viernes, 26 de mayo de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora: Patarra

Patarra, Francisco Ramos,  era un hombre bajito, rechoncho y con las piernas un poco arqueadas; tenía la boca grande lo que le profería una aparente sonrisa permanente. Trabajaba en un almacén de frutos de la estación, cuando allí había una actividad económica floreciente. A la estación – tanto al tren como a los almacenes acudía mucha gente- por lo que el hombre era dado a darse un volteo por los bares y ‘observar’ el gentío.

Patarra estaba casado con Juana que regentaba un quiosco en la Plaza Baja que todavía no se llamaba de la Despedía. El quiosco de Juana era cita obligada para todos los chaveas que disponían de los grandes capitales que daban una ‘chica’, una ‘gorda’ o un ‘real’; la peseta , eso que dicen que tenían algunos, era terreno para los ‘capitalistas’ de aquel tiempo.

Un día, el patrón le gastó una broma. Entre los sacos colocó estratégicamente repartidos, pero a la vista, un puñado de caramelillos. Patarra, picó en la trampa.  Al regreso, al trabajo, sin mediar palabra, espetó:

-         Hay que ver la cantidad de ratas que hay en este almacén: he puesto un puñado de caramelos envenenados  y en un rato han desaparecido todos.

A Patarra se le descompone la cara y casi sudoroso, responde:
-         Hombre, eso se avisa…

Patarra también tuvo sus ilusiones toreras. Con ‘Cañero’, Antonio Martos, que vendía lotería, formaró la pareja de “Joselito y Belmonte’ locales. Naturalmente no pasaron de aspirantes a becerristas. Participaron en algunos festejos de los que entonces se organizaban con empresarios improvisados con el cura y el Ayuntamiento como promotores y con fines siempre benéficos.

A Patarra le llega la hora de la jubilación. El hombre acude al Organismo pertinente a arreglar el papeleo. No aparecía por ningún sitio para poder arreglar la pensioncilla…

-         Usted no está aquí, le dice el funcionario

-         Busca, busca bien, hombre…

-         Que le digo que usted no figura en estos listados…

-         Busca hombre, busca…

-         Que le digo que no…


-         Que busques, que busques bien…, que en la guerra sí que me encontrasteis…


jueves, 25 de mayo de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Preludio

Ya está aquí. Dice el calendario que hasta el veintiuno de junio no entra el verano. Eso es lo dicen los que saben de astros, y de los caminos del sol, y de esas cosas que nos quedan tan lejanas. Nosotros ya estamos, como en las grandes obras, en el preludio. Es decir en lo que llega primero y anuncia lo que viene después.

El romancero fue muy clarito. “que por mayo / era por mayo / cuando hace el calor…” Es la calor del mediodía arriba, la que calentaba los cántaros de los segadores en la solana de la loma; la que provocaba el miedo de cebadas tempranas bajo  hoces y dediles, mandiles y ‘zahones de tela de costal´; la que hacía que un enjambre de tabarros revoloteasen en el pilar del pozo…

Esta mañana, una banda de volantones daba sus primeros escarceos lejos del nido en el vallado de los granados. Los pajarillos eran un grupo de chaveas con plumas que disfrutaban del primer día de vacaciones lejos del nido. Los volantones cambiaban el piar de aceptación ante la llegada de la madre por un gorjeo propio de mozalbetes.

Se van agostando los nísperos. Entre los mirlos ha corrido que comienzan a tomar color, por el ombliguillo, las brevas tempranas. Han hecho las primeras visitas de reconocimiento. En el lenguaje de los mirlos, o sea, el que solo entienden entre ellos, se han dicho que todavía no están maduras, que hay que esperar unos días… Ya se sabe, el que más madrugue se llevará el primer manjar.

Me dicen desde Sevilla que allí ya se han dejado entreabierta la puerta del infierno. Es lo normal por esa tierra y por la campiña de Córboda, como es normal que Venecia y Granada, y París lleve a sus citas a los enamorados que quieren dar un paseo en góndola o ver el Generalife en primavera o contemplar cómo pasan las aguas bajo los puentes del Sena…


Quién quiera calor, ya conoce dónde está la cita. Esta mañana, el río, el nuestro, daba avisos que llega con todo su esplendor el estiaje, y que él, también,  lo sabe. Es decir, estamos en el preludio del verano.


miércoles, 24 de mayo de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Olvídame

Me encuentro por un casual con un video. Ya se sabe, por estos caminos de las redes transita mucha gente. Aparecen bodrios, cosas sin lógica; gente que carece del más mínimo sentido de los sentimientos, de la poesía o de la belleza. También está lo contrario y, entonces…

Verán. Aeropuerto Norte de Tenerife; los Rodeos. Éste, el más viejo,  es el que yo conozco, el otro, el Sur, el Reina Sofía, no. Dicen que es más moderno y que surgió a raíz de aquel famoso accidente del choque de dos Boeing 747, uno de la KLM que venía de Ámsterdam, y otro de la Pan Am procedente del Kennedy de Nueva YorK. Los resultados trágicos, el mayor desastre de la aviación civil de la historia.

En ese aeropuerto muchos años después (el accidente fue en 1997) el grupo canario Los Sabandeños aguardan un vuelo. Aprovechan el tiempo cantando. Sobre la mesa unas copas vacías, remedos de varias consumiciones mientras les llega la hora. La audición del video no es buena; vamos, que tiene mucho ruido.

Los Sabandeños, guitarra en mano, cantan un bolero bellísimo. ‘Olvídame’ son los restos de un naufragio de amor. Esos son tan dolorosos como otros accidentes que pueden acechar al borde del camino. Cuando zozobra el barco en el que iban las ilusiones, entonces, es cuando se sabe que el cielo se hunde en el horizonte.

Habla la canción de pensamientos, probablemente compartidos pero que van por caminos imposibles de encontrarse. Muestra un deseo donde lanza que puede existir la posibilidad que, por las dos partes, se esté pensando lo mismo.


