sábado, 31 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La chica de los ojos de misterio

La chica trabaja desde las primeras horas de la mañana en el bar de la esquina de la calle aquella. El bar abre para los madrugadores. En esos bares se habla poco; son más elocuentes los gestos.  Están ahí para la gente que emprende la tarea casi antes  que venga el día. Los clientes confluyen para el encuentro como los ríos marcados en los mapas.

La chica iba y venía de un extremo a otro de la barra. No paraba ni un momento. Preguntaba, se volvía a la máquina de café, ponía sobre el mostrador el servicio, cobraba la consumición y, entonces, marcaba en unos espacios sobre la pantalla del ordenador,  saltaba con un sonido metálico el cajón de la máquina registradora y devolvía el cambio.

La chica es de estatura media; delgada. Nariz proporcionada; tez blanca;  su cintura es un anillo. Tiene finas las manos y los dedos estilizados. La chica tiene manos de artista. Se recoge el pelo – su pelo negro – con una cola que se bambolea cuando gira, bruscamente, la cabeza.

La chica tiene los ojos grandes. Preciosos. Intensos. Hablan cuando miran; no usan la palabra. Lanzan un mensaje directo.  La chica tiene los ojos con pinceladas verdes, azabaches y negras. Desde  la distancia, sus ojos lo dicen todo,  lo entienden todo; en la cercanía trasmiten dulzura, misterio, embrujo, encanto.

Se le escapa un brillo especial. Un no sé qué que flota; un hálito que se queda  en el viento. Irradian vida interior como esos volcanes que sabemos que están ahí, que esperan su momento.

Son dos imanes. Son estrellas en la noche oscura en un cielo distante; luceros ciertos. Tienen el fulgor de la luna llena que sube en las noches de verano por la marisma y avanza por el cielo y lo hace suyo. Y, si los ojos son el espejo del alma…

viernes, 30 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Sombrerito de paja


Si el tiempo se ponía ‘raro’ disertaba del asunto pero siempre con pie cambiado. Y como sabía más que nadie, opinaba y pontificando: de vino, pintura, del campo, de fútbol, de la prima de riego, o de la metensícosis de la materia. ¡Un artista; oigan un artista completo!

Si amanecía un día ventoso no pisana la calle. El viento gélido que sopla al revolver de las esquinas afecta a sus oídos. Ya se sabe, las otitis duelen una barbaridad. Eso se combate con bufanda de doble vuelta y un gorro con orejeras.

Los días de lluvia son un auténtico calvario. Se vuelven los paraguas, salpican los charcos; las losetas de la calle como no encajan bien – por culpa del ayuntamiento, ¡qué caramba! - salpican… y el paso de las borrascas, naturalmente, le pedían su permiso para cruzar los cielos.

Agosto de fuego. Siesta abrasadora . Se recogían las almendras en los pechos del La Atalaya. Aquello no era sol en las costillas. Ni calor, ni asfixia en el aire… No, no.  Era todo eso y un poco más. Al agua del cántaro le faltaba poco para arrancar a hervir. El manijero le dice:

-          Apareja el mulo, ve a la fuente de Pedro y te traes una carga de agua para la merienda.

-          ¿Por qué no mandas a otro? Es que si me mojo los pies…

Su equipo era de medio pelo. Las derrotas, moneda de cambio; las victorias se contaban casi como algo anecdótico. Todo aquello no era fruto de la mediocridad que tenían encima. No, no. Era porque todos los árbitros del mundo mundial los perseguían  y favorecían a los contrarios.

Barra del bar; grupo de contertulios. Opinaba y opinaba. Hablaba de tratos de limones. Daba una disertación sobre los mercados internacionales afectados por la inestabilidad de la moneda. El interlocutor le echó en cara su ignorancia.
-          “¡Es que yo soy químico!”.

-          ¿Químico? ¿Químico, tú? Si tú no sabes ni aliñar un gazpacho…

La guinda se la puso la abuela de una amiga mía: “Es como los sombreritos de paja, que no sirve… ni pa el sol ni pa el agua”.

jueves, 29 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Ana Karenina

                                   

León Tolstoi publicó una de las grandes novelas de la historia: Ana Karenina, en 1877. Es su gran obra. Tolstoi refleja a los personajes con una maestría excepcional y los inserta en los paisajes.

De Ana Karenina trascribo un párrafo al azar: “Se acercó a las montañas de nieve, en las que, entre el estrépito de las cadenas que hacían subir los trineos, sonaban voces alegres. Unos pasos más allá se encontró ante la pista y entre los que patinaban reconoció inmediatamente a Kitty”. ¿Se puede contar mejor?

Tolstoi reflejó una Rusia que ya no existe. Era la Rusia anterior a la revolución que traería el comunismo unos años después. La lectura de la gran novela refleja, también las diferencias sociales existentes – ahora, también - entonces; amores imposibles, hipocresías, infidelidades…

Cuándo dentro de un tiempo los que lean a los novelistas de hoy ¿sacarán las mismas conclusiones? Alguien ha dicho que la gran novela de la actualidad la escriben los titulares de las cabeceras de los periódicos. Puede. No estoy en desacuerdo.

El Lazarillo de Tormes nos contó cómo era la sociedad española de aquel siglo, el XVI, y por lo que nos contó supimos de la España rezadora y en ruinas; de nobles con más hambre que títulos; del pícaro que engaña al ciego comiendo uvas en el vallado de la viña…

Del vistazo a la prensa de hoy me quedo con la muerte de un hombre joven. Lo habían envidado a un país lejano. Estaba con las Naciones Unidas (¿?) en una tierra donde un loco predicó la paz, el amor, la mano tendida entre los hombres… Y,  miren cómo terminó el loco y cómo está aquello.


Me vienen también ante los ojos las disputas por el poder; las zancadillas permanentes; la intolerancia… Este mundo está hecho añicos. Como el final de Ana Karenina, como la vida misma que nos toca vivir a pesar de todo.

miércoles, 28 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La mujer de la patera

                                  
Llegó la barcaza a esa hora del amanecer cuando más aprieta el frío. No había salido aún  el sol pero ya no se veían las estrellas. Un barco de pesca los divisó en alta mar. Iban a la deriva, al devenir de las olas, del miedo, de la zozobra de quien está a punto de llegar pero…

Unos hombres con uniformes verdes; otros, con ropas rojas y una cruz marcada; unas mascarillas y guantes blancos; una ayuda de humanidad a otra humidad que viene de no se sabe dónde, que busca y busca y, dentro de todo, huyen. Graznaban las gaviotas.

En el puerto había otros barcos. Bajaban uno detrás de otros; les abrigaban con mantas. Los cuerpos estaban contraídos con los músculos agarrotados y ateridos por la humedad de la brisa de la noche.

La mujer tenía los ojos grandes. Muy grandes. La mujer tenía unos ojos como la luna que algunas noches subía en el horizonte y se colaba por entre las ramas de los baobabes  y las acacias de la sabana y, luego se perdía en el cielo por encima de la chozas del poblado.

Sus manos eran grandes; sus ropas, de colores raros; su vestido llegaba casi hasta los pies. Calzaba unas chanclas de goma y enseñaban unos pies que han andado mucho camino; estaban raídas sus uñas y los talones llenos de callosidades.

La mujer encerraba en su mirada miedo y tristeza. Preguntaba sin palabras; miraba como un animal asustado; recelaba, obedecía, seguía las indicaciones. Sabía que aquellos hombres no eran como los otros hombres del camino por desierto. Aquella noche maldita…, el sabor salado de la sangre en la boca, el dolor intenso del desgarro que le impedía andar. Mucho; demasiado llanto.


La mujer y todos los demás se perdieron detrás de una puerta de cristales traslucidos. Una nebulosa pasó por su recuerdo: el poblado; los muchachos que pastoreaban el ganado; los felinos agazapados con sigilo entre las hierbas altas;  las estrellas en  la noche del desierto; las arenas ardientes; el asombro ante la inmensidad del mar y pensó que había llegado a la tierra de promisión…

martes, 27 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Almendros

                                            

Dice el hombre del tiempo que por esos mundos de Dios, pero de aquí, de un poco más arriba conforme se mira el mapa, la gente está muerta de frío. O sea que aunque el anticiclón muestre el cielo azul y limpio el aire viene que afeita en seco.

