miércoles, 30 de diciembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Olvido

“Lo mejor del recuerdo es el olvido”. Lo escribió el Maestro Alcántara. Al olvido hay quien lo llama mala memoria; otros, dicen, que son los principios de no sé qué extrañas enfermedades propias de viejos o de esa que no se sabe nunca su grafía correcta, ni dónde hay que ponerle la dichosa ‘h’.

Los hay como quien no quiere la cosa  que echan al olvido en las declaraciones de bienes las propiedades que poseen en sociedades, en compartimentos con testaferros, o en su propia persona física y fiscal. Eso sí, airean un sinnúmero de palabras que hablan de honestidad, transparencia, honradez y no sé cuantas cosas más, todas  muy exigibles… para los demás.

Se olvidan los políticos de las promesas hechas – echadas a los vientos – en el fulgor de las campañas electorales. Nos iban a dar tanto y todo a cambio de nada, o sea un papelito en las urnas llamado voto, que parecían prestigiadores de la magia, o encantadores de esos bichos innombrables.

Se olvidan de la palabra dada y ahora yo no se cumple ni lo escrito. Recuerdo de uno – con una aureola social que tumbada – que tenía a gala decir. “¿Firmar ahí? Una vez firmé una y por poco la pago” Y lo contaba como gracia de él y reída por la cohorte de pelotas que le secundaban.

Se nos va el año. Quizá en muchos aspectos sea un año para echarlo al olvido: guerras en Siria y África, atentados en París, refugiados huyendo por los mares, pateras perdidas en las olas del Mediterráneo, españoles en desacuerdo, el Planeta hecho cisco…

La televisión ha dado imágenes de inundaciones en Sudamérica y Gran Bretaña, incendios en California y en la Cantábrica, o sea en la calle de la esquina; tornados que arrasan en Alabama; un terremoto en Afganistán... ¿Hay quien dé más?

Todas tienen en común dos cosas: que se les pone muy poquito remedio y todas son un verdadero drama humano.


 Nos queda la esperanza. Esa esperanza e ilusión de que lo bueno está por venir porque a peor, lo que se dice peor… Bueno no les demos muchas ideas. No sea que se arrepienta.

martes, 29 de diciembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Cormoranes

Estaban a eso de media mañana soleándose en los eucalitos que hay en la orilla del  meandro que hace el río para salvar los Callejones de la Barca entre los Remolinos y la Playita. Estaban como quien no tiene bulla y echan un rengue a media faena entre bocado y bocado.

Dicen los que saben que hay un montón de especies de estos pájaros. Yo no sé nada de ellos. Sí, sé que su plumaje es negro; el pico afilado y la garganta amarilla, y tiene las patas largas. No destacan por su canto que se parece más a los graznidos que a los trinos. En fin, tiene que haber de todo.

Los cormoranes anidan en los roquedos de las costas o en los árboles. No son dados a alejarse mucho de la orillas pero desde hace unos años se les ve más tierra adentro que se les veía antes.

Entre los pájaros se mudan las costumbre; algunas las personas, también. Por muchas razones. Como botón de muestra me quedo con el fandango de Paco Toronjo: ¿Se acuerdan? “Personas que se han querío / y se ven por la calle / o se mudan de color / o se hacen un desaire…
Los hay que viven en el mar. Otros, se adentran por los estuarios, por las desembocaduras, por los cauces de los ríos. Buscan los peces. Son hábiles en la captura y no son malos buceadores. Su permanencia bajo agua puede llegar un minuto.

Los pájaros de pluma negra no tienen buena literatura. Se antojan como pájaros siniestros. Presagian algo que no es bueno y que está por venir, inexorablemente.


Vuelvo al pueblo. El sol sube; escudriña las umbrías y deja pinceladas doradas sobre los tarajes y en los cañaverales de la orilla. La mañana, de brisa revoltosilla y cielo limpio. El pecho de La Torres, una mantilla sutil de verde; el río, “quieto y en marcha”. Agua que va alguna parte. Ellos seguían allí; a lo suyo. No sé dónde pasaran la tarde. Mañana…

lunes, 28 de diciembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Húngaros

A media mañana una cuadrilla de “húngaros” ha irrumpido en la Avenida. Cuando yo era niño eso presagiaba años malos; ahora, también. No traían ni la mona rabona ni la cabra que se sube por la escalera de tijera. ¡Una pena!

