viernes, 29 de noviembre de 2019

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

Para ti...



Una hoja suelta del cuaderno de bitácora.Bibliotecas




Cuentan que la Biblioteca de Alejandría, a orillas del Nilo, donde el río que viene de Etiopía y Sudán, entrega sus aguas al Mediterráneo, era una de las más importantes de la antigüedad. Se creó en el siglo III a.C. Sus fondos llegaron a tener casi setecientos mil rollos de papiro donde se almacenaba todo el saber literario, académico y religioso.

Dicen que en la época de Abderramán III, o sea, el más grande de los tres, que llevaron el nombre, Córdoba, a orillas de otro río, el Río Grande, o sea, el Guadalquivir, era la ciudad más poblada de Europa y tenía una Biblioteca, cuando aún no se conocía la imprenta ni el papel para imprimir,  con más de un millón de volúmenes. La Biblioteca Vaticana, la ‘Apostólica’, la Biblioteca del Papa es una de las más importantes del mundo. Sus fondos, algo increíble. Se pretendió hacer una publicación solo con los manuscritos que albergaba. Se proyectó que iría en veinte volúmenes solo salieron, tres.  Conserva más de 8.300 incunables…

La Biblioteca Nacional de España, está en el Paseo de Recoletos, en Madrid, entre Cibeles y Colón, a la derecha, conforme se sube. En su puerta Alfonso X, el Sabio; Elio Antonio de Lebrija… Alberga más de treinta millones de fondos. Se ha quedado pequeña. Han ampliado con una Sede en Alcalá de Henares.
Ésta, la nuestra es más modesta. Por su puerta no corren ríos de importancia y sí un tráfico constante que atosiga y contamina. No hay facilidad de aparcamiento; no reúne las condiciones de otras que puedan ganarle por la mano.

Está en Carranque, en el Instituto Andaluz del Deporte. Sus anaqueles ofrecen espacios aún vacíos. Se llenarán en cuanto pase el tiempo con obras especializadas. Reúne unas condiciones que no tienen ninguna de las demás. Tiene algo especial, muy especial. Se va a llamar, de hecho se llama ya, desde esta mañana, Biblioteca Juan de la Cruz Vázquez Pérez.

Era una mañana otoñal y soleada. El Consejero de Educación y Deportes de la Junta de Andalucía Javier Imbroda, junto al homenajeado corrió la cortina que desvelaba el nombre. Imbroda, como Consejero, reconoció la enorme labor que Juan de la Cruz ha realizado en pro del Deporte. Juan de Cruz, emocionado tuvo palabras de agradecimiento, muy emotivas; un grupo de ‘Perotes por la Perosia’ acompañamos al amigo entrañable.


jueves, 28 de noviembre de 2019

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

Para ti...




Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Tormenta




La madrugada tenía ya andado más de medio camino y, de pronto, sin avisar, un trueno grande irrumpió en la noche. Rompió el silencio y marcó un momento de sobrecogimiento y miedo. Te despertó. Yo estaba, como otras noches, en mis cosas y tú, medio dormida, viniste y te sentaste junto a mí. No hablabas, no decías nada pero tu cara expresaba un miedo interior que venía por lo que te oprimía desde fuera.

La tarde se cerró con un cielo de arreboles rojizos. La tormenta comenzó a rondar después. Bueno, la tormenta en sí no, pero sí unas nubes negras que se apoderaron del cielo. Eran nubes plomizas, con ese color tan feo que anuncia que en cualquier momento pueden descargar y todo se preparaba ante lo inesperado.

Después, cuando se hizo de noche, se veían como los rayos iluminaban el cielo en la lejanía. Pero estaba lejos de nosotros. Nos cogió desprevenidos y el trueno grande fue tan enorme que anunció que la tormenta ya estaba encima…

Tú, hurgaste en uno de los cajones donde siempre se guardan las cosas que habitualmente no se usan. Sacaste un cabo de vela, en previsión, me dijiste, por si se corta la luz. Te veía sentada junto a mí. La cara soñolienta y como quien espera algo que nos va a sobrevenir y nos va sobrecoger.

Escuchábamos cómo golpeaba el aguacero en la ventana. Venía con viento y fuerza. Crujían las maderas.  Eran bofetones improvisados contra la cristalera. Algo así como una granceo de granos de otra cosecha contra la que no se puede hacer nada.

