domingo, 31 de mayo de 2020

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

Para ti...





Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El gran desconocido.






                                               En recuerdo a la madre de la madre de mi amigo Pillo Lobato,  que quedó ciega de niña por culpa de la viruela.

Francisco Javier Balmis y Berenguer, nació en Alicante en 1753  y murió en Madrid en 1819. Hasta ahí puede ser una personaje más, de los muchos que en nuestra Historia han dejado su sello. No es así. Fue un médico miliar excepcional. Salvó miles de vida humanas llevando la propagación de la vacuna de la viruela por toda América, Filipinas, parte de Asia y el Atlántico Sur.

Comenzó a estudiar en la facultad de Medicina de su tierra. Trabajó como ayudante del cirujano mayor, luego pasó a La Habana y Ciudad de México, donde trabajó en el Hospital de San Juan de Dios, y estudió la transmisión de las enfermedades venéreas, y su curación con aplicaciones de esencias extraídas del agave y la begonia. De regreso a España, obtuvo el cargo de  médico honorario en la Corte de Carlos IV.

Fue el impulsor de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna de la Viruela. La viruela, era una enfermedad vírica que se manifestaba con fiebre y con grandes pústulas en todo el cuerpo. A los que se curaban, les dejaba señales en la piel y a algunas personas la ceguera, a otros le ocasionó, directamente, la muerte.

Balmis – acompañado del doctor Salvany - ideó una manera de conservación de la vacuna al ser imposible hacerlo ‘in vitro’ en aquel tiempo, y era usando a niños como propios portadores, la técnica de ‘brazo a brazo’. Se escogieron 22 niños de un orfanato de Santiago de Compostela que, en una cadena humana, proporcionaron la posibilidad de transmisión.

La expedición partió de La Coruña en 1803. Recorrió parte de América desde Texas a Chiloé en Chile, Filipinas y Asia. Además de la propagación científica, conllevó otra enorme novedad, la posibilidad de dejarla ‘latente’ en las ciudades por las que pasaron.

En estos días de pandemia mundial, el Ejército Español una vez más, se adelanta a tanto mindungui y mal intencionado que pulula suelto por esos caminos, y  ha bautizado su despliegue humanitario en la lucha contra el Covid-19, con el nombre del médico alicantino. Lo ha llamado sencillamente: “ Operación Balmis”. ¿Se ha interesado alguien por saber el origen del nombre? Esta Memoria Histórica también hay que recuperarla.






sábado, 30 de mayo de 2020

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día...

Para ellos, hoy, especialmente para todos ellos que se nos fueron entre el dolor y el silencio...



Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Bancos vacíos



                                    

Los hemos dejado que se mueran solos, mientras nosotros nos hemos parapetado detrás del burladero del miedo, ese que solo deja ver lo preciso, porque todo lo demás se oculta tapado con el capote de nuestro egoísmo.

Han llorado las familias con impotencia, rabia y dolor  en su propia soledad, las pérdidas, como solo se llora lo que se quiere mucho y ya no van a volver más. En esos momentos, cobran todo su sentido algunas palabras que usamos con frecuencia recuperándolo de pronto, como esos fogonazos de luz que deslumbran. Es cuando se comprende el verdadero significado de ‘nunca’, ‘jamás’, ‘siempre’…

Se han quedado las palomas del parque desorientadas. Ya no llegan algunas mañanas, o en horas determinadas, aquellas parejas que solían sentarse y sin decirse nada hablaban en su silencio que solo ellos comprendían. Está el bastón en el sitio donde siempre se dejaba, pero ya no vendrá la mano cálida que busca su ayuda de apoyo.

Escribió Juan Manuel Serrat cuando yo era muchacho, una canción que ya entonces me impactó: “Els vells amants”. Habla la canción de cabellos blancos, de miradas tristes, de personas que se quieren y se agarran de las manos y se preguntan si ¿estás bien?  ¿hoy no te duele nada?... Habla la canción también, de una radio antigua y un reloj grande, y de viejos retratos colgados en la pared y de encajes…

Y de flores y que, por San Jorge, - no se le olvidaba nunca - él le regalaba una rosa y se la envolvía en un papel de plata… Destila una ternura que ahora, esta sociedad que les ha vuelto la espalda, desconoce. Los hemos dejado solos, unos decretando leyes porque había que salvaguardar la seguridad; otros porque no les dejaban acercarse a ellos. Lo cierto, lo únicamente cierto, es que han muerto con el amparo de personas anónimas de las que nunca conoceremos sus nombres ¡qué pena!, que les han dado toda – y más – su profesionalidad.