La húngara ha cambiado el pañuelo de ramos en la cabeza y los harapos colgando por pantalones vaqueros; las perras chicas del platillo por céntimos de euros; el húngaro, el aire de trompeta con abolladuras de rodar por los suelos por decibelios eléctricos que atronaban.

La gente ha pasado de los húngaros y del ruido con que llenaban el ambiente. Los tiempos y los niños cambian. “Desperté de ser niño/ nunca despiertes”, escribió Miguel Hernández. Son otros tiempos. 
“Que sea lo que Dios quiera - como dice el maestro Alcántara - que nunca será nada bueno”.

España parece que va a saltar hecha añicos. Ni tirios ni troyanos tuvieron desavenencias tan profundas como las que ahora campean por los suelos hispanos. ¿Es posible que haya tanta insensatez entre la gente? Me viene a la mente al reflexión de Vicente Aleixandre: “Muchacho que sería yo mirando /aguas abajo la corriente,/ y en el espejo tu pasaje / fluir, desvanecerse”.

La tarde se ha puesto  cruda y muy gris. Acorde con la fecha que corre en el calendario. La falta de lluvia hace que no verdegueen las lomas de El Chopo. El campo se muestra encogido y mustio; espera ansioso algo de agua.

 Ruidos -que no música de Navidad- sale por la puerta de algunos establecimientos comerciales. Me siento incómodo dentro de tanto bullicio. Añoro huir. Todo se exterioriza. Hay quien opina que está más alegre porque alborota más. Me siento hastiado de tanto como me imponen desde fuera. Ni entran en mí, ni logro zafarme de cuanto me rodea. 


El tiempo  - ya digo, cielo plomizo y lejano - ha venido a unirse a la melancolía del día. El recuerdo lo llena todo, y a uno, que da en hurgar demasiado en el pasado, parece que le pellizcan el alma.

domingo, 27 de diciembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Águeda

Águeda  - Águeda Infante – vive en uno de los pocos barrios por los que el pueblo, en los años de crecimiento, decidió saltarse las lindes del campo y creció libre y espontáneo. Pero Águeda es ‘importada’ en el barrio.

Nació en lo más castizo del Lugar. Se crió a la sombra del soberbio templo de la Encarnación, en la frontera donde termina la Plaza Baja – que entonces, todavía, no se llamaba de la Despedía – y arranca la calle Benito Suárez.

Su calle, como casi todas las calles de los pueblos ricas en casi todo, también, lo son en nombres y conserva, además,  el de Bermejo, que “tomó de una importante familia que vivió allí en el siglo XVI”, que dice el callejero y digo yo, como si no fuesen importantes los que viven ahora.

Águeda – me la encuentro en el bar de enfrente – toma está de sobremesa. Águeda es espontánea, menuda, fina; pelo lacio y a media cara. Lleva gafas de sol a modo de felpa y vende simpatía y cariño. Me invita. No acepto porque acabo de tomar café y hablamos un ratillo…

Es amable, muy amable conmigo. Me evoca una tarde lejana de cuando la jornada escolar estaba partida. Recuerda una ‘redacción’ que el maestro les leyó, mientras el sopor los aplastaba. Le digo que es imposible que yo lo retenga y va y me dice: “El Hacho era un gigante dormido con un sombrero de nubes; una brisa ligera formaba remolinos de papelillos en las esquinas…”

Y al maestro, que tiene la sensibilidad a flor de ojos, se le derraman dos lagrimones por dentro y se los traga, y Águeda y su marido Juan, y Tomás y Pepi, y… no se dan cuenta.

Y va y les dice que otro maestro, el que le enseñó a é a llevar palabras de la mano, les hacía un dictado, cuando la escuela estaba enfrente de la casa de Águeda, y que comenzaba:”Resonaba en el fondo de la galería un piano destemplado que parecía balbucear de mala gana…”


Y el maestro se viene a su casa con los ojos húmedos y balbucea un puñado aforado de palabras. ¡Qué Dios te bendiga, Águeda, a ti y a todos los tuyos, y a todos los que se sentaron en aquellos pupitres…!

sábado, 26 de diciembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Otro día

Recibo un regalo entrañable y único: en facsímil la primera edición de 1605 de El Quijote. Abro y leo al azar.”... porque has de saber Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar,  que son la mucha hermosura, y la buena fama (…)” Pag. 130.