Seguía tronando. Alcanzaste la palmatoria de la repisa de la chimenea, pusiste con cuidado la vela en ella, y entonces, precisamente, entonces, caíste en la cuenta que no tenías cerillas porque hacía mucho tiempo que los electrodomésticos eléctricos habían eliminado su uso.

Un relámpago iluminó toda la habitación, un trueno, otro más, y fue cuando se apagó la luz. Todo quedó en la oscuridad más absoluta y sobre el pueblo se descargaba la tormenta, cuando ya la madrugada tenía andado más de medio camino…brotaba algo especial en la dulce penumbra del cariño.



miércoles, 27 de noviembre de 2019

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

Para ti...



Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Estorninos





Con el otoño vienen las tardes de luz dulce, las nubes plomizas cargadas de agua, las noches largas y los estorninos. Hay dos tipos de estorninos. Los de plumaje negro iridiscente, que está aquí todo e año,  y los punteados de pintas blancas que le dan una tonalidad distinta. Son de la misma especie pero con colores matizados.

Los estorninos son un terror para los olivares. (Trump que tiene la pluma panocha y no vuela pero firma decretos, también) Son pájaros insectívoros y cuando la necesidad acucia, entonces, se convierten en omnívoros y le meten mano a todo lo que pueda alimentarlos: semillas, arañas, libélulas…

Pasan los meses de verano en las zonas frías del norte de Europa.  Se acercan hasta las proximidades del Círculo Polar Ártico. Cuando comienzan los fríos ponen tierra de por medio. Emigran. Se vienen a las tierras más cálidas del sur donde las temperaturas no son tan rígidas y donde la comida es más fácil de encontrar. Cuando llega la primavera se marchan otra vez, en sentido inverso, hacia el norte. En ese viaje anidan y logran la reproducción de la especie.

Los estorninos tienen convivencia con el hombre, al parecer, desde dos mil años antes del nacimiento de Cristo, lo que viene a decir que llevan por aquí más de cuatro mil años, año más o año menos. Plinio, el Viejo en su tratado  Naturalis Historia habla de ellos y da una descripción pormenorizada de su pluma, del color de sus patas y pico que cambian según las estaciones del año.

Son aves muy gregarias. Dicen los que saben de ornitología que vuelan en bandadas compactas porque se orientan con la proximidad del vecino con el que nunca tropiezan y porque así pueden evitar mejor a los predadores naturales. Gavilanes, azores  y halcones peregrinos tienen en ellos una fuente de alimentación.

Al atardecer aparecen en el cielo. Forman auténticas nubes negras que toman figuras caprichosas. Se mueven con una movilidad asombrosa hasta el punto que con solo observarlos ya hay un espectáculo. Se acercan a las zonas urbanas, a los cañaverales y a los lugares de grandes árboles para pasar la noche.

Su canto no es agradable. Su llegada al campanario o a los ficus grandes del parque, un acontecimiento cada atardecer cuando el sol se va por el Monte Redondo camino de América y dice que hasta aquí llegó el día.


martes, 26 de noviembre de 2019

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

Para ti...



Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Paz del pueblo





Desde la lejanía, el pueblo es una pincelada blanca de tejados rojizos en medio de encinas centenarias.  No transita casi nadie por la carretera que me ha traído hasta aquí;  paredes de piedras secas, a ambos lados, separan las propiedades en la dehesa.  Vacas, cochinos,  ovejas que se acercan a beber a una charca…  He llegado  sobre mediodía.  A esa hora, el sol, ya alto,  no proyecta las sombras. El pueblo sosegado y claro. La luz reverbera en  las fachadas blancas.

Paso por delante de la ermita; está cerrada. Me he detenido un momento. Busco algo de orientación pero en el fondo es una excusa. Respiro. Me siento a gusto. Cruzo varias calles. Amplias, diáfanas.  A ambos lados, casas grandes, solariegas. Tienen más fondo que fachada. Están cerradas las puertas; ventanas con rejas.  No hay gente en la calle.

Desde la carretera  veía cómo sobresale la torre de la iglesia por encima de los tejados.  El edificio de la iglesia, enorme; la torre, de piedra, tiene varios cuerpos y ventanales en el último para el volteo de las campanas. La torre está rematada por una veleta y, desde el último, hasta llegar a la veleta, un enladrillado de azulejos azules y blancos le da un toque distinto.

Llego a la casa de mi amigo. Es una casa grande; muy grande. Unas reformas le han abierto una puerta – que también está cerrada – justo al costado. Son como aquellas puertas de servicio que antiguamente comunicaban con el interior y llevaban al visitante hasta lo más profundo de la casa.

