martes, 28 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Amigos tiene una 'O'


Muchas palabras hermosas tienen una ‘O’. Dios, amor, corazón, pasión, ilusión… muchas palabras hermosas tienen otras letras y otros mensajes. Muchas palabras son nuestras compañeras – que es femenino, pero que tiene un ‘O’ - en nuestro deambular diario.

José María Pérez Lozano era un hombre excepcional. Yo solo lo vi una vez en vida. Yo era un muchacho lleno de deseos  - ahí van un puñado de  ‘O’ -  y asistí a una conferencia que nos dio una tarde de invierno de esas que anochecen pronto. José María Pérez Lozano era alguien importante por otras cosas, naturalmente. Yo, entonces, no tenía capacidad para calibrar al personaje que teníamos frente a nosotros.

Lorenzo Orellana  nos introdujo en el mundo de la literatura. Un día nos habló de la obra de José María Pérez Lozano. Nos dijo que era un hombre comprometido y que había escrito obras muy importante: Las campanas tocan solas; Dios tiene una O

Conocí la obra de aquel hombre  nacido en Navalmoral de la Mata, en el campo de Arañuelo, que besa el  Tiétar; al fondo, Gredos . Leí y releí su prosa que yo no sé si es poesía de la escuela de Juan Ramón, o es sencillamente algo – algo, también tiene una ‘o’- sublime que es poesía en sí misma y que nos lleva embebidos como abejas que liban en las flores.

Mi amigo, Fulgencio, - que también tiene una ‘O’ – me envía un listado de aquellos libros que iban con nosotros de la mano.  Entresaco: “Liber apertus in mensa. In manu sinistra navis. Manus dextra in ore. Oculi in coelum. Ita laboris?” (Libro abierto sobre la mesa. En la mano izquierda un barquito. La mano derecha en la oreja. Los ojos en el cielo. Por tanto, trabajas?)


Le digo que a José María Pérez Lozano lo releo con mucha frecuencia y, entonces, va y me contesta: “Ya lo sé. Es que José Morales tiene dos ‘O’; Fulgencio y todos los  amigos que hoy se han venido a arroparme, también.

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lunes, 27 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Las cosas del querer

“Álora - me dijo un día, desde Chinchón, Juan Francisco- debe ser muy bonita, ¿verdad?” Y le contesté: Álora, se asoma cada mañana, casi de puntillas, a la vega por donde corre el río; es, un pespunte blanco hilvanado entre calles que se dan la mano; es, la Gracia de Dios que, cuando se levanta, va y dice: ¡ahí queda eso!

Álora tiene una iglesia grande, tan grande… Es un templo soberbio. Del XVII. Por la calle Ancha - debe el nombre a cuando la fortaleza lo era - se sube a Las Torres, que es como aquí se conoce al castillo. Desde la Joyanca  - casi en la mediación de la calle - se ve cómo va el río, serpenteando, por la vega y las casas blancas, entre el verdor de la huertas. Los cerros, enfrente.

En el paseo por el pueblo - después de extasiarse en el castillo - se sube y se baja. La conversación se traba con facilidad porque la gente es abierta y, aunque va a lo suyo, gusta de acoger al que llega.

Si es tiempo y hora, hay que ir al Santuario de Flores. Allí está la Virgen de Flores; vino de Encinasola. Las vistas…Si asombran las del castillo (las del cerro del Calvario, tampoco, desmerecen), las de Flores, permiten admirar, otra parte del contorno: a la espalda, El Hacho que corona y, enfrente, el Torcal y la Sierra de Abdalajís, y las Lomas, y el cerro de la Fiscala y los Montes de Málaga y, a lo lejos, muy lejos, el Barranco del Sol, pero eso, es Almogía.


Hoy, porque el destino lo ha querido, Álora, mi pueblo, por manos de su alcalde colocará sobre mi pecho la Medalla de Oro de la ciudad… La emoción y el agradecimiento andan buscando una palabra para… Yo le he echado mano a una: Gracias. Si ustedes, encuentran otra mejor, por favor, díganmela. Estas son las cosas del querer…

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domingo, 26 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Trenes

Tenían sus horas y sus sones. Los trenes casi nunca eran puntuales. Iban o venían.   Según por donde estaba el sol y por un pitido largo y agudo de la máquina la gente del campo – casi nadie en el campo tenía reloj – sabía qué hora era y qué había que hacer en aquel momento.

Muy temprano bajaba el Mixto. Era un tren de madera. Los vagones, largos;  por las ventanillas se dejaban ver asientos de madera y un  pasillo por medio. En el  Mixto  la gente del pueblo se acercaba a Málaga.

Un poco después, venía el Express. Era un tren de lujo.  El Express venía de Madrid que entonces estaba muy lejos; paraba solo en algunas estaciones. El niño veía el tren desde el borde de la vía  y pensaba que algún día, él, en un tren como ese recorrería tierras que estaban muy lejos.

En sentido contrario, subía; es decir, iba a Madrid, el Rápido. Debía llegar a destino, al caer la noche. Era menos ligero que el Express, pero más que los correos.  Recorría el trayecto durante todo el día.  Los viajeros veían paisajes de ríos, de montes y de campos.

¿Qué pueblo será aquel recostado en las faldas de aquel monte? Los viajeros que sabían Geografía informaban al curioso que sentía la necesidad de saber por dónde iba, y así se comenzaba una lección de ocasión que no tenía precio.

A media mañana subía el Pescaero. De tren solo tenía el nombre. Una máquina y dos vagones que chorreaban agua porque se derretían los bloques de hielo que mantenían ‘fresco’ el pescado. La mercancía tenía que llegar a Madrid antes que los viajeros que viajaban en otros trenes.

Al mediodía subían dos correos. El primero paraba en todas las estacione; el segundo, solo en las importantes. El segundo correo tenía un sello diferente a otros trenes y era algo así como un tren de tercera división.


El automotor unía ciudades de media distancia. Iba a Sevilla y a Granada. Tenía aspecto de autobús largo y un solo compartimento. Por la tarde, casi  todos los trenes eran la otra palma de los que habían circulado por la mañana. De aquellos trenes ya no queda nada; un recuerdo lejano; la añoranza de lo perdido.

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sábado, 25 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Las nuestras: Fernán Caballero

Su nombre: Cecilia Böhl de Faber y Larrea. Su padre, cónsul en Suiza. Nació en Morges en el Cantón de Vaud el 24 de diciembre de 1796. Muere en Sevilla, a los setenta y tres años, el siete de abril de 1877. Todas sus obras están firmadas bajo el pseudónimo de Fernán Caballero.

Sus ojos reflejan la tristeza infinita que estuvo asida a su vida desde los inicios hasta la muerte. Tres matrimonios; tres veces viuda;  carestía y necesidades; constantes viajes que le llevan por Suiza, Alemania, Puerto Rico y España y un final en la pobreza.

Ya muchacha  regresa con su familia a Cádiz. Se casa a los 17 años. Pasa a vivir a Puerto Rico donde su marido, Antonio Planelles y Bardaxi, fue destinado como capitán de infantería. La muerte del marido hace que el matrimonio dure poco. Marcha a vivir con su abuela a Hamburgo.

Regresa a España. Se instala en el Puerto de Santa María. En 1822, con 26 años se vuelve a casar. Ahora con Francisco Ruiz del Arco, marqués de Arco Hermoso. Vuelve a enviudar pronto. Nuevas nupcias.

Por tercera vez contrae matrimonio. Lo hace con Antonio Arrom Ayala.  Estaba enfermo de la enfermedad azote de la sociedad española de la época: la tuberculosis. Muere pronto y vuelven las necesidades a su vida.

Los duques de Montpensier y la reina Isabel II fueron sus protectores. La acogen y le dan vivienda en el Patio de Banderas del Alcázar de Sevilla. La España convulsa del siglo XIX va de revolución en revolución. Su vida también se ve afectada cuando triunfa la de 1868. Tiene que dejar el alojamiento. La pobreza vuelve a aparecer en su vida.


Era de estatura mediana; su semblante serio; boca grande y barbilla pronunciada. Su mirada lánguida; sus ojos reflejaban la tristeza que le embargó siempre. Su literatura se encuadra en el apartado costumbrista. Defendió lo que en su tiempo se entendía por virtudes tradicionales, la monarquía y la ortodoxia de la iglesia católica.

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viernes, 24 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Mirada

¿Adónde van los pensamientos escondidos detrás de una mirada? ¿Los lleva a alguna parte el viento? ¿Anda sueltos por esos mundos que se llaman sueños? Los pensamientos juegan en la libertad de un  espacio que no existe; los creamos nosotros… Se abren solo a quienes nosotros queremos.

Los pensamientos son mariposas de prados celestes, florecillas de una primavera interior que juega con otros soles, estrellas en las noches oscuras en las que juega a su capricho de otros vientos…

Una leve sonrisa apuntada; una seriedad de Gioconda que no sabemos que nos quiere ocultar - porque, ¿realmente oculta algo o  deja que la imaginemos? -  de detrás de una labios cerrados como quien quiere que el misterio no se le escape y sea el espectador quien dé riendas a su imaginación…¿Una mirada que va o viene de vuelta?

Los ojos dicen y hablan solos. Los ojos cantan y pregonan el alma que va por dentro. Una mirada perdida o encontrada en sí misma. Una mirada en dos direcciones. ¿Y, por qué no, en tres? Si la dirección interior es la realmente la más interesante. ¿Y, por qué no, un paseo por esa interioridad que está no se sabe dónde? Hace que salte la pregunta ¿cerca o lejos?

Gustavo Adolfo Bécquer, el que esperaba cada tarde el correo que venía de Madrid sentado en la cruz de piedra del camino frente al monasterio de Veruela, escribió aquello de “por una mirada, un mundo;  por una sonrisa, un cielo…” Bécquer esperaba, a las sombras del Moncayo, un cambio que nunca llegó a su vida.

Maribel es la dueña de estos ojos; Maribel era una niña preciosa que acudía a clase, cada mañana, con el transporte escolar. Maribel se nos hizo grande y conserva toda la belleza y la dulzura de la niña de entonces.


Unos ojos en espera como quien destapa su interior con cuentagotas, como las abejas liban en las flores más bellas; unos ojos de lectura y mensaje; de reflexión, de inquietud, bellos, profundos, elocuentes… que se van con la mirada.

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jueves, 23 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Mari

Si yo tuviera la palabra de los poetas te diría todo aquello que le dijo Miguel a su amigo Ramón y te hablaría de la prontitud con que madrugó la madrugada y de todas las cosas que nos faltó decirnos en las tertulias de nuestras noches verano…

Si yo tuviera la lengua de las abejas te diría que supiste libar de nuestras vidas lo mejor de cada uno de nosotros y, además, tu mano  supo extraer el aroma y la esencia.  Nos llevaste a compartirlo; te diste la primera; nos marcaste el sendero…

Si yo tuviera el vocabulario del viento te diría que fuiste la mejor brisa que llegó a nuestras vidas, en el momento oportuno, el día oportuno, con la delicadeza oportuna, con esa caricia que se hacía sentir sin notarse, sin…

Si yo tuviese el lenguaje de los pájaros te diría que eras la nota precisa, la que todos necesitábamos en ese momento en que tiene que haber un trino que nos oriente para saber a qué rama subirnos, para ver cómo pasa por el camino eso que llamamos vida…

Si yo tuviese el lenguaje del mar te diría que eres la espuma de nácar que ha llegado al rebalaje para dejar todo lo mejor que lleva dentro y marcarnos con el sabor salado en los labios de algo único que a todos nos has hecho gozarlo de una manera distinta…

Ya ves. Tú ya lo ves todo. Una mañana gris; el cielo sucio y feo; unas gotas que traen polvo en suspensión desde un sitio lejano que tampoco quiso faltar y, a su manera,  estuvo presente. Yo ya no sé si era llanto de fuera o de dentro. Sí sé que era parte de todo lo que nos envolvía…


Por un momento pasó el silencio y pasó la película de tantos años cómo hemos tenido la suerte de disfrutar de ti, de sentir tu cariño, tu consejo, tu… porque tú lo sabías, ahora lo sabes más; tú, te decía, como lo dice Luz – otra Luz -  has sido nuestro norte y guía, nuestro acierto y nuestra suerte, nuestra melancolía y nuestra luz interior… 

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domingo, 19 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nosotros

Nosotros, que íbamos a una escuela inmunda – inmunda por la higiene que nos rodeaba – de nueve y a media, a doce y media, y de tres a cinco. Y no teníamos ni sicólogos ni maestros de apoyo, ni…
Nosotros, que jugábamos al pincho en el solar terrizo que había dejado la destrucción del convento de la monjas  en la puerta de El Pintor, pero que no sabíamos ni de convento, ni de monjas ni de otras cosas que les preocupaba – nos enteramos después, mucho después - a los mayores…

Nosotros, que pasamos por los tres escalones de la Enciclopedia Álvarez, que era algo que aumentaba de grosor con los ‘grados’,  y que nos enseñó que en una parte del mundo  había negritos, y cobrizos, y  amarillos, y… aquella gente a la que no conocíamos, nos caía la mar de bien….

Nosotros que cantábamos las tablas de multiplicar, y los ríos de España, y los cabos, y los golfos, y unos montes altos, más altos que El Hacho, claro, y que se llamaban cordilleras…

Nosotros que sabíamos que había marcas de chocolate que se llamaban ABC y Santa María…, y que había otro chocolate; bueno, chocolate, no; chocolatinas pero que solo comían algunos niños…

Nosotros, que hicimos del ‘madreaguas’ un héroe porque se bañó en el río una mañana soleada de febrero, vimos como algunos niños de los que iban con nosotros a la escuela un día ya no fueron más y doblaron las campanas y sus padres se vistieron de negro…

Nosotros que un día dejamos de ser niños – “desperté de ser niño / nunca despiertes / triste llevo la boca / ríete siempre” que escribió un hombre del que no sabíamos ni que existía – y salimos a eso que llaman los caminos de la vida…


Nosotros, les digo, el próximo 23 nos vamos a ver en la Fuentarriba. Algunos subirán a la cruz del Hacho. Siguen empeñados en repintarla. Esperemos que lleven medios, claro; luego, iremos a Canca. (Juan González, llevará el coche escoba). Hablaremos de estas cosas y de otras, porque nosotros, seguimos siendo tan niño como entonces, pero con más años, más peso y menos pelo… ¡Cosas que pasan!
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sábado, 18 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora.Las nuestras: Isabel Oyarzábal Smith

Sus apellidos hablan a las clara de la apertura que desde siempre Málaga dio a todos los venían de otras tierras. Su padre, andaluz de origen vasco, Juan Oyarzábal Bucelli; su madre, Ana Smith-Guthrie, escocesa. Isabel nació en Málaga en 1879. Murió exiliada en Ciudad de México en 1974. Fue escritora, periodista, actriz y diplomática.

Su primer trabajo profesional es de profesora de español en Sussex, Inglaterra. Allí conoce al matrimonio compuesto por Ceferino Palencia y María Tubau. Los hace conocedores de su afición por el teatro. Interpreta un pequeño papel.

Mujer comprometida con los movimientos feministas españoles, sabe del talento de la mujer anónima de España que, sin embargo, pasaba desapercibida a los ojos de la sociedad en la que vivían.
Comienza a asistir a foros internacionales donde se lucha por darle a la mujer el papel que le correspondía, en justicia, en el mundo de aquel tiempo. Sufragio  Universal o la lucha contra la esclavitud femenina van a ser dos caballos de batalla incesantes.

Colabora en prensa. Escribe en Blanco y Negro, El Heraldo, Nuevo Mundo, y La Esfera. En El Sol escribe ‘crónicas femeninas’. Firma con el pseudónimo de ‘Beatriz Galindo’. Traduce obras del inglés al español.

En 1930 se convierte en la única mujer de la Comisión Permanente sobre la Esclavitud de las Naciones Unidas. En 1931 se presenta como candidata del Partido Socialista a las Cortes constituyentes. En 1933 es la primera mujer en España que accede por oposición al cargo de Inspectora de Trabajo.

El gobierno de la República la nombre embajadora de España en Suecia. Antes, había recorrido Estados Unidos y Canadá con el fin de recaudar fondos para ayudar a la República. En el Madison Square Garden reunió un auditorio en torno a las veinticinco mil personas.


Tras finalizar la Guerra Civil española, con su familia, se exilió en México. La Diputación Provincial de Málaga su nombre a una sala donde se desarrollan actividades culturales. 
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viernes, 17 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitacora. La Luz de la mañana

Cielo entoldado y frío. Lo propio; estamos en febrero.  A duras penas se abre paso la Luz. La Luz siempre puede con las tinieblas. La Luz está allí;  espera su momento.  A veces no la vemos. Se asoma como quien separa una cortina entre las nubes y ve lo que no se ve desde otros sitios porque la Luz lo ve todo. Se impone a lo que la rodea.

Hay un alfombra de plata, o sea de nubes  extendida por el camino  del   cielo. Una alfombra que mitiga el frío de la mañana en los pies de los ángeles.  En las alturas, muy por encima de ellas, es azul; allí está la Luz plena,  ahora solo se intuye. Se adivina; brochazos de capricho  con un pulso desigual.

Hay una cortina de arboles en las dos orillas. Se clarean los más cercanos; los de la otra, forman un cordón tupido, espeso, casi impenetrable como quien forma una pantalla protectora asidos fuertemente entre sus manos. Los árboles siempre se dan las copas entre ellos. Entablan conversaciones que solo ellos conocen.

Pérez Lozano nos dijo que Dios tiene un O. A veces, la O de Dios, la otra O que no va en el nombre, se asoma como a hurtadillas, y también quiere ver lo que ha creado y lo admira y ve que es bueno y se complace y deja que los hombres gocemos de esos momentos únicos y breves que aparecen cuando no se esperan.

El río, espejo de la mañana, sigue su curso. El sino de los ríos se cumple siempre. Nace, anda su camino y llega al final. El río es un misterio que habla con su silencio. El río es un rumor que envía su mensaje a quien quiera escucharlo. Solo hay que sentarse en su orilla y aguardar.


Dormita el campo. Se despereza. Vuela un pájaro. Busca una rama donde posarse. El pájaro es un privilegiado. Ve mejor que nadie cómo se abre la mañana, cómo la Luz descorre la cortinilla, cómo nace cada día…

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jueves, 16 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Tiburcio Arnáiz

La calle Panaderos, hoy, en Valladolid no tiene nada ver salvo la coincidencia de nombre, con la que había en la segunda mitad del  XIX. Allí, en el número 23, en 1865, nace Tiburcio Arnáiz. Hijo de Ezequiel, empleado de un taller de tejedores, queda huérfano con solo cinco años.