Otros pasajeros esperan su momento de embarque. Indiferentes, van a lo suyo.  Dejan que pase el tiempo. Ya se saben las esperas, en ocasiones, son largas.  La sala del aeropuerto es espaciosa. Por el ventanal, amplio, entra la luz del día; no es un día de luz clara, el cielo plomizo quizá sea el resumen de un deseo: “No le cuentes a nadie lo que yo sufrí por ti”. 

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martes, 23 de mayo de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Locos

Locos de remate. No hay ni explicación, ni nada que lo justifique. Los actos de locura pueden venir por mucha causas. Las que han impulsado el atentado de Manchester todavía no las sabemos. De hecho tampoco sirve para mucho.

El Doctor Marañón no permitía que, en su presencia, se contasen chistes de locos. Para don Gregorio la locura era una de las enfermedades más horribles porque, la gente, además, se reía de ellos. Ante cualquier enfermedad se siente misericordia y compasión; ante las cosas del loco, hilaridad.

Esta locura del Machester Arena es otra locura. No produce ni lo uno, ni lo otro. Pienso que en cualquier corazón de persona bien nacida lo que brota es rabia e impotencia. Dolor ante tanta masacre; ira contenida. No se encuentra el porqué…

Inglaterra como quien dice nos pilla al revolver de la esquina. Puede ser una exageración pero en Málaga hay un montón de vuelos diarios a diferentes puntos de ese país. No voy por ahí, es obvio. Me acuerdo de esos cientos de miles que han muerto en Oriente Medio. ¿Cuántos? Imposible saber por qué cifra va ya la masacre siria.

Como esos están más lejos parece que no nos afectan tanto. Los telediarios  - las imágenes de los telediarios – son para ponernos malos y sin embargo seguimos comiendo. Eso va con otros y no tenemos nada que ver.

Algo estamos haciendo mal. ¿Mal? No, no, muy mal. Un mundo donde los países civilizados han alcanzado un nivel de vida que no se soñaba hace cien años es totalmente infeliz y estás desahuciado. Busca y no encuentra.

Puede que sea la desesperación, un afán de implantar un no se sabe qué ideología, un querer la destrucción por el simple placer de hacer daño. Se han encontrado tornillos y piezas metálicas para que la masacre fuese aún mayor…


A muchos jóvenes con una vida por delante nuestro egoísmo les ha cerrado las puertas. No se justifica la masacre pero tiene que hacer pensar por qué buscan la felicidad donde se sabe que no está, o sea, en la muerte. Hoy en Manchester y ¿mañana? ¿adónde puede tocar la papeleta mañana?

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lunes, 22 de mayo de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Desde la ventana...

La habitación es modesta; pequeña, acogedora y perfectamente equipada con lo necesario para pasar la noche. Tiene el techo abuhardillado. Le confiere una pincelada de originalidad. A la habitación se entra por una puerta de cuarterones; la manilla para abrir tiene el pomo dorado. A la habitación se accede por fondo. 

Un televisor; dos mesillas de noche, sobre una de ellas, el teléfono; una mesa que puede servir de escritorio, un sillón cómodo. El cuarto de baño está en el fondo. A media pared hay una ventana; la ventana abre al campo, o sea, no se ve el pueblo.  Las cortinas son blancas; una persiana que se sube y baja con manubrio proporciona intimidad.

En el primer plano, unos cuantos olivos. La frondosidad y la floración cantan que es primavera. Olivos viejos; copa recortada. Se han adaptado al jardín;  el suelo lo han sembrado de césped. Una encina,  majestuosa, es santo y seña del lugar; junto al tapial, se abre al cielo, una palmera…

Bordea el jardín una cerca de piedra. Está muy bien conservada. Es pared de piedra seca. Por toda la dehesa es una constante para delimitar las propiedades, para resguardar el ganado, para dar un tono peculiar a la manera de cada lugar.

Al otro lado, un poco más allá, otra valla de piedra. En medio, la carretera. La carretera va a Barrancos, al otro lado del Múrtiga, que ya es Portugal. Pasan pocos coches. Cuando había frontera estos pueblos cercanos tenían una fuente de ingresos; ahora, con el libre tránsito, han perdido poder económico.

La valla de enfrente cierra un prado. Pastan unas vacas berrendas; son vacas de leche. Un ternero pequeño busca el amparo de la madre. En la parcela, un almacén para uso agrario, unas corraletas para cerdos; una piara de gallinas con una gallo blanco. De vez en cuando emite un canto; da señas de su poderío.

Una torreta de la luz acoge un nido de cigüeñas. Las cigüeñas forman parte del paisaje; los nidos sobre las torres, sobre los campanarios, sobre los pináculos ponen una nota que solo se ven en los lugares donde se acogen a estas aves migratorias.


Se abre la dehesa; la cierra montes ondulados, suaves,  una acotación al horizonte lejano bajo un cielo de nubes. Estoy en Encinasola, campo y jara; flores, encinas y revuelo de mariposas blancas por los caminos del alba. 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Ayer

Desde temprano sopla aire de levante; cielo nublado. Nubes altas, plomizas; no dejan que brille el sol. Al mediodía levantan un poco, solo un poco. No abre una tarde esplendorosa de primavera; no. No luce el cielo azul propio de este tiempo. Es como un día de otra estación pero con  calor.

Aparco donde siempre. Hay más de densidad de tráfico. Me voy por las calles de siempre; hay más gente que otras veces. Muchos se han disfrazado. Llevan camisetas con los colores de sus equipos. La gente se habla a voces; se gritan. Parecen felices. Agitan banderas. Entre los mayores van algunos niños.

La Avenida del Doctor Marañón acoge más coches que cualquier otro día. No digamos si es un domingo y al final de la tarde. Las aceras, también. Por ambos lados la gente las llena. Caminan deprisa; van rápidos. Me adelanta un grupo; les empuja la bulla…

En las cercanías del estadio ya hay aglomeración. La presencia policial anuncia que todo va a estar controlado. Tanquetas; otros hombres, están a pie, algunos junto a los edificios, o  en el centro de las medianas de la calle. El murmullo aumenta.