Ya han florecido los almendros. Son un grito en los más crudo del invierno. Un aldabonazo, una llamada; la proclamación, a los cuatro vientos,  que la vida sigue. Los he visto en el camino que baja a la Fuente de la Zorra y en las laderas de los Cerrajones y en el Llano del Jaral, en Canca y en las costeras de los Lagares…

Son flores blancas, rosáceas, según la variedad. Son flores únicas. Es la flor más temprana. Anuncia que vendrá el buen tiempo, que si rebrotan en ramas que parecen secas no es más que un reflejo de la vida que llevan dentro.

Son la Gracia de Dios en las mañanas soleadas; otra forma de nieve natural que no baja del cielo; brota de ese movimiento de savia cuando llega su tiempo y luego, será fruto aterciopelado y, cuando esté en rigor las calores del verano… Se dan con generosidad; todo es belleza; todo es encanto.

Esta mañana estaba precioso el campo. Ya apuntan los chamarines y los carbonerillos que no dicen si es porque anuncien agua o porque hará viento. No. Es la vida del campo. Los trigos han roto la corteza de los terrones; florecen los gamones en las cunetas de las carreteras.

Los almendros en flor han tomado por suyo el paisaje. Hace unos días se vistieron de blanco las cumbres; ahora parece que quienes van a hacer la Primera Comunión son los almendros; tienen un misal de nácar y un rosario de cuentas diminutas de pétalos. Están salpicados. Florecen y florecen: aquí, allí, allí enfrente…


 Me refugio, otra vez en San Juan de la Cruz: “mil gracias derramando, / paso por estos sotos con presura, / y yéndoos mirando, / con sola su figura  / vestidos los dejó de su hermosura”. Amén. 

lunes, 26 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Cádiar

                                                          

 El viajero subió a la Contraviesa desde Albuñol por Albondón y llegó a Cádiar a eso del medio día. El Guadalfeo – el río de hierro – corre por un valle de árboles sin hojas y riberas sin pájaros; es invierno. La sierra está ahíta de nieve.

Tienen a medio podar las parras; algunos almendros se han vestido de flores. El viajero que es muy  preguntón se interesa por la manera de ir a la Fuente Agria de Narila. Un viejo le indica y  lo manda por calles estrechas. Hay un gato rubio calentándose al sol medianero sobre una tapia.

Porque es medio día y, a estas horas, hacen ganas de comer  y porque hasta Cádiar  se llegó buscando las migas – otro día comió unas también excelsas en Murtas – el viajero las encarga y vuelve al rato y  da cuenta de ellas.

(Las migas se hacen con sémola y agua y se acompañan de torreznos, aceitunas, pimientos rojos secos y fritos, sardinitas saladas, pepinos, morcilla, chorizo, gajos de naranjas…). El viajero y el ‘vino Costa’ siempre se han llevado bien por lo que encomendó una jarra de vino del país y, mutuamente, no se ofrecieron resistencia.

 ¿De postre?, le preguntó a una chica morena y poco entrada en carnes, de nariz aguileña y el pelo lacio y largo.

-          “Teneos manzanas, ¿sabe usted? son de mi pueblo, de Los Berchules”.

El Viajero que gusta andar por caminos no recuerda un perfume como el ofrecido por la dos piezas servidas en un platito de cerámica.

 En Cádiar hay mercado los días tres y dieciocho de cada mes.Venden ropa, zapatos, paraguas, calcetas, cds, frutas, flores, alfombras, collares, gafas de sol, anillos y bisuterías, gorras, bufandas, cuadros de vírgenes y del Corazón de Jesús, de san Antonio, ganchillos, colonias, llaveros, telas, monederos, juguetes, pinturas, estampitas de santos, aceitunas; reclamos de perdiz “auténticos de Castellar de Santiago”, que, como yo, debes  saber, que está en Ciudad Real, y estos pollos son de granja.


El  viajero, con la tarde, reemprende camino. Sabe que se deja allí, ‘la fuente del vino’ y la capitalidad histórica, por poco tiempo, del sublevado Aben Humeya, allá por los tiempos del Rey Nuestro Señor Don Felipe, el II.

domingo, 25 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La chica del banco de la calle

                                

Esperaba la chica la canción de amor de  aquella tarde. Las estrellas eran puntos luminosos lejanos, distantes. Un banco en una calle cualquiera, de una ciudad cualquiera, de una noche cualquiera…. Y una mujer excepcional. Esperaba con la inquietud de esos primeros minutos de quien sabe que llegó primero.

Debería venir él. Dentro de poco debería venir, como cada tarde, como siempre. Si encontró aparcamiento, a pie por la acera; si no, tocaría el claxon desde el borde del asfalto. Una sonrisa y el olor a brea y a salina; el olor a mar.

Bajaría la ventanilla y abriría la portezuela derecha con una leve inclinación del cuerpo para llegar hasta la manilla. Sonaba la música - ¿por qué  siempre llevaba a  Édith Piaf - en la radio del coche. “Ojos que hacen bajar los nuestros / una risa que se pierde sobre su boca…”

Pasaban, en la oscuridad, otros vehículos. Luces, ruidos de motores: la vida en la calle cuando concluye la jornada. La chica soñaba con unos brazos cálidos y una voz…”veo la vida en rosa / me dice palabras de amor / palabras…”

La chica había pasado por la peluquería. Los rizos del pelo – solo hasta tocar suavemente sobre los hombros - eran tirabuzones. Tenían el misterio, el embrujo del canto de los pájaros cuando anuncian que se acaba el día. Tenían el atractivo que decían de las divinidades asomadas a las barandas del Olimpo. Siempre inalcanzables.

Venía un rumor sordo, cercano, amigo… Eran las olas de la mar. Venían, besaban el rebalaje y luego… y así una y otra vez. La chica sentía el mar próximo porque la chica siempre veía y hablaba con el mar desde su ventana. Esa noche la chica se había sentado en un banco de la calle de espaldas al mar.

Encendió un cigarrillo. Extendió la mano, dejó que la brisa llevase a su antojo el humo y respiró. La chica no estaba inquieta. Esperaba. Aguardaba por si por un casual no llegaba a la cita y entonces debería sonar el teléfono. Pasó un rato largo. Sentía el pálpito de su corazón. Consumió el cigarrillo, encendió otro y otro y…

sábado, 24 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Conejos

                                               
Este Papa es un milagro; este Papa es un peligro. Y si se sube en un avión entonces ya, ni hablamos. Debe ser porque  tiene ‘a mano’ a su Jefe y se siente seguro. Este Papa rompe moldes y costumbres y como se descuiden hace añicos hasta a la mismísima Curia Romana.

Vino de la tierra del tango; ‘che’, vino de ese lugar que dicen los que han estado allí,  que es un sitio tan distinto a todos que los argentinos se dividen en dos: los de  Buenos Aires y el resto. De allí se trajeron al tal Francisco.

En el avión que lo devolvía desde tierras del Oriente lejano va y se deja caer con un bombazo: “para ser buen católico no hay que tener hijos como conejos”. Más o menos. Ha hecho una llamada a la paternidad responsable. Y, de paso, parece que una llamada de  atención a los moralistas que legislan desde detrás de las mesas de los despachos.

Desde que llegó al Vaticano tiró por las calles que no han tirado otros: se va a vivir a Santa Marta, comienza las reformas con cargas de profundidad, zarandea a cosas parecidas con las sectas, dice lo que no es ‘políticamente’ correcto y habla de pobres, emigrantes, de las miserias. Denuncia conductas impropias de hombres de Dios. Escandaliza a los que se aferran a las púrpuras del poder…

Este Papa ha hecho algo que hasta ahora parecía impensable: lleva los zapatos viejos, viaja en un coche normal, come en la mesa con la gente, abraza a los que muchos les vuelven las espaldas y denuncia que lo mundano “aturde más que el aguardiente en ayunas”.


