viernes, 25 de octubre de 2019

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El soto







El soto, a media mañana, es una sinfonía. Es poesía de silencio.Todo umbroso, casi aún no ha entrado el sol. Chorrea la yerbabonita que conserva, todavía, el rocío de la noche. Sus hojas, pequeñas, diminutas – yo todavía no he encontrado el trébol de cuatro hojas – son una caricia lejana, sostenida…

En el soto los limoneros se dan la mano entre ellos. Han formado, a modo de emparrado, una coartada común.  Cuesