algo distinto, nuevo. Nada. A ver, si de una puñetera vez, se cambia el viento.

Se han ido los pájaros; no hay palomas en el campanario…Habla la gente mañanera que está parado el campo. Arrugada la aceituna, ya toma color de martirio antes de ir a la molienda. ¡ya ve usted, me dicen, no la toman para verdeo y esta aceituna para molino…!

Sólo Botín ve que viene el dinero. ¡Buena vista que tiene! No le dice a nadie por donde llega. Cuentan de su padre –Emilio también de nombre –  en un consejo de administración va y dice: “porque yo y mis hijos, controlamos, en el banco, el…” y, alguien le apunta: don Emilio, se dice: mis hijos y yo. “No. En asunto de dinero, -replicó-  yo primero”. El hijo ya ha hecho bueno al padre.

Decían de los marinos antiguos que atrapadas sus naves en el océano en medio de una calma chicha, sólo deseaban que pasase el tiempo. Eran días terribles…Se consumían, con la velas arriadas, en la espera larga, larga…

No viene la lluvia. Está duro el tiempo. Demasiado duro. No ha vestido de verdes la otoñada las cunetas. Van con retraso las sementeras; no se ven, en las lomas, el pardeo de la tierra marcada por el surco ahíto de grano que, cuando llegue la primavera, los vestirá de esperanza peinada por el viento.

Altera esta calma chicha el golpe bajo al cooperativismo que le da el ‘concurso de acreedores’, o sea, la quiebra, de una parte del Grupo Mondragón: Fagor con Edesa, y compañeros mártires…, la intolerancia de algunos que dicen que representan al pueblo o los tiros de madrugada en la Trinidad malagueña…


 España está sumida en demasiados  problemas. Catalanes, vascos, gallegos, economías y discursos huecos…Gente que lo pasa mal  y políticos que pasan de largo. Muchos espabilados que ya vienen de vuelta. Una llamada me dice que hay demasiado desencanto. ¿De qué parte está la razón? Por Dios que se rompa ya esta calma.

jueves, 17 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Humo de castañas

Por mor de la publicidad, dice el Corte Inglés, cuándo es primavera; le pone puertas al otoño y comunica que ha llegado el verano. Bécquer que, gracias a Dios, no supo nunca qué era eso del Corte Inglés, habló de golondrinas, de nidos y de suspiros… y de otras cosas con más poesía que el mercantilismo de la tarjeta de plástico.

Viene este otoño con ganas de no llegar. Como el mal alumno que da un rodeo y sube y baja de la acera y arrastra la cartera, y bebe en la fuente y  cruza de calle para llegar, lo más tarde que pueda, a la escuela. Así se las anda el otoño.

Juega a aceituna arrugada en los olivares, a naranjas que no toman color, a lluvia que no llega, a rastrojeras lambidas, a otoñada tardía, a lomas pardas sin cogujadas detrás de la yunta de paso cansino y copla de besana. Juega, el otoño, a no venir.

Subían las mujeres, andando, por estas fechas, a las Torres. Daban un aseíto a los nichos. El sepulturero tenía su negociete con la cesión de escaleras porque algunos – los más altos – tenían difícil arreglo. Las lápidas quedaban relucientes. Dentro de unos días, cuando lleguen los Santos, la visita será masiva y habrá recorrido general, uno por uno…

Casi nada sale este año como tenía que salir. Mi amigo José María a quien voy a tener que dar la razón con lo del cambio climático dice - la estadística, también - que cada vez se alarga más el verano y que las estaciones se empujan unas a otras.

Sólo hay alguien en su sitio. Ni otoño, ni temperatura, ni mujeres andando al cementerio, ni chopos dorados en la ribera… Antonio, -Antonio Díaz- tiene en la Veracruz su puesto de castañas. El humo blanco del infiernillo compite  con el sol que achicharra. Y Antonio, en su puesto.


Le nace la sonrisa en la cara. Amable, trabajador incansable, conversador… Tiene la experiencia que da el trato con la gente. Sabe más que cuenta y dice lo que quiere y a quien quiere. Desde hace unos días, turiferario del otoño, llena la calle con el incienso blanco que manda desde las ascuas de sus castañas. Un año más…

miércoles, 16 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Los bartolitos del Bollao

A nosotros, desde la mirada de niño de pueblo, ‘el Bollao’ nos parecía un artista. Hacía lo que otros hombres del pueblo no hacían y encima, sus artilugios - mecanismos complicadísimos - funcionaban por aquello de “mantente mientras cobro”.’