Lo de los conejos parece que ha sonado mal a más de un pusilánime. Eso es lo de menos. Lo que se ha llevado por delante es que si píldora, que si preservativos, que si control de natalidad. Mucha tela; mucho cambio viene por no se sabe qué aires celestes aunque quien lo pregona se vista de blanco…

viernes, 23 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Gallinero

                                           
El gallinero está revuelto. ¡Dios cómo está el gallinero! No es que bajen los zorros de las sierras por las noches con nocturnidad, alevosía y hambre. No, no. Esos zorros están donde tienen que estar. O sea, salvando cañadas, abrigados en las madrigueras y hurgando por aquí y por allá.

Del gallinero pega la volada a lo alto de la tapia del corral un gallito minino de cola arqueada majestuosa y bellísima. Tiene la  pechera de colores y brilla tornasolada cuando le da el sol. El minino vuela de tapia en tapia. Ni las palomas del alero del tejado tienen capacidad para imitarlo. Este minino es un artista del salto sin redes.

El gallo ‘lorigao’, el de los espolones revueltos y escamas en las patas se pavonea a su antojo. El gallo lorigao no le teme al arroz de cazuela ni al hervor de una olla de agua puesta en la candela para el desplume. Este gallo ya está curado de espantos y esas cosas.

Hay otro gallito negro. Pide plaza; presenta cara pero le falta campo, o mejor, tiene que esperar que pase algún tiempo y él pueda ocupar mando y ordeno y todas esas cosas que tienen los gallos cuando son dueños de los gallineros.

Hay gallinas negras, cenizosas, y pollitas ponedoras y camadas de otros pollitos. Se picotean entre ellos. Se hacen sangre. Se ensañan y cuando eso ocurre…¡ay, Dios, cómo se pone el gallinero! (¡Hay quien organiza un almuerzo para dar puñaladas a otros de su misma pluma!).

Nos anuncian cuatro elecciones para el año: Andalucía, Municipales, Cataluña y Generales. No quiero ni pensar lo que nos espera en el gallinero patrio. Tertulias, televisiones, radios, periódicos, políticos… Todos nos venderán su mercancía. Ah, tengan cuidado con el veneno.


En esta situación siento envidia de mi gato. A mi gato le puse por nombre “Tito Livio”. Se pasa horas sesteando al sol. Me parece que se entera de todo el revuelo que hay en el gallinero pero hace como que no se entera y si se entera, no le importa. ¡Eres listo, puñetero!

jueves, 22 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Musas

                                                      
Dice la mitología que las musas vivían en el monte Helicón o en el Parnaso. Dice, también, que eran hijas del padre de todos los dioses, o sea, Zeus y que su relación con los seres humanos era de tal índole que, en ocasiones, influían y condicionaban su vida.

En otro lugar la mitología las identifica con las ninfas que se las andaban por los cañaverales de  los ríos, en las fuentes, en los recatos de agua con mucha vegetación y flores. Es decir en un lugar donde la belleza siempre se imponía.

Las musas mitológicas no tenían relación como se cree, a veces, con las actividades artesanales y sí con otras que marcaban más: la historia, la música, la elocuencia, la retorica (por cierto cuando se ve cómo hablan algunos personajes públicos se viene a la mente que estén reñidos entre sí)… y, así, hasta nueve.

Salvador Dalí conoció a Gala en Cadaqués. Enamoramiento, vida azarosa y Dalí que la pregonaba como su musa; ella decía que lo había salvado de la locura. Cuando hay tanto dinero como el que existió en la vida del genio, uno se pregunta dónde queda la raya que determina la locura.

Mingonte  publicó una viñeta en ABC. Velázquez tiene sobre su mano izquierda la paleta. Asoma el pulgar; en la derecha, el pince. Delante el cuadro de Las Meninas y,  en voz alta y va dice: “hay días en que a uno no se le ocurre nada”.

Joan Manuel Serrat compuso una canción donde pregonaba que sus musas debían andar de vacaciones y que por “halagarte para que se sepa / tomé papel y lápiz / y esparcí / la prendas de tu amor, / sobre la mesa…”


Y cuando el día está ventoso y frío; desapacible e invernal y ulula el viento en las chimeneas y llega un mensaje de mi musa: “¿Sabes? que yo no dirijo tus artículos, pero mañana pon algo más calentito, es decir, que no toque nieve.” pues ya ven…

miércoles, 21 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El general invierno

                                 
Dicen que no tiene entorchados en la bocamanga pero manda más que nadie. Dicen que no lleva armas al cinto pero tumba a todo el que se le pone por delante. Dicen que cuando se echa a la calle todo el mundo tirita…

Napoleón estaba a las puertas de Moscú. Casi sonaba la ‘marsellesa’. Hizo política de tierra quemada. El pueblo ruso sabía quién estaba de verdad con ellos. Lo esperaron. Llegó cuando tenía que venir y cuando llegó el ‘general invierno’, entonces...

Tirita media España. Están las cumbres blancas. Los páramos helados; hay carámbanos en los tejados. La lluvia ha roto en algunos sitios la capa, que a modo de mantilla blanca, cubría el campo. Son bellísimas las imágenes.

El maestro Alcántara escribió en una ocasión: “No es lo mismo ver una nevada desde el alféizar de la ventana que desde un camino vecinal”. Es verdad, maestro, es verdad. Dicen que en algunas montañas de León están sus moradores aislados. Solo llegan los quitanieves, la Guardia Civil y, cada dos o tres días, el panadero.

Es dura la vida en esos sitios. La poesía queda muchas veces para escribirla al abrigo de la chimenea. Crepitan las llamas en la lumbre. Se cuela el frío por las rendijas de las puertas; el viento helado azota las ramas desnudas de las choperas.  Hay nieve hasta en las orillas de los ríos.

Están abiertos, a duras penas, los puertos. La retahíla de San Gloiro, El Pontón, Padornelo y la Canda, Pidrafita, Envalira, El Escudo, Guadarrama… Nunca hemos sabido más geografía los españoles que sentados delante de televisor y escuchamos al hombre del tiempo.


Por cierto. Era verano. Medio día; cantina de mineros. Una muchacha de ojos negros nos atiende. “y, cuando usted vea la estrellita de nieve en el telediario, entre Asturias, León y Galicia debajo, está Villablino; y,  ahí, nosotros. Acuérdese”. Ya ves. A sabiendas que no lo leerás nunca, esta noche te recuerdo…

martes, 20 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nieve en Ronda

                                            

Se ha puesto la Serranía una mantilla blanca para la Goyesca de esta tarde. Los toros, de la ganadería de  los vientos del norte. Un único espada  lidia en la Real Maestraza: se llama temporal de invierno. Se ha quedado sin resuello el Puente Viejo y el Tajo y el Parque y hasta el mismo Pedro Romero…

A eso de una hora indefinida un manto blanco se abrió, como se abren de capa los toreros de arte, y recibió, paró, templó y mandó. Se pusieron de pinceles blancos las torres de Santa María la Mayor y Padre Jesús y el Socorro y la Paz. Todo era silencio.

Permanecía expectante el tendido del campo. Embelesado vio como todo se tornó uniformemente blanco. Decía el hombre del telediario: nieva en Ronda. Todo era respiración contenida, todo encanto, todo era el misterio.

¿En qué cueva en la  caliza de la sierra habrán echado esta tarde una candela los bandoleros? Dicen que alguien vio una cuadrilla que trasponía por el Puerto. Irían a El Burgo buscando a Pasos Largos y luego, por el Puerto de las Abejas buscarían, en Yunquera, los pinsapos. ¿Quién lo sabe?

Está blanca la carretera que va hacia la Cueva del Becerro y la que baja a Arriate y la que va para Montejaque, y a Grazalema y a Zahara…Está la Serranía soberbia. Es el primer temporal de los de verdad, de los serios que llegan en este mediado enero.