Esta sociedad de hedonismo y pasotismo, les ha vuelto la espalda. Ellos han muerto alejados de los suyos, ellos que se quitaron lo poco que tenían para darlo todo en un tiempo donde lo único que sobraban eran penurias y sacrificios. Están vacíos algunos bancos del parque. Están inermes, si eso es posible, algunos corazones…




viernes, 29 de mayo de 2020

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

Para ti...




Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Mariana y Bartolo


                            



A bien decir, la Feria Real, o sea la feria de verdad, era la que se celebraba en los primeros días de agosto, el uno, dos y tres. Había otra feria, la de septiembre, durante los días veinte, veintiuno y veintidós. Era una feria de segunda división. El último día se llevaba a cabo la romería. Por la mañana se trasladaba la Virgen de Flores al convento y retornaba al pueblo  al caer la tarde.

La imagen cuando la cosa se puso ‘fea’ en los años anteriores a la Guerra incivil,  por acuerdo unánime, y temiendo por su seguridad, la trasladaron a la parroquia. Se ubicó en sus andas, junto al cancel de entrada por la puerta de la calle de Atrás… En el convento había una ermitaña, Anica, y su hijo Juan, “Juanico, el del Convento”, que custodiaban el recinto, pero esas personas eran insuficientes para poder controlar a una turba desalmada que podía hacer cualquier disparate.

La Feria,  - que me voy del tema - , nació en torno a la festividad religiosa de la Porciúncula, fiesta donde los franciscanos celebraban la reconstrucción por el propio San Francisco, de una pequeña basílica junto a la iglesia de Santa María de los Ángeles que celebraba la Asunción de la Virgen…

Durante esos días, en la parroquia de Álora – el convento ya desamortizado, sin la imagen de la Virgen y en ruinas, no tenía culto – se construía una pequeña capilla con macetas y flores donde las personas piadosas acudían para ganar el ‘jubileo’ haciendo tres salidas esporádicas hasta el panteón entre rezos.



El mundanal ruido iba por otros derroteros. La venta y compra de ganado – vacas y bestias en la haza de Bernabé, y cabras, ovinos y cerdos, en el olivar, al otro lado de la carretera – generaba algún dinerillo al que se le daba opción de mover: tabernas para los grandes, un circo, carricoches para la gente menuda…
El muchacho era muy corto. Una de las noches, se ‘arrimó’ a la niña que, naturalmente, se colocó en medio para demostrar un cierto desdén… En uno de los pocos momentos él le pregunta:

-         Y, tú… ¿cómo te llamas?

-         Mariana, respondió, y ¿tú?

-         Bartolo…

Al rato, casi continúa el monólogo.

-         Tú ¿de dónde remaneces?

-         De Poco Pan… Y ¿tú?

-         De Poca Agua…

-         ¡Vaya carrera llevamos nosotros! Dicen que comentó Bartolo…





jueves, 28 de mayo de 2020

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Levante



                                     


Estaba a media mañana la mar revuelta. El rumor de las olas era un ir y venir constante, monótono, repetitivo, con ese martilleo que suena cuando vienen a dar en el rebalaje. Había Levante…

Llevamos días de temporal. Se origina en el Estrecho, ese donde dicen que Hércules, con su fuerza, puso a los continentes en su sitio, o sea, uno frente al otro con un paso angosto y arriesgado.

Los que vivimos en tierra adentro, sabemos que cuando el aire viene de ahí, los amaneceres son plácidos, luego, a medida que el día avanza, empieza a llegar a modo de brisa, - “esta mañana dice la gente del campo, han madrugado las malagueñas”- al mediodía se intensifica y, en ocasiones, por las tardes es casi un vendaval que mueve las copas de los árboles, cuando llega el crepúsculo, otra vez amaina. Es un ciclo constante.

El cielo, con el aire de Levante no está limpio. Aparece como entelerañado y muchas veces está invadido por nubes que no vienen cargadas de agua aunque sean plomizas y compactas. El refrán lo pregona: “el levante las mueve  y el poniente las llueve”. Cuando se abre el cielo en los días de verano, el calor es húmedo, sofocante y desagradable.