Colas. Desorganización. Control de bolsas cuando se pasa el torno. El graderío lleno; la gente ilusionada. Dicen que se juegan mucho. ¿Dinero?, ¿prestigio social?, ¿orgullo de un ego no muy bien entendido?

Salen a calentar. Griterío. Primero los portero y  técnicos de un equipo; luego, los  del otro. Pitos, palmas, voces. Los espectadores divididos por lo menos en cuanto al griterío. En otras cosas, también.

Un poco más tarde ya están los dos contendientes sobre una alfombra verde, un tapiz de ensueño. Aquí dice un vecino de asiento, quien no juega es porque no sabe. No creo, le digo, que sea el caso. Disparan fotos y más fotos ¿para qué las quieren? Se encienden los focos: potentes; son un haz de luz.


Un niño de pueblo coleccionaba estampitas; las pegaba con gachuela; allí quedaban: Alonso,Atienza, Marquitos, Santamaría, Lesmes, Santisteban, Zárraga, Joseíto, Mateos, Kopa, Rial, Di Stefano, Puskas, Gento… ¡Quién le iba a decir que, ayer,  con nombres distintos y el mismo color de camiseta,  bueno el mismo, no, ayer era morado,  los iba a ver proclamarse Campeones de Liga en una noche mágica en la Rosaleda. Por cierto, Málaga CF 0; Real de Madrid, 2.

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sábado, 20 de mayo de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Las nuestras: Isabel de Borbón, la Chata.

Su nariz la delata; la cara, también. Mujer de rasgos duros, fuertes. Pelo rubio;  ojos pequeños y mentón pronunciado. Una  Borbón con todo lo que el apellido conlleva. Fue dos veces Princesa de Asturias. No tuvo descendencia y el pueblo de Madrid la considera como alguien de ellos. Proclamada la II República le conceden el privilegio de seguir viviendo en España. No lo acepta.

A Isabel de Borbón y Borbón el pueblo de Madrid la conoce por “la Chata”. La infanta, hija de Isabel II y Francisco de Asís,  acude a los toros; va a las verbenas; no falta en las fiestas populares y se entremezcla, en aquel tiempo algo insólito, con la gente normal.

La Chata se casa con Cayetano Borbón-Dos Sicilias. El matrimonio concertado; entre ellos no existe el amor. Durante el viaje de bodas tienen noticias del derrocamiento de su madre. No pueden regresar a España y viven fuera hasta la Restauración monárquica.

Su marido sufre la enfermedad de la epilepsia; la infanta lo desconoce. El marido sufre crisis profundas y con relativa frecuencia. En noviembre de 1871 se suicida. Se pega un tiro y pone fin a su vida en la ciudad suiza de Lucerna.

En 1910 acude a Buenos Aires. Representa a la Corona Española en Centenario de la Revolución de Mayo (1810). Está presente en la colación de la primera piedra del Monumento a la Carta Magna y a las Cuatro Regiones Argentinas.

Isabel pasa largos períodos en el palacio de La Granja. Organiza fiestas entre la nobleza imitando lo que debió ser el esplendor de Versalles. Un monumento en mármol recuedas sus etancias veraniegas. No es el único. Hay otro en el Paseo de Rosales y, además Madrid le dedica una calle emblemática: la Calle de Princesa entre la Plaza de España y Moncloa.


La Chata, octogenaria, sale con la familia real camino del exilio.  Se aloja en el convento de Auteuil en las proximidades de París. Cinco días después muere. Era el 23 de abril de 1931; había nacido en el Palacio Real de Madrid el 20 de diciembre de 1851. La Chata está enterrada, por orden del Rey Juan Carlos I, desde 1991 en La Granja de San Ildefonso (Segovia).
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viernes, 19 de mayo de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El balcón de la calle

Está el balcón ahíto de claveles rojos y amarillo; como contrapunto, una gitanilla blanca; un balcón; una calle cualquiera. Están a pedir de mano flores y espigas y racimos granados. Hay un canto a la vida que viene cada año por mayo en el campo y en los balcones, en el borde de los caminos, en los muros, en los caballetes de los corrales…

“Niña asómate a la reja que te tengo que decir…” Lo pedía la copla. No sé si la niña escuchó la voz que la reclamaba y apareció detrás de los barrotes. Por lo pronto este balcón nos regala una docena larga de claveles.  Belleza, pinceladas en la paleta del Pintor más excelso que nos ha dejado su muestra.

Ponen  notas de poesía y un bamboleo suave cuando los mece el viento, alegría para los viandantes que pasan por sus cercanías; una llamada de atención, pregoneros desde su lugar privilegiado, entre tejas y el suelo.

“Cabalgué lentamente hacia los cielos / era un domingo de pipirigallo / y vi que en vez de rosas y claveles /ella tronchaba lirios con sus manos”. Lo cantaba Federico. Era una balada trise. Hablaba, también, de una tarde fresquita  de mayo.  Claro no había visto un balcón de claveles rojos, amarillos y una gitanilla que pregonaba el color de sus flores, en blanco.

Se hizo una pregunta: “¿quién será la que corta las rosas y claveles de mayo?” Y nos habló de estrellas y de una constelación lejana, muy lejana, Pegaso, y Federico seguía preguntando a los niños buenos del Prado… y las rosas eran reclamos de abejas,  y los claveles… ¡Ay, Federico, ay Federico!


“A la memoria de Aguedilla, la pobre loca de la calle del Sol que me mandaba moras y claveles”… Lo dejó dicho Juan Ramón; era la dedicatoria de Platero y yo, ese libro que algunos se empeñan en creerlo un libro para niños y no, no es para niños. Es para regustarlo, y luego pensar en rosas blancas, en claveles rojos, en amapolas que nacen en el pedregal de río.

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jueves, 18 de mayo de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Miel

Se les ha derramado la miel. Seguro. Lo tengo claro. A  los ángeles esta tarde se les ha derramado la miel de la rebanada de pan casero en la que la tenían  untada. Debió ser un descuido. Ya se sabe esta gente menuda con el juego  es así…

Verán, cada tarde, la Virgen cuando el sol comienza a bajar y antes de irse por el Monte Redondo, les  da la merienda. Según qué tiempo le cambia el menú. En las tardes cortas de invierno cuando arrecia el frío, les pone una capa de chicharrones o de pringue con la que los ángeles se ponen boqueras o se pintan un bigote grande y ovalado.

Cuando llegan las tardes de verano, achichara el sol. En esas tardes, a los ángeles se le ocurren merendar arencas  - arencas del Meíno – con pan. Luego, necesitan el agua encargada y se tiran la tarde dando paseos a los caños de la fuente.

Cuando llegan las tarde dulces de otoño les pone aceite – aceite de La Molina, claro – en un hoyito en el pan.  Algunas veces le echa un espurreo de sal, poca sal.  Esta gente no tiene colesterol ni esas cosas, pero tampoco se debe abusar. Hay un ángel un poquito golosillo y siempre le pida que le ponga azúcar…

En las tardes de primavera cuando la brisa ondea los trigos granados, cuando hay un canto de mirlos que chiflan como los cabreros en la sierra, cuando los jilgueros traen su juerga particular en lo más alto de los cipreses donde no llegan los gatos…

Entonces, la Virgen los echa un rato al recreo. Los más lentos todavía no se han comido la rebanada de pan con miel y se vienen a jugar en el cielo de la Vera-Cruz y pasa lo que pasa… Que si me empujaste, que si me hiciste cosquillas y se me volvió la rebanada y, claro, se les derramó la miel.


Los ángeles que son muy listillos intentaron limpiar un poco el cielo pero ellos no contaban con que Marilina pasaba por allí y se llevó el recuerdo en su cámara… ¡Y es que Marilina, está en todo!

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miércoles, 17 de mayo de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Lugar de moriscos

A medio camino, entre Alozaina y Casarabonela, al fondo, muy a lo lejos, entre bruamas, se ve el mar. Lo intuyes azul, inmenso; te  parecerá que la percibes y que hueles la brisa.

Casarabonela es una pincelada blanca pegada a la sierra. Un pespunte de primor en un encaje blanco, el punto final de la firma del artista que terminó el cuadro.

Cuando te llegues te aguardan dos sorpresas. Un extenso campo de cactus, ‘naturalmente’ montado por gente que vino de otro sitio y una pequeña hornacina de carretera. Nunca le faltan las flores.

Sigue camino. El pueblo, al alcance de la mano. Deja el coche donde el Arco del Cristo. Es pueblo de ‘hacerlo’ a pie. Callejea. Está ahíto de flores y cal. Sube hasta la plaza, o hasta la baranda de la iglesia dedicada a Santiago y que, obviamente, ¿cómo no?, se construyó sobre la mezquita, o hasta lo que queda en ruinas del antiguo castillo.
      
Por aquí pasaron, además de los del Neolítico, romanos y árabes.  Castra Vinaria y Qasar Bonaira, según para quien. Construyeron calzadas y castillo, y ahora te cuadra lo de según tiempo y para qué.

En su historia hay un pasaje. Te lo cuento. Verás. Fue cuando lo de los moriscos. La rebelión se inició en la Alpujarra; se extendió por todo el reino. Las cosas cuando la gente ni puede, ni quiere aguantar más.

Vencidos, fueron expulsados todos. El rey Felipe II extiende un salvoconducto al moro más viejo para que identifique las tierras repartidas entre los que llegaban; no había quedado nadie que pudiera hacerlo. Hasta aquí lo normal de la época.

Lo curioso viene ahora. El Justicia Mayor se llegaba hasta las casas de los vecinos y desde la puerta preguntaba.

- ¿Vive aquí? Y a continuación - mencionaba al ocupante

- Sí.

- En nombre de la Justicia, persónese.

A lo que el dueño  salía hasta la calle. Y entonces exclamaba en voz alta.

- Personándome - y volvía a repetir la retahíla - y no encontrándose su morador dentro - lo que era cierto - en nombre de nuestro señor el rey tomo posesión de esa morada.


Y así los fue expulsando a todos, uno a uno. ¿Cabe – pregunto -mayor recochineo? Pues así cuentan los papeles que se las gastaban en los tiempos de  nuestro señor, el rey don Felipe,  el Segundo.

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martes, 16 de mayo de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Madrastra

El hombre se ha hartado. Está hasta un poco más arriba. Que si galgos que si podencos, que si viene a aprovecharse del nombre y del apellido; que si qué hay de lo mío; que si pitos que si flautas, que si tu mare que si la mía.

Se ha hastiado. Dice que hasta aquí ha llegado y que abandona el proyecto. Verán. En la plaza de la Merced, donde está enterrado Torrijos, donde nació Picasso, donde confluyen calle Álamos y Madre de Dios, a donde llega Alcazabilla, de donde sale…. Bueno, allí, había dos cines que tuvieron su noche y su día; su momento y su presencia. Hoy escombros y ruina.

En los solares de los cines Victoria y Astoria el ayuntamiento quiere levantar un proyecto cultural. Algo así como recuperar algo que le quite el sello pueblerino – lo de pueblo, es otra cosa – que ha acompañado durante mucho tiempo a esta ciudad.  Entre los proyectos  presentados, sale uno encabezado por Antonio Banderas. Lo gana. La oposición municipal dice que se hizo como el sastre hace los trajes, a medida, para que fuese para él…

Hablan y hablan. No sé qué puede haber de verdad o mentira; no sé qué tanto por ciento de comisión lleva la envidia; desconozco cuánto encierra de verdad y de honradez,  y  como es tan fácil difamar… Corren tiempos en los que como la mujer del César ‘además de honrada tiene que parecerlo’. Corren tiempos en los que hay que tentarse dos veces la ropa.