Se respira ambiente de Navidad en la calle. Crispación en el ámbito político. Esto tiene que arreglarse con la voluntad de todos. Hay un pequeño problema. La buena predisposición no se vende, todavía, en las boticas. Veremos cómo se le hace cara a la realidad cuando dejen de sonar zambombas y panderetas.

Esta mañana en el bar comentaban que la caza de pluma está casi acabada. Hay dos bandas de perdices, una que se las anda por la Cuesta del Verrón, conforme cae a Montija, antes de llegar al Arroyo del Higuerón. (Donde fuimos aquella tarde de abril por alcaciles, ¿te acuerdas, Juan?)

A otra la han visto por la Haza de Santaella. Según parece también hay algunas voladas por el Lomo frío y por las tierras de Valsequillo. Entre tanta escopeta y tan poca agua la naturaleza ya no aguanta más.

Escribo – esto de los compromisos sociales en los que hay que comer ‘por decreto’, adelantando el artículo -  en una noche de nostalgia y sombras interiores. Crepitan las llamas en la chimenea. Juegan en figuras imposibles. Repienso en tantas cosas…

Mi amigo Juan, el mismo de los alcaciles, ha colgado – no sé si son cosas suyas porque con éste siempre hay que estar en guardia – que Belén Esteban y Kiko Rivera encabezan las listas de ventas en libros publicados y música. Hago votos para que esto no pase de ser una broma en una antesala al día 28 porque de ser cierta, que Dios nos coja confesados.


Don Benito Pérez Galdós en Memoria de un desmemoriado, dice  que la mujer puede hacer frente al infortunio y a la desgracia, pero no al hastío. ¿Y el hombre? Me pregunto si tanta sinrazón como nos alumbra tiene algo que ver con todo esto. Porque hay que armarse de valor para darse un volteo por los telediarios, por las cabeceras de los periódicos, por las opiniones tertulianas, por las declaraciones de algunos…

viernes, 25 de diciembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Ella

Amaneció un día cubierto. Nubes altas, lejanas. No traen el agua que  piden los trigos, los veneros y los arroyos. No era un día tópico de Navidad donde los niños, abrigados, juegan en el parque.

Ella ha aparecido sola. Pionera de otras que vendrán. Avanzadilla primorosa. Desorientada, casi se pregunta si no se ha equivocado de sitio y hora. Hace calor;  es su tiempo propio de viajera por ciclo de la naturaleza pero no con esta temperatura. Su grito resuena con fuerza inusitada en el campo: la vida sigue.

Me decía una amiga: ya mismo están las lomas cubiertas de nieve. De la nieve de este tiempo no; de la otra. De la nieve pura y limpia de las flores de los almendros. En mi puerta están las yemas – me reafirmaba – a punto de reventar. Y va y me envía la foto que aparece al pie del artículo.

La flor del almendro – además de los buenos mensajes de Navidad – encierra otro. Es  positivo. Siempre es el mismo: la naturaleza rebrota desde lo más hondo de su interior.

Los cerros festoneados de puntadas de hilos blancos; una vainica doble con copos de nieve que no derrite el sol; gotas derramadas de un ordeño de estrellas en una noche fría de luna lejana venidas a la tierra como un regalo de Dios que va y dice: ¡ahí os dejo eso!

Los almendros tienen troncos retorcidos; las ramas desprovistas de hojas  ventean los temporales en las noches  de invierno. Los almendros son los arboles con el alma más bella. Los otros árboles se acurrucan y esperan; tienen miedo. Ellos, desabrochado el pecho, nos regalan girones de su alma…


Los almendros, en su silencio, prudente y sigiloso nos mandan un mensaje sonoro: es posible un mundo bello, muy bello. Solo hay que mirar – pero eso sí, con los ojos abiertos, muy abiertos – a los cerros y esperar el momento.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Gente

A ambos lados de la mesa dos jarrones con rosas. De vez en cuando cae un pétalo. Son pétalos rojos, rosas, blancos, amarillos…Las rosas en la víspera de la Nochebuena son como los mirlos de ese color que dicen que no existen, pero no es verdad, que sí los hay…

Soniquete de una música especial por la calle. Es una pastoral. El Corte Inglés dijo hace muchos días que ya es Navidad. No soy quien para contradecir a tan sabiondos señores. Nos marcan cuando es primavera o cuando es Navidad… La Navidad llamó a la puerta ayer cuando los niños cantaban los números de la lotería.