Se lleva el eco el soniquete de los veros de  Fernando Villalón: “Plaza de Toros de Ronda / la de los toreros machos/ pide tu balconería/ una Carmen cada palco/ un Romero cada toro/ un Maestrante a caballo/ y dos bandidos que pidan/la llave con sus retacos/ Plaza de Toros de Ronda/la de los toreros machos."


Nieva en Ronda. Dicen que también nieva en otras sierras. Es verdad, pero aquí no se sabe ¿o sí? parece que tiene un encanto especial. Esta tarde la Serranía se ha vestido un traje blanco para la Goyesca de invierno.

lunes, 19 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Segura de la Sierra

                          

Al pie de Segura -Segura de la Sierra- piensa que puedes estar ante uno de los pueblos más bellos y enriscados de cuantos des en encontrar en tu andar por estas tierras. Párate y observa. Mira y ve. Oye y escucha. Contempla, escudriña...

El pueblo -lo que queda de un pasado glorioso- sube y trepa montaña arriba. A media ladera, Santa María del Collado te dice de cómo los campanarios se empeñan en otear vientos y horizontes; en capear ventiscas y temporales. Sobreviven al paso inexorable del tiempo.

Puede que te cuenten  - en Paredes de Nava, por tierras de Castilla, también - que aquí nació Jorge Manrique, hijo del Comendador Rodrigo Manrique, a quien dedicó las Coplas de pie quebrado “A la muerte de su padre” Su madre fue dama segureña, doña Mencía de Figueroa, - que las madres también tienen algo que decir en estas cosas, ¿o no?

Llegados aquí no me resisto a transcribirte lo que Aquilino Duque escribió:

“Cuando Segura era cabeza del señorío de los Manrique, Orcera era su aldea; hoy Orcera tiene arciprestazgo, y el arcipreste manda un cura a decir misa en la iglesia en restauración de Segura. El cura de Orcera ha venido a acompañado de dos monaguillos, muy empeñados los dos en enseñarme la capilla del castillo. Por fin logran enseñarme la casa de un pintor o poeta que vivió en Segura años atrás. Es la casa de Jorge Manrique. Uno de los monagos está en COU y el otro en BUP y naturalmente, jamás han oído hablar de Jorge Manrique ni de su padre. Van a buscar nidos de camacho o de chichipán.”


De tanto encaramamiento por las alturas tienes que volver. Baja. Toma el camino que te lleva a Orcera. A mí, sólo me resta desearte: ¡buen viaje!

domingo, 18 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Soluciones

                                               
Sentado a orillas de  la tarde despido un día gris y plomizo de enero. Dicen que están blancas las cumbres de la Sierra de las Nieves; dicen que media España tirita de frío por mor de unos vientos que han entrado por los caminos del norte…

Los periódicos hablan y no acaban con las malas noticias. Cuentan: unos radicales han quemado varias iglesias – católicas, por si alguien tiene curiosidad - en Nigeria; en Jerez arrojan un cóctel molotov a las traseras del convento de Santa Rita. Respuestas con violencia a otras violencias.

Están colapsadas las autopistas azules del Mediterráneo con las pateras. No, no son veleros de turismo, ni tienen velas desplegadas, ni Ulises está amarrado al palo mayor para no escuchar cantos de sirena. No. Son otros Ulises. Huyen del hambre, de la enfermedad, de la pobreza.

Los políticos – los de aquí y los de otros países, también - andan como putas en Cuaresma. En las Cuaresmas de antes, claro. Si nos paramos a analizar lo que ha salido por sus boquitas finas el fin de semana me pienso si es que esta gente, de verdad, de verdad de la güeña, palabrita del Niño Jesús, ¿se creen que somos tan tontos como para creerlos?

La vieja Europa parece que está más vieja de lo ella misma cree. Verán. Cuando la solución es el insulto, la descalificación, la falta de respeto a que otro piense de manera diferente da pié para pensar que el pozo está seco: ni agua ni ideas.

No afloran alternativas que ilusionen. La oficialidad dice unas cosas que la realidad no se cree del todo. ¿Alguien piensa que una familia puede vivir con poco más de cuatrocientos euros al mes?


“Por un puñado de dólares” fue una película de Sergio Leone. Frontera, tráfico de alcohol y muchos tiros… ¿Por qué no intentan vendernos un puñado de soluciones? Bueno, si quieren, no les pedimos tanto. Una, solo una solución y así...

sábado, 17 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La mujer del tren de las seis y media

                                
La mujer se levantaba cada día de madrugada. Un despertador de cuerda sonó sobre la mesilla de noche. En la mesilla había, también, una lamparita que daba una luz tenue  y un cable que llegaba al enchufe. La mujer no tenía pereza para saltar de la cama.

La mujer trabajaba en una fábrica que estaba lejos de su casa. Se adecentó un poco, cogió el bolso donde la noche anterior su madre había puesto la comida del día: una fiambrera con tomates fritos, un huevo cocido, un trozo de pan, un par de naranjas…

En su casa, a esa hora, todos dormían. Tiró de la puerta…Las calles estaban solitarias. La bombilla de la esquina – casi siempre rota por algún pelotazo de los niños – daba una luz tan pobre, tan esquilmada, que podría llamarse cualquier cosa, menos luz.

Por las calles aparecían otras figuras solitarias. Los hombres tosían por mor del tabaco. Se cubrían la cabeza con una gorra. Las mujeres mayores envueltas en un mantón de ganchillo casi siempre de color negro caminaban más despacio; las más jóvenes llevaban prendas más moderna pero en desuso para otros menesteres.

La mujer cruzaba las calles; revolvía las esquinas. Todos iban a alguna parte. Un hombre  barría la calle; tenía un cigarro en la parte izquierda de la boca. Casi nunca saludaba a los transeúntes.

Los gatos hurgaban en un cubo de basura. Un camión pasó atronando con un ruido ensordecedor. El camión llevaba en el cajón una cuadrilla de hombres.

-          ‘Es la gente de los pinos…’ pensó

Un grupo de hombres subía, cada mañana, a la sierra. Limpiaban la maleza del pinar. Era una labor a la que casi nadie quería ir cuando había otros trabajos…

La mujer anduvo por otras calles y llegó a la estación. Aguardó su turno en la cola que también hacían otros viajeros:

-          “Buenos días. Ida y vuelta a Málaga”


El hombre que le despachó el billete, le correspondió en el saludo. Le dio un cartoncito rectangular de color sepia. La mujer cruzó el andén, subió al tren y se acomodó, junto a la ventanilla, en un vagón de madera. Aún no funcionaba la calefacción. El tren salía a las 6,20. Hacía frío….

viernes, 16 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Resaca

                                                       

Noche, fría; escarcha en la umbrías. Luna de enero en cuarto menguante; la primera luna del año, espléndida, se pasea por  un cielo con nubes altas; dicen que está de paso un frente atlántico.

La madrugada va lenta. Ladra en la lejanía un perro. Ya no rompe el silencio el silbido de los trenes. Hace mucho tiempo que no circulan cruzando la noche camino de su destino; yo, entonces, como ahora, leía…

Recalcitrante,  escucho música; Los Reyes me han traído, entre otras cosillas: música y  libros. Un puñado de libros. “El día que España derrotó a Inglaterra”, Pablo Victoria, Ed. Edaf. “El viento de la luna”, Antonio Muñoz Molina, Ed. Seix Barral. “Los girasoles ciegos”, Alberto Méndez. Ed. Anagrama…y, mi amigo Juan, para que me ‘ambiente’, me deja una guía de Italia Norte. ¡Qué cosas se le ocurren a este Juan!

Mi egoísmo  me hace huir de la literatura realista. De joven tuve afición por el cine del neorrealismo italiano. Sentí como alguien mío aquel Bruno de Ladrón de bicicletas. La realidad, después, me hizo desistir. He desistido de tantas cosas en la vida que, ahora, cuando el tiempo tiene más valor que la materialidad de las cosas me siento desasosegado e inquieto.

 La libertad que da el inconformismo no sólo es patrimonio de juventud. No quiero más mediocres que me dicen lo que tengo qué pensar, qué hacer, qué decidir… No, que se queden por ahí. ¿No han visto las sandeces que dicen a raíz de la masacre de Paris? Gracias a ellos a uno le queda la satisfacción de ir por el otro raíl de la vía.