Dice Banderas que hasta aquí ha llegado. Ha dicho parte de lo que pretendía hacer. Parece que hace mucho tiempo que se ha echado al olvido que hablando, entre dos, puede llegarse a un entendimiento; y si,  además de dos, hay mas, mejor.  Se corre, también, el riesgo de caer en gallinero (por cierto, ya hay cacareo de políticos)… Es lo que ha pasado; no ha sido posible.


Antonio Bandera ha olivado la esencia de la letra de aquellos Cantes del  Piyayo: “adiós Málaga, la bella / tierra donde yo nací / fuiste madre para todos / y madrastra para mí”. Una pena; una enorme pena. Será el sino. 
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lunes, 15 de mayo de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Luto

Estaba apostada al amanecer. Es costumbre; no tiene horas pero parece que le gusta esa en la que el sol sube por el horizonte y comienza a hacer, como cada día, su camino. Estaba junto a la carretera. En un paraje bellísimo; probablemente de los más bellos de España. En La Vera.

Suele aliarse con otras cosas: una curva mal trazada, un exceso de velocidad, un adelantamiento indebido, una mezcla rara de alcohol solo o con droga, un sueño inoportuno, los reboses de una noche de fiesta que no tenía acabose, un fallo en la mecánica. No sé, no sé. Lo cierto es que ha vestido de negro por dentro a un puñado de gente.

Venían de Navalmoral de la Mata. Habían estado de fiestas. Cruzaron, las vías del tren; luego pasaron por delante del estadio donde juega el Moralo,  y  el Campo de Arañuelo – un poco más allá, más arriba, el pantano de Rosarito -, el Tiétar baja camino de Tajo… Se encaminaron hacia Madrigal. Conozco el camino; lo he andado muchas veces.

La Vera arranca en Plasencia, de hecho en un tiempo, cuando éramos niños y estudiábamos las comarcas naturales de España, se llamaba ‘la Vera de Plasencia’. Llega hasta Madrigal. La gargana de Alardos regala una orilla a Extremadura; la otra, a Castilla. Candeleda ya no es Vera, y es de Ávila.

Casi todos los pueblos de La Vera, la tienen como apellido: Pasarón, Jarandilla, Jaraíz, Valverde, Losar, Aldeanueva, Villanueva, Arroyomolios, Viandar, Talaveruela… y, así, tras del nombre, indefectiblemente, la identidad: de la Vera.

Solo un puñado van por libres: Cuacos de Yuste, Torremenga, Tejeda del Tiétar, Garganta la Olla o el Guijo de Santa Bárbara… En el monasterio de Yuste entregó sus últimos días el hombre más poderos de su tiempo: El Emperador Carlos I; por sus calles corrió Jeromín, luego, don Juan de Austria bajo la tutela de don Luis Quijada y doña Magdalena de Ulloa…

Dejó dicho don Miguel de Unamuno que en los pueblos de La Vera ‘chacharean las sombras’. Son únicos; arriba, Gredos prolongado por la Sierra de Tormantos.  Los Galayos y el Almanzor arañando el cielo; por las gargantas baja el agua clara, limpia, fría, muy fría. Modelan el granito, van al Tiétar…


Tres muertes absurdas al borde de la carretera. Eran jóvenes. Venían… Da lo mismo. 


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domingo, 14 de mayo de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Claveles y trapío

El viajero cruza el puente. Abajo, el río. A un lado, Sevilla; al otro, Triana. El río viene de Cazorla y va, entre marismas y tierra llana, camino de la mar grande.  Se encuentra con ella en Sanlúcar, frente al Coto. A sus espaldas, la Giralda; la torre Pelli le hace competencia; la Giralda es más bella; infinitamente, más bella.

Los indicadores muestran el camino a otros viajeros que van a otros lugares: Huelva, el Aljarafe.… El olivo, en el Aljarafe,  es el señor de las lomas y tierras suaves; sus aceitunas y aceites tienen cartel propio.

El viajero toma la autovía que lleva a Extremadura; en los mapas, Autovía de la Plata. A un lado, Camas, donde brotaron la esencia y arte en la mano izquierda de Curro, o en la chicuelina del ‘Niño Sabio’; más adelante, sobre una colina, Itálica; San Isidoro del  Campo, pureza de Martínez Montañés en su retablo…

En las Pajanosas comienza la Cuesta de la Media Fanega. Se aparta de la autovía. Cuando la carretera pasaba por el centro del pueblo un cartel anunciaba a los posibles compradores: “Se venden conejos negros”. Enfila el poblado de El Garrobo. Tierra, llana. Hasta aquí no llegaron los sedimentos que el Guadalquivir dejó por sus orillas.

Va por camino de Sierra: encinares y castaños; monte bajo y jara, y la dehesa llena de brotes tiernos. Por el cielo,  el vuelo acompasado, lento y ojeador del buitre y la cigüeña negra.

Por Higuera de la Sierra la carretera es una calle larga, muy larga. Generosidad de cal en sus casas; tejados rojizos; la mole de la iglesia de San Sebastián; una placita de toros primorosa… En Higuera celebran la ‘Cabalgada’ en la noche de Reyes. Los nativos dicen siempre que ellos nacieron en un ‘pueblo de Reyes’. Es algo único. Excepcional. Sobreviven las tradiciones y el esfuerzo  es de todo el pueblo.


Tapias de piedra seca;  pastan toros bravos. Esperan tardes de sol, mantillas y mujeres guapas en tendidos de plazas lejanas. ¿Caerá algún clavel sobre el ruedo?  Todo el paisaje ya es dehesa; campo único, precioso. 