Dicen que han visto que ya vienen los Reyes por los desiertos de arenas calientes. Vienen de muy lejos. Siguen a una estrella. Todos los años, maravillosamente, igual. La estrella sabe su destino. Va y se posa sobre los montes de Belén y todas esas cosas sabidas.

Hay otros reyes, son de carne y hueso. No viven en palacios. Transitan por otro desierto; se llama vida. Tienen tanta sensibilidad que siente el sufrir de otra gente,  y van y traen el regalo de su trabajo – que por cierto es bueno, muy bueno – y lo regalan a Caritas y a los asilos y a los necesitados.

Son Reyes anónimos. Vamos, que no queremos decir sus nombres. En su generosidad concitan, en su entorno, a otra gente que tienen ‘posibilidades’ y propician que a los que menos tienen les llegue una ayuda en forma de cariño, de ternura, de mantas, de sábanas, aceite, comida… Su calendario es especial; su manera a actuar, también.

Estos Reyes propician la llegada de la Navidad a muchos sitios. Es la buena gente de la que hablaba don Antonio Machado. Hacen, que eso que se llama vivir, tenga un sentido distinto. Los conocemos.  ¿Verdad que irradian algo diferente y que uno no se harta de estar junto a ellos?


Envuelto, en los pétalos de las rosas que caen sobre mi mesa, va para todos - ellos y ustedes que me leen cada día - el espíritu de la Navidad: Felicidad, paz y bien.

martes, 22 de diciembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Solsticio

Don Emilio era un hombre bajito, amable, con buen carácter y muy cercano. Don Emilio tenía muy poco pelo y se peinaba hacia un lado. En su cabeza que encerraba mucho conocimiento se dibujaba, casi como una insinuación, la raya que tuvo de joven ahora perdida.

Don Emilio nos daba clase de Geografía. Nos hablaba del solsticio. A nosotros lo que más nos gustaba es que cuando llegaban – porque había dos, el de invierno y el de verano- de su mano venía algo soñado para pajarillos enjaulados, o sea, las vacaciones.

Nos hablaba de noches muy largas, tan largas que en algunos puntos del hemisferio norte no llegaba a verse el sol durante muchos días a causa de la inclinación del eje de rotación de la tierra. Nosotros no entendíamos nada de todo aquello.

Lo que más nos gustaba era cuando hablaba de unos ríos que estaban en una región muy lejana. Los ríos se llamaban – y se llaman – Obi, Yenisey y Lena. Los ríos se helaban y no se derretían hasta que no llegasen los calores de primavera…

Y nos hablaba de trineos tirados por unos animales de pieles recias… y de una vida de  condiciones durísimas porque el invierno era allí era muy diferente al invierno que vivíamos nosotros.

El niño soñaba que algún día vería esos ríos. El niño se hizo grande. (Es una pena que los niños se hagan grandes). Una tarde de verano llegó a Novosibirk en esa tierra lejana y helada. La tierra que rodeaba a ciudad estaba llena de bosques de abedules… El niño vio el río y creyó reencontrarse con un viejo amigo al que no veía desde hacía muchos años.


Dice el hombre del tiempo que acaba de entrar el cambio de estación. El solsticio se produjo a  la cinco y un pico, en la transición del 21 al 22 de diciembre. No sé… Me cogió dormido. No me enteré de nada. Desde hace algún tiempo además de no enterarme de nada es que tampoco quiero enterarme.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Trenes

La máquina lanzada un silbido largo y agudo. Con aire de abajo, sabíamos que el tren venía por la Vega Redonda. Avisaba a los posibles usuarios del paso a nivel; si era de ‘arriba’ intuíamos, que no había llegado, todavía, a la estación de las Mellizas.

Según qué hora podía ser un ‘mercancías’, el ‘pescaero’, el correo de Madrid, el ‘express’, el ‘mixto de Ronda’… Los trenes tenían su hora; casi nunca la cumplían. Los trenes tenían sello propio. Era suyo, de cada uno, y no de otro.

Los  ‘mercancías’ eran  pesados, lentos. La máquina soltaba una columna de humo negro por la chimenea. El maquinista y el fogonero  tenían la cara tiznada. El fogonero  paleaba carbón al interior de un horno de fuego.

