sábado, 29 de diciembre de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Las nuestras: María Antonia Esquivel y Navarrete





María Antonia Esquivel y Narrete, de familia aristocrática, nació en Vitoria en 2 de febrero de  1778 donde murió en 1849 a los sesenta y un años. Sus padres,  Ignacio Vicente Esquivel y Peralta, marqués de Legarda y Manuela Navarrete y Lisón de Tejada.

Pasó su infancia en el palacio familiar, conocido como el palacio de los Legarda en la esquina de Santo Domingo, en la calle Zapatería. El 29 de diciembre se casó con el riojano liberal, natural de Ábalos,  Antonio Fernández de Navarrete y Ximenez de Tejada, héroe de la Guerra de la Independencia y diecinueve años mayor que ella. Del matrimonio nacieron dos hijos.  Un varón, Benito que llegó a ser deán y canónigo de la Seo de Zaragoza y una hija, Demetria casada con un primo carnal.

 Aunque su marido vivió casi siempre en la tierra riojana, ella optó por permanecer en Vitoria donde desarrolló una activa participación política dentro del extremismo del liberalismo desmarcándose de la postura más moderada de su familia.

Su marido perteneció a la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País (durante el franquismo tuvieron que cambiar la ‘b’ por un ‘v’ al considerarse como un marcado nacionalismo vasco). La sociedad tuvo como objetivos el desarrollo de actividad en cuatro sectores fundamentales para el desarrollo de la economía en su momento de fundación, en 1765: agricultura; ciencias y artes útiles; industria y comercio; y política y buenas letras. Fueron miembros descatadas figuras como Olavie, Meléndez Valdés o Samaniego.

Al concluir la Guerra de la Independencia, en 1814 e instaurado el absolutismo de Fernando VII fue encarcelada, conjuntamente, con otros vitorianos asiduos a la tertulia que celebraba en su casa de Vitoria,  bajo la acusación  de afrancesado y de haber colaborado con el gobierno francés de ocupación.

Su marido murió en 1830. Una vez viuda María Antonia continuó viviendo en Vitoria, y en su casa tenía lugar una animada tertulia a la que acudía la burguesía liberal de la ciudad.



viernes, 28 de diciembre de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Ebro






“El Elbro nace en Fontibre…”. Cantábamos los niños en las tardes de Geografía en mapa de hule y puntero señalando el curso de los ríos. Era el coro infantil. No cantabamos la tabla de aritmética de don Antonio Machado en la lección de monotonía sino el machaqueo – Machichaco, en Vizcaya – de cabos, bahías, ríos, picos y cordilleras.

Luego, el niño, cuando se hizo grande, se llegó al lugar cantado y vio cómo brotaba el agua - Fuente del Ebro -   y supo del Pico ‘Tres Mares’  porque las aguas de allí, según se tercien, se van al Cantábrico, al Atlántico o al Mediterráneo…

Y vio cómo en Reinosa a orillas del río - que ya da nombre a toda la Península – lo remansan en pantanos. Luego, rompe rocas y quebradas y se identifica con tierra de Castilla, que por allí llaman Burgos y se pasa bajo puentes bellísimos en Pesquera de Ebro y Frías - ¿hay pueblo más bonito en España? – y por el Valle de Valdivieso, y toca tierras de Álava que es País Vasco,  y Rioja de vino, y cuna del castellano y eusquera en San Millán de la Cogolla.

Por Miranda – Miranda de Ebro, que cada pueblo resalta  su apellido para evitar confusiones con otros posibles -  es poderío y asombro. Por Miranda ya no pasa el tren por el centro. Se lo han llevado  por las afueras. Con el río no han podido, sigue ahí, en su sitio, desde siempre. La Guardia, en la lejanía; Logroño, en el corazón.

Es fertilidad de hortalizas ubérrimas  entre Calahorra – Calagurris, cuna de Quintiliano y Prudencio –, y Lodosa – la de los pimientos del piquillo, y Tudela de cogollos tiernos. La Virgen del Pilar deja que las cúpulas de las torres de su basílica de Zaragoza se rompan en los espejos del río…

Bucle de meandros en Alborge, Sástago y Escatrón; en Caspe, Historia de España; en Mesquinenza, adiós a Aragón. En Tossal d’Almatret  - ya trae consigo las aguas del Segre – se topa con cerros calcáreos; en el pueblo, con tierras del condado de Urgel.



Se adentra por tierras catalanas - ¡ay, ese que dicen que es “un río catalán nacido en tierras extrañas”! y  por Tortosa se va camino de Amposta y del Delta y, en una tarde entoldada de nubes bajas, se entrega a las aguas del mar de todos, el Mediterráneo, el Mare Nostrum…




miércoles, 26 de diciembre de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Carta a Platero






¿Sabes? Esta mañana tuve que ir al hospital. Una cosa sin importancia. Una espina de rosal enconada. Era una cura rutinaria. La urgencia del hospital estaba llena de gente. El dolor no sabe de días de fiesta ni de esas cosas que, a veces, nos inventamos, en nuestro aburrimiento, los hombres.

La espera fue larga. Había gente que necesitaban cuidados más intensos y más prolongados que el mío. En el aburrimiento me puse a pensar en cosas mías. Ya sabes, cada loco con su tema. No encontraba respuestas a muchas de los interrogantes.

Verás. Nochebuena es un nombre propio y por eso se escribe con mayúscula ¿verdad? Pero por qué se es escribe junto si noche mala se escribe separada. Debe ser, digo yo, porque buenas, buenas de verdad, solo hay una. De las otras pues eso…

Mediodía se escribe todo junto pero ¿por qué no se escribe también  junto media mañana dándose la mano entre ellas como cuando las niñas jugaban a la rueda  en la esquina de la Callejuela , en las tardes de primavera y tú venías del campo lleno de margaritas y amapolas…

Dicen (de eso tú que andas por los prados del cielo y los llevas sobre tu lomo, sabes más que yo) que los ángeles no tienen sexo. Entonces me pregunto ¿por qué a los hombres le ponen  por nombre Ángel y a las mujeres Ángela?  

Algo parecido me pasa con Trinidad. Casi todas las personas que conozco que tienen ese nombre son mujeres. Bueno, para que el diablo no se ría de la mentira, don Trinidad de la Cruz que tuvo una tienen de tejidos en el Pasaje de Chinitas donde estaba el café donde Federico contó que dijo Paquiro a su hermano / soy más torero que tú / más valiente y más gitano”, pues ese señor era un hombre… ¡Qué lío! ¿verdad?, Platero.

Había mucho dolor esta mañana en la sala de espera del hospital: un hombre mayor en una silla de ruedas con cara de no saber ni donde estaba; un muchacho con la cara llena de heridas que cantaban un porrazo no muy lejano; una señora mayor… Otra gente sola que entraba y recogían pruebas radiológicas y analíticas…

Platero, esta tarde de melancolía me acuerdo de ti y de personas que sufren. Ya ves. Cada loco con su tema. ¡Un lío!




domingo, 23 de diciembre de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El vuelo de la tórtola






Las tórtolas no viajan en invierno. Existe un calendario biológico que dice cuándo tienen que irse o venir los pájaros migratorios. Cada especie lo tiene marcado;  lo cumple. Inexorablemente se cumplen las leyes naturales. Grullas, ánsares, golondrinas, pichis…

Las tórtolas ponen una nota especial  en lo más duro de la calor. Zurean. Vienen a  los aguaderos. Se acercan al pozo. Beben en los charquillos de agua del pilar que dejaron las cabras o las bestias.

Otras veces se llegan hasta las pozas, bajo las sombras de las adelfas, en el arroyo y se aprovisionan y, luego, levantan el vuelo. Ese vuelo raudo y sigiloso con el que las tórtolas cruzan el cielo.

 Las tórtolas se encaraman, entonces, en las ramas de los olivos o de un almendro. Desde allí mandan sus arrullos en las siestas de estío. Después, antes que llegue la noche, echan la tarde en  los rastrojos. Buscan los granos sueltos.