La puerta principal – tiene un escalón alto -  estaba entreabierta. Una cadena pequeña dejaba solo una rendija… La casa de mi amigo tiene la frescura que dan las casas muy grandes en la que el sol no calienta más allá de los muros de piedra. A ambos lados tiene habitaciones pero la vida se hace en el interior. Más al interior. Dependencias grandes, una cocina muy espaciosa; una chimenea – servida la acogida de hogar y de amistad - da lumbre y calor en invierno…

La casa de mi amigo termina en un patio enorme. Mi amigo tiene un huerto primoroso con hortalizas, frutales, unos parrales ahítos de racimos,  unos naranjos que se pespuntean de azahar en primavera, un pequeño invernadero donde consigue fresas, un azufaifo que lo invade todo; un corral con gallinas en uno de los laterales… Pongamos que hablo de Encinasola.



lunes, 25 de noviembre de 2019

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

Para ti...






Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Casualidad




                                  

Era diminuto, saltarín de uno a otro palito de la jaula, inquieto. Bueno, todo lo inquieto que es un pajarillo de jaula de la que nunca salió y donde siempre hizo su vida. Tenía la pluma amarilla, los ojos negros y el pico, cuando se hizo más viejo, un poco encorvado hacia adelante pero mi madre  le recortaba las puntas, cuidadosamente, con las tijeras y así podía comer sin ningún problema.

Mi madre lo bautizó con el nombre de Felipe. Tenía dos bebederos, por si uno se le derramaba, dos comederos, y una pequeña bañerita donde se daba unos chapuzones de escándalo. ‘Va a llover, me decía mi madre, porque Felipe ha estado toda la mañana de baño’.

Cuando, en los meses de invierno, el sol calentaba por las mañanas, mi madre lo sacaba a la terraza. Colgaba la jaula en una alcayata grande que yo le había preparado, a la izquierda, conforme se salía, entre la puerta y el jazmín que se vestía de mariposas blancas cuando llegaba mayo.

Mi madre me tenía siempre con un pre aviso: ‘tráeme, alpiste’; ‘tráeme, vitaminas’; ‘tráeme, cañamones…’ Ella por su cuenta, le ponía, cada mañana, una hojita de  lechuga tierna enjuagada con unas gotas suaves de lejía por si traía productos químicos de la huerta, huevos duros desmenuzados, y una concha que era el esqueleto de un calamar para que no le faltase el calcio…

Se lo compré en la pajarería que mi amigo Rafael regentaba en calle Panaderos. Le dije que era para mi madre y que estaba en dudas si llevarle un  ‘roller’ o un ‘malinois’. Rafael me aconsejó bien: el malinois. Es un pájaro ‘ventanero’ y, a ella, la va entretener más…

Mi madre andaba por la casa y Felipe desde su jaula le cantaba y cantaba. Mi madre lo saludaba y, entre ellos,  se entendían. En las tardes de verano mi madre se sentaba en su mecedora, frente a la puerta de cristales que separaba el resto de la casa del portal, y él estaba en su jaula, como un reyezuelo en su reino de taifas.

Cuando mi madre cayó mala, Felipe dejó de cantar. Durante  siete meses estuvo inconsciente; él perdía la alegría por días. Mi madre murió, un Martes Santo, dos de abril, día de San Francisco de Paula, su onomástica. El Lunes de Pascua, Felipe amaneció muerto en su jaula…, se había ido al cielo que Dios reserva para los canarios buenos.



domingo, 24 de noviembre de 2019

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

Para ti...




Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Vaquerillo




                                   

Monasterio de Yuste. Cuacos

Leo en La Crónica de Badajoz: la Junta de Extremadura ofrece a Greta Thunberg,  la activista sueca, un coche eléctrico para su desplazamiento de Lisboa a Madrid. El Periódico de Extremadura y Hoy, también se hacen eco de la noticia.  No es para menos. Extremadura, con esa decisión, acaba de poner fin a problemas de siglos. (El tren y esas cosas… ¡ya se sabe!)


Dehesa de Extremadura

No contamina. La muchacha de mirada extraña viene en un catamarán por el Atlántico y  llegará a Madrid, a tiempo, para asistir a la Cumbre del Cambio Climático.  Eso está bien. Está, aún, mejor la manera de justificarlo. “Observar la dehesa extremeña, el mejor exponente de ecosistema de lucha contra el cambio climático”. Se financiará, dicen, con fondos privados. (¿No venden algunos que lo privado es malo y lo público lo bueno?)