En Bélgica saltan las alarmas; en Alemania, también. París no para…. El Papa Francisco ha hecho unas declaraciones donde rebosa el sentido común. Enero que dijo adiós a las fiestas llama a la realidad en las mañanas de escarcha y frío, por fuera, y por dentro.

jueves, 15 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Los muchachos

                                           

Los muchachos subían por la Cuesta del Río cuando regresaban de los baños en las tardes de verano. Las tardes eran ardientes, abrasadoras y largas; muy largas. Tan largas que no acababan nunca.  El sol tardaba en trasponer por el Monte Redondo y las horas de remojo eran un alivio.

Los muchachos siempre bajaban al río a esas horas en que el pueblo entraba en un sopor interminable. Las madres recogían la cocina; se entornaban las puertas; las casas se quedaban en penumbra. Los hombres que no dormían la siesta se iban a echar una partida al bar.

Cuando el sol hincaba la cresta, entre los muchachos, se sabía que había que levantar  el hato y regresar al pueblo. Los muchachos traían las caninas abiertas. Ya habían devorado la merienda y con el baño el hambre se despertaba con más fuerza.

La Cuesta del Río tenía a ambos lados vallados de zarzas silvestres con moras  que cuando estaban maduras eran apetitosas y, a pesar de algún que otro pinchonazo, siempre sabían a un manjar exquisito.

 La Cuesta de Río tenía unas calzadas de piedra para que las bestias  no resbalasen en la bajada. En los meses de invierno había mucho barro. Los animales atascaban los cascos de sus pezuñas en el barro. En verano era un camino seco y polvoriento. Los muchachos siempre iban por las veredas y buscaban las moras maduras.

En la Cuesta del Río vivía un hombre ciego;  por encima de la casa de Molina, junto al arroyo de los Azulejos que los muchachos no sabían que se llamaba así vivía, también, otro hombre,  un hombre viejo y malhumorado que guardaba sus frutos de la voracidad de los muchachos.

Los muchachos se acercaban con mucho sigilo. El   viejo siempre estaba sentado debajo de la higuera, los veía antes que llegasen y no podían sorprenderlo… Entonces, el viejo la emprendía a terronazos  y los muchachos huían despavoridos.


Los muchachos iban algunas tardes hasta la ‘Argamasa’, aguas abajo de la Vega Redonda y enfrente del Morquecho; otras, se iban a los ‘Remolinos’ en la Barranca de la Barca. Había otros ‘bañaeros’: la Playita, la Nerisca de Lería… pero se iba por otros caminos. Los muchachos…

miércoles, 14 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Al sur de El Torcal

                                              
El viajero llega a Villanueva – Villanueva de la Concepción, ‘el Pueblecillo’, de antes – una soleada tarde de invierno. De medio día arriba soplaba el levante. Peinaba los trigos, movía las hojas de las palmas y acariciaba los pegujales.

El viajero pasó por el pueblo de largo. No se detuvo como otras veces. Junto a las paredes, en las recachas, los viejos tomaban el sol. Hay gente sentada en las terrazas de los bares. Dejan que se vaya la tarde.

Siguió camino como para Almogía, pero no; giró a la derecha y de allí a la ermita de Jeva. Entre olivos la carretera bordea toda la ladera Sur de El Torcal. Una mujer riega las flores en el porche de la casa. Pregunta. Le indica primero con el brazo y luego:

-           “Vuélvase y, a la izquierda. La tiene, ahí mismo”.

Encinas centenarias en la ladera y choperas sin hojas donde antaño hubo agua. Es invierno; las choperas están desnudas. Ve los dos primeros almendros en flor. La flor del almendro es un grito de vida.

La ermita es pequeña. Íntima. Humilde, muy humilde. Reboza cal. Canta  una restauración de no hace mucho tiempo. Veneran a la Virgen de la Purificación. En diciembre hacen una romería. Congregan a las pandas de Verdiales: bailan y tocan y llevan en procesión una imagen de María desde la ermita a la era…

Antes de llegar a la ermita, al borde de la carretera,  dos bustos de  mujeres arrodilladas – en medio, un niño - lavan sobre una piedra. Es un homenaje a la vida dura de entonces. Ya no hay agua. El viajero intuye que allí, en su día, debió haber un manantial o una fuente… Están vigorosas las junqueras y las zarzas.

La ermita debe el nombre al castillo de Xébar. Allí nace el arroyo al que da nombre; tributa en el Guadalhorce. Bajan de El Torcal un puñado de cañadas y arroyos que más abajo se entrelazan y toman entidad en el río Campanillas.


Ah, para tu información un panel dice que a la pedanía – de la Higuera, por debajo de la ermita - llegó la electricidad en 1978 y el agua potable en el último decenio del siglo XX… Entre los olivos silba el viento; por la sierra carea un hato de cabras…

martes, 13 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitacora. La chica de negro

                                           

Era como pasada la mediación de la mañana. El sol ya estaba alto; la brisa aún no se había levantado;  brillaban las gotas de rocío. Las banderas que escoltan el arco que imita a algo antiguo en la Fuente de la Manía estaban quietas.

La circulación de vehículos ya no era tan intensa… Los coches se ceden el paso en la rosa de los vientos que se forma en ese cruce de caminos. La sierra del Valle, en la lejanía, muestra la caliza desnuda. Sube una nube vaporosa desde los bajos de vega: es la evaporación

La chica viste de negro. No por nada especial: sabe que el color le favorece.  Enfila la Avenida Pablo Ruiz Picasso. La chica hace unos años que entró en esa edad donde la madurez es la que manda. Es invierno, la chica va abrigada.

Es coqueta, sensual, enigmática. Rompe la uniformidad  y pone colorido con un pañuelo rojo al cuello. Usa minifalda; botas de cuero a media caña, a juego. …Pudo haber sido la musa de Claude Lelouch en “Un hombre y una mujer” porque tiene el embrujo de Anouk Aimée; pudo ser la musa de Fellini en “La dolce vita”; pudo…

Protegía los ojos de los rayos del sol con unas gafas de cristales ahumados. Un abrigo largo ocultaba siluetas de un cuerpo bien conformado. La chica es de estatura media. Todo es armonía.

La chica se corta el pelo a media cara. Anda con paso firme. Lleva en su mano una bolsa. Ha estado de compras. La bolsa pende, por el peso, de manera vertical y se acompasa con el andar garbeado y seguro de la chica. Cruzó por uno de los pasos  habilitados. Lo hizo por el que permite salvar la carretera que va a Flores…


La chica forma parte de eso que llamamos vida. La vida de cada mañana de un pueblo con nombre. La chica tiene, también, nombre y dos apellidos. La chica pone hoy el acento sin que ella lo sepa - ¿o sí lo sabe? – a unas líneas sueltas… 

lunes, 12 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Pescador

                                                      

El viejo pescador subía cada tarde la cuesta camino de su choza. Abajo, seguía el mar con sus peces grandes y chicos. Los barcos varados en la orilla esperaban un nuevo día de pesca y él solo y abatido llegaba hasta el bohío para soñar con los equipos de rugby, con leones marinos, con que su soledad estaba compartida.

Soñaba  que algún día atraparía al gran pez de su vida. El sueño era quien realmente lo derrotaba. Arriba, muy en lo alto, las estrellas dejaban puntos luminosos en el océano. Probablemente una mujer vestida de blanco, que como él también estaba sola, paseaba cada atardecer por las arenas de la playa y se sentaba y miraba al mar. La brisa acariciaba su pelo y sus ojos mirarían a la lejanía.

El viejo pescador había hecho la pesca de su vida. Veía aquella noche, desde alta mar,  las luces de La Habana. Eran un resplandor en la lejanía, era el sueño que nunca se alcanzaba. El puñetero pez grande lo arrastraba a la deriva y él le soltaba sedal y anhelaba que hubiese estado allí, aquel día, el muchacho…

Hemingway se retrató. Nos retrató a todos. Todos somos ese viejo pescador que un día la fortuna puso un no sé que se sabe a modo de pez en el camino. Y eso, precisamente eso, no nos llevó a la felicidad porque vinieron los tiburones y acabaron con lo que siempre habíamos soñado.