El ‘pescaero’ llevaba solo tres vagones; máquina, pequeña. Era muy veloz. Subía a eso de media mañana. El hielo derretido para conservar el pescado  salía por las rendijas; dejaba un rastro de agua sobre la vía.

El correo de Madrid paraba en todas las estaciones. Los viajeros se asomaban por la ventanilla y cuando el niño, desde el borde de la trinchera, les decía adiós, los viajeros no le respondían.

El niño aún no sabía que otro niño, Homero Macauley, también les decía adiós a otros viajeros de otros trenes en un lugar muy lejano: Ithaca,  California. Solo hubo un hombre negro le correspondía al saludo. El niño lo leyó cuando se hizo muchacho y conoció a Williams Saroyan…

El niño tenía una sensación rara: en el ‘exprés’ viajaban los ricos. Subía por las noches. La máquina tenía un ojo grande que deslumbraba desde la lejanía. Bajaba por las mañanas con el sol alto. Pasaban muy rápidos; las ventanillas cerradas, y al otro lado de los cristales, la gente iba muy seria.


El ‘mixto’ regresaba de Málaga cuando caía la tarde. El niño le tenía un cariño especial a aquel tren…  Una vez que su madre lo llevó a Málaga vio los barcos en el puerto y las palomas del parque ¡Ay, de aquellos trenes que ya no pasan!

domingo, 20 de diciembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Pan de ayer

Tranquilos. No les voy a hablar de las  elecciones ¿Porque ustedes se han enterado que ha habido algo de eso, verdad? ¡Dios, que empacho! Es de otra cosa; de cosas de comer. Cuando  de niño se nos iba la mano, mi madre nos ‘limpiaba’ los excedentes  acumulados en el estómago con una purga.

¿Ustedes se escaparon del suplicio? Había unas ‘chocolatinas’… Simulaban que eran como  las de verdad. ¡Qué mala leche tenían¡ El repertorio seguía con sal de frutas Eno, Agua de Carabañas o aceite de ricino, y a dietas total hasta que llegaba la tarde.

El Maestro Alcántara dice que no hay nada más antiguo que un periódico de ayer. Me viene a la mente eso del pan comprado por la mañana calentito y  tener que comerlo (yo tengo la malísima costumbre de cenar tarde) ya bien entrada la noche.

El pan, alguna clase de pan, por la noche es chicle. Se estira. Se pone sedoso; deja de ser crujiente y por no sé qué extraña razón cuesta hincarle el diente. Alguien me ha dicho que cualquier día Sanidad entra en eso de las levaduras. Esperemos que para mañana no sea tarde.

Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, escribió un libro esencial en la Historia de la Literatura española, El Libro del Buen Amor. Allí recoge muchas cosas. Las cuenta de una u otra manera: fábulas, cantigas, refranes…“A pan de quince días, fambre de tres semanas.”

Dicen que el arcipreste nació en Alcalá de Henares; otros, que en Alcalá la Real.  Se las anduvo por el pueblo alcarreño de Hita. Viajaba con frecuencia, al menos una vez al año, a Toledo.


Conocía todo lo que se cocía en los caminos, desde la vieja Trotaconventos que ‘arreglaba’ asuntillos, al pan que comería en las ventas.  De ahí la abundancia de refranes en la obra. Todo eso era en el siglo XIV, o sea en la Edad Media. En la Edad y en la Edad en que vivimos no hay cosa más dura para comer que el pan de ayer.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Polución

 “Viva Málaga que tiene / Caleta y el Limonar/ su parque lleno de flores / a la orilla del mar / donde nacen los amores….” Lo pregonó el cante por Malagueña del Niño de Vélez. Luego, vinieron las variantes de Juan Breva, el Niño de Canillas…¡Cosas!

 El mar de enfrente es el mar de Alborán. En los días claros de mayo Melilla, casi al alcance de la mano; ahora, imposible. Es la misma mar que canta el Maestro Alcántara. La ve desde “su ventana en el rincón del Rincón”. Escucha el murmullo de las olas…

Desde el Puerto del León, casi a tiro de piedra de la Fuente de Reina, Málaga aparecía esta tarde coronada por un manto de bruma. El Puerto del León sube casi a los mil metros. No es que esté, abajo, asentada la niebla; no. Es polución. No se mueve una gota de aire. Todo está en calma.