Trashumancia en La Vera

Me vienen a la mente los versos de Gabriel y Galán – el poeta que escribía en ‘castúo’ – cuando hablaba del Vaquerillo. Sí, aquel rapaz que cuidaba  vacas,  dormía en el monte, y, sin él saberlo,  denunciaba injusticias a voleo… Noches de lobos, aire que movía las ramas, cárabos, horrendas tarántulas,  conciencias… ¡ay, Dios mío ¿dónde están algunas conciencias?!



La Fragosa. Las Hurdes

La niña sueca desde el coche eléctrico no va a poder conocer la tierra hurdana – la ‘tierra sin tierra’ – con casas de piedras y tejados de pizarra, ni  Caminomorisco, Riomalo de Abajo, Ladrillar, Nuñomoral, Pinofranquedado, La Fragosa - ¿‘oiga, amigo, para ir a Casar de las Hurdes…?’, ‘aquí, los caminos, dijo la respuesta, los hacemos para nosotros y las bestias’-  Casar de Palomero…



Río Ibor

No  va a descubrir los Ibores: Castañar, Bohonal, Fresnedoso, ni en Navalvillar degustar un  par de huevos fritos con chorizo  (si es que come esas cosas)… con vino de pitarra y si, por Las Villuercas, va a Trujillo, saborear  el vino de Cañamero. En Guadalupe está la  Virgen Morena…



Sierra de Gata

No va a tener tiempo de perderse por el Campo de Arañuelo, ni por la Sierra de Gata, o darle la vuelta a Gredos bebiéndose, sorbo a sorbo, La Vera, ni sabrá de las confluencias del Valle del Jerte y del Ambroz, en Plasencia, ni del Puerto de Honduras, ni de Tornavacas, ni de la Siberia extremeña, ni del queso del Casar, ni de las Vegas del Guadiana…

Ya ven, eso del coche eléctrico está muy bien, pero le puede saber a poco, a muy poco…



PD. Las fotos pertenecen a diferentes autores que por desconocer sus nombres no aparecen en este artículo. Mi agradecimiento





viernes, 22 de noviembre de 2019

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

Para ti...




Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Lluvia




Dios madruga, madruga mucho. Dios se levanta temprano. No clareaba aún cuando esbozó una sonrisa y echó mano a la metáfora del maestro Barbeito y se puso a tocar ’el arpa de la lluvia’. Dejó caer una melodía a modo de gozo suave, lento, dulce y acompasado sobre la tierra sedienta.

Primero, un rumor lejano. Luego, más de cerca, un murmullo indefinido.  Se incrementaba. Era un graneo sobre la criba. Dejaba pasar justo las gotas necesarias, una cortina de vaho y seda, un repiqueteo de plumas de ángeles en los cristales de la ventana. Como aquellas golondrinas de Bécquer que refrenaban el vuelo…

La campana  pequeña  de la espadaña de Flores llamó a oración. Era hora de maitines. Esa hora, íntima, embrujada en que dice el alba que ya viene el día. El Hacho se subió la cogulla blanca de cisterciense porque el día pedía hábito de grandes solemnidades y asistió a la oración como todas las mañanas pero ésta de una manera especial y supo, entonces,  que el Creador descendía como ‘lluvia sobre los campos, como el rocío sobre la tierra’.

Luego, despacio, se abrió paso la luz. Como, al principio, una vez más, cuando Dios separó la luz de las tinieblas y dijo aquello día y noche, y ‘Día Primero’. No se atrevía a romper del todo. Lo hizo entreabriendo la puerta con mucho tiento. El cielo tenía color de panza de rucha nueva; las nubes, de tul tan sutil y tan fino que con solo un suspiro podrían romperse.

A media mañana Dios echó el sol un rato al recreo. Fue un recreo corto, casi visto y no visto porque los gorriones se revolcaban en los charcos y podían resfriarse. Los mirlos, entre los pámpanos de la parra, veían un tintineo de gotas  que se descolgaban desde las últimas uvas. Era como llanto de lágrimas de almíbar.