‘El Bollao’, componía, con cartón y cañas, unos muñequillos recortados - “bartolitos”- que mediante guitas accionadas, manualmente, subían y bajaban. Todo era movimiento. Todo era arte de prestidigitador que sólo se movía en sus manos y que en las extrañas pues…

Tenía ‘el Bollao’ una cuadrilla de hijos que sacar adelante en edad de generar hambre y la subsistencia que había en aquel tiempo; la noche y el día y poco más. Rafael Ruiz - que así se llamaba ‘el Bollao’- vivía en el Barranco y le metía mano “a tó lo que se podía vender”.

Castañas, pimientos, dátiles…; le pegaba a las rifas y a las cartas. Se jugaba a la pila y al montón. Antonio Díaz, me habla de él y de sus andanzas comerciales que tenía, en ‘sociedad’,  con su padre. Recuperada la ‘inversión’ abarataba la mercancía. Había que terminar la existencia y salir de ella. En la taberna de Antonio Martos, con un par de tientos callados, sellaban la jornada.

Por la Fiesta de los Tontos, en las Cruces se juntaba la gente: pandas de verdiales, curiosos al reclamo del festejo y vendedores ambulantes al amparo del posible comercio de niños y grandes. Corría el poco dinerillo que había. Era Navidad y se acababa el año.

¿Los precios? Según iba la feria a ‘perra gorda’ o a ‘perra chica’. Una fortuna para quien no llegaba a una peseta el capital que llevaba en el bolsillo. “Maestro, le dice el niño, en plena fiesta de las Cruces, el bartolito no funciona” Y ‘el Bollao’, sin perder la compostura, contesta: “Niño porque está amorriangao”.


Por las tardes, miles de gorriones acuden  a los ficus del parque. Vienen a pasar la noche. Pían. Se empujan entre ellos; buscan la mejor rama… Me acuerdo de los versos de Juan Ramón. Hablaban de los pájaros que seguirían cantando, de campanas, del pueblo nuevo de cada año… Ya ven,  a mí me ha dado, esta tarde,  por  subir al tren de la nostalgia.

martes, 15 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La Higuera

                                              

Antonio tiene ochenta y siete años; las manos llenas de callos, arrugas en la cara como surcos de sementera y la tez endurecida por vientos y soles. Enjuto y de poca estatura. “Ni más ni menos que la precisa”. De niño cayó – como quien cae en su sitio -, en el campo y desde entonces…

Me lo encuentro, temprano, en la barra de bar de Mateo. No ha apuntado el alba por Los Lagares y, Antonio ya viene de vuelta. Me cuenta que madruga ‘desde que echaba la pastura a las vacas en lo de Guitica” y, ya es costumbre.

Filósofo de secano, de lecciones prácticas, y precisas. Me pregunta si sé cual el árbol más productivo del campo y, le digo que no, y siente una satisfacción íntima y desde su interior brota, como un borbollón, un  manantial de  información: la higuera.

Y comienza: quiere una tierra ‘medio regular’ poca agua y mucho sol. No es amiga de los bujeos; crece en los brocales de los pozos, en las lindes, en medio de una huerta o en una costera. Su leña es tierna (“la leña de higuera que la corte mi hijo y la queme mi nuera”) y arde poco.

En verano - continúa - da sombra y comida a los pájaros, y en invierno deja que entre el sol. Bajo su copa sestean los cabreros y, si hace falta, le echan las hojas al ganado. Es el único árbol que tiene el fruto antes que la hoja y  regala dos cosechas en el año: brevas y,  luego, los higos.

Y,  agrega, sin dejar moler una cuartilleja. Con los higos secos se hacen ceretes y hay comida ‘p’achá’ el invierno; con los molidos, teleras y ‘pan de higo’; se le saca el arrope y el vinagre - porque el vinagre de higos, ¿sabes?, es el mejor de todos los vinagres -  y con los malucados se ceban los cochinos y ya se sabe lo que era la matanza en la casa de un pobre…

Se siente muy a gusto. Le digo que hoy me ha dado una lección. Que a su vera se aprende porque los viejos son libros abiertos con la letra grande, muy grande, que con tan solo acercarse a ellos, uno se enriquece.

El se siente henchid. No sacar pecho. Me despido;  me sentencia: y que no se te olvide: “En la menguante de Enero, el esparto, es acero”. No se me olvida, Antonio, no se me olvida.

lunes, 14 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Don Mariano no lee El Quijote

                       

Dicen que don Mariano - a quien Dios ilumine - en unas declaraciones se confesó lector del Marca. Buena costumbre esa de leer periódicos. Si son los de papel… ni les digo. Llevan años - los periódicos - con la muerte en los talones.