El viejo pescador sabía de brisas saladas, de vientos que se levantan casi siempre a la misma hora. Sabía de nubes negras que traen dentro truenos y relámpagos y aguaceros y olas que hacen que los botes se muevan y dentro surja algo que se llama miedo.


No estaba allí el muchacho. Casi nunca está allí ese muchacho que tendría que estar. Unas veces porque su padre decidió que ya no acompañase más al viejo pescador que estaba medio ‘sonao’; otras, porque la vida tiene cosas así…  

domingo, 11 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El Torcal

                                           
                                      
El anticiclón manda sobre la península. El día pedía campo O sea llenar los pulmones de aire puro… Aprovecho el día de “resolana” que diría mi maestro Barbeito (por cierto, con él anduve un día también por aquí) y me voy de sierras y tierras de cielos claros… Verás

Del Torcal se ha escrito mucho y bueno. No soy el llamado a contártelo;  otros, que saben más y lo hacen mejor ya han ido delante. Sube, desde Antequera, por la carretera que va al nacimiento del río de la Villa y luego, por la Boca del Asno. Y lo ves. Empápate de cuanto miran, aprehenden, captan... tus ojos.

Cuando te asomes al mirador de Las Ventanillas, al fondo   - entre brumas si corre levante, como corría hoy - Málaga y el mar. Es el mar de fenicios, griegos, cartagineses y romanos, por donde vino el comercio, y el arte y el derecho, y la lengua en la que nos entendemos un montón de gente. Más cerca, bajo tus pies, tierras de lagares y colinas suaves y caseríos blancos, y el Campanillas y el Guadalmedina. Todavía, no son ríos sino torrenteras arrancadas de largo.

Por el Este quedan Casabermeja, Colmenar, Comares - pincelada blanca en la cumbre -, Periana, Canillas... Al Norte, la llanura y según a donde mires, la Sierra de Rute, la Camorra, El Puntal y, si apuras y está pero que muy limpio el día, las estribaciones meridionales de Sierra Morena. Al Este, Alcaparaín, Sierra de Aguas, de las Nieves, Los Guaperos, la Serranía de Ronda.


El Torcal estaba invadido. La carretera de subida es estrecha; bien asfaltada. Demasiados coches; hay problema de aparcamiento. La gente busca el encuentro con la naturaleza, con la piedra viva hecha capricho en la caliza, con las sensaciones únicas que solo se viven en contadas ocasiones. Y, se encuentran. Doy fe que todo eso, y más, estaba esta tarde allí…

sábado, 10 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La chica de la playa

La chica de aquel verano llegaba cada tarde a la playa. Era a esa hora en la que el sol ya no quema y han pasado las horas achicharradas de la siesta. Se sentaba frente al mar. La chica llevaba un vestido blanco. Extendía la tolla. Se desprendía de la ropa de calle. Sacaba de una cesta de palma unas gafas de sol. Se daba una loción de crema protectora… La chica se ponía un sombrero en la cabeza.

La chica de aquel verano se sentaba cada tarde junto a la playa, en la orilla. La brisa acariciaba su pelo. Jugaba con él como solo lo hacen las brisas caprichosas que se levantan de la mar las tardes de verano. Lejos de la playa hacía calor. Allí no se sentía.

Cuando el sol se hundía lento, parsimonioso, sin prisas en el océano regresaban las barcas. Las barcas venían de la pesca de bajura. Las barcas buscaban el amparo del puerto. La chica las veía aparecer en el horizonte; luego, frente a ella, y después enseñaban la popa… Un enjambre de gaviotas revoloteaba sobre las barcas.

Las barcas a su paso dejaban una estela de espuma blanca sobre el agua. El motor con su ruido monocorde rompía el graznido de las gaviotas. La chica, unas veces, se tumbaba y dejaba que el sol acariciase su cuerpo; otras, se incorporaba. Sentada, entrelazaba los dedos de sus manos por delante de las rodillas. La chica encorvaba su espalda. La chicha miraba al horizonte.

El sol era una esfera enorme que se achicaba por momentos. Primero intensa, dorada, de fuego. Luego perdía intensidad. Se hundía. El cielo se ponía de color anaranjado, violeta, azulado. Unas nubes tenues cubrían el horizonte por dónde el sol se había ido camino de América.


Y, entonces, la chica de aquel verano se levantaba despacio, sin prisa, como quien piensa que volverá al día siguiente. Recogía la toalla. A modo de felpa se colocaba un pañuelo de colores anudado en la cabeza. Los tubos de crema reposaban en el fondo de la cesta de palma. Se ponía el vestido blanco y se echaba a andar por la arena de la playa que ya no estaba tan ardiente como cuando ella llegó…

viernes, 9 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. ¿Arde París?

                                               

No es el título de la novela de Larry Collins y Dominique Lapierre. No. No son, tampoco, los días previos a la liberación en la Segunda Guerra mundial ni aquel verano de sol  en que los aliados llegaban a sus puertas y el Sena seguía corriendo bajo los puentes.

No es tampoco el argumento de la película del 66 que realizó René Clement. Ni el guión adaptado y escrito por Coppola y Vidal. No. Se juntaron, entonces, un montón de estrellas: Kirk Douglas, Glen Ford, Yves Montand, Jean-Paul Belmondo, Alain Delon, Anthony Perkins, Simone Signoret… Ahora, se han juntado otras cosas y ‘otros’ artistas.

No es la respuesta a la pregunta del Führer aquella mañana del 25 de agosto. No son ni las voces de Dietrich Von Choltitz, ni las del general Leclerc, ni las notas de La Marsellesa, ni el estruendo de los cañones que destruyen una de las ciudades - la otra Nueva York - donde se apoya uno de los brazos del puente del mundo.

No resuena la voz del ‘Ruiseñor de Avignon’, o sea, Mireille Mathieu, con su melena a media cara que canta con notas guturales y habla de libertades y cañones de otra guerra. La guerra viene de otro sitio, de otra mentalidad, de otro mensaje. Como presagiaba la canción, Paris espera un nuevo día y una nueva luz.

Hoy, y ayer, y el día anterior… Paris ha amanecido bajo el cielo gris, plomizo y lluvioso propio del invierno. Ha perdido la luz – “La Ville lumièr”, la llamó alguien – por mor de la ceguera de algunos hombres.

Decía una corresponsal que en Notre Dame solo se escuchaban la lluvia y el ‘repique’ (sic) de campanas. Señora, con todos mis respetos, las campanas de Notre Dame no repicaban, doblaban a muerto que es algo muy distinto. Que usted no sepa utilizar el lenguaje es otro cante…

Paris, ha sido un caos de angustia y de nudos en la garganta. El pueblo francés, tan chauvinista, tan de sus cosas, tan suyo, es merecedor de la admiración, del cariño y del respeto.


Todos hemos sido Charlie. Todos hemos sentido su dolor como nuestro. ¿Arde Paris? No. Paris no podía arder: habría ardido la libertad aunque todo haya terminado (¿?) con una explosión enorme de rabia y de tristeza.

jueves, 8 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Búhos

                                              

-          Papá, anoche - me dijo mi hija María - había un búho en el palomar.

Le digo que sí, que lleva varias noches rondando por aquí, que lo han visto sobrevolar por el camino de Los Llanos y por Virote. Los búhos son rapaces de la noche y forman una pareja ideal con la luna de fondo. Como si ambos se necesitasen mutuamente.

 Pepe, ‘el Pingüi’, me comentó, que de su casa se ha llevado una cría de cuatro gatos que había tenido la gata blanca y negra,  en el pajar. Cuando los gatillos perdieron el susto y se atrevieron a salir… Claro, los gatos que son muy listos, no prevén que los búhos comen todos los días.