Las palomas suspendieron el vuelo mañanero. En el lomo del tejado veían como todo estaba bajo un manto  nuevo que hacía mucho tiempo que no veían y que bajaba del cielo. En el campo se hizo un silencio profundo, largo, un silencio en el que Dios hablaba a quien quería parase y escucharlo mientras Él,  seguía ‘tocando el arpa de la lluvia’.




jueves, 21 de noviembre de 2019

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

Para ti...







Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El patio





El patio está… ¡cómo está el patio, Madre del Amor Hermoso! Está el gallinero alborotado. Los mininos  sacan pechuga en lo más alto de los caballetes del corral; los gallos con espolones no se suben tan arriba pero su quiquiriquí llega lo suficientemente lejos como para que todos los escuchen; el cacareo de gallinas lo invade todo.

Me acuerdo de Cervantes. El hombre lo pasó mal, muy mal en su vida. Por errores propios o porque el destino le tenía reservado más de un momento amargo. Cervantes escribió una obra sublime, el Quijote. De hecho ensombreció a otras, que no haber existido la primera, tendrían papel en la primera línea.

Cervantes nos cuenta – Rinconete y Cortadillo - que en la Venta del Molinillo, en el Valle de Alcudia, en el camino que va de Castilla a Andalucía se encuentran dos mozalbetes. Uno, nacido entre Salamanca y Medina del Campo; el otro, en la Fonfrida. Se unen a una cabalgata – a la que desvalijan – que va camino de Sevilla. Quieren dinero, aventuras y libertad.

Caen en el Arenal. Sevilla es una de las ciudades más importantes del mundo en aquel tiempo. Por supuesto, también, de España. Allí se reúne lo mejorcito de cada casa. No cabe más arte, más oficio y más riqueza ni más poder. Siglo de Oro. El comercio con América tiene mucho que ver en aquella situación excepcional. Tampoco cabe más golfo, más hampa, más piojos y miseria, ni más sinvergüenzas juntos.

Cuenta Cervantes que ya recién llegados comienzan las fechorías. Son observados por uno de la ‘Cofradía’ que rige Monipodio. El ‘bueno’ de Monipodio – ‘nuestro padre’, lo llaman -  reparte el quehacer diario a los del oficio desde su patio y donde, también, recibe  y ‘corresponde’ a la justicia cuando  llega hasta su casa  y tiene precisión de hacerlo.

Camino del patio los asesora (todavía se llaman Pedro del Rincón  y Diego Cortado). Rinconete y Cortadillo serán los nombres de pila que les pondrá el jefe después. Les dice: “de lo que hurtásemos demos alguna cosa o limosna” (…) y agrega, más adelante: “en eso de restituir no hay que hablar, porque es cosa imposible por las muchas partes en que se divide lo hurtado”.

¿A que en algunas cosas parece de hoy? Novelas Ejemplares, Miguel de Cervantes, 1613…





miércoles, 20 de noviembre de 2019

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

Para ti...


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Alejo







Alejo era tío grande en cuerpo y en alma. Una persona excepcional. Diferente a todos. A Alejo –Alejo Jesús García Ortega -  lo conocí al principio… y al final. Parece un contrasentido. No lo es.

De muchacho estaba muy ‘lejos’ en edad y formación. Siempre, irradiaba una luz especial. Perdimos el contacto. Él se fue a Madrid. Hizo carrera en Pueblo; luego, Radio Nacional…

La madre regentaba un estanco en calle Armengual de la Mota. “La señora, me dijeron, es la madre de Alejo, el periodista que está en Madrid.”. Les conté que lo conocía, que lo admiraba y que hacía mucho tiempo que no lo veía.

Pasó el tiempo. El Maestro Alcántara, otra vez, como siempre,  el  nexo. Coincidimos en el Rincón; luego, en Álora. Lo trajo a una Semana de Cultura Andaluza. Nos veíamos cada vez que había ocasión. Siempre deseada, intensa y corta.

-         Pepe, me dijo, averigua por qué el Express de Madrid  para solo  dos minutos en Álora.

Intenté convencerlo. El Express, como nosotros lo llamábamos, no tenía parada en Álora, y si alguna vez detenía su marcha era por algún cruce con otro tren que vendría con retraso. El Express no esperaba a nadie. No lo convencía.

Quería visitar la Escuela Rural de los Padillas para ver la campana que él puso en la capilla. Agustín y yo le dábamos larga… Que si el arroyo, que si el camino, que si… No le queríamos decirle que la habían vendido.

Carlos Lagares, me dio plaza para presentar uno de mis libros en el Ámbito Cultural del Corte Inglés. Como ‘espadas’  aquella tarde, el Maestro Alcántara, Alejo, Paco Rengel y Agustín Lomeña… El que suscribe no servía ni para llevar el botijo del agua.

Nos encontrábamos. Me comentaba, me decía, me corregía: “Pepe, sujeto, verbo y predicado; adjetivos, los menos, y si es posible, ninguno”. Maestro Alejo, soy un mal discípulo. No te hago caso pero esta tarde otoñal que hemos despedido a Eugenio Chicano he tenido ganas de hablar de ti, de recordarte. 
Quiero ser tan conciso, como tú aquel Sábado Santo 9 de abril. ¿Te acuerdas? Voz entrecortada porque subiste al micrófono, en el tercer piso, a marcha de exprés, para dar la noticia. Se había legalizado el Partido Comunista; otro Partido Comunista, distinto a aquel está a punto de entrar en la Moncloa. ¿Qué te digo? si tú estás en el sitio donde se sabe todo…




martes, 19 de noviembre de 2019

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

Para ti...




Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Días de entonces







Después del recreo de la tarde, los muchachos pasábamos al comedor. Casi siempre, en otoño,  para merienda teníamos un bollo de pan y un racimo de uvas moscateles. Exquisitas, sabor a miel de las cepas de los Montes de Málaga.

Un tiempo de estudio y la última clase del día. Las clases, hasta cuatro, a excepción de los jueves, estaban precedidas de un estudio largo, aburrido. No se podía hablar, ni levantarse para ir a la papelera, ni hacer nada que fuese distracción para los demás.  Cada uno se entregaba a sacar rendimiento, lo mejor que sabía y podía, a la asignatura.

Las materias, como todo en la vida, tenían su aceptación o su rechazo. Los de ‘Ciencias’ se sentían a gusto con las Matemáticas, la Física…; entre los de Letras, la Literatura, la Geografía, la Historia… El Latín y el Griego eran otra cosa.

Un día, el profesor de francés, cogió pegado a uno de los nuestros. Regresaba a su asiento. El el profesor se regodeaba redondeando el cero. El muchacho se volvió, de pronto, hacia el estrado:

-         “Tú, le espetó, me habrás puesto un cero, pero la Guerra de la Independencia la ganamos nosotros”. 

La última hora de la tarde se dedicaba al apartado religioso. El paso por la capilla daba un barniz distinto. Suponía el contrapeso.  Se cargaban las pilas, se bebía de otra agua.

Las tardes de los jueves eran diferentes. Un paseo largo al campo de los alrededores. Al regreso, en la puerta del comedor esperaban una canasta de mimbre y una bandeja con unas onzas de una cosa a la que llamaban chocolate.

Pasábamos, otra vez, a la clase. La clase era un salón grande, diáfano, con ventanales a la galería por donde entraba mucha luz y el sol  mañanero. 
Tuvimos la suerte que un hombre con una sensibilidad especial nos formase. Desde entonces Homero Macauley  y el viejo pescador de la Habana eran casi amigos. Escuchábamos al negro que cantaba en la jardinera del tren Vuelvo a casa o veíamos las luces lejanas de la Bahía… Descubrimos a Willyan Saroyan con La Comedia Humana; a Pérez Lozano con Dios tiene una O; a Hemingway con  El viejo y el mar; a Tagore, a Juan Ramón, a Villalón, a don Antonio Machado… Supimos de Maxence var de Meersch, de Michel Quoist, de Bruce Marshall… Eran los días de entonces.



lunes, 18 de noviembre de 2019

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

Para ti...



Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Fall season




Álora en otoño tiene un encanto especial que no tiene en otras estaciones del año. No hay nada comparable con esos momentos en  los que un hato de nubes aparece por el Monte Redondo y anuncian que traen agua. Tampoco hay nada comparable con ese desencanto que dejan detrás de sí cuando pasan de largo y un día sí y otro también no derrama ni una sola gota.

En Álora el tiempo, a veces, es cruel. O nos ahoga con gotas frías, riadas incontenibles que lo arrasan todo, anegan las riberas y se llevan  cuanto encuentra por delante,  o nos ahoga en los suspiros, como pedigüeños que anhelan la limosna de esa lluvia suave, tenue, que fertiliza los campos.

Alora en otoño viste de oro viejo los granados del vallado y los chopos del arroyo. Deshoja los almeces, los nogales de la huerta, los ciruelos que en primavera darán frutos orondos y sensuales, los membrillos que se vestirán de flores como un revoleteo de mariposas blancas.