Don Mariano, Registrador de la Propiedad estudió y memorizó muchas leyes. Códigos y más códigos. Todo y más que todo.  Dicen que esas oposiciones eran de las duras de verdad y, él las sacó, siendo casi un niño.

No sé si además de ‘El Caballero de Alcántara’  que apareció en no sé qué medio, como su obra de cabecera, ahora hay otras lecturas. Su equipo y él andan escasos de tiempo.

La señora Mato - tiene narices con ese apellido ser ministra de Sanidad - ha mandado que los enfermos de la maldita enfermedad pagun no sé qué tratamientos “porque son muy caros”. Viejos, pensionistas y otros ‘potentados’ también pasarán por caja.

La señora Báñez ha ‘limpiado’ de ayudas a los dependientes, enfermos crónicos, gentes con pocos recursos y necesitados. Para aligerarles - se supone - de carga. Wert –como Fonseca- se queda solo. No es un decir. No. Ha puesto en su contra a todas las señorías que se sientan en los escaños de los que no hacen, pero cobran. O sea, la ‘leal’ oposición. Y¿el pueblo? ¡Qué aguante!

Flota un no sé qué de desencanto. Nunca llueve a gusto de todos – bueno, este año a gusto de nadie- vino toda el agua el año pasado y de golpe. “A dentelladas secas y calientes” que decía Miguel Hernández.

Pero ¿don Mariano? Don Mariano - de memoria fenomenal - no ha leído El Quijote.  Verán. Capítulo 42. Segunda parte: “Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico”.

Mas consejos al futuro gobernador de  Barataria: “Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico, como por entre los sollozos e importunidades del pobre”.


Cervantes de injusticias sabía un rato. Pone en boca de don Quijote. “Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia”. Con el debido respeto, don Mariano, si tiene tiempo, un vistazo a ese capítulo…

domingo, 13 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El bodegón

Los tiempos, anunciaba don Hilarión en la Verbena de la Paloma, adelantan que es una barbaridad. Les digo. Antes para ver un bodegón bueno había que ir a un museo de categoría. Los almanaques de Explosivos Riotinto mostraban unas estampas preciosas. Debidamente recortadas y enmarcadas ocupaban sitio en el salón de la casa.

No van por ahí las intenciones de hoy. Mi amigo Fermín Adame ha colgado en facebook una foto de ensueño. Es - así se lo dije en el comentario - un bodegón propio de Zurbarán: uvas, membrillos, granadas, castañas que rompen el erizo, azufaifas… y la luz, la luz de la Sierra de Huelva (Encinasola) para el caso, que pone lo que hace falta.

Decía Fermín, y con razón, que “era fruto de la tierra y del trabajo del hombre” y yo, le agregué y de la mano de Dios. Este es el Dios que hace salir el sol cuando acaba el alba, y que de noche, brillen las estrellas; que trae la lluvia y el viento, y el perfume a la primavera y el color a los atardeceres de otoño.

Tienen colgados, en un panel, en el claustro de la remozada catedral de Tarazona unos versos de Alberti donde Rafael se pregunta porqué los templos están tan vacios si Dios habla en ellos… No es hacer una apología del panteísmo. No. Es que Dios sale cada mañana a dar un paseo y, luego se acurruca, en ellas, cuando vienen las sombras. Ustedes me entienden. ¿Verdad?

No es el Dios vengativo y justiciero, que chorrea sangre a raudales y cuanta más crueldad y regodeo en su sufrimiento, mejor. No. No es el Dios del catecismo del padre Ripalda de fuegos eternos. Estoy convencido que ese señor –Ripalda- no quemó nunca leña en verano, si no habría escrito otra cosa.


No es el Dios escondido en la penumbra de los templos que huelen a humedad, a cirio apagado y a viejo. El mundo del  XXI quiere otro Dios, el que hizo la luz… y vio que todo era bueno y lo dejó para que el hombre lo gozara y lo compartiera con los otros hermanos… y que ha puesto, su mano, sobre el bodegón de uvas maduras, granadas, azufaifas y membrillos y castañas que rompen el erizo. “mil gracias derramando paso…” Eso. Lo de San Juan de la Cruz.

sábado, 12 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Los patriotas

Las tribus de Atila recorrieron los caminos de Europa. En la escuela nos decían que donde su caballo –el de Atila – pisaba, no crecía la yerba. Ahora, aquel viejo fantasma no va a caballo. Monta en el fanatismo y en la intolerancia.

Escribía don Antonio Machado… “Españolito que vienes / al mundo te guarde Dios /  una de la dos Españas ha de helarte el corazón”. Vivía, Don Antonio, en una situación de convulsiones constantes, de injusticias flagrantes, de túneles muy oscuros.