El búho más hermoso, más majestuoso y más grande que he visto fue una tarde  bajo la cruz de El Hacho. Era aun atardecer de verano. En la cumbre ya refrescaba. Subimos para ver cómo se iba el día. Y, de pronto, apareció solemne batiendo las alas en silencio. Pasó más bajo que dónde estábamos nosotros y de la misma manera que entró se fue bordeando todo el precipicio.

Era un búho real. Dicen que por aquí hay muy pocos. Alguna que otra vez los han visto  y lo cuentan  por las mañanas en el bar. Los contertulios casi nunca se lo creer porque como los cazadores echan tantos embustes…

Búhos, lechuzas y mochuelos son primos hermanos. La lechuza de Atenea era símbolo de la sabiduría. Otras veces, los mochuelos, han tenido  tratos despectivos. Cosas que pasan.

Juan Rivas (un abrazo donde estés) contaba que una noche los mochuelos se ‘hacían’ el reparto de la zona de cacería. El mochuelo más viejo leía la hoja de ruta a la asamblea:

-          “Tú a la parte de la Gabia”. El mochuelo arrancaba el vuelo, y desaparecía…

-          “Tú, a los Lagares….”

-          “Tú, a la Isla...”

-          “Tú a Canca…”

Siempre, como todo en la vida, se quedó el ‘espabilaillo’ de turno. Cuando el mochuelo viejo, vio el paño, no lo dudó:


-“Tú,  esta noche, al algarrobo de Cebollino, y vigílame las parejas…”

miércoles, 7 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Horror

                                               

Horror.  Las imágenes son tremendas. Las ofrecía el telediario del medio día. Me refiero al atentado de París. Me refiero a rematar al hombre de la acera; me refiero a silenciar la libertad. La sinrazón, el miedo, el nudo en la garganta, el qué sé yo.

En occidente se han perdido los papeles. Las cosas, algunas cosas, se hacen mal, muy mal. Occidente permite que miles de niños, cada día, anden muchos kilómetros: buscan agua… para beber. Aquí con el mismo líquido se riegan jardines o se llenan bañeras con escamas de perfumes.

Occidente no tiene escrúpulos ante el enriquecimiento de las industrias químicas que negocian con algo que no tiene precio: la vida. Permite que se forren quienes pueden  disminuir el dolor de la enfermedad y que,  por deseo de ganara más, miles de personas no puedan pagar esos medicamentos.

El Papa Francisco clamaba por otros que, también, sufren. Cristianos perseguidos por el ‘delito’ de su creencia en un país de arenas calientes, mucho petróleo en el subsuelo y muy mala leche en el fanatismo que imponen.

Francisco denunció la pasividad ante los miles de fugitivos que huyen del hambre. La prensa habla de no se sabe ya cuántos miles de personas están el fondo  de un cementerio azul, sin cruces, sin ningún símbolo que diga que están ahí, bajo el agua, sin poesía ni flores,  porque el egoísmo de muchos cerró las puertas.

Los países que se autoproclaman libres y demócratas y unas pocas cosas más tienen miedo. Mucho miedo. No aciertan a responder a los extremismos que, como los espárragos después de una lluvia de otoño,  nacen del fanatismo. Están desorientados. Contra la injusticia y la miseria, ese es otro cantar, nunca hay que bajar la guardia.

Hay otra cosa que da más pena. Parece imposible;  no lo es. Lo leo y le doy crédito. Hay quien justifica cosas así. ¿Se ha perdido por completo el sentido de ser persona? O sea, ¿eso que diferencia al simio que va erguido sobre dos piernas y, que alguna que otra vez,  ‘piensa’?


 La cuesta no ha hecho más que empezar. Queda cuesta; Mucha, demasiada cuesta.

martes, 6 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nostalgia

                                               

Y, después de las fiestas viene una nostalgia como una estela larga que sigue al barco que hace la singladura. Alguien dijo que la vida es una escalera se sube peldaño a peldaño. A mí me gusta más lo de la travesía, aunque en ocasiones, tenga aguas muy encrespadas.

Las  figuritas del Nacimiento vuelven dóciles a sus cajas de cartón. Serán unos meses, porque para diciembre sólo faltan unos meses, de silencio forzado en la penumbra del armario. Cuando en verano, por algún motivo, se nos viene a las manos una de esas cajas, los pastores parece que son de otro mundo.

Los escolares vuelven a las aulas. Pajarillos libres que pierden eso tan bonito como la libertad en vacaciones. Vuelven los madrugones impuestos por los horarios, y eso que se llaman ‘deberes’. Los parques mañaneros se quedan sin niños que juegan al sol.

 Y el ruido de las casas y el desorden ‘ordenado’ de chimeneas ardiendo, de mesas fuera de su sitio, de sillas descolocadas…, de pascueros con flores – mejor, hojas – marchitas porque la temperatura de estos días no es la misma que tuvieron en el invernadero. Todo da la impresión de que por aquí se celebró una batalla y, además, perdimos la guerra.

La luna de enero está radiante. Ya ha iniciado el cuarto menguante. Ya es tiempo de gatos en celo, de podas de rosales, vides y jazmines. Afloran con mucho trabajo las sementeras. No llueve; no quiere llover y el campo pide agua para los pozos, para los veneros y para la tierra.

Un hálito de tristeza parece que se ha echado a la calle. Los hombres que pusieron las luces que llenaban las noches de puntitos de colores se llevan las bombillas. Recogen los artilugios que nos engañaban con árboles que no eran de verdad y con letreros de mensajes de felicidad.


No sé porqué desiertos van los camellos de vuelta. Despojados de alforjas y cajas de oropel, ahora, caminan más ligeros. Saben - porque los Reyes lo saben todo - que dejaron a muchos la ilusión del reencuentro de los volvieron a casa, y el libro deseado y esas cosas pequeñas, que siendo como son, lo llenan todo.

lunes, 5 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La pintura de Leonardo

Leonardo - Leonardo Fernández - es un poeta que pinta, un soñador que juega con las sombras, un minucioso del primor y de lo bien hecho. Todo eso. Sus pinceles traspasan la imagen. Arranca los recuerdos y emociones de ayer y nos las da hoy…

Escribía Miguel Ángel Asturias de la luz, “la sagrada luz del sur”. Naturalmente no conocía, a Leonardo porque, entonces, habría escrito, también, del color. Luz y color. Gracia de Dios y vida; el Magnificat  en la obra de este malagueño que embruja la realidad.

Lleva a los lienzos lo que vemos cada día, pero ¡miren por dónde! él lo convierte en arte. Pintor de retos, del más difícil todavía. Trae a sus cuadros el romanticimo del paisaje del patio y  de la calle en la que chacharean las luces y las sombras.

Alguien dijo que los pintores miran lo que miramos todos, pero sólo ven lo que ellos quieren mostrarnos. Ese es Leonardo. Pintor de encanto y del ensueño; pintor de pinceles precisos y oportunos.

Evoca el pasado. El tiempo que fue y ya no es. Aquello con lo que convivimos en la infancia y se nos  mantiene en pie por el recuerdo.

Su especial manera de ver las cosas, de captar la realidad, de acercarnos a los objetos hace que, se confunda el cuadro en el cuadro. Dudamos si es el paisaje el que se asoma  o si es nuestro interior el que se proyecta fuera, o si es una composición donde realidad y arte se dan la mano y nos envuelven y deleitan hasta extasiarnos.


Tu calle ya no es tu calle / que es una calle cualquiera”, cantaba la copla.

-          ¿Dónde están las flores?

-          En el balcón.

-          ¿Dónde estás tú?

-          Madre, tu ya no estás.

-          ¿Dónde, aquel amor de puerta y reja?

Se fue, como los suspiros, por aire...






domingo, 4 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La chica del violín

                                               

El sol del medio día apenas alargaba las sombras sobre el asfalto de la calle. La gente paseaba. Todo era bullicio; la gente iba y venía. Todo tenía la dulzura placentera de un domingo de invierno. Gustaba la calle soleada; hacía frío en las sombras. Era de esos momentos únicos, que nos gustaría alargarlos.