La infancia, dura; penurias económicas. Entra en el seminario. Luego, viene a dormir a casa. Compagina los estudios con la ‘profesión’ de sacristán del cercano convento de San Felipe de la Penitencia de las Monjas Dominicas – que ya son rebuscadillas para encontrar un nombre –. Permanece allí hasta 1890 en que se ordena sacerdote.

Pasa a Villanueva de Duero. Le animan a opositar a una parroquia de más entidad. Cambia las cencellada del páramo por los vientos fríos de Gredos: llega a Poyales del Hoyo, en la provincia de Ávila; luego, a Toledo; Doctor en Teología; entra el noviciado jesuita.

Su destino en Málaga le lleva al contacto diario con los más humildes. Los ‘corralones’ en El Perchel es el lugar asiduo de P. Arnáiz. Tiempos de convulsión política y social. Hombre muy comprometido: fe en el Corazón de Jesús y caridad. Comienza una labor de ‘misiones’ por los campos de Málaga. Llega a Las Mellizas, pedanía de Álora.

Allí construye una ermita. Don Rafael Benjumea y Burín, Conde de Guadalhorce,  la edifica en el solar de un olivar cedido por Isabel Díaz García, en la “Loma de las García”. Él mide personalmente el terreno ayudado por el niño Cristóbal Trujillo Navarro, realiza los planos de la ermita, y supervisa su edificación.

Las obras comienzan el 18 de septiembre de 1924, dos años antes de su muerte. Antonio Aranda Roldán saca los cimientos y levanta los muros. La ermita fue terminada por Tomás Salas Estrada. Consta de una sola nave rematada con ábside que culmina en bóveda.


Estos días con una serie de conferencias y una exposición en la Casa de la Cultura se reivindica y divulga la labor de este hombre de tez enjuta y seca,  muerto en olor de santidad, el 18 de julio de 1926. En Málaga capital se levantó un monumento costeado por suscripción popular como homenaje a su obra. Su sepulcro en la iglesia de la Compañía de Jesús es una peregrinación constante de gente que le sigue fervorosamente…

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miércoles, 15 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Cicatriz

Es una hendidura que viene de arriba. Baja de los montes, al mar. Nace en la vertiente sur de la cordillera y se encajona buscando la salida natural. Su cauce atraviesa y rompe montes secos,  asolados por la filoxera y repoblados, después. Todo fue decrepitud y  ruina en el viñedo malagueño. La Málaga de siempre se quedó con su río seco; partía, en dos, la ciudad.

El Guadalmedina, redundancia de nombre, es el río de Málaga. Es un río sin cauce continuo, es decir, sin caudal. Saca agua cuando las tormentas de otoño hacen de las suyas y descargan torrencialmente. Periódicamente arrasaba los barrios colindantes. Subían los muros; se hacían más contrafuertes. Una lucha sórdida y desigual…

La solución vino con la construcción del Pantano del Agujero. Una oquedad en su pie de presa permite salir solo el agua que admite el cauce del río. En la parroquia de San Juan una lápida de mármol recuerda la altura a la que llegaron las aguas en una de las muchísimas riadas contabilizadas. Eso ya era historia.

Cada cierto tiempo hay alguien que recuerda la necesidad de una solución a esa cicatriz. Hasta la mediación del siglo XX el río dividía: la Málaga rica y burguesa, al este; la Málaga de mucha necesidad al, oeste. Hoy ya no es así.

La Málaga del Perchel y de la Trinidad se hizo tan grande que compitió con la otra. Fue el crecimiento natural hacia la llanura por la que entra otro río, ese sí, con más entidad, el Guadalhorce.
Ahora parece que vuelve a resurgir ese deseo de dar una salida. Hay un cierto runrún que pide medidas integrales. Dejar a un lado intereses muy particulares y mirar a Granada, Almería o a Valencia que con problemas parecidos han encontrado soluciones.


No es fácil. En Málaga, menos. Sigue sin acabarse la Catedral.  Ya ven aquí solo se dan término a las obras de las tabernas para hacer bueno el dicho “Málaga ciudad bravía, la de las mil tabernas y una sola librería”.

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martes, 14 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La escuela

Estaba, al fondo de calle; al pie del campanario. Hacía esquina con la plaza. En el solar entre la iglesia y la calle Benito Suárez que era un maestro que se dio por su pueblo. La muerte le sorprendió joven; tenía mucho que aportar. El ayuntamiento le dio su nombre a la calle. Reemplazaba a otro que le habían dado unos vecinos de un tiempo lejano.

Cuando a las calles viejas se le dan nombres nuevos ocurren cosa extrañas. No pierden el que tenían; les cuesta asumir el que llega. El pueblo llano las llaman de una manera; la oficialidad, de otro. 

La escuela era lóbrega y poco iluminada. Olía mal. La clases se repartían entre la planta baja, donde había cuatro, y el primer piso – no había otro – donde se acogían, a tres. Los maestros todos tenían su ‘don’ por delante. Nosotros, sus alumnos, les teníamos una consideran especial, muy especial.

Escuchábamos los toques de las campanas. Las campanas tenían su mensaje: tocaban a misa, a horas del oficio divino, a fuego, a agoni, a entierro… Había tres campanas. Una grave; otra aguda, y una pequeña que casi nunca tocaba porque estaba cascada.

En el patio central, que tampoco había otro, en una de las esquinas había un habitáculo. Lo llamábamos ‘retrete’. Los niños  - las niñas estaban en otras dependencias, en otra calle – salíamos al recreo a la Plaza. Entonces, aún no se llamaba Plaza Baja de la Despedía. Era amplia, soleada y espaciosa. En medio había un jardín. Los niños respetábamos las flores.


Los pupitres, bipersonales. En medio un tintero de porcelana; la tinta  casi siempre derramada. En el testero principal: un crucifijo, en el centro; a ambos lados, dos estampas con fotografías de Franco y de José  Antonio. Al fondo,  una litografía de mala calidad mostraba una copia de la Inmaculada de Murillo; en un testero el mapa de hule, raído y viejo; en el otro, un ventanuco por donde entraba algo de luz…
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lunes, 13 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Poema de Amor

¡Cuántos recuerdos! Una calle que se hacía corta, cortísima, unos libros bajo el brazo y un “hasta mañana, amor mío”, y ninguno quería ser el primero en irse. Y,  enfrente, al otro lado, tu casa: “Espera, espera…” -me decías- “ahora, cuando cambie el semáforo…” Y así, una vez, y otra, y un rato que se iba volando…

¡Ay, qué difícil era dar el giro!

“…Que es un soplo la vida, / que veinte años no es nada, / que febril la mirada, / errante en la sombra, / te busca y te nombra…”

Y tocaba, como cada tarde, la campana de San Pablo. Llamaba a rezos lejanos,  y el cielo se ponía oscuro y en la ciudad se encendían luces, muchas luces. Se iluminaba, poco a poco, la calle con unos faroles que nos veían, y había uno que guiñaba… ¿Se reía de nosotros? No, no; era nuestro cómplice.

Y unos ojos que hablaban en la distancia, y veinte años en la boca,  y  un volver a volver la cabeza…, y tú cruzabas con aquel andar tuyo, firme, seguro, ligero…, y el pelo suelto, y la gracia de tu falda,  y tu cuerpo ya era una figura perdida entre otras gentes…

Pasaban los coches; cada cual iba a lo suyo. Volvían del trabajo; iban a alguna parte. Se iluminaban los escaparates. Del bar de Antonio salía un vaho caliente y viciado. Olía a vino rancio, a serrín húmedo y a tabaco; a hombres solos que pasaban las horas en espera de la nada…

Y tú ya no estás, y la calle es una calle cualquiera, y las sombras son sombras de otra gente, y entonces, precisamente entonces, aparecen las preguntas que se quedaron sin respuesta…

Ahora, cuando ha pasado tanto tiempo, me pregunto quién se habrá sentado después de nosotros en aquellas aulas de dónde veníamos hasta apurar los últimos suspiros de la luz de la calle. ¿Están cerradas? Los compañeros se fueron yendo…


¿Sabes? Te confieso una cosa: esta tarde he ido adonde siempre. Te he comprado una rosa… de las nuestras, y luego…, luego…, luego… la de dejado donde tú sabes…


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domingo, 12 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Galerna

Lo dice el hombre del tiempo. Los aires en el Cantábrico y en Canarias  soplan con una fuerza superior a lo que es normal; olas contra las rocas. Imágenes de susto.  En el resto de España la cosa no pinta mucho mejor. Frío, nieves, lluvia, viento… Un montón de provincias con colorines en los pronósticos.

El fin de semana ha sido movido. En Vitoria unos cafres han ido en busca de los aficionados del otro equipo. No iban a dejarles una tarjeta de visitas con su dirección por si se les ofrecía algo durante su estancia en la ciudad. No, no.  La batalla campal ha dejado unas imágenes con muchas preguntas sin respuestas.

En Vistalegre, una extinta plaza de toros,  en Carabanchel, los ‘morados’ se han puesto morados unos a otros. Bueno todos, no. En la grada cantaban ‘unidad’. En el ruedo no le hacían mucho caso. ¿Y eso? Todos quieren ponerse ‘morados’ cuando  llegue el momento de repartir lo que haya de paño. Algunos ya están desteñidos.

Otro partido con grave problema en el pájaro de su logo ha cerrado un congreso más triste que un entierro de tercera. ¿Gaviota o charrán? Verán como consiguen que perdamos el sueño, y entre el ulular del viento, y los graznidos nos olvidemos de un montón de cosas…

Y, esto llegó Fidel…No, no. Esa era la canción de Carlos Puebla. Quien llegó fue ella – por cierto, jersey rojo que le daba un punto de distinción sobre todos los demás y cantando en la cara que está cogiendo ‘peso’ – y los mandó a… Está claro, ‘la sombra del ciprés, quiero decir, del Felipe,  es alargada…’


España tirita de frío en mitad de febrero. Es lo normal. En febrero en el hemisferio norte no hace calor. El calor va por otros barrios. Ahora llegan días de facas afiladas clavadas en la espalda con una sonrisa de oreja a oreja. Ríanse de los que partían pan duro y queso añejo en Sierra Morena. Aquí entran el reparto de otras cosas. Al tiempo.
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sábado, 11 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Las nuestras: Mencía Calderón

Mencía Calderón Ocampo, la Adelantada, fue una hidalga española, del siglo XVI. Estuvo casada con Juan de Sanabria, rico caballero, natural de Medellin y encargado por la Corona de llevar mujeres al Nuevo Mundo, ‘para implantar la hidalguía y para renovar la sangre, ya excesivamente mestiza’.

Mencía de Ocampo queda viuda antes de  la salida que lo hace en 10 de enero de 1550. La expedición la componen trescientas personas. Parten de Sanlúcar de Barrameda. Al mando va su hijastro, Diego de Sanabria. Mencía se convierte en protectora y custodia de las cincuenta mujeres, ‘doncellas para poblar, algunas casadas y otras solteras’. Le acompañan, también, sus tres hijas: María, Mencía y Francisca.

De un segundo matrimonio de María de Sanabria con Martín Suárez de Toledo con quien tuvo ocho hijos,  nació Hernando Arias de Saavedra, ‘Hernanadarias’. Fue el primer gobernador nacido en Paraguay. Pero esa es otra historia.

La flota tenía como destino la isla de Santa Catalina en la costa de Brasil y en Río de la Plata. Maltrechos y con muchas penurias llegan a Santa Catalina en diciembre;  los vientos de los temporales desvían la parte de Diego de Sanabria hacia el Caribe; de allí, por Perú, pasa a Potosí y nunca llega a su destino originario.

Las mujeres, bajo el mando de Mencía Calderón, juegan un papel preponderante en la salvación del grupo. Se establecen en Ybiazá (Mbiaza, en guaraní, ‘la salida’). Cosen velas, proporcionan comida, juntan maderas y participan en todas las actividades.

Mencía cuida celosamente su plante de mozas casaderas. Muchas de ellas se casan con oficiales y funcionarios de la expedición; disminuye el número de candidatas para encontrar maridos entre los españoles de Asunción.

La expedición se divide en dos. Una por mar en un bergantín; la otra por tierra, a través del Peabirú y el río Itapocu. Penalidades enormes; sacrificios; ríos caudalosos y selvas impenetrables.
La expedición por mar llega a Asunción en octubre de 1555. La algarabía, jubilosa. La sorpresa, enorme. Muchas de las mujeres encuentran a sus maridos rodeados de vástagos mestizos, algunos ya adolescentes.