Dicen que esta es otra España. Puede. Tenemos mejores carreteras. Trenes que cruzan el campo y casi vuelan. Una pléyade muy nutrida de presuntos corruptos y ladrones… Y según, un comentario mañanero en la radio un resurgimiento de cabezas pensantes que se mueven por el extremo de los extremos.

Hablan las estadísticas. No acaban. Anuncian: España tiene el nivel más alto de universitarios de su Historia. Bien. Y agregan, ninguna Universidad española entra entre las trescientas (con letra para que no salte ningún cero) más prestigiosas del mundo. ¿No se habrá equivocado el que hace los números? De entrad,  unos ( a decir, todos los que no mandan) han rechazado la Ley de Educación de los otros.

En Palma la gente  ha estado en  la calle durante un tiempo. Temas de ligüismo. Se encrespa la situación. Parece que si no hay dos Españas como que no funciona el invento: Joselito y Belmonte; Sevilla y Betis; Barcelona y Madrid; los “miistas y los otristas” de Carlos Arniches…


Banderas y más banderas. Y uno que pensaba que las hachas oxidadas donde estaban bien eran en los museos de artes populares y de antropología. Creía que esto tenía arreglo y que habría una España mejor, más justa, más solidaria… ¡Qué tonto que es uno!

viernes, 11 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Tres millones

Tres millones. Bien o mal contados. Tres millones de personas son muchas personas. Demasiados. Tres millones es la cifra que da Caritas como el número que en España están en eso que se llama “pobreza severa”.

Acuden al plato caliente. Antaño los pobres de solemnidad, estudiantes, mujeres de la vida, pillos y golfillos acudían a la sopa boba de los conventos. Agua caliente y cuenco con cuchara de palo para echar algo caliente al estómago. Eso que llevamos dentro y que desfallece cuando aparece el hambre.

Los tiempos cambian. Ahora no es ni sopa boba ni pléyade de la escoria de la ciudad. Son personas - las demás también las eran -  pero con el tiempo cambiado. Ayer, sin ir más lejos, hasta vivieron en una sociedad donde las cosas siempre les pasaban a los otros, ¿pero a mí? ¡Vamos, hombre!

Habla la noticia de más de setenta mil voluntarios. Colaboran, sirven el plato de comida, dan la prenda de vestir. Atienden. Escuchan y se entregan. A estos voluntarios de Caritas - como de otras organizaciones humanitarias - casi nadie le reconoce ni sabe que están. Dan lo que mejor que tienen de sí mismos.

Tres millones. Uno a arriba o uno abajo. Para el caso como lo mismo. Son demasiados. No hay gobierno de ningún color, leche o tendencia, que con esta cifra puede tener conciencia si se va a la cama y mañana, cuando salga el sol, no revuelve “Roma con Santiago” para  intentar ponerle punto y final.


Oigan, punto y final. Hasta aquí se ha llegado. No valen monsergas de números ni paños calientes de economías ni palabrerías. No sirve un Congreso - todos, no se salva ni el gato - que no se encierre y acuerde las medidas que hagan falta. No se demanda Caridad; se pide, Justicia. Este problema no tiene, como el vino de Asunción - y perdón por la frivolidad - color.

jueves, 10 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Los perros

Corría, entre la gente sencilla del campo, la leyenda que si de noche aullaban los perros la muerte no andaba lejos. Rondaba por allí. La mañana que murió Pedro, ‘el Cojo’, en la Cuesta del Cerro del Búho, entre los vecinos, con las primeras luces, comentaron: ¡qué noche han dado los perros!

Cuando subió ‘el pescaero’ –pasó raudo, como siempre- vino Frasquito Martos y, entre dientes, le dijo al abuelo del niño: ‘el pobre Pedro ya terminó’. El niño que jugaba con un carrito hecho por dos naranjas amargas y una caña larga supo que aquella noticia cambiaría ya toda la marcha de día…

La abuela del niño le dijo a Inés que pusiera un puchero grande y, le dieron voces a Pepe Navarro que araba, al otro lado de la vía, para que desunciera la yunta y se trajese los mulos a la cuadra. Cuando se iba un vecino, en el campo, todo se suspendía.

El niño se hizo grande y vio en una película que en la estepa rusa - en la realidad decían que eran los campos nevados de Soria - Zhivago escribía a la luz de una vela. Lara –todos tenemos nuestra Lara - dormía envuelta y arropada con abrigos de pieles; en la lejanía, aullaba un lobo.