Estamos viviendo unos días asombrosos de temperaturas impropias de las que deben hacer a finales de otoño que acaba de irse o de este inicio de invierno que ha estrenado la primera luna llena que por cierto, anoche, estaba preciosa.

A media mañana se arrancó a cantar un pájaro perdiz - ¿estarán ya en un celo tempranero? – en la costera de enfrente. Baja del monte un chorro de agua clara. Han comenzado a vestirse de nieve los almendros, o sea, a abrirse en flores que pregonan que la vida sigue su marcha.

A lo que iba. Mi abuelo que era cazador de jaula me decía que a mediados de febrero ya estaba en celo el pájaro y comenzaba a buscar pareja. Claro que cuando mi abuelo me contaba esas cosas yo era un niño y todavía no se hablaba de cambio climático.

Ahora está todo revuelto. La primavera ha roto las lindes. Se ha venido a vivir por estas tierras cuando es tiempo de invierno.  Mañana luminosa. De pronto, veo pasar una sombra.  Un vuelo rápido. Creí que podría ser una tórtola. Me confundí. Las tórtolas no viajan nunca en invierno, tan invierno que mañana es Nochebuena. ¡Feliz Nochebuena!


viernes, 21 de diciembre de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Se acabó el carbón





Se acabó el carbón. No, no voy a contarles nada del carbonero de la Puerta del Carne de Sevilla  - que dicen que fue quien acuñó la expresión - , ni del segundo año triunfal, ni que en Barcelona han liado la de San Quintin en  chiquito, ni que esto está más liado que el nudo gordiano de Alejandro. Que no, que no. Que ustedes – yo también, - estamos hartos.

Dicen que se acaba el otoño. Bueno que se va, que se está yendo, que para alguien cuando lea estas líneas ya se habrá ido. Hoy me he enterado de un montón de cosas. Verán. Primera luna llena del invierno; último día del otoño de este año; último suspiro en el acorte de los días. Desde mañana ya un pelín, solo un pelín, más largos, primero por las tardes; luego, por las mañanas. Dicen que hoy es el solsticio de invierno….

En Rovaniemi, en Finlandia, donde dicen que se las anda todo el año Papa Noel , tiene preparado todo el equipo para echarse por los caminos del cielo y cabalgando, cabalgando con sus trineos va a llevar a modo de juguetes montones de alegrías a muchos niños.

Me han contado, también, que por las arenas de los desiertos se las anda una caravana de camellos – por cierto, todavía no me ha quedado claro, que si los camellos tienen dos jorobas ¿por qué en los belenes ponen dromedarios que solo tienen una y nos dicen que son camellos? – siguiendo una estrella en busca de un niño…

El telediario ha dicho que en el Hospital de Torre Cárdenas, en Almería han dado el alta a un chaval  de nueve años – uno más que mi nieto – que tuvieron que rescatar en alta mar por mor de una posible muerte por hipotermia…

Ese niño no sabe de un tío barbudo que viene de la nieve en un trineo  ni de los otros que traen  -ellos montados – a los pajes andando con cajas enormes de regalos asidas con cintas de colores: rojos, verdes, celestes…  Eso niño,  sin él saberlo,  pide algo llamado: Justicia.



jueves, 20 de diciembre de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Invento





La vida en la España de los años cuarenta era dura; muy dura. La autarquía no daba para comer. La represión política no dejaba vivir. Luto y miedo. Casi todo salía mal. A duras penas se sobreponían a  lo que la sociedad tenía encima.

En los cincuenta  entró un poco de aire renovado. Había trigo en algunas eras, - cuando no, Perón había mandado algo desde Argentina –. El estraperlo  tenía un poco de menos libertad de movimiento. La gente de a pie se podía estrenar un jersey hecho con aguas y lanilla de colores.

En la mediación de la década llegó a los colegios algo que llamaban ‘ayuda de los americanos’. Los niños conocieron unas sustancias blancas, que disueltas en agua, se llamó “leche en polvo”. En latas  venía algo así como mantequilla, y otra cosa que se llamaba queso.

El pueblo comenzó a sacar un poco el cuello. La emigración – se incrementó aún más en los sesenta – supuso un respiro económico para quienes se iban y una ruptura con las tradiciones, con la familia… Un desarraigo porque muchos  ya no volvían jamás.