Por circunstancias que no vienen al caso, esta mañana me he asomado al mar. Estaba precioso. Tenía un poco de resaca y las olas no venían encrestadas de nácar, no eran olas pespunteadas, sino que traían en su interior arena revuelta. No era el mar placentero y limpio de otras veces. Las bandera ondeaban con la intensidad del viento. Entre el oleaje, varios barcos se mecían con las olas en un cabeceo constante, un carguero se difuminaba en la lejanía, ¿adónde irá ese barco por esta mar bravía?

Era el mismo mar de los versos de Góngora: “Quejaos de mis desventura, / y no echéis la culpa al viento. / Y tú, mi dulce suspiro, /rompe los aires ardiendo…”

Cuentan, que Tarifa, un poco más allá del Estrecho tiene dos madres: “la mare que parió al Levante y la mare que parió al Poniente”.  No sé si esta mañana estaba en orfandad o bien servida. Dicen que allí el temporal es grande. El mar que estaba frente a mí  era un mar sugerente, de los que hacen pensar, de los que evocan sueños…



miércoles, 27 de mayo de 2020

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Plagas







Con la llegada del buen tiempo han aparecido las plagas. Si no tuviésemos bastante con el bicho que nadie ve pero que sabemos que existe, ahora aparecen los insectos. Dicen que todos son necesarios pero la verdad que cuesta creerlo.

Un ejército de hormigas sale de los lugares más insospechados y, además, con muy difícil acceso para llegar hasta ellos. Bastidores de puertas, escalones, marcos y quicios de ventanas, losetas en los rincones de la casa. Están perfectamente organizados y llegan como un ejército invencible. Toman posesión de lo suyo.

Por las noches, a la luz de la pantalla del ordenador no hay palomita grande o pequeña en tropecientos mil metros a la redonda que no venga a dar su paseíto y a dejar constancia de que ellas también existen, como Teruel, pero incordiando…

No se quedan atrás avispas, tabarros,  y otros bichos voladores. Acuden con el aguijón cargado de veneno, como algunos políticos que tenemos en mente, sí, sí como esos, y casi con tan mala leche como ellos. Te dan el picotazo, te dejan hecho un cristo y no lo sé pero en su fuero interno seguro que están hasta disfrutando.

¿Dónde dejamos a los mosquitos? Agudos, finísimos, casi invisibles… Algunos vienen con una trompetilla anunciando que están ahí. No los ves, ni de venir, ni de posarse sobre tu brazo, solo que un momento determinado sientes un picor y comienza la rasquiña. Recuerdo aquello de “por la mañana el rocío “ al mediodía la calor / por la noche los mosquitos / no quiero ser labrador”.

Hay más, sin miseria. Son unas arañas -las de ocho patas-  minúsculas. Se mueven con gran rapidez y cuando pican – naturalmente, acuden siempre por sorpresa – notas una enorme roncha, rojiza, potente que muy pronto va a más, tan a más que si te encuentras con alguien la pregunta inmediata es ¿ “qué bicho te ha picado”?

Y, las moscas, ¿dónde dejamos a la moscas? Que no, que no estoy pensando en los telediarios. Pienso en las otras. Abejorros, moscardones…

Dicen que todos los insectos son necesarios. Las abejas, al menos nos dejan la constancia de su presencia a modo de miel, otros las consideran esenciales en la polinización e imprescindibles para la vida, pero algunos que yo me sé, esos que usted y yo estamos pensando piden el flis a voces… ¡Qué Dios nos coja confesados!




martes, 26 de mayo de 2020

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La Mujer de Azul. Y VII







Relato corto. La Mujer de Azul. Y VII (Viene de  VI)

Se acercó despacio. Susurró a su oído con delicadeza, como quien no quiere molestar con su mensaje…

-         Es la hora, señor. Vamos a…

Él no dijo nada. Se giró , dio la espalda a la pared y se encaminó como siempre a la puerta de salida.

-         ¿Está loco? Preguntó la chica que llevaba poco tiempo prestando servicios de vigilancia en la Sala.

-         No, le respondió, el superior.

-         ¿Entonces…?

El Jefe de Sala le explicó que era un hombre extraño. Por aquí viene gente muy especial, pero ninguna como él. No está loco. Viene varias veces al mes desde hace muchos años. Se coloca frente al cuadro, lo mira, lo escudriña. Solo él sabe lo que ve y lo que mira. No dice nada. No hace ningún movimiento extraño. Al principio pensamos que podría ser alguna persona desequilibrada capaz de causar algún estropicio, después comprobamos que su comportamiento era normal.