Mencía con el resto de la expedición llega un año después, en abril de 1556. Va acompañada de sus yernos, hijas, y demás acompañantes… Habían recorrido mil seiscientos kilómetros; la expedición duró seis años.
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viernes, 10 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Plumas de ángeles

No estamos acostumbrados a algunas cosas. Llegan de improviso. Nos cogen con el pie cambiado; se escapan suspiros de admiración. Esta mañana, ha nevado sobre Madrid. Los que somos  de ‘secano’ en nieve estos fenómenos nos llaman la atención.

Parece que hubo un pelecho de ángeles traviesos a esa hora en que los niños, semidormidos, se lavan la cara para ir al colegio. Al igual los ángeles tampoco tenían muchas ganas de ir a aprender las tablas de multiplicar y esas cosas. Se enzarzaron en el juego. Se arrancaron las plumas. Las dejaban caer sin miramientos.

Los copos perdidos llegaban a una ciudad extraña. Bajaban asustadillos, como quien va por libre y mira a los lados; luego, se agrupaban entre ellos. Venían en bandas. Parecía que se cogían de la mano. Se fueron asentando sobre los setos, sobre los bordes de las aceras, sobre el suelo del parque…

El busto del  padre Rubén  - quiero decir Rubén Darío – está bajo un conjunto de pequeñas palmeras washingtonias. Lo protegen del sol en los días tórridos del verano. Esta mañana los copos juguetones eran menos respetuosos. Se posaban sobre su cabeza de bronce… ¡Se está perdiendo el respeto!

Lo había dicho el hombre del tiempo. A veces, no le hacemos. No siempre se cumplen las predicciones… Esta mañana no fue así. Los copos bailaban un vals con música de silencio, acompasado y majestuoso.

En Madrid no saben lo que son las biznagas. Claro, no lo van a tener todo. Esta mañana si los jazmines hubiesen cambiado el paso  del tiempo y se hubiesen venido por febrero podrían haber ensartado una varetilla de eneldo  para ofrecerla a la diosa Cibeles…


Una pareja de mirlos se ha cobijado en el magnolio del jardín. ¿Esperan a que pase el temporal? La urraca, que es un pájaro que se viste de nazareno todo el año, picotea por el suelo; busca los bichillos de su dieta. Los gorriones van a los suyo. No hay arrullo de torcaces… Bajan, ahora, otra vez, plumas de ángeles que vienen del cielo…

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jueves, 9 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. ¿Quién dijo...?

No sé quien lo acuñó. Parece difusa la atribución. Hay quien se remonta al Siglo de Oro; otros, se quedan más cercanos, en el XVIII. Lo cierto es que alguien lo lanzó a los cuatro vientos. “De Madrid al cielo”. Desde entonces procuro hacerlo bueno, aunque me quede con el cielo más cercano, o sea con el terrenal.

Madrid amaneció gélido. Es decir, menos cero grados. Lo decían los termómetros, el hombre del tiempo y el vientecillo que daba en la cara. Tampoco vamos a pedir, en la mediación de febrero, una media docena de abanicos. No; que no.

Nos citamos – dónde si no se pueden citar  tres catetos en Madrid - en Cibeles. Por cierto sigue en obras el Ayuntamiento  y la fachada con el cartel para fastidiar a los turistas que buscan la foto:  “Refugees welcome”, como si los refugiados quisieran la cartelería para algo. Y, digo yo ¿y si se le diera Justicia?

Después, la cita era obligada porque Paco –ah, que no lo he dicho, los citado éramos Paco, Salustiano y el que suscribe – nos iba a explicar la exposición de Clara Peeters que para mí era una perfecta desconocida. ¡Qué poco sé, Dios mío!

El Prado, además, tenía otras tres magnas exposiciones temporales: Metapintura, un viaje a la idea del  arte; Maestro Mateo, y Ribera. Que a uno, un licenciado en arte lo lleve de la mano por ese bosque… No hay palabras.

Luego, porque Paco es así de generoso, nos llevó a La Bola. Santo y seña del cocido. Ríanse de aquel cocidito madrileño que cantaba Pepe Blanco en los años cincuenta del siglo pasado. Templo de la gastronomía para un día de invierno. Como ven la devoción hay que conservarla siempre.  De colesterol -  ¡mira que hemos…! - y de esas cosas, no hemos hablado. ¿para qué va uno a entretenerse en menudencias?


A media tarde. Cada mochuelo, a su olivo. Queda una cita pendiente. Ahora serán ellos los que tirarán millas. Ya saben el mar,  el mar azul de Ulises sigue ahí llevando espumas de nácar al rebalaje… Ya me entienden.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Victorio Macho

He tomado un tren lanzadera a primeras horas de la mañana. Me he ido a Toledo. Al sol se está bien; en las sombras, frío, mucho frío. Cielo azul; por la Sagra, el campo ya despunta; llanos esteparios, silenciosos y misteriosos. Por el camino - poco más de una hora -  paso revista a los recuerdos.

De Victorio Macho supe cuando yo era joven. El profesor de Historia del Arte, don Manuel Burgos, nos había hablado de él. Nos hizo un recorrido por sus trabajos. Nos inculcó una curiosidad que venía, principalmente, de la mano de una sus obras: el Cristo del Otero.

Victorio Macho era palentino. Su familia de las que se ganaban el pan de cada día, o sea de los que tenían que trabajar cada mañana. Su aprendizaje por Santander y Madrid. Años donde no lo conoce nadie. Despunta con algunas obras. Luego, la Guerra incivil. El exilio y el peregrinaje por medio mundo.

Era una tarde de verano. Hacía calor. Yo había llegado a Toledo siguiendo la curiosidad que siempre me ha llevado a muchos sitios. Yo tenía poco más de veinte años y en Toledo tenía varias visitas obligadas: al Cigarral de don Gregorio, a la Casa de El Greco y a la Casa de Victorio Macho.

Naturalmente, en Toledo, hay muchas más cosas que ver. Y lo vi. Uno que siempre ha gustado de ir a donde no va la gente aquella vez estuve en esos tres lugares. En Roca Tarpeya, o sea, en el jardín de la casa asomada al Tajo comprendí porqué algunos artistas eligen los sitios que escogen.

He vuelto otras veces por esa ciudad única cuando había menos turistas que hay ahora, cuando se escuchaban los pasos por las calles estrechas en las noches de estrellas lejanas y cuando no todo era un zoco de recuerdos que asaltan desde los escaparates. La última vez que estuve fue cuando la magna exposición de El Greco. Fui, como ahora,  solo. Callejeé y también reviví recuerdos.