El desarrollismo se abría  paso. Era el inicio de los sesenta. Ya había aparatos de radio en algunas  casas. “Matilde, Perico y Periquín”  llenaba las emisiones y las novelas de la tarde la vida social de personas que se identificaban con la vida de aquellos protagonistas. Radio Pirenaica era la información…

Aparecieron los  primeros televisores. La tecnología entró al hogar a modo de ‘nevera’ (todavía estaba muy lejos el frigorífico y  el congelador). Aquello  era ‘el no va más’.

En “Rebollo” que lo facilitaba todo a letras se compró una nevera  - cuatro mil duros  - de color blanco. Ocupaba un gran espacio en unos de los lugares privilegiados de la casa. Llamó al amigo. Le habló de las excelencias del invento:

-         “Se compra, dijo, un cuarto de kilo de carne, se mete ahí … y como el primer día”

-         Po, por ese precio,  contesto, me echa mi mujer la carne por alto y  no llega ni al suelo”.



miércoles, 19 de diciembre de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Juan





Juan tiene los años suficientes para ser mayor pero todavía no ha llegado a viejo. Juan fue camionero cuando era joven y acarreaba frutos a los almacenes. Las huertas, llegado el verdeo, eran un chorreo de trabajo y Juan daba cuantos viajes le permitían las horas del día.

Juan está cada mañana en la barra del bar. Se toma un par de ‘lisos’. Sin tapa. A ‘jierro’. Le da un par de tientos callados. Como hacía el Lazarillo con el jarro del ciego aunque Juan nunca sabrá que existió un lazarillo a quien le gustaba el vino tanto como a él y un ciego al que le robaba el vino con mil y una artimañas.

 Es un hombre solitario. Siempre está sin compañía y ocupa el mismo sitio. Es un hombre de costumbre fija. Lo hace todo a la hora medida y justa porque a cada hora del día algunos hombres le tienen su destino buscado.

Juan me habla de usted y de don. Yo siempre le digo, que me apee del tratamiento pero no me hace caso. En realidad soy quien quién debería hacerle caso a él y escucharlo. Junto a los hombres como Juan siempre se aprende y siempre tienen mucho que aportar.

-         “Llénale a don José”.

Y Lina, que es muy diligente, viene con otra cerveza en la mano, y aunque yo ya lo he escuchado…

-         De Juan…

Y,  entonces yo le digo que le llene a él, y me dice que no, que ya tiene el cupo hecho y que se va en busca de las ‘aplastá’… Y yo le insisto que sí y Lina, le llena…

-         ¿Ha visto usted, me dice, la pelúa que ha caído esta noche?

-         Estaba todo chorreando, le contesto.

-         Como que llega el mediodía y todavía no se ha quitado. Y es que los días son tan cortos…

Juan me cuenta que están pagando las naranjas new hall a 17 céntimos de euro, pero tiene uno que cogerlas; los finos no los quieren ni ‘daos’ y las clementinas ya se están poniendo bofas porque en llegando la Pascua le ha pasado su tiempo.

Juan es un hombre delgado, y de pocas palabras. Mi amigo Fernando Espíldora – “compañero, del alma, compañero”- decía que nadie a quien le guste el vino es mala persona. A Juan le gusta el vino…




Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

Para ti...









Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Juan








Juan tiene los años suficientes para ser mayor pero todavía no ha llegado a viejo. Juan fue camionero cuando era joven y acarreaba frutos a los almacenes. Las huertas, llegado el verdeo, eran un chorreo de trabajo y Juan daba cuantos viajes le permitían las horas del día.

Juan está cada mañana en la barra del bar. Se toma un par de ‘lisos’. Sin tapa. A ‘jierro’. Le da un par de tientos callados. Como hacía el Lazarillo con el jarro del ciego aunque Juan nunca sabrá que existió un lazarillo a quien le gustaba el vino tanto como a él y un ciego al que le robaba el vino con mil y una artimañas.