Están, ahora, las lomas pardas surcadas por la sementera que enterró la semilla. Detrás del gañan caminó una bandada de pipitas picoteando los bichillos que salían de la tierra. La tierra, a primeras horas del día desprendía un vaho, luego, a medida que calentaba el sol la neblina se perdía y solo se veían los pajarillos diminutos detrás del arado.

Han llegado los tordos. Son el terror de los olivares. Por las noches buscan  refugio en la torre del campanario o en los árboles grandes del parque. Cuando amanece, muy temprano, casi con las primeras luces, se echan al campo. Entre los zarzales los pichis, diminutos, dan saltitos pequeños. Se mimetizan entre los espinos y uno no sabe si aquello que colorea  es la pechuguita del pájaro o es una mora que se quedó atrasada…

En estas tarde dulces, apacibles, está el amor perdido entre nubes ocres, rojizas, anaranjadas,  violetas... Evocan recuerdos de otro tiempo, brazos que mecieron los sueños después de navegar sin rumbo en mares revueltos… Se echa encima la noche.

Alora, en otoño tiene un encanto especial. Hay un columbrar de nubes que juegan al escondite en el cielo azul, pajarillos que vuelven y árboles de hojas doradas que regalan poesía a quien quiera pararse a echar un rato con ellos… Es tiempo de otoño.





domingo, 17 de noviembre de 2019

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

Para ti...



Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El pueblo





¿Dónde está el pueblo? He llegado a la estación a media tarde de un día de otoño ventoso; a lo lejos, antes de entrar en el túnel, desde la ventanilla del tren, miraba una ciudad asomada en las crestas de los cerros,  ahora no la veo. Me pregunto por qué siendo tan bella, Alora se esconde a la mirada de los viajeros…

Yo  veía una ciudad blanca. Un pespunteo de hilo impoluto fijado al paño. Algo sublime en el borde de un precipicio. Un bordado de primor salido de unas manos exquisitas.

Se detiene el tren. La estación está solitaria. No hay más  gente que la que ha bajado del tren. En la acera de enfrente, aparcados, los coches aguardan el retorno de sus dueños. Están ahí desde las primeras horas del día. Están cerrados los bares, el estanco, la cantina…

 El tren partió de Málaga no hace mucho tiempo. Ha cruzado por una vega ubérrima plantada de cítricos. Por un tiempo, la vía vino paralela a otra vía. Es la del tren de Alta Velocidad. Ese tren de progreso que viaja tan rápido que ya las distancias, entre ciudades, no se miden en kilómetros sino en tiempo.

El tren llegó a la estación de Álora después de traspasar la oscuridad de un túnel. El trazado de esta vía es del siglo XIX. Alora y Málaga, desde entonces, más cercanas. Ahora, cuando los tiempos ‘adelantan que es una barbaridad’, hasta este corto trayecto de poco más de  media hora nos parece como algo que va muy lento. Nos devora la prisa.

El crepúsculo en estos atardeceres cortos de otoño pone en el cielo resplandores rojos, anaranjados, violetas, ocres. Las nubes plomizas se cambian en colores que evocan sueños imposibles. Toman figuras de capricho. Los pájaros hurgan en la frondosidad. Buscan una rama en los árboles de la estación donde pasar la noche.

El castillo, a la izquierda, en lo alto de un cerro. En sus laderas  crecen árboles raquíticos. Es el único que se atreve a sacar pecho, a presentarse al descubierto con  heridas cicatrizadas  de las batallas de otros tiempos. Al otro lado, a la derecha, una espadaña se levanta erguida sobre una ermita blanca…
Me  lo pregunto. No hallo la respuesta. ¿Por qué siendo tan bella, Álora, se esconde a las miradas de los viajeros?




viernes, 15 de noviembre de 2019

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

Para ti...



Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Los Chorros del Río Mundo







El viajero llegó a Riópar una mañana fría y lluviosa. En noviembre, a veces, pasan esas cosas. Había pernoctado en Ayna – ‘belleza escondida, para unos, ojos bellos’, para otros -. Se echó al camino muy temprano. Bordeó el río, cruzó por el ‘puente más grande… del Mundo’, dejó a un lado, a la derecha la aldea de Royo Odrea y subió  camino de la Peña de la Albarda.