Está cercano el solsticio de invierno. El sol hinca la cresta pronto sobre la Sierra de Mijas, o sea la otra barandilla a la que Málaga, “Ciudad del Paraíso”, como la vio Jorge Guillén,  se agarra en sus paseos. La ciudad tomaba un aspecto diferente. Lo que es luz de la mañana, ahora es otra cosa… Diferente. No gusta.

Hablan de la boina de contaminación que se cierne sobre Pekín. Dicen que hay un chino que vende ‘aire puro’, en botellas, traído de las Montañas Rocosas. Dos consideraciones: son muy comerciantes, y qué fácil es que a uno lo engañen como a un chino.

No llegamos a tanto. Tampoco se alcanzan las cotas que dicen que se respira en Madrid… Esto solo tiene en común el parecido. Por cierto, me gustaría otro parecido. Nosotros hechos a los días claros y luminosos se nos hace como cuesta arriba esta pesadez del anticiclón.


No hay brisas que vengan del mar; no hay terral que sople desde la tierra. Una amiga publicaba el refrán de diciembre caliente augurando malos presagios. No lo sé. Me temo que vendrán los fríos de enero y los de febrero y los de la madre que… Ahora respiramos un aire calentón y sucio. Tendrá que ser así. ¿Ustedes que opinan?


viernes, 18 de diciembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Carta

Querido Papa Noël:

Debes andar de cabeza. Cartas de todos los sitios por estos días; y, ahora, yo. No te voy a molestar mucho. Tú tienes tu agenda y eso hay que respetarlo.

Ya sé que todo el año te las andas por los alrededores de Rovaniemi por donde dicen que pasa esa línea en la comienza el Círculo Polar Ártico. Yo estuve  por allí un día de verano; no había nieve; los bosques estaban preciosos; los lagos tenían agua… Todo era bellísimo.

Por internet me entero que la temperatura máxima que tenéis en tu pueblo está por debajo de la mínima que tenemos en el mío. ¡Qué lío! Nosotros, en una primavera otoñal; los limones con fruto limpio y cuajaditos de azahar y, tú…

Te prevengo. Por España - el viaje es largo – la cosa está un tanto rara. Hay quien tiene necesidades, muchas necesidades; están agobiados. Otros españoles han tenido de casi todo;  éstos,  insatisfechos. Pierden los papeles y agraden – de palabra, obra y pensamiento - a otras personas que no piensan igual… Ya ves, las cosas son, algunas veces, complicadas de entender.

Al final de este artículo he puesto una foto,  un ramo de rosas. Las he criado yo. Ya sabes soy un tipo atípico en algunos aspectos;  y, ahora tengo los rosales… ¡Ni te cuento! Como vendrás de noche, y eso que yo me acuesto muy tarde y no te veré, cuando entres por la chimenea llévate todas las que quieras. Por la casa hay varios jarrones. A mí las que más me gustan son las rosas rojas; hay también de otros colores… ¡Tú mismo!

Pero puestos a hablar de flores si quieres cagar el trineo, Marilina, una amiga mía, casi todos los días del año nos regala una flor. Sencillas, humildes, preciosas. Ahí puedes cargar todas las que quieras en ese artilugio tan raro en que vienes. Yo no le he preguntado pero seguro – porque es toda generosidad – que se sentirá halagada regalándote todas la que tú quieras.

Bueno a lo que iba. Solo te pido tres cosas: que los niños no pierdan nunca su inocencia; tráete un poco de cordura para este país llamado España, y si no te importa, algo de agua…Nos hace falta, mucha falta.


PD. Si,  por la mañana, veo que faltan algunas rosas en el jarrón no preguntaré nada…




jueves, 17 de diciembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Pepe Rosas

 Felipe Aranda es un notario gráfico de las cosas de su pueblo; Felipe se acerca a la realidad profesional, y a la otra,  la movida por el cariño a su gente. A Felipe le rapiñeo fotos que, a veces, aparecen en estos artículos. Hoy me da pie, incluso, para el texto.

Felipe va y cuelga en su muro. Copio literlamente: “Pepe Rosas un perote universal... este día recuerdo que nos cruzamos en la ‘calletras’ y me dijo Hipi, (como era el mote de mi padre) hazme una foto en mi puerta que es el arco más bonito después del de las Torres... y por desgracia creo que puede ser la última foto que se le tomó”.