Lara sintió miedo. Acudió a acurrucarse con Zhivago. La tranquilizó, abrió la puerta, hizo aspavientos con las manos y ahuyentó el lobo. La noche antes de la muerte de Pedro, el Cojo, nadie salió a espantar a la muerte que se vino a la choza donde vivía aquel hombre, que era pobre, muy pobre y que tenía una pierna de palo.


“Llévate los perros. Bien distantes… Donde tú veas… Le dice doña María, al jardinero la noche que la tuberculosis viene por su niña. Es la gándara en la Galicia profunda. Lo contaba Wenceslao Fernández Flórez en ‘Volvoreta’ ¿Quién ahuyenta esta manada de perros aulladores que arrasa las tierras de España? Ya tarda en venir, ya tarda.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Muchacha...

Tenía el pelo negro, rizado y libre a la brisa de la mañana; caminaba por la acera con paso firme como quien va a un sitio y lo sabe. En sus ojos una mirada furtiva y sugerente y el brillo de quien lleva mucha vida dentro. Me acuerdo del poema de Neruda: “aquí estamos frente a frente, / nos hemos encontrado…”. Pero no, no era ella.

Pasó como pasan las cosas que no se esperan. Su cabellera rubia; el pelo, liso. Desde lejos parecía una de esas sirenas que vienen de los países donde no anochece en verano, o de las que se sientan en las terrazas de una calle cualquiera de Odense cuando el sol del norte… Pero, no, no era ella.

Tenía el rictus de seriedad en los labios y los ojos negros de las mujeres que se escapan de los cuadros de Julio Romero. Parecía un trigo moreno que lo mueve la brisa de abril que espiga, que grana, que lo hacen cruz y lo lucen en los altares del Corpus… Pero no, no era ella.

Antaño pudo llevar un cesto de ropa al cuadril y, de haberla conocido, Juan Ramón, probablemente, la hubiese confundido con una de las muchachas que lavaban en el naranjal…¿Se acuerdan? Sí, cuando se lo cuenta y le habla, también, a Platero del ruido de la noria… Pero no, no era ella


Tomaba el pueblo la normalidad de la mañana que llega a la mediación. Volvía, la gente, como vuelve siempre el viento que se pierde por las esquinas, a sus quehaceres. No había palomas en la fuente, ni viejos sentados a la sombra de los árboles del parque. Busqué, busqué… miré y remiré… Pero, no, ninguna, era ella.

martes, 8 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La Fuente de los Cien Caños

Por lo alto de las sierras de Gibalto y de San Jorge se columbran las nubes por un cielo azul y limpio. No tiene la fuente – la Fuente de los Cien caños donde casi arranca el Guadalhorce - el borboteo de agua de otros meses mayores donde la caliza filtra el agua que le sobra.

Por la radio del coche - mientras vamos a la fuente -  dicen  que ya tenemos ‘nuestra’ mujer muerta de cada día. Hoy le ha tocado a una chiquita de catorce años. Cambia el encaje de las muñecas por los crisantemos de color blanco crudo delante de una lápida de mármol frío de un camposanto.

Cintas, muchas cintas, dirán de recuerdos, de cariños, pero ella ya no estará aquí para leerlas… Tampoco estará la madre de adopción que se lo trajo –canalla de mierda- para darle una vida digna lejos de la miseria a la que la vida lo había destinado y él el corresponde con puñaladas en el corazón… No vendrá tampoco la niña china de Santiago… ¡Ni qué sé yo! Se dispara el número de mujeres muertas.

Cacarea el otoño por los pimpollos de los chopos. Están vestidas, todavía,  las higueras que rodean la fuente. Álamos negros, sauces y alisos se preparan para pasar el tiempo que vine. Tintinean las hojas en la altura y muestran colores más pálidos, como quien entrega la cuchara ante lo que es inminente…

Llamamos a mi amigo Fulgencio pero no está. Los que sí están, doblados de aceitunas ahítas de aceite nuevo que piden almazara, son los olivos. Centenarios, ordenados, en perfecta ordenación de revista, se alinean, a lado y lado,  de la carretera.

Llovió hace unos días. El barro acumulado - lo apartaron las máquinas - se seca al sol en la cunetas y deja rastros de los arroyaderos del agua en los barbechos. Pasado el Cortijuelo un rebaño de ovejas se acarran. Pasan el calor de la siesta; pega, con fuerza, el sol.