La Peña queda a un lado de la carretera. Se ve, se bordea, pero no se llega a ella. Arriba, en la coronación del puerto, hacia Molinicos y… Riópar está en la Sierra de Alcaraz. Riópar tuvo la Real Fábrica de Bronces de San Juan, fundada por Carlos III, uno de los pocos reyes grandes que ha tenido la Historia de España, en 1773. A finales del siglo XIX daba empleo a más trescientas personas.

En 1996 se cerró. El viajero que es muy preguntón se interesó por el motivo. Y le dijeron que por las comunicaciones, por los costes, y por la mala gestión. Al viajero le quedaron otras preguntas y otras dudas, pero no las planteó.

Por la carretera de Siles se dirigió al nacimiento del Río Mundo. Un desvío a la izquierda al salir de una curva…Antes un cartel anunciaba la posible presencia de anfibios. No vio ninguno y sí una ardilla, diminuta, ágil, preciosa. Apareció y se perdió entre los pinos con la velocidad… ¡de una ardilla!

El estruendo de la cascada irrumpía en el silencio del bosque. Acebos, rebollos, pinos, tejos… El río se abre paso entre los árboles. El calar del Mundo, la altiplanicie kárstica de la cima permite que se filtre el agua. Una cueva enorme (hablan de treinta kilómetros explorados y el doble aún en el misterio de las entraña) almacena el agua. Cuando no puede más, revienta y cae en cascada. Cien metros de altura…

El espectáculo uno de los más bellos que uno puede encontrarse… Algo insólito, algo único. Llovía. Arreció con fuerza, empapó por fuera y por dentro. En un bar, del pueblo, en el cruce de carreteras al amparo de un radiador se buscaba calor y secarse la ropa. Torreznos, panceta, un tinto vulgar, que era el mejor que tenían, para entrar en calor y secarse  por dentro….




jueves, 14 de noviembre de 2019

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

Para ti...

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Ruidera






El viajero llega a Ruidera una mañana luminosa de otoño. Tintinean las hojas doradas de los chopos. Salió de Almagro, temprano, con niebla; en Membrilla autoproclamada ‘capital mundial del melón,  se despeja; en Alhambra, en un promontorio rojizo, lucía el sol. En Ruidera recorrió las lagunas: Salvadora, Conceja, San Pedro, Redondilla, laguna del Rey… Nace el Guadiana.

Casi en el cruce, la Guardia Civil, en un control,  pide documentación; se interesa por las actividades cinegéticas. Deambulan – el viajero no va solo -  por el pueblo. Por azar entran en el Mesón de Juan. Un cartel, copia un párrafo de Azorín. El maestro cuenta, capítulo IX de la Ruta de Don Quijote,  las penalidades del viaje desde Puerto Lápice en un carreta y dice que está en el Mesón escribiendo unas cuartillas.

Pregunta si es el mismo, ese en el que está ahora, y le dicen que no, que era el del abuelo, que estaba un poco más abajo. Se fija en unos cuadros que penden de la pares. Son paisajes manchegos. Casas bajas, tejas oscuras, llanos de eriales cubiertos de yerbas; amapolas, pinceladas rojas. Magníficos.

Comparten unos vermús, de Tomelloso; unos caracoles de granja y chorizos de orza. Si quieren, les dicen, pueden entrar al comedor, ‘hay más pinturas’. Es asombroso el museo inesperado. Una exhibición de policromía.

El primer mesón, le informa un hombre maduro que se apoya en una muleta, era una posada; lo regentaba mi abuelo, Juan Capdevila.  Fue quien acompañó a Azorín cuando visitó la Cueva de Montesinos. Yo me llamo, continúo, igual que él. Le dice que era de origen catalán, que vino a Ruidera a trabajar en una fábrica de pólvora.

Juan Capdevila, nieto que no conoció a su abuelo, se confiesa amigo de Fermín García Sevilla, el pintor de los cuadros, que es de Tomelloso y discípulo de Antonio López. Le dice que viene todas las semanas a comer y que tiene mesa propia. Le muestra la mesa, sin montar,  del artista, a diferencia de todas las demás que sí están a disposición de los clientes.

El viajero – y los acompañantes, claro – emprenden camino. Atrás se queda el agua clara que salta de una a otra laguna; cañizos en las orillas; enebros y encinas… Un campo de coscojas, inmenso, monótono. Oteros, recuestos. Urracas.  Llanos de barbecho en espera de sementera; el cielo, azul, limpio… Azorín, el maestro, en el recuerdo.