Pepe Rosas era eso, y más. Único, señero, singular, extraordinario, original, distinto, sin par, especial, fuera de lo corriente, insólito, inusitado, excepcional, fabuloso, esencial, asombroso, sorprendente. Es decir, Pepe Rosas.

Todos estos sinónimos como aquello de los Diez Mandamientos que se encerraban en dos, se compendian en dos palabras: Pepe Rosas. El profesor Rodríguez Becerra lo llamó: “Memoria colectiva de un pueblo”.

Peregrino del folclore viajó de Nueva York a Belén; de Bruselas a Rabat; de Chauen a Lisboa; de Tánger a Estambul…Dicen que el folclore no se aprende en la Universidad. Algunos, como él, nacieron con el venenillo dentro.

Recopiló coplas de meceeros, villancicos, coplas de carnaval; le bailó a la reina Fabiola en su boda, y en la Feria Mundial de Nueva York. El Ayuntamiento, cada año, convoca una muestra, entre escolares, de Villancicos de Álora – para que nunca se pierda lo nuestro, me decía – con su nombre…

En Granada conoció al pianista de Lorca; con García Matos recorrió - "cuando no había aparatos radio y esto no se había prostituido" -  los Lagares; con Juan Martín, el Capitán, bailó Verdiales en el Albert Hall de Londres…

-          Pepe, ¿tú hermano que estudia?

-          Derecho

-          Y¿tú?

-          Doblado…


Por cierto, su hermano fue Magistrado del Tribunal Supremo; si existiese algo paralelo para el folclore, Pepe habría ocupado un sillón en paridad. Su luz física se nos apagó una mañana; su luz del recuerdo brilla con enorme fulgor.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Eli y Juan

Mis amigos – Eli y Juan – se van a Madrid para pasar el fin de año. Mis amigos tienen unos gustos exquisitos. Se van a una ciudad preciosa. Madrid del Paseo del Prado con los plátanos de ramas desnudas; del Retiro, con su estanque de barcas y turistas que sacan selfies o como se diga.

Mis amigos me piden  - como si ellos no lo supieran – una pequeña guía para perderse por esas calles del Madrid antiguo, con sabor a Academia de la Historia y a Recoletos; a Canalejas y a Plaza Mayor; a Plaza de Santa Ana y a Jesús de Medinaceli....

Sigue en obras en la plaza grande. El tesoro no aparece. Sí están las lavanderas del río y los reyes que bajan del corcho a la llanura, y el palacio de Herodes que es un montón más feo que el Palacio del Oriente nuestro.

Les digo se pierdan por el Madrid de los Austrias; ahora, Madrid de las Letras. En la Fontana de Oro evocan a don Benito Pérez Galdós, anticlerical; pilar de la novela española; los otros tres: Cervantes, Baroja y Delibes ¿de acuerdo? 

En cierta ocasión van a cazar al obispo de Las Palmas. ¿”Dónde cree su eminencia – le preguntan - que es el lugar ideal para colocar el monumento a don Benito” ? Y el obispo que conocía al novelista como la palma de su mano va y contesta: “En ese lugar, precisamente, en ese, en que don Benito cita a Las Palmas”.

¡Ay, don Benito! Único. Amante de la Pardo Bazán. Rotos los lazos se encuentran en una escalera.

-          Adiós, viejo chocho.

-          Adiós, chocho viejo…

Le digo que se vayan a Lhardy  (Carrera de San Jerónimo), Vermú y callos; y a casa Labra (calle Tetuán) bacalao frito, y se topen con la fundación del Partido Socialista Obrero Español; y al Riojano, las mejores pastas de Madrid, y  a Casa Alcalde (Jorge Juan), y a la chocolatería de San Ginés que abre las veinticuatro horas del día…


Y, por la calle del Arenal, se bajen hasta Opera… y  se acuerden de Quevedo y de su amigo que no es la guía Michelín, aunque lo parezca, y  que les desea la toda la felicidad  siempre y ahora, en una de las ciudades más bellas y más sugerentes del mundo.

martes, 15 de diciembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Volver

Juan Manuel Serrat cantaba: “ara que tinc vint anys, ara que encara tinc força, que non tinc lámina morta, i em sento bullir la sang…”; Alfredo Le Pera escribió lo de “Yo adivino el parpaedeo /de a las luces que lo lejos… Carlos Gardel, le puso la múscia y  la voz: “que veinte años no es nada /que febril la mirada /errante en las sombras…”

Son algo más. Algo así como cincuenta y seis y un pico… La voz de don Tiburcio pasaba lista: Delgado Rojas, Gil Gaona, Jiménez Ordoñez, Martín Gil, Martos Aguilera, Morales García, Ordóñez Guerrero… Ya no canta Serrat; no está la voz de Gardel ni el timbre ronco de barítono de don Tiburcio.