Mi río y yo convenimos que este mundo está loco. Loco de remate. La radio sigue y sigue... Me quedo con El Barrio. Canta el coro infantil: “A la fuente del deseo dice mi madre que vaya / a ver si me sale novia la más bonita de España / En la fuente del deseo solo beben las palabras / la más bonita de Roma” ¿Será la Fuente de los Cien caños?

lunes, 7 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El tren de las 8,55

La estación, de mañana, acogía a poca gente. No quedan restos en el vestíbulo de entrada de la exposición conmemorativa del 150 aniversario de la venida del ferrocarril. Llegan tres móviles enganchados a tres chiquitas. O sea; al revés. Se sientan en el banco que está justo al lado. No saludan. Un hombre mayor, lo hace a mi vera. Da los buenos días…

No tienen los trenes de cercanías la literatura del Orient Express ni la del tren correo de Glasgow. No. No tienen cantores como los tuvieron el Transiberiano, el que va de Costa a Costa; o sea, del Atlántico al Pacífico o el Transcanadiense. No. Pero ¿qué les digo? Tienen su encanto.

Por la boca del túnel aparece la luz - potente -  que trae encendida en la parte superior; en la medición, también un luminoso, anuncia: Álora. Se detiene. Baja una veintena de personas: un grupo de guiris con cara de sueño; una señora joven con un carrito, un hombre con una cartera voluminosa, gente y más gente.

Me subo como es costumbre en el último asiento de la parte izquierda, del último vagón. Esta vacío. El tren está limpio. Pasa el maquinista porque como cambia de sentido la marcha se va al otro extremo… En el lomo del tejado de la casa de enfrente, al otro lado de la estación, arrullan las primeras palomas mañaneras.

Sale a su hora. Los trenes, con el tiempo, han ganado en puntualidad. Arranca. Antes de entrar en el túnel, miro por el cristal rayado de la ventanilla. Algún gamberro ha dejado su santo y seña. El río trae más agua de la normal. Está turbia. Están desembalsando fondo. Seguro. Vienen secos el arroyo Hondo y el de Catalina Díaz que baja del Baece, y el arroyo de Acuña… No ha llovido.

En la Hoya los cultivos de primor se abren paso. Algunos pequeños invernaderos encañados y con plástico estirado, con primor, coquetos; vides emparradas; un pequeño picadero con dos caballos que miran cómo pasa el tren con indiferencia...


No abre un día diáfano. Por entre las nubes de  Levante que van rápidas se entre deja ver un cielo que no es azul. Son nubes plomizas. Ya se sabe el “Levante la mueve, y el Poniente,  las llueve”. Por megafonía anuncian: ‘Próxima parada Pizarra’, repite: next stop, Pizarra. El tren sigue…

domingo, 6 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. ¡A la calle!

                                            

Nos sirven imágenes duras, muy duras. Reporteros, paladines que parecen más al servicio del morbo que de la noticia, meten cabeza entre policías de uniforme. La gente se agolpa en la acera; los vecinos vociferan: manifiestan solidaridad ante el dolor, la rabia, la imponencia de unos seres, a los que en nombre de la Justicia, se les manda a la calle
.
Se han vivido días de noticias espeluznantes. Ancianos, enfermos, desvalidos, niños, gente común… La mayoría de las veces el delito se simplifica en muy poco: firmaron una hipoteca y no pudieron pagarla. Solución: ¡a la calle!

Quedan lejos aquellos - pero con demasiada actualidad -  versos denuncia de José María Gabriel y Galán: “Embargal, embargal los avíos / que aquí no hay dinero”. Escribía el poeta extremeño en ‘castúo’,  la lengua como se hablaban, entre sí, la gente del campo en su alta Extremadura.

Han pasado los años, el agua bajo los puentes, las otoñadas han hecho reverdecer las rastrojeras…Fueron y vinieron los pájaros y el viento; las tardes de nubes y las noches sin estrellas. Hay cosas que no cambian. El dolor de la gente. La angustia de perderlo todo, absolutamente, todo.

Tampoco quedaban burras ramoneando tomillos crecidos a los bordes de los caminos como vio otro poeta extremeño –Luis Chamizo- que denunciaba situaciones –otras, pero no muy distintas -  de dolor y sufrimiento en aquellas tierras ‘sin tierra’ de las Hurdes o de la Sierra de Gata.

La televisión dice que estas cosas ya no pasan en el campo. Ocurren en ciudades con universidades y metro, y autobuses urbanos con aire acondicionado, y medianas con parterres y flores; en pueblos con polideportivos cubiertos, en barrios con parques infantiles.