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sábado, 13 de mayo de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Las nuestras: Santa Ángela de la Cruz

María de los Ángeles  era de estatura mediana; tenía los ojos pequeños y una mirada que iba más allá, mucho más allá; labios abultados y la barbilla redonda, redondeada; una nariz proporcionada. Su sonrisa le daba un rictus especial. Una verruga  en el labio superior, en el lado izquierdo junto a la comisura de la mejilla  le confería una personalidad distinta.

María de los Ángeles Guerrero González nació en Sevilla, en 30 de enero de 1846. Murió ochenta y seis años después, es decir, en 1932 en la misma ciudad. Venía de una familia pobre. Su padre cardador de lana, natural de Grazalema buscó en Sevilla una vida mejor. Se casó con Josefa González. Tuvieron catorce hijos; seis llegaron a la edad adulta. María de los Ángeles nace en la plaza de Santa Lucía…

Su padre murió relativamente joven. Trabajó para los frailes de la Trinidad; su madre, también,  llevado la lavandería y la costura del convento; murió longeva. A los 12 años entra a trabajar en un taller de fabricación de calzado; permanece hasta los 29. En plena juventud conoce al padre Torres Padilla; le guía en su vida religiosa; le marca, de hecho su vida.

Pretende entrar en religión; no la admiten. Posteriormente lo consigue. Dura poco tiempo. Unos vómitos continuos le obligan a salir. Se recupera; profesa votos perpetuos fuera del claustro. Su vocación la llama a darse, a servir a los demás… Tiene la idea de formar “la Compañía de la Cruz”.

Lo consigue. Le acompañan Josefa de la Peña, con posibilidades económicas y que serán los fondos para iniciar su andadura, Juan María Castro y Juana Magadán. Alquilan un piso – pequeño-  en la casa número 13 de la calle San Luis. Es su primer convento.

Una epidemia de viruela extendida por Sevilla propicia que las Hermanas de Cruz intensifiquen sus esfuerzo para ayudar a los más pobres y necesitados. El cardenal Spínola, el mismo año, 1876, las admite como orden. Sevilla ve como cada noche dos monjas – van en pareja – acuden a auxiliar a enfermos, pobres y necesitados. Una lo atiende en la espiritualidad; otra, en labores materiales.


A su muerte, el gobierno de la República autoriza que se entierre en su convento; el ayuntamiento republicano de Sevilla le concede una calle. Una capilla diminuta acoge su cuerpo incorrupto: la gente reza a Santa Ángela de la Cruz.


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viernes, 12 de mayo de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Ay, trece, trece de mayo

Hay un tropel de espigas en medio de los trigos. La lluvia de estos días – agua de mayo – da un refrescón en una ambiente demasiado caliente que apunta a verano. Amarillea el campo. Las abubillas dan voladas cortas; en el caserón viejo tienen el nido;  Chamarines, mirlos, jigueros…ponen sinfonía bajo un cielo de nubes y truenos.

Llega a Fátima,  el hombre vestido de blanco. Algunos que se llaman pastores no le hacen ni puñetero caso y siguen sin oler a ovejas pero desprenden olor a despacho. Va a canonizar, a los pastorcillos, que eso es decir que son  santos.  Quieren revitalizar el milagro. La encina,  el mensaje… Hay cosas; pues, eso.

Tuvo que ser Rafael de León – no pudo ser otro – quien escribió aquello de ‘ay, trece, trece de mayo…” Y habló de ojos de manzana y labios de cuchillo, de tu nombre sobre el mío, de jacintos, de jardines… del amor de escalofrío. El maestro Solano puso la música; Doña Concha Piquer, que ésta sí que era grande, la voz…

España de medio luto; España en blanco y negro; España que se abría a un futuro incierto y lejano porque el que ahora quieren sacar de la tumba y remover los huesos tenía el poder en la mano. El que como Cid está ganando batallas después de muerto, ¿qué otra lectura tiene si no, este revuelo?

Me mojo. Si el Valle se construyó para los muertos en la guerra, pues ahí no está su sitio. Y santas pascuas. Que no se olvide la lección, que no se repitan los hechos. Aprendamos del dolor de todos y a ver, si de una vez por todas, a quien enterramos de verdad es al Caín que llevamos dentro.

Hay prados de amapolas, tintes de belleza y pasión; las bambolea el viento; hay rosas en los arriates, en los  parques;  flores en los bordes del camino;  hay borrachos de cariño con el alba y junto a los trigos, y  hay un revuelo de campanas y “tu voluntad sonío. Ay, trece, trece de mayo…”


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jueves, 11 de mayo de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Y, acecha el gato...

Mientras te repones de tanta belleza, cuando dejes, abajo, en la hondonada Jorox, continúa el descenso hacia Alozaina. Caminas entre laderas de pinos que sembraron para repoblar la sierra y para que tú goces de su verdor y de la música, que sólo interpreta cuando corre entre pinares el viento.

Precaución. La carretera, un carocoleo; se suceden las curvas para aprovechar, sin construir puentes, el terreno. Lo de la economía que aprovechó para asfaltar los caminos de herradura y esas cosas que se hacían antiguamente.

Cuando llegues, casi sin darte cuenta, a Alozain estás en la rosa de los vientos. Verás. Al frente, el pueblo; a la izquierda, hacia Tolox y, a la derecha, bordeando sierra  Prieta, Casarabonela.

Sabrás que por aquí dejó constancia de su presencia el hombre del Neolítico. Luego, los romanos, con asentamientos en Ardite. Los árabes, construyeron el castillo, por lo de las defensas. El nombre del pueblo, dicen, es una deformación de la palabra Alhosaina, que significa pequeño castillo. Después vino el crecimiento; se desparramó a modo de casas blancas por los arrabales.

Pueden que te cuenten - porque están orgullosos de su pasado - el relato de María Sagredo: uno de los episodios históricos más destacables “tuvo lugar durante la rebelión de los moriscos de 1570, cuando las mujeres, capitaneadas por la tal María Sagredo, hicieron frente a  una incursión, por sorpresa, de la tropas del rebelde Zebalí”.