Ha sido Sebastián. ¿El medio? Eso que llaman teléfono móvil. Concita el encuentro. Los Mellizos, Arroyo de la Miel, martes a las 13,45… Si alguien se desorienta en la gasolinera Galp, conforme se sale de la autovía… a la derecha. Nos vemos.

Hemos acudido. No llevábamos ni el Mirando Podadera, ni el Florilegio Romano, ni la Ab urbe condita de Tito Livio. Tito Livio Patavino, para los que eráis expertos latinos… ¿os acordáis? 
Otros…

Salvábamos los muebles;  pasábamos rozando el listón, salvo cuando perdía el Málaga – que era casi siempre – y don Amalio venía con el biscuter y…con las del veri. Con don José María Ortega le metimos mano (es un decir) a Horarico y a Cicerón. Don José María tenía una Vespa, una puntualidad kantiana y unas maneras…

Clase de francés. Don Pablo Smicht lo pilla limpio. Limpio como un jaspe. Ni ejercicios hechos ni pronunciación. Le pone un cero con recochineo y alevosía (faltó poco para la nocturnidad). Por el pasillo regresa a su asiento;  el muchacho viene azorado. En la mediación se vuelve. Se encara al estrado:

-          Tú me habrás puesto un cero pero la Guerra de la Independencia la ganamos nosotros.


Hace más de cincuenta y seis años que nos conocemos. Nos formamos juntos. Nació la amistad; todavía perdura. Hoy, nos hemos sentado en torno a una mesa. La Navidad tiene cosas así Volver, frentes marchitas, nieves, recuerdos. Los viejos, ya ven, contamos nuestras batallitas…

lunes, 14 de diciembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Andalú

-          Illo, ¿hay muncho barro por los caminos?

-          ¡Ufff…! Hasta han tenío que poné pasaeras…

-          ¿De lo que cayó anoche?

-          Y, toas las noches..., porque las rocías ¡vienen con unas ganas…!

-          Aunque, llové, lo que se dice llové con vergüenza, no llueve desde antes que tallaran a Cascorro.

-          Ni corren los arroyos, ni las cañás… No corre ná. Es que no hay agua

-          Si al menos corriera el fino ‘Cañero’…

-          Entonces, la cola llegabas de Fuentarriba a la Fuente la Higuera…


-          No te he visto estos días por ‘los médicos’, a por recetas…

-          Es que he estao malillo… Vamos, eso es lo que dice mi mujé…

-          Y, ¿qué tienes?

-          Na. Muncha tó de noche.

-          Del tabaco…

-          Tú ¿también?

-          Tómate un vaso de tomillo a buchito… Tomillo con mié y un chorreón de limón.

-          Eso, es lo que hago; y,  ná. Ninguna mejoría.

-          Po entonces vete ramoneanto hasta el Llano de la Colmenillas.

-          Oye, ¿tú te has enterado que hay votos?

-          Algo he escuchao...

-          Illo, están como los tabarros en la sanmiguelá…¡rabiosos!

-          A saetazo limpio.

-          Como anunciaba Juanillo, “el Rapao”.

-          Eso, un cebaero con siete bocas y cuatro comeeteros…

-          Tú ¿has sentío que hablen algo del campo y de los pescaores y de la gente de mina…?

-          De eso, no han mentado ná.

-          Claro que mirándolo despacio, de éstos ninguno se cuelga ya el canasto de verdeá…

-          Po a mi me han dicho que la gente de Almería está tirando los tomates…

-          Eso lo arreglan mandándole a los civiles y a los inspectores, y tienen que cerrar los invernaderos.

-          Y si se acabó el perro…

-          Se terminó la rabia.


Dos cosas: real como que estamos a las puertas de la Nochebuena. Otra, el andaluz se habla; no se escribe…