En la esquina de la catedral,  - la que está resguardada  de las brisas que vienen el mar -, una chica joven tocaba el violín. Era un desgranar de notas dulces, nostálgicas; estaban  llenas de sueños. Es ese hálito mágico que de vez en cuando se abre paso entre el ruido de la ciudades.

La chica estaba sola. Tenía el pelo largo y lacio y un vestido  con caída libre hasta los pies. Las puntas de sus cabellos sobrepasaban un palmo de los hombros. Calzaba zapatos negros. La chica tenía  una cintura esbelta como un junco de ribera y todo el ritmo del universo en su cuerpo.

Entornaba los ojos y con los labios silenciosos y, a modo de muecas, hacía otra lectura de las notas que arrancaba. El violín reposaba sobre su hombro izquierdo… Me he parado frente a ella. No he dicho que la chica que es joven no es ni rubia ni morena. ¿De qué color son los cabellos de esta chica que parece que viene de un país del norte?

Inclinaba, suavemente, la cabeza; acompasaba los movimientos de su brazo derecho que subía y bajaba con el arco. Hacía  tenues vaivenes con la cabeza. La chica arrancaba a las cuatro cuerdas todo lo que el violín llevaba dentro.

Todo era agudeza. Al llegar a las notas más agudas, al ‘cantino’,  se detenía el tiempo. Comenzaba una cascada… y, entonces, era el momento de entornar los ojos y pensar: “ne me quitte pas”… Edif  Piaf, Jacques Brel, Juliette Greco… “Ne me quitte pas”. Solo eran suspiros escapados por las calles del viento.


La chica del violín tocaba. La gente pasaba indiferente. El estuche abierto a sus pies era el lugar para recoger algunas monedas… ¡Cómo si tanta belleza se comprase con dinero! Maldito dinero, tan necesario pero tan puñetero. 

sábado, 3 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Las Batuecas

                                             

El viajero llegó a donde el tío Cirilo en Las Mestas hurdanas cuando el sol ya había pasado el cenit  de un medio día de verano. Fresco para aquellas tierras, verde en los pastos de las laderas y pelado en la crestas de la Sierra de Francia.

El tío Cirilo vendía polen de flores libado por las abejas de las Batuecas o de Las Hurdes que nunca se sabe hacia dónde vuelan las abejas o si simplemente se dejan que las lleve el viento. Pero eso sí siempre vuelven a la misma colmena.

Cantaba un gallo detrás de una tapia; se espulgaban dos perros. Compró miel, caramelos y  “ciripolen”; pidió una cerveza y tasajo. Es buena también la cecina y el queso agrio de cabras que pastan por estas sierras. Son animales duros. Se adaptan al terreno.

El viajero aprovechó el buen tiempo del verano y fue a donde no va casi nadie y, cuando lo tuvo a bien se paró al borde del camino, respiró hondo y pensó en sus cosas. El viajero es un hombre raro según se mire por parte de quien. Pero lo tiene claro y le gusta andar a su aire.

Estuvo por la mañana en el corazón de las Hurdes. En La Fragosa preguntó – porque es muy preguntón - y obtuvo una respuesta que le espetó un hombre que con el cabestro sobre el hombre era seguido por un mulo cano cargado de leña: “aquí los caminos lo hacemos para nosotros y para las bestias”.

En la puerta del Santo Desierto de San José el viajero comprendió la vida de los hombres ermitaños que un día decidieron probar eso que llaman otra vida. O sea, la vida contemplativa;  la de la clausura de los conventos cerrados a cal y canto.


A media tarde en la sierra cantaba el cuco. El río – el río Batuecas – seguía su curso. El río lleva el agua clara, limpia. En las orillas crecen sauces y alisos. El viajero sabía que estaba en una tierra donde  dicen que cuando Cristo dio las tres voces, no lo oyó nadie, porque no había nadie. Estaba gusto, muy a gusto pero había que seguir camino…

viernes, 2 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Frío

Dicen que hace un frío que Dios tirita. Es verdad. Media España – y la otra, casi también -  está temblando. Hace frío. Mucho frío. Las imágenes que vienen de otros lugares muestran algo que por aquí, tan abajo, está bonito de verlo, pero por la televisión.

No estamos acostumbrados a tanto frío. No cierran bien las ventanas, tienen rendijas las puertas, no encajan las juntas de los bastidores y un vientecillo que congela se mete por las rendijas y hace que los pies se queden helados y que guste la chimenea. No son días de hablar de abanicos aunque se sientan algunos bochornos. Cada cosa tiene su tiempo.

Lo que parece que no tiene fecha de caducidad – ni porque sea año nuevo – son las chapuzas y las cosas que no se hacen bien. O mejor, que se hacen mal aunque parezca un juego de palabras o un contrasentido.

Estarán ustedes ahítos de las dichosas campanadas que fueron y que no fueron. Canal Sur ‘la nuestra’ y todas esas cosas que nos venden pues ya saben… Que alguien se equivoque es de humanos, pero que lo que imperen sean las chapuzas, entonces eso tiene otro nombre.

Cuando a los andaluces nos dan  un palito de ese tenor nos quedamos tan helados como el campo esta mañana en la carretera de Los Llanos. Los quitamiedos eran el refilo donde se afilaba la escarcha. ¿Tan difícil es hacer las cosas medianamente bien?

Hace frío, mucho frío. Ha entrado un año nuevo en Occidente – otras culturas tienen otros calendarios – ojalá no nos hiele, también, por dentro. Que todo quede en un puro rechifleo en los carnavales que ya casi llaman por las esquinas.


Ojalá todos los malos augurios tengan poco porvenir y desde ya la que impere sea la temperatura de la solidaridad, el entendimiento y la buena voluntad y, si de paso se hacen las cosas un poquito mejor…

jueves, 1 de enero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El Hacho

                                            

Es a nosotros como el Gurugú a Melilla; como el Pan de Azúcar a Río de Janeiro; como el Moncayo a Aragón; como el Igueldo a San Sebatián…

Si tiene – cosa rara – echada la capucha es señal de agua. Seguro. “Cuando El Hacho / se pone la mantilla, / suelta los bueyes / y vente a la villa”.  Las borrascas aquí entran desde el Estrecho y el sol se va por el Monte Redondo, que es un alargamiento del Hacho…

Si subes en día claro verás en la lejanía El Torcal; a la derecha los Montes de Málaga; más a la derecha la Bahía… A tus pies, el pueblo y la alfombra verde de la vega, o los trigos que despuntan en las lomas, o Los Lagares que parecen olitas de tierra en un mar de montañas.

Lo verás – El Hacho – por cualquiera de los caminos que llegues. Siempre con cara diferente. Será un cuchillo abierto; una meseta en forma de trapecio; un semicirco… Puede ser un perro tendido que espera al sol; un cocodrilo que acecha; cara de una lechuza que mira con asombro.

Puede que las sombras te jueguen una mala pasada y, entonces, aparece algo tan asombroso como la efigie de Gizeh, o la de un Buda sentado y gigante, o de un fantasma que agita los brazos… Si no me crees compruébalo por ti mismo. Siéntate en la ladera del Quebrareo y espera a que caiga la tarde.

Al Hacho, también puedes subir por el Sabinal y por los Cortigüelos. Si andas sobrado de tiempo, sube a pie. Por el “Cuchillo”, la ascensión es más complicada y difícil. Mi amigo Juan Blanco y algunos más lo hicieron hace unos meses. Yo me ‘descolgué’. Piensan repetirlo ahora cuando haga mejor tiempo. (No sé si para esa fecha las habas estarán en flor, ya me entiendes). La ascensión más ‘cómoda’ desde el pueblo, por la Viñuela y el Camino del Puerto.

 Llévate agua. No hay fuentes en la cumbre. De niños todos ‘sabíamos’ de una gruta – que nadie ha visto – misteriosa y profunda, donde se oye el rugir de las olas del mar.


Huele a tomillo, a romero y aulagas. De vez en cuando párate y vuélvete a mirar atrás. Párate a escuchar el campo, y los silencios… y el viento.

Foto: F. Aranda