Y que su pueblo es “el pueblo más bonito de España”, al menos así lo declararon,  reconocieron y proclamaron, con un premio en 1977, pero ya sabes a donde va eso de los premios oficiales y lo del  más bonito y todo lo demás. Yo - no sé tú - suelo huir de este tipo de tópicos, porque nunca existe el “más” en nada, y cada recodo del camino te da su pincelada, que al final conformarán el mosaico de tu propia alma.

Pasea por sus calles. Callejuelas estrechas y casas blancas. Conservan, sobre todo, en el barrio junto a la iglesia, parte de la arquitectura popular andaluza, donde, a la abundancia de cal, no falta el jazmín en la puerta, el geranio en la ventana y el gato, que desde el alero del tejado, acecha su caza.

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miércoles, 10 de mayo de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Primor escondido

Cuando salgas de Alozaina, de nuevo en la carretera, gira hacia la izquierda. Por tierras de labor llegas a la confluencia del río de los Caballos con Río Grande. Vas a Tolox; pueblo de ida y vuelta. O lo que es lo mismo, es final de camino porque ya te frena la sierra.

Estás al pie de la Torrecilla, entre Sierra Blanca y Sierra Parda. Roca caliza  y abundancia de peridotitas y óxido de hierro que dan color y nombre, como ya - y has supuesto bien - habrás adivinado.

Barrancos y cañadas, quebradas y torrenteras, gargantas... La Sima G.E.S.M. está considerada como la tercera del mundo en  profundidad. Tiene más de mil cien metros.

Si es ocasión, contempla cómo arranca la luna llena por entre los pinsapares - que por cierto, no sé si te he dicho antes - alcanzan una vida media de hasta cien años y los veinticinco metros de altura y son “una reliquia, casi en extinción, de los bosques  de grandes coníferas de hace millones de años”.

Si tienes suerte, sigue con la vista cómo planea el águila real, o cómo se encaraman las cabras – monteses, por más señas - en lo más alto de las peñas, y el quejigal cuando pierde la hoja, y el olor del orégano en primavera....

Y si, por un suponer, eres de los que gustan de los ruidos estridentes entonces  acércate, por San Roque, a mediados de agosto. Más de sesenta mil cohetes suben al cielo.

Pero Tolox es naturaleza y paisaje. En sus sierras y en la nieve, que baja a manera de aguas frías, cuando el deshielo y, en su balneario y, en sus calles, empinadas y estrechas. Si no quieres llevarte alguna sorpresa, déjate el coche a las afueras.

Goza de rincones donde a la blancura de la cal se sobrepone el carmín de la rosa, y sorpréndete con  la manera que tienen de “aprovechar las calles para nosotros y para las bestias”. Pega hebra con alguna mujer que, muy de mañana, y “antes de que llegue el calor”  una vez más, encalará la puerta. “Mire usted - te dirá, cuando le preguntes - porque a una le gusta la limpieza”.


Y seguirá, dándole que te pego, a la faena. 

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martes, 9 de mayo de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora: Celindos, pasifloras y celestinas

Hoy, perdón por hablar de mí, me he comprado un celindo y una pasiflora. Tengo ya dos ejemplares pero los veía tan tristes, tan solos en estas tardes luminosas de primavera que he optado por buscarle compañía. Total, si por un puñado de dólares la gente del oeste se matada a tiros, por un puñado de euros ¿quién no pone un poco de poesía en las esquinas del rancho?

La pasiflora es una trepadora de crecimiento rápido. Se enreda como esos pensamientos que no dejan dormir en las noches de insomnio;  alcanza una altura considerable. Sus hojas, dentadas; tienen tres lóbulos. Sus flores, encierran tres colores y se muestran blancas, como la pureza; amarillas, como los atardeceres largos; moradas como las heridas que deja el amor. En algunos sitios la conocen por maracuyá o por flor de la pasión.

En las corrientes de la medicina natural le atribuyen propiedades curativas contra la ansiedad. Dicen que son calmantes e inducen al sueño. Los conquistadores españoles – le daban cierta connotación religiosa,  creyendo que simbolizaban la pasión de Cristo y las vieron como un signo de aprobación para sus correrías, exploraciones y conquistas.

El celindo cuentan que viene de Persia. Puede ser. Trae en su aroma todo el perfume embriagador de cualquier leyenda de las Mil y una noches. Crece en la semisombra, protegido del calor tórrido del verano cuando el sol de la tarde abrasa.

El verano pasado, mis nietos y yo sembramos una celestina; ya está cuajada de flores. Ahora, el celindo lo sembraré yo solo pero ellos estarán junto a mí, en el recuerdo; luego, cuando lleguen de vacaciones, el riego del celindo, por las tardes con el sol puesto, será la excusa para que, mutuamente nos bañemos unos a otros; primero como fingiendo que se nos escapa, como en un descuido, el agua de la goma; luego…


El celindo tiene su sitio entre el jazmín de la esquina, a la sombra de la parra y dando la mano a los limoneros. La próxima primavera habrá un torneo entre flores y azahares. Verá cada mañana cómo sale el sol por los montes de enfrente y dará aroma a los que pasen por el camino. Dicen que el mundo va mal, ¿ustedes creen que tiene arreglo? 

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lunes, 8 de mayo de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Jorox

Jorox es naturaleza viva, un deleite entre sierras y pinares – a pie de carretera entre Alozaina y Yunquera -  y agua que baja limpia y cristalina. Y primor de la vida en medio de vergeles de naranjos. Y roca caliza, y valle que se abre sobre un vacío como si a saltos de saltimbanquis la naturaleza se ofreciera en capricho único.        
                                     
Si vas bien de tiempo - y si no búscatelo -  te sugiero que te sientes junto al puente y contemples cómo se precipita el agua, abajo, en todo lo hondo del barranco y a lo lejos; por el contrario, en frente, bajo un manto casi siempre azul, la sierra parece acariciar el cielo. Es la Torrecilla. Más de mil ochocientos metros. El pico más alto de la provincia, que ni que decir tiene que si es invierno estará con un velo blanco.