Me quedo con aquella tarde de verano. El sol trasponía por los cigarrales de enfrente; la yedra enredada en la baranda de la terraza; en el estudio del escultor piezas expuestas para contemplación de los visitantes. Profundo y rumoroso corría, abajo, el Tajo camino de Lisboa…


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martes, 7 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El tesoro

Madrid a la luz de la mediación de la mañana era una ciudad de sol tibio, cielo azul, y fresco agradable en la cara. Madrid hacía rato que había despertado. Los gatos cimarrones debían estar en algún recoveco. Esperan que llegue la noche y entonces, la ciudad, otra vez, será suya.

El bullicio humano llena las aceras de la calle; la calzada es de los coches. Es una masa que se mueve con velocidad uniformemente acelerada hasta el semáforo que está un poco más allá, solo un poco más allá… Se paran; reemprenden la marcha.  Y, entonces aparecen otros coches casi con los mismos colores pero con otra gente dentro.

La estación es un río humano. Los tableros electrónicos anuncian que llegan trenes desde muy lejos. Detrás de una valla metálica hay quien espera a otros viajeros. Por las cintas metálicas hay un chirrío de gemidos de ruedas de maletas. Las maletas no saben por dónde han pasado, ni de dónde vienen ni adonde van.

La estación ha perdido el olor que tenía. Ya no huele a gandinga ni a carbonilla, ni a recoveros que traían productos de los pueblos: pollos con la cresta asomando en una cesta; miel de colmenas castradas en la Alcarría; frutas maduras de las vegas de Aranjuez; pan caldeado con retamas, aulagas y leña de monte…

Tomo un taxi. El hombre es amable. Le doy la dirección. Lleva una emisora de esas que ahora proliferan tanto con música – es un decir – que es un ruido de zumbidos. Le hablo, original yo, del tiempo. El hombre me dice que ha mejorado algo; ha estado peor estos días anteriores. Es un consuelo; algo es más que nada, vamos, digo yo.

A mediodía el cielo se entoldó; los chaparrones se dieron la mano unos a otros. Luego, abrió un cielo azul velazqueño. Las nubes seguían  camino; su paso lento, parsimonioso…


Madrid con la cara lavada y sin contaminación estaba precioso Sus árboles desnudos apuntan a primavera reventona en las yemas de los plátanos orientales. Siguen las obras. Se ve que es imposible encontrar el tesoro. Lo escondieron tanto que no se percataron: el tesoro está a la vista.

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lunes, 6 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Se llama Ignacio y es de Álora

Eso que llaman cronología o tiempo o edad tuvo la culpa. Ignacio y yo nunca jugamos a las bolas en la Fuentarriba,  ni al pincho en el llano terrizo en la puerta de la Droguería de ‘El Pintor’, ni corrimos juntos detrás de un aro de cinc arrancado de un cubo viejo hasta donde el pueblo ponía las lindes…; no.

Ignacio y yo nunca fuimos a la misma escuela. Ignacio era un niño cuando yo ya era muchacho; Ignacio vivía en otra calle, paralela a la mía, eso sí,  pero nunca coincidíamos y mientras yo iba a una clase donde me enseñaban, en el mapa de hule, por dónde venía el Ebro al mar o el Duero se iba a otras tierras… Él estaría jugando con otros chiquillos en la calle.

Ignacio un día se hizo grande. Ingresó en la Guardia Civil y tuvo destinos duros. En sitios difíciles donde no regalan nada; exigen mucho y reconocen poco. Ignacio vivió su Getsemaní en esa punta de España donde otros muchos dejaron su sangre.

Después pasó por otros destinos. Estuvo en esas unidades de élite donde van los mejores. Los llaman especialistas. Ignacio era especialista, además de en conocimientos - que eran muchos -  en su materia, en honradez,  y se la jugó. No entró por el aro que entran los mediocres y plantó cara a lo que él entendía que había que plantársela.

Un día, como a otros tantos, la podredumbre fue a por él y a por otros compañeros. Lo malo, al principio, puede mucho; los corruptos, también. El Tiempo y  la Justicia pusieron las cosas en su sitio. Ignacio y sus compañeros ya habían pasado un quinario demasiado duro; durísimo.(Asuntos internos. Jorge Cabeza, clarito, clarito).  Se hizo la luz.


Me lo encontré hace unos días por pura casualidad. Ignacio es uno de los hombres más honestos, más cabales y más íntegros con los que me he rozado. Fue una alegría. Eso, no tiene precio. Produce una sensación muy agradable por dentro. 
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domingo, 5 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Pájaros

Lo decía el otro día el periódico. Un príncipe saudí paga de su bolsillo (es un decir, claro) la mayoría de las plazas de un avión comercial, de los grandes, para transportar  su ‘harén’ de halcones. Iban como señores. No podría entenderse de otro modo.

Uno, de vez en cuando, ve cómo las aves rapaces, sobre todo las primillas, que son las que más hay en mi pueblo, se elevan aprovechando las térmicas de las mañanas para buscar su sustento de cada día. Se suspenden por un momento, ojean, y a la presa.

Ahora la sorpresa ha venido en letra de tinta sobre papel de periódico y no deja de sorprenderse. Los halcones nunca lo van a contar pero seguro que si pudiesen hablarían y no acabarían. Ellos hechos para volar van con una caperuza y unas ‘zapatillas’ en la garras… ¡Eso no es vida!

Hay otros pájaros. En femenino se llaman pájaras. Presuntamente una señora francesa le ha cercenado la carrera política a su marido que aspiraba a irse de ‘okupa’ durante un tiempo al Elíseo que es ese palacio que está conforme se sube desde la Plaza de la Concordia hasta el Arco del Triunfo, a la derecha – de derecha, pero otra derecha, va también la cosa – que es donde residen los Presidentes de la República.

Hay otra presunta que al parecer se ha embolsado no se sabe cuánto de los fondos  reservados  del Estado Español para tener cerrada la boca mientras mantenía abiertas otras vías. Ustedes llámenlo como quieran, en mi pueblo, a eso, se les da un nombre. Seguro que en el suyo se les llama casi de la misma manera.

Un pájaro de plumas amarillas  - que no, que no es un canario, que los canarios, auténticos tienen el plumaje de otro color – anda metido en cantes raros. Rarísimos. Parece que desde otras jaulas que ocupan unos señores conocidos como Jueces le están enseñando que el alpiste se gana de otra manera. Veremos cómo termina todo.