El Jefe de Sala le dijo que poseía el carné de ‘Amigos del Museo’ y que tenía uno de los números más antiguos. Deduzco que antes de entrar yo a trabajar aquí, ya venía. Lo había comentado con el Jefe de la Sección, de la Planta IV que era donde estaban expuestos los cuadros de la corriente novísima, el Desvelismo,  y también con la Directora del Museo que sí lo conocía personalmente. Nunca le había revelado ni su nombre, ni nada relativo a su vida privada.

Algunas veces, siguió hablando el Jefe de Sala, hemos observado en su cara un rictus de emoción. Como si compartiera recuerdos soñados y, luego vividos juntos, como si  le brotase por dentro una alegría reencontrada y a duras penas contenida, otras, los ojos se le han puesto brillantes, expresivos, humedecidos; en alguna ocasión, nos ha querido parecer que por su mejilla se deslizaba una lágrima…

Permanece ahí un rato largo, muy largo, delante del cuadro sin mediar ninguna palabra, sin ninguna compañía salvo su propia soledad.

Se queda inmóvil, absorto, quieto delante de La mujer de azul de Thierry Molmhier. Cuando llega la hora del cierre y se marcha, creemos que la dama lo sigue con la mirada y algunas veces parece que ella también tiene humedecidos los ojos… Estoy convencido, le dijo a la chica, de que los sueños son reales.






lunes, 25 de mayo de 2020

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La Mujer de Azul VI





Relato corto. La Mujer de Azul. VI (Viene de V)

Entonces él recordó aquella tarde en el borde de la terraza en Positano. Delante, el acantilado. En la lejanía, inmenso, inabarcable, el mar. Extendió su brazo, abrió la mano y con el dedo índice apuntaba un lugar indefinido en el azul del Tirreno:

-         ¿Ves allí aquel punto…? Es el barco de Ulises y él está encadenado, para no dejarse embaucar cuando escuche los cantos de las sirenas…

-         Y fue cuando ella entonces susurró: “el campo lucirá multicolor como vuelo de mil mariposas, el aire traerá el dulce aroma de la naturaleza atado en gavillas de esperanza…”

-         El, sin decir nada, suspiró profundo y asintió. Ella le dijo: “Y yo estaré lejos de todo lo hermoso que te rodea, y viviré alimentada por los sueños de libertad, e imaginaré miles de caricias perdidas”.

Miraban el mar azul, tan azul como no había estado nunca hasta entonces y fue cuando ella le dijo: “Habrán de llegar esos azules días en los que la luz se abrirá paso entre el diáfano cielo de la primavera, y tus rosas despertarán a la vida para inundarnos de felicidad…”

-         Y entonces, dijo él, ya estaremos en Ítaca…
-          
                                                                                                                                               (Continuará…)




domingo, 24 de mayo de 2020

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

Para ti...



Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La Mujer de Azul. V


                                                         



Relato corto. La Mujer de Azul. V (Viene de IV)

 Él soñaba con cielos azules y nubes blancas. Ella era el recuerdo. El sueño que evocaba aquel cielo que juntos un día descubrieron en la campiña, cuando ya la primavera era una flor madura. Ella era algo que trascendía de lo físico. Ella era ese punto que le hacía mantener siempre el equilibrio. El apoyo, la comprensión, la ayuda, la mano…
Por su mente pasaban sensaciones, añoranzas, imágenes de nubes desleídas en el azul del cielo, la brisa que se dejaba sentir casi imperceptiblemente en sus mejillas.
Recordaba su pelo recogido. Siempre solía recogerlo con una cinta azul. Otras veces, la cinta permitía la fijeza de la pamela atada con una lazada doble por debajo de su barbilla. Era la estilización de las sombras, el ensueño que lo llenaba todo, donde él se sentía guiado, el lugar de la comunicación, porque sin mediar palabras, había un entendimiento callado.
Todo lo pensaba para sus adentros, en aquellas horas largas…

                                                                                                                                           (Continuará…)




sábado, 23 de mayo de 2020

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La mujer de Azul. IV








Relato corto. La Mujer de Azul.  IV (Viene de III)

Y entonces él tomó su mano, entornó los ojos y musitó casi de manera imperceptible: tú eres el zumbido del viento lejano en las montañas, y la brisa que llega al alféizar de mi ventana cada mañana, tú eres la belleza del campo en primavera y los azules del amanecer del otoño, tú eres la lluvia suave que cae sobre las flores del jardín, tú eres…