 Es un hombre solitario. Siempre está sin compañía y ocupa el mismo sitio. Es un hombre de costumbre fija. Lo hace todo a la hora medida y justa porque a cada hora del día algunos hombres le tienen su destino buscado.

Juan me habla de usted y de don. Yo siempre le digo, que me apee del tratamiento pero no me hace caso. En realidad soy quien quién debería hacerle caso a él y escucharlo. Junto a los hombres como Juan siempre se aprende y siempre tienen mucho que aportar.

-         “Llénale a don José”.

Y Lina, que es muy diligente, viene con otra cerveza en la mano, y aunque yo ya lo he escuchado…

-         De Juan…

Y,  entonces yo le digo que le llene a él, y me dice que no, que ya tiene el cupo hecho y que se va en busca de las ‘aplastá’… Y yo le insisto que sí y Lina, le llena…

-         ¿Ha visto usted, me dice, la pelúa que ha caído esta noche?
-         Estaba todo chorreando, le contesto.
-         Como que llega el mediodía y todavía no se ha quitado. Y es que los días son tan cortos…

Juan me cuenta que están pagando las naranjas new hall a 17 céntimos de euro, pero tiene uno que cogerlas; los finos no los quieren ni ‘daos’ y las clementinas ya se están poniendo bofas porque en llegando la Pascua le ha pasado su tiempo.

Juan es un hombre delgado, y de pocas palabras. Mi amigo Fernando Espíldora – “compañero, del alma, compañero”- decía que nadie a quien le guste el vino es mala persona. A Juan le gusta el vino…




Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Mi alcalde se va







Me las andaba por Estepa  - y, aunque lo parezca no había ido a comprar mantecados, palabrita del niño Jesús; que no -. No había echado cuenta del teléfono móvil  en todo el día. En un momento veo: “Ayer hice público mi retirada como alcalde, muchas gracias por tu apoyo, un saludo. Epi”.

Me quedo parado. Barruntaba algo. ¿Te acuerdas? Tomábamos una copa con Leonardo y Miguel Ángel en casa Abilio. Lanzaste algo. Hablábamos de proyectos para el pueblo. Por un momento de la conversación ‘pasó un ángel’. Nos miramos.  Nadie dijo nada.

Mi alcalde me confirma, después que termina la Legislatura; no se presenta a la reelección. Menudo guantazo a algunos que, desde su partido, – si del suyo, eso de “al suelo que vienen los míos”, sí, algunos de esos que le han puesto un montón de palitos en la rueda. Esos que…

Mi alcalde ha contado con el apoyo de su pueblo – que también es el mío – y ha conseguido  el gobierno municipal con una mayoría simple y tres mayorías absolutas… ¡Ahí queda eso!

En 2017 la enfermedad lo visitó en su casa. Lo pasó mal.  Muy mal. Su partido lo apoyó. La oposición tuvo un comportamiento ejemplar. Un señorío de lo que no se estila. Respetaron y supieron estar. Dieron la lección que al contrario político se le combate con la idea y con la palabra y no con la venganza sobre el árbol débil.

Mi acalde ahora se va sin ruidos. Calcomanía de lo que han sido sus mandatos. Dice el tópico que detrás de un gran hombre hay una gran mujer. En este caso –además, tres hijas-,  más de una.  El tópico se queda corto.

Ahora en su partido entra un tiempo nuevo; en la oposición, también. Toca ponerse las pilas. Trabajar cada quisque en su programa y ofrecerlo al pueblo que irá a depositar su voto en la urna un día de primavera.
El que venda más ilusión que gane. Estoy seguro que todos van a buscar, lo que a su entender, va a ser lo mejor para el pueblo. Tienen un problema. Ya saben cuando los listones están muy altos…




martes, 18 de diciembre de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Roscos de puerta horno




El horno estaba dentro de la casa. Tenía una portezuela  pequeña como todos los hornos y una bóveda de ladrillos que cuando se caldeaba se ponían de color encarnado como el amor.