Se dilapida el sentido social de la vivienda. Los que mandan a su bola; los que se aprovechan del río revuelto… De esos mejor para otro día.“Todo pasa y todo queda” escribió don Antonio Machado. Sólo dos cosas han permanecido en el tiempo: la insensibilidad del dinero ante el sufrimiento y, el destino –hoy, como ayer-: ¡ a la calle!  

sábado, 5 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Cirios amarillos por París

Tendría yo – perdón por hablar de mí -, no más de dieciocho años y no había llegado a los veinte. Lorenzo Orellana, que me llevo de su mano al mundo de la literatura, me proporcionó: “Cirios amarillos por Paris”. Autor Bruce Marsahall.

No sabía  entonces quien era Bruce Masrsall. Luego, pasado el tiempo, supe que había nacido en Escocia donde la bruma es arte, donde la niebla forma parte esencial del ser humano - que nace en aquellas tierras - y donde ese aire que sopla por las noches lleva esencia de misterio en sus silbos.

Supe que con dieciocho años – más o menos la edad con que yo empecé a leerlo- se convirtió al catolicismo y que, además, fue practicante hasta su muerte, que le marcó la guerra y que hizo carrera, a pesar de sus limitaciones físicas en el ejército. No es este el tema.

Hace unos días me enfrasqué con Chesterton. Llamé a mi ‘hermano’ Antonio y se lo dije. Me comentó ¿pero si lo leímos cuando teníamos veinte años? ¿Has vuelto a él? Le dije que sí. Que estoy perdido, que quiero asirme a algo… Le dije más cosas...

Bruce Marsall, cuando yo tenía la ilusión de que le mundo tenía arreglo, me hizo ilusionarme con el mundo obrero de los suburbios de París. Era un mundo de sueños donde todo - revolución, incluida -  podía tener otra salida (como piensa el Papa Francisco y otórgueme disculpas por el atrevimiento).
Bruce Marsall - “Cirios  amarillos por París”- contaba cosas que cuando uno está en la edad de los sueños… Pues ya se sabe. Escribió, entonces, algo terrible: “esta tontona no sabe que tiene la vida de un hombre en sus manos”.

El amor jugaba, como lo juega hoy, el papel de quien manda en la vida de las personas. ¿Dónde llegaron aquellos mensajes? Muchos años después, alguien - el que escribe esto  por ejemplo -  recuerda, después de un día de reencuentro con amigos, a los que hacía años  que no veía – que hay una tontona que tiene toda la vida de un hombre en sus manos. Y que esto tiene poco arreglo. ¡Ah!  Bruce Marsall murió hace muchos años.

viernes, 4 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Tarde de otoño en Granada

Granada estaba bajo un calor más propio de verano - que no se va-  que de un otoño que no llega. Tarde plomiza. Nubes altas. Hacía sofoco. Miles de pájaros gorjeaban en la Plaza de la Trinidad. Competían por una rama al cobijo de algunas hojas de plátano para pasar la noche.

Hace unos días Juan Gaitán hablaba de la publicación de “Maneras de ser periodista”. Prólogo Francisco Fuster. Autor Julio Camba. Deambulo por las librerías… Por fin, en Babel (frente a San Juan de Dios), lo encuentro. La librería está llena. Me sorprende tanta aglomeración. Pregunto. “Buscan libros escolares…”

La calle Mesones – como cada tarde es un río de gente –. Van, vienen; entran en las tiendas, se paran en los escaparates… Algunos compran; otros, miran. Las terrazas junto a la facultad de Derecho están llenas. Gente joven. Vida a puñados. ¿Qué España le espera? Pienso que será la España que ellos mismos se forjen. La otra… pues como que no.

Me entro (lo hago siempre que puedo) en San Juan de Dios. Impone tanta belleza barroca. De aquel pobre portugués recogiendo mendigos por las calles a este templo… Que baje Dios y lo vea. En la penumbra unas salmodias lejanas de rezos se pierden entre el trasiego de curiosos que entran y salen. Nadie hace caso.


Tampoco le hacemos caso al Papa Francisco. La tragedia de Lampeduasa no tiene vuelta de hoja. Lo ha dicho muy claro. Esto es una vergüenza. Mañana el periódico hablará de otra cosa. Y, al igual, que los pájaros de la plaza de la Trinidad, cientos de pateras vendrán por el mar azul de Ulises buscando una rama para pasar algo más que una noche. Buscan pasar la vida.

jueves, 3 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Húngaros

                                              

