jueves, 31 de octubre de 2019

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Volver...





El tren llegó con las primeras luces del día. Primero, en la lejanía, el foco potente de la máquina se abría paso entre la bruma del alba. El tren parecía que estaba parado. No avanzaba. Lo hacía ya con tanta lentitud que tardaba una enormidad…

De pronto una nube de vapor envolvió a los que, en el andén, de la estación esperábamos a los viajeros que llegaban. Éramos, por un momento, fantasmas surgidos de la niebla. El tren se paro; se disipó el vapor; se abrieron las portezuelas de los vagones.

Al principio, la gente bajaba despacio. El andén se ocupaba poco a poco. Cada vez más gente salía de su interior. Todo era un murmullo opaco, compacto; luego, voces. Gritos que se entrecruzaban. Había gente que esperaba a otra gente; a otros, no los esperaba nadie. Emprendían el camino de salida…

Te busqué con la mirada. No te encontraba entre el bosque de cabezas que se perdía en la distancia. Hombres con chaquetas; otros, con ropa para mitigar el frío – era invierno – y mujeres con abrigos largos… Alguien llevaba un niño de la mano.

La gente tenía cara de soñolienta. El tren había viajado durante toda la noche. Salió al atardecer de día anterior. Había cruzado campos solitarios. En la lejanía las luces semiapagadas de los pueblos habían proclamado que, al otro lado de la oscuridad, había vida. No se habían visto ni los ríos grandes ni los pequeños y se habían cruzado, por puentes de hierro. Los viajeros lo percibían porque el tren tenía un sonido metálico diferente…

Y, entonces, apareciste tú. Te vi. Bajabas con lentitud. Un abrigo  beig abierto; una camisa blanca con flores grandes, y un sombrero a juego con el color de la ropa. Tus ojos traían cansancio. Se veía que no habías dormido, o si lo habías hecho había sido a duermevela, sin que el descanso se hubiese impuesto al traqueteo del viaje…

Dejaste sobre el suelo la maleta. Una maleta mediana de piel oscura. Avanzamos. Te quedaste parada esperándome, y entonces con un impulso te lanzaste sobre mi cuello. Te abrazaste; nos abrazamos. Giramos sobre un eje vertical que iniciaba una nueva vida. Para mejor facilitar el giro doblaste la pierna izquierda por la rodilla y entonces… fue entonces cuando los dos comprendimos qué era eso de ‘volver a empezar…’




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