Hay mucho pájaro (con sus femeninas incluidas), suelto. Los halcones del príncipe viajan en avión comercial con aire acondicionado. Seguro que un azafato les habrá dicho qué pasará cuando se produzca una descompresión en cabina. ¿Les habrán informado también, a las otras, de lo que se le viene encima cuando saltan los escándalos?

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sábado, 4 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Las nuestras: Carmen Conde

Tenía unos ojos grandes  con un brillo especial;  la frente despejada;  nariz, prominente; el pelo ondulado; la boca grande y la barbilla pronunciada; la tez fina y lisa. La mirada, una mirada diferente y una luz que llegaba desde lejos, que siempre encerraba la expresión de quien tiene un mundo interior muy rico.

Carmen Conde nació en Cartagena. Su vida, un peregrinar por varios lugares de España: Melilla, Murcia, Albacete, El Escorial, Madrid y Majadahonda donde acabó sus días.  Estudió Magisterio, hizo oposiciones a Bibliotecas pero sus dos grandes sellos fueron la enorme calidez de su poesía y el hecho de ser la primera mujer que accedió a la Academia Española. Ocupó, el sillón “k”.

Su discurso de toma de posesión fue: “Poesía ante el tiempo y la inmortalidad”. Era el 28 de febrero de 1982. Fue la culminación de una vida entregada a la poesía. En 1927 se casó con el poeta Antonio Oliver Belmás. Juntos fundaron la Universidad Popular de Cartagena.

Sus primeras obras aparecen en los años veinte. Ley (entrega de capricho); Obra en marcha, diario poético; Brocal aparece en 1929. Un año después termina Magisterio en Albacete. Se enrola en experiencias culturales por Andalucía. En 1934 Gabriela Mistral, cónsul de Chile en Lisboa, le prologa Júbilos.

Con Amanda Junquera tiene una amistad íntima. Según sus biógrafos tanto su vida como su obra va a estar marcada por esta relación. Entabla una batalla interior. Le va a durar hasta el final de sus días. Todo fue una lucha secreta. Se tambalea entre las sombras y el presente.

Luchan al lado de la República. Después de la guerra vive en El Escorial; luego, Madrid. Ocupan un piso, antes de pasar a Ferraz,  en la calle Velintonia, en la misma casa donde vive Vicente Aleixandre. Firma sus obras bajo seudónimo.


Su presencia en la radio es constante; concede entrevistas, recibe el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil. Canciones de Nana y desvelo la llevan a ser pionera en ese campo.  En 1982 su actividad es enorme; aparecen los primeros síntomas del Alzheimer… Muere en enero de 1996


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viernes, 3 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Febrero ha venido

Febrero, refranero y frío ha llegado como todos los años. En su momento preciso y justo el día que tenía que hacerlo. Es decir, un día después de que se haya ido enero, que es lo que tiene que ocurrir.
Febrero ha venido con las cigüeñas, que ahora ya no se van. ¿Adónde van a ir las cigüeñas que estén mejor que aquí? Con la Candelaria sin hogueras al atardecer en el campo, con San Blas sin bendiciones de roscas - ¡ay, que se va perdiendo todo! - en las misas tempraneras…

Dicen que nieva en otros sitios; dicen que llueve a disgustos de casi todos, y a gusto de unos pocos; dicen que las dehesas de Extremadura están vestidas ya de verde y esperan que llegue la primavera, dicen que ya verdeguean las campiñas…

El periódico, de otras cosas, cuenta y no acaba. El señor de pelo de purpurina se ha empeñado en helarnos también por dentro. Don Antonio Machado hablaba de una España habría de helar el corazón al españolito de aquel tiempo, y ahora, además de España, viene uno de muy lejos y también anda manos a la obra.

Algunos políticos patrios se empeñan en seguir en la nómina de los impuestos de todos nosotros. Eso de vivir de la sopa boba da un gusto añadido, y si encima, se creen que engañan al personal… Algunos no se van ni con agua caliente. Claro, mirándolo despacio, tienen difícil el lugar al que dirigirse.

Dan la respuesta ellos solos, como aquel de mi pueblo que se encontró al amigo y le dijo que su Juanillo tenía novia, y que si la conocía, y el otro no se cortó un pelo, y fue y le dijo: “pero conozco a tu Juanillo”.


El patio - ¿será porque Febrero es locuno y muy revoltoso? – está como para decir, “niño, cierra la puerta por fuera”. Pero ya ven no nos hacen ni puñetero caso, mientras, Febrero, a lo suyo, con días en que “busca la sombra el perro”, y los precios el bolsillo del contribuyente.

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jueves, 2 de febrero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Reguero de luz

Se va la tarde. Marca caminos en el cielo. La luz no quiere irse. Está aquerenciada como los toros se aquerencian en tablas; como los enamorados con la esquina; como las rosas con la primavera; como los jazmines con las noches de verano; como el niño con el olor del pecho de su madre.

La luz, o sea la mano de Dios, marca el camino y dice por donde el sol busca otras tierras. Dice dónde será de día, y todavía,  ella que ya está entre dos orillas, como el puente con Triana y Sevilla y no sabe con cuál de las dos quedarse… se hace remolona y mira y ve desde lo más alto y reparte toda su belleza.

Escribió don Antonio Machado aquello del “camino se hace al andar” y anda la luz en un empedrado de nubes; en el dorado intenso del cielo que se ha vestido de tonos de distinta intensidad pero con la misa esencia. Vamos para que escoja, como las niñas guapas, que traje se ponen para una noche de amor.

Los montes en el horizonte han dibujado su línea. Saben hasta donde llegan ellos; saben por dónde se les escapa la luz, que no quiere irse  y se pavonea en las alturas como los pavos reales en los bordes del caballete.

Tiene la tierra la penumbra de las sombras. Tiene la tierra el misterio de lo desconocido, de lo que aguarda y espera que pase un tiempo, solo un tiempo, el preciso para que ella asome, otra vez más, por la calle del alba y lo llene todo y lo ilumine todo, y…

Los árboles donde se arrebolan los pájaros en sus sueños, se empinan sobre ellos mismos. Son como los niños asomados a la tapia del corral para ver lo que había detrás de la valla blanca y misteriosa.

Los árboles saben que juegan con ventaja; su estatura se lo permite, Son así por naturaleza, porque por algo Dios les indicó que misión tenían en una tarde de luz aquerenciada…


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