Cuando llegaba este tiempo se hacía un caldeo especial. Era el caldeo para los dulces de la Pascua. Roscos de vino y aguardiente, mantecados y polvorones  y,  sobre todo, los roscos que en casa de mi abuela se llamaban “roscos de puerta-horno” (Ya se sabe que en Andalucía tierra que da un premio Nobel de vez en cuando, somos especialistas en recortar el lenguaje).

Mi tía María era una mujer excepcional. Tenía apuntada la receta en unos papeles de color sepia amarillento. No la necesitaba pero echaba manos a la chuletilla y sabía la cantidad de manteca, de azúcar, de harina (¿la ‘carmita’?), que había que poner en el revoltón del lebrillo de barro cocido. Luego, el toque de canela, y con una pluma de gallina mi abuela echaba una firma a modo de garabato sobre el rosco que era algo así como la firma de autor con yema de huevo.

El horno se caldeaba con leña ligera de retama, aulagas y arbolinas. La casa olía a campo y a dulces calientes. El horno alcanzaba su punto y, entonces, en unas planchas de latón se introducían las glorias benditas con regocijo de los niños que en cuanto salía la primera hornada nos quemábamos porque la impaciencia no tenía espera.

Era la Navidad. Fuera, de noche, hacía frío. Un candelorio calentaba la casa.  Los niños abríamos los oídos a los cuentos de los mayores. Cada vez que labraban los perros sentíamos que le hacían frente a  los tíos mantequeros que iban por los caminos. Temíamos, también, que a los niños desobedientes, o sea nosotros, que se asomaban solos al pozo el diablo podía venir por la noche, cuando la casa estuviese a oscuras, y llevárselos arrastrados por los pies.

Con las luces del candil – en casa de mi abuela, en el campo, cuando yo era niño, no había luz eléctrica – las sombras se alargaban. Soniquetes de cencerras de cabras en el corral, piafar de las bestias…  El sueño de la noche olía a dulces caseros y a cariño.



lunes, 17 de diciembre de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Otra más





La noticia saltó como un rayo. El temor de lo que se ha confirmado después, también. La esperanza en el desenlace de final feliz se desvanecía poco a poco.  No se preveía que fuese bueno. Se albergaba pero se temía lo peor y como en todas las cosas malas y no deseadas, se confirmó.

La gente había batido la zona. La gente y el dispositivo había peinado pozos, cañadas, barrancos, lugares solitarios, quebradas. En la fantasía – no se sabe muy bien porqué – se busca en los lugares más insospechados. Luego, la evidencia aparece, entre unos matojos en un camino, al borde de la carretera.

¿Qué está pasando? Esta sociedad ha perdido totalmente el norte. Lo sé, lo sé. El asesino va a existir siempre. Lo hizo antaño, lo hace ahora y lo va a hacer, mañana, otra vez. Quizá  esté más cerca de lo pensado y habrá que esperar solo a que pase el tiempo del aparente olvido.

Algo hemos – y cuando hablo, lo hago en la primera persona del plural – hecho mal. Por comisión, por omisión, por pasotismo…  Esta sociedad nuestra está enferma. Está inmersa en una espiral de violencia desorbitada. En la palabra, en el comportamiento, en el pensamiento…  Se abre cualquier medio de información  y rechina por casi todo.

Ahora es otra mujer; ayer, fue otra mujer; hace unos días, otra mujer; hace un año, otra mujer y cambian los vocablos, los lugares, los tiempos, los modos pero siembre permanecen dos palabras: “otra” y “mujer”.  Siempre les toca a ellas. Da igual el móvil. Da igual que sea en el interior de un hogar, en la calle, en una ciudad grande o en un pueblo pequeño perdido donde Cristo dio las tres voces. No hay que darle más vueltas. Siempre le toca a una mujer…

Ahora vendrán todas las conjeturas. Cantidad de razonamientos. La fantasía dice que en muchas casas hemos acondicionado rincones con montañas simuladas, árboles con luces intermitentes en sus ramas,  ríos de papel de plata… La realidad dice que unas familias tienen amontonado el desgarro del dolor y la impotencia. La muerte ha venido de la mano asesina a sembrarles el dolor…



viernes, 14 de diciembre de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Sementera







Muy temprano, cuando apuntaba el lucero del alba sobre los Lagares,  el gañán echaba el pienso a los mulos.  La cuadra estaba caliente por el vaho húmedo desprendido  por los animales. Fuera hacía frío de ese que se levanta cuando viene el alba. De vez en cuando el piafar fuerte, una cabezada y un fantasma agigantado en las sombras sobre la pared con la luz del candil, un movimiento brusco de los mulos que saben cercana la hora de partida para la besana.