A media mañana llegó el hombre con la trompeta  y un amplificador que extendía el sonido por toda la calle. Los gorriones del parque ya se habían ido. Se perdieron el espectáculo. Los jubilados que llenaban los bancos buscando las sombras comentaron la incidencia. “Fíjate, dijeron, si la cosa está mala que ya no vienen ni húngaros”.
Era un presagio de malos  tiempos cuando aparecían los húngaros. Como si lo que vivían, entonces,  podía tenerse por bueno… No tenían ni que llevarse a la boca y decían, encima, que los ‘húngaros’ anunciaban algo peor. El que no se conformaba era porque no quería…
No sabíamos nada de ellos. Como llegaban, se iban. Se presentaban y pasaban raudos, veloces, ni se anunciaban ni dejaban rastros. La cabra, un mono tiñoso,  la escalera de dos patas, un hombre y una trompeta. La mujer liaba un pañuelo de colores a la cabeza y sus vestidos eran harapos que colgaban casi hasta el suelo…
Nunca anunciaron ni su procedencia ni el destino. “Niño, nos dijo un día, un hombre al que le preguntábamos después de que habían actuado en la plazoleta de la calle Cantarranas, los húngaros vienen de Hungría…”
Y entonces el niño fue y le preguntó pero de ¿Hungría de donde es el Honvéd? Y el hombre que no sabía que los niños comprábamos estampitas de futbolistas en el quiosco de María ‘la del Guerra’ contestó con destemplanza. “Niños, de Hungría, y ya está…”
Los niños comprábamos estampitas que pegábamos con gachuela en álbumes de pastas y hojas abombadas. Allí se almacenaban los cromos. No sé porqué en todas las alineaciones  siempre faltaba uno: Quincoces en el Valencia, Arsenio en el Coruña, Carmelo en el Bilbao, Carlos Gomes –se escribía con ‘s’ y sin tilde porque era portugués-, en el Granada o Campanal en el Sevilla. Debajo de la estampita ponía: Ferenc  Puskas, Sándor Kocsis, Zoltán Czibor…

No sabíamos dónde estaba Hungría. Ni falta que nos hacía. Nunca los veríamos jugar. Esta mañana se fueron los húngaros. Tampoco sabemos, hoy, a pesar del tiempo pasado ni qué fue de aquellos álbumes de nuestros sueños ni hacia donde se han ido, después de pasar el platillo con muy poco resultado,  esta mañana, los húngaros. 

miércoles, 2 de octubre de 2013

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Cabreo de dioses




Está pero no ha venido; amaga pero no entra; avisa y se teme. Se sabe que ronda por enfrente, por la Serranía de Ronda, por Alcaparaín… Corona El Torcal y las Orejas de la Mula. Puede que esté ‘apatarrada’ sobre Sierra Aguas.  Hace un rato se abrió un claro sobre la Sierra del Valle y ahora la caliza se ve empapada… Puede que se haya escurrido, por la Joya, hacia la parte de Granada.

La tormenta tiene pinta de ser un cabreo de dioses mitológicos o un choque de aires que no quieren cederse el paso. Es un espejo de ideas de niñatos pijos que vuelven del botellón de fin de semana o la obra de un aficionado a la electricidad que está enganchado cables sin tener ni idea… Puede ser lo que ustedes quieran. Pero la tormenta - algunas tormentas - tienen un mandado.

He echado un vistazo a los papeles viejos y estamos en lo más granaíto de la feria. Desde mediados de septiembre - algunas veces hay adelanto, como cuando la gente cobraba por un habilitado y lo pedía - y la mediación de octubre es cuando dejan la tarjeta de visita.

Que si las campanas de la catedral tocan a media noche y despiertan a media Málaga (la otra mitad, ya luchaba contra el Guadalmedina en El Perchel y en la Trinidad), que si la riada del año en que se ahogo Torrijos, que si la del 89 cuando sacaron a María, ‘la Boja’ de los Aneales, que si la que vino el día que enterramos a Mérida y se llevó la vía del tren…

Una retahíla interminable, un rosario largo y de cuentas negras. Más, que días tienen los dos meses juntos para contar cosas feas, muy feas, porque donde está la muerte de por medio… Pues ¿qué quieren que les diga? Las tormentas como dice mi amigo José María hacen pequeños los ojos grandes de los puentes sobre arroyos y ríos secos.

Estaba ayer tarde el cielo precioso. En un abrir y cerrar de nubes se tornó, celeste de pureza. Perdió el añil manchego con que se viste en verano y dejaba que se columbrasen las nubes que iban a ninguna parte. La tarde se iba entre pájaros que buscaban la rama para pasar la noche y los perros que ladraban en el campo.


Ya no pasan los trenes que silbaban en la lejanía, cuando subían por la Cuesta del Cajero,  poniendo una nota de melancolía  en la tarde. Los trenes, esos trenes de humaredas algodonosas y máquinas negras, eran de ayer; la tormenta – y éste verano que no quiere irse, porque Dios no se queda con nada de nadie como dice una amiga mía-  puede ser de cualquiera de estos días.