Siento coartarte en tus idílicas delicias. No has sido el primero; no. Antes, mucho antes, vinieron otros. Algunos se asentaron: dejaron huellas en las Cuevas del Algarrobo y en la de las Vacas. Dicen que eran del Paleolítico en un período enclavado en uno de esos muchos nombres que se les asigna; luego romanos  - ¡mira que estos anduvieron por sitios; aquí, también, claro -. Los árabes le sacaron rendimiento al gua. Hasta nueve molinos harineros en la corriente del agua. Después, ya sabes lo que pasa, el tiempo, las costumbres, eso que llamamos progreso; muchos desaparecieron.


Estás en un corredor natural entre sierras con abundancia de agua y comprenderás por qué sobreviven dos puentes romanos y que por cierto, llamaron al lugar “Juncaria”, que dicen que significa  “prado de juncos” y que los árabes sembraron los naranjos de los huertos, y dados a hablar de árabes, al igual se te viene una sonrisa cuando recuerdes que en Yunquera te recomendaron la visita a la ‘ermita árabe’, y que, además, te dijeron que está a medio kilómetro del pueblo, y te especificaron que sobre un cerro. Y es que puestos a escribir, algunos, pues eso, que ya sabes...


domingo, 7 de mayo de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La Garbía

Si vienes de Ronda, cuando empieces la bajada del puerto - supera los novecientos metros - mira lo que se abre a tus ojos. Siéntate y contempla. Oye el zumbar de los insectos; observa cómo se enteleraraña el cielo con cirros  - las capas altas están muy frías – desgarrados, o cómo se te ofrece azul,  provocador, intenso.

El sol deja, conforme muere la tarde, dorados los picachos más altos.  Las sombras hacen más oscuras cañadas y barrancos. Si se levanta viento se moverán las ramas de los olivos y los almendros y, a lo mejor, en la lejanía labran los perros...

No demores la bajada. Antes de la noche debes llegar a Yunquera. A la derecha, un torreón restaurado te da la bienvenida; recuerda otros tiempos. Si te quedas a dormir, aunque sea verano, no tengas lejos la manta; de madrugada refresca.

La gente - lo verás cómo gana terreno al monte - es laboriosa. Arranca vino, y aceite, y naranjas por taludes y barrancas hasta el cauce mismo de río Grande - ambición de nombre para ser afluente - y que aquí no ha hecho más que nacer.

Si bajas al cauce te encuentras - San Pascual - con una central que arrebata energía al río casi en su nacimiento. El camino es estrecho y tortuoso. Si vas a pie, dispón de alguien que luego se llegue a recogerte y  te suba. No vas a tener ni un solo respiro en toda la cuesta ascendente.

Hacen romería, en la mediación de agosto, a la Virgen de Porticate, veneran a la Virgen del Rosario y, te diría que desde siempre, también al  pinsapo. Lo dan como símbolo a quienes destacan por su amor al pueblo. Aquí nació Juan Duarte, hoy camino de los altares; le arrebataron la vida a causa de su fe.

Adentrate en el Parque Natural de la Sierra de las Nieves (los viejos la llaman - ‘de la nieve’ - en singular. Recuerda a los neveros que la “guardaban en pozos” y, en el verano, la vendían). Estás en la Reserva de la Biosfera. Por sí sola ya te habla de la enorme importancia del paisaje que tienes ante ti.


Cuando abandones Yunquera sabrás que has salido del último pueblo, por orden alfabético, de la provincia de Málaga.

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sábado, 6 de mayo de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Mi madre

Mi madre tenía un patio con aspidistras, y geranios rojos, rosas y blancos; colocasias y esparragueras finas; unos helechos hermosísimos colgados en la zona de más umbría y un jazmín que abría hacia el lugar por donde sale el sol. Mi madre tenía muchas flores en macetas de barro.

 Mi madre tenía en la basareta de la cocina peroles de cobre grandes, medianos y pequeños. Relucían cuando los limpiaba con nerisca, limón y un producto que compraba en la droguería del “Tuerto” que era un hombre enjuto y serio. El Tuerto tenía un bigote canoso  y un ir y venir por detrás del mostrador de manera lenta y pausada.

Mi madre siempre madrugó mucho y antes de ser de día en los meses de invierno encendía un copa grande con cáscaras de almendras y picón de encina y vendía cigarros a los trabajadores tempraneros. Cuando las fuerzas dieron de corto se sentaba en una mecedora de rejillas; dejaba que pasara el tiempo.

Mi madre se quedó viuda con poco más de treinta años. Yo nunca vi a mi madre con otro color que no fuese el negro en su ropa. Nunca asistió a un acto social, ni fue al cine, ni a ningún espectáculo, ni… porque entonces, las viudas donde tenían que estar era en su casa.

Mi madre nos sacó adelante con el día por horizonte y la noche por techo; con una mano delante y otra detrás porque en aquellos tiempos eso de las pagas y ayudas sociales aún no habían salido de los renglones del Antiguo Testamento.

Mi madre tenía una pequeña tienda de pueblo donde vendía de todo. Azúcar, arroz, legumbres, y chocolate Nogueroles;  cacharros de cerámica, o sea, cántaros y botijos, orzas y lebrillos que venían de La Rambla.

Mi madre – como todas las madres – era una luchadora. Desde el amanecer mi madre vendía leche de cabra y de vaca que traían unos hombres del campo. Las vecinas acudían con vasijas apropiadas y mi madre despachada en litros, - a muy pocas - , medios litros y cuartos…


Hoy, el mercantilismo devorador dice que celebramos el Día de la Madre. Ya ven,  a mí se me ha ocurrido celebrarlo, a modo de recuerdo, de esta manera, y le he dedicado estas letras porque, para mí  ella, sí  que es una de Las Nuestras…


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