El gañán esparcía la pastura. La llevaba en una espuerta de esparto.  Un compuesto molido de maíz y cebada revuelto entre la paja. Los mulos separaban las granzas y la buscaban con los belfos en el fondo del pesebre. Luego, despacio los sacaba al corral. Una mataguilla ligera, un amarre a una estaca…  Les ponía las colleras sobre el pescuezo y las asía con una tomiza de pita fina. Las yuntas, después,  trasponían entre las primeras luces del día por camino adelante.

Cuando llegaban a la besana, el gañán les colocaba el ubio sobre las colleras, lo sujetaba con unas coyundas largas que llegaban hasta la mancera del arado, y allí, a modo de timón el marcaría el rumbo y el ritmo. La reja en la tierra; las orejeras abriendo a ambos lados la tierra. Esparcían  el revoltón que a veces llegaba hasta la garganta.

Crujía lento el arado. La voz del gañán y  una bandada de bisbitas que picoteaban la tierra humeante. Buscaban bichillos.

Si había viento de ‘arriba’  - aquí  se le llama de esa manera al viento del norte -  daba en la cara. Cortaba.  La yunta abría lentamente abría  el surco. Un muchacho, en ocasiones, detrás de la yunta pespunteaba el surco pintando con un hilo de habas  la tierra caliente…

Se hacía bueno el refrán: “Por San Andrés ni a tu padre se las des, ni quince días antes, ni quince días después”. Eran las obradas necesarias para dejar el grano al amparo de la madre tierra. Era la siembra precisa para que, luego, en primavera, hubiese un verdegueo de lomas y alcores.



jueves, 13 de diciembre de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Viento







Vienen como cada año. Días antes, días después. Cumplen con sus fechas asignadas, y ellos, los ‘vareaores’ de San Andrés,  porque el santo Apóstol -parece que tiene algo  que ver en el asunto – les da mando en plaza.  Traen marcado su camino, esos caminos que son propios de la naturaleza. Han cabalgado  por rutas celestes por las que no anda nadie  y que nadie conoce como solo las conocen ellos.

 La gente del campo en otro tiempo, por estas fechas, andaba recogiendo aceitunas en los olivares tempranos. Ya está la aceituna madura, rendida. Los molinos con sus moliendas y capachos empapados olían a aceite nuevo. Había un trasiego  en las sementeras. El refrán lo dejaba marcado: “Por San Andrés…” Pues eso. Al caer la tarde volvían las cabras al corral con las ubres llenas.

Dentro de unos días vendrán,  después del Niño-Dios, los fríos de enero. Antes, un poco antes, los ‘vareaores’ de San Andrés,  a manera de viento fuerte y bravucón se ha presentado. Cumple su calendario. Ha despojado  las acacias de hojas y las parras de pámpanos. Los ha esparcido por el rancho y por todo el camino… El suelto está alfombrado de hojas secas.

El hombre del tiempo, en el telediario, anuncia que, por esta vez, su estancia va a ser muy efímera. Otras veces les da más prolongación pero en ésta, no. Solo lo necesario para que sepamos que todo se cumple.  Vamos que le da un día de andarse por estos lares y dice que,  en otros, sobre todo en las costas, se ha enseñoreado con olas agigantadas. Como son ellos los que mandan han dejado a las embarcaciones amarradas en los puertos y…

Ulula en los humeros y hay un acurruco de palomas en los palomares. Están a resguardo los gatos. Han dejado solitarios los tejados y  en las lumbres de las chimeneas se agigantan las sombras. Forman figuras caprichosas.

Esta noche el autillo que se posa en las casuarinas que orillan la vía del tren echará una mirada fija a la luna creciente, la última luna creciente de otoño…