Y ella, que no decía nada, asentía y hacía suyas aquellas palabras de amor escapadas como suspiros de un alma anhelante. Entornó los ojos y veía el azul de las olas que siempre llegan detrás de la cresta de nácar que las corona, y vio veleros lejanos envueltos en azules… Ella no hablaba y lanzaba un mensaje desde la mirada enigmática en el lienzo…

Escuchaba sus pasos silentes cada vez que pisaba, al cruzarlo, el suelo de mármol del museo, los conocía, los identificaba y sabía que eran los pasos suyos, los de él y no los de otro. Cuando se retrasaba, siempre lo echaba de menos y pensaba en el momento de su llegada…

Juntos habían caminado por los paisajes de Pont-Aven y Pouldu, juntos habían pasado veladas y habían visto la evolución de la luz  en Rouen, a orillas del Sena, antes que regase la llanura de Giverny, juntos habían subido por Montmartre a Le Sacre Coeur, juntos habían sabido de los acantilados de Port Bou y de Colliure. Juntos sabían del azul del mar en las tardes de Tramontana, y de almendros en flor en las colinas en lo más crudo del invierno…

                                                                                                                                    (Continuará…)




viernes, 22 de mayo de 2020

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La Mujer de Azul III


                                               



Relato corto. La Mujer de Azul. III  (Viene de II)

Paseó despacio por los caminos entre los arriates. Era un laberinto organizado, como sus pensamientos. Los macizos de flores, a distintas alturas, creaban una sensación de andar por un bosque de volúmenes de color. Todos salían a su encuentro. Estaban allí. Lo esperaban desde no sabía cuánto tiempo. Hablaba a solas y le contaba a ella las sensaciones nuevas que venían a su mente…

Le habló de los árboles frutales, de los rosales trepadores de rosas blancas, amarillas, rojas… En el centro, una pérgola cubierta de glicinias de flores azules, formaban tirabuzones que se bamboleaban  al aire. Las contempló, las miró despacio.  ¡Azules, como él la soñaba  cuando se dejaba la toquilla que le caía desde los hombros hasta la cintura! Como él la veía aquellas tardes en que se acercaba y la contemplaba ante el asombro e incomprensión de los vigilantes del museo.

Margaritas, amapolas, florecillas silvestres, capuchinas, jacintos, alelíes, rosales de pie bajo y unas florecillas azules diminutas de las que desconocía su nombre. Eran las flores humildes que nacían en los ángulos de los mirtos que delimitaban los arriates, pinceladas sueltas, libres como él la recordaba a ella.

Pasó bajo arcos de rosales en flor, de enredadera ahítas de verde. Caminó. No se detenía y quería llegar hasta el rincón del jardín, donde sabía que lo esperaba ella.

Cuando llegó al estanque, su vista se perdió incontrolada entre los juncos, lirios blancos, azules – como te sueño a ti, se dijo para sí, pero sin recibir respuesta - y nenúfares reflejados en el espejo del agua. El lago estaba rodeado de hostas, bambúes de diferentes alturas  y sauces que llegaban con las hojas de sus ramas y jugaban con el agua…

Contemplaba y miraba. Absorto vio cómo la cara de ella se reflejaba desde el fondo del estanque. Su frente despejada y limpia. Sus ojos vivos, penetrantes, transmitían un mensaje de amor. Su nariz respingona. Aquellos labios, trazos sutiles por encima de la barbilla puntiaguda, su tez… Todo emergía de un azul profundo. Entonces, él alargó su cuerpo sobre la superficie, acercó sus labios a los de ella y al besarla,  todo eran círculos concéntricos de ondas que se desvanecían y se agrandaban conforme se retiraban…

                                                                                                                                           (Continuará…)






jueves, 21 de mayo de 2020

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La Mujer de Azul II






Relato corto. La Mujer de Azul II (viene de I)


El taxi los dejó en la puerta de Salidas Internacionales del aeropuerto. Barajas-Adolfo Suárez, a esa primera hora de la mañana, era un hervidero. En el mostrador de facturación pasaron los trámites. Buscaron la puerta de embarque. Ella lo seguía. Una vez liberados del equipaje entrelazó sus dedos con los de él, le lanzó una mirada de complicidad y esbozó una sonrisa. Se cumplía. Él se lo había dicho muchas veces: los sueños están para cumplirse…

Una vez dentro, la megafonía era un martilleo constante:

“La compañía Iberia anuncia la salida del vuelo 342 con destino París; señores pasajeros embarquen por puerta 7”
Ellos ya estaban en la fila que, a través de una manga, los llevaría al interior del avión:
“Ultima llamada para los pasajeros del vuelo 342 de la Compañía Iberia con destino  París. Embarquen por puerta 7”
Repetía en inglés: “Last call for passengers of flight Iberia 342 with destination París, please proceed to boarding gate number seven”
El vuelo no tuvo ninguna incidencia. Había un poco de nieve en las cumbres de los Pirineos,  y después desde la altura, se veía un manto verde cruzado por ríos como hilos azules que brillaban bajo la luz del sol.  Desembarcaron en Orly. Una vez con los equipajes en su poder, se decidieron por la opción A, en el autobús de Air France. Les llevaría directamente a los Invalides, luego, la línea 8 de metro hasta la Madeleine…
París se abría con todo su esplendor. París era luz y vida, París era la libertad buscada y conseguida, la meta soñada, anhelada, esperada. París era simplemente París… Entonces, él despositó un beso suave, sensual, sobre sus labios. Ella  se destocó el sombrero chester de color azul  y  correspondió con un beso de amor, como solo ofrecía en los momentos en que… Los ojos le brillaban con ese brillo especial que aparece en las ocasiones excepcionales.
¿Ves?, le dijo él un rato después,  cuando paseaban por la Concorde camino de los Campos Elíseos. Todo esto, todo París, ahora es para nosotros dos. Mañana temprano, le dijo, subiremos a Montmatre…Se acercaron al Sena. El río bajaba majestuoso, casi quieto…
-         El río, dijo él, nos llevará a Giverny, donde Monet plantó su jardín para tener todos los azules al alcance de su paleta…
-         Sí, Normadía, contestó ella, lo dejaremos para otro día…
Paró un taxi. Entegó una nota con una dirección:
-         Le Bois D’Ancêtres. 34 Rue de la Montaigne Saint Geneviéve. Barrio Latino.
Después de la cena esperaban encontrar reminicencias de Aznavour, de Ediht Piaff, de Mireille Mathieu … Un grupo cantaba al Che Guevara…
                                                                                             (Continuará...)









miércoles, 20 de mayo de 2020

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

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Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Relato corto. La Mujer de Azul I


         


Ella permanecía quieta. Tenía la respiración agitada. Por debajo de su tul azulado, ribeteado con encajes suaves, él deslizó su mano suavemente…  y entonces ella, sintió la caricia sobre su hombro y  sin mediar palabra, dejó escapar un suspiro lánguido, complaciente, receptivo…

Ella no dijo nada. Entornó los ojos… Fuera, al otro lado del cristal de la ventana, un gorjeo de pajarillos salía de las ramas de los árboles del jardín, exuberante en primavera. Jugueteaban entre ellos. Se perseguían y querían arrebatar de los picos de los otros pájaros, el trocillo de fruta que habían desgajado de las que estaban más maduras y que ya tenían su sazón. Saludaban a la mañana, con la alegría que la naturaleza recibe al sol que ilumina el día.

Los surtidores del jardín esparcían el agua sobre el césped. Las rosas tenían el esplendor propio de la floración plena. Temprano, habían tocado como cada mañana, las campanas del convento cercano. El tañido de la campana, venía del otro lado de la tapia que estaba cubierta por glicinias azules. La espadaña sobresalía sobre el muro. Unos cipreses acompasaban el paisaje, pero el tañido de la campana, siendo siempre el mismo, aquel día había tocado de una manera diferente.

Ella sabía que él había llegado en el primer tren de la mañana. En la lejanía, entre la oscuridad, mientras el tren avanzaba, él había visto las luces de los pueblos. Eran pueblos anónimos, de nombres desconocidos, aunque sabía que todos tenían su propia identidad, eran pueblos a los que probablemente no iría nunca. Había viajado toda la noche. El tren había cruzado veloz el campo en la oscuridad.  Llegó a la estación entre un vaho de neblina del amanecer y un ruido de gente que iba y venía. Tomó un taxi. Preguntó el taxista por la dirección, manipuló el GPS y salió a competir con otros coches que se disputaban el asfalto…

Llegó a la puerta. Abonó el importe, buscó en el fondo de su bolsillo y encontró las llaves. Abrió, se dirigió al ascensor. Tardó en bajar lo que suelen tardar los ascensores aunque hay momentos que parecen más largos que otros…
Cuando ella sintió las llaves en la puerta, su corazón palpitó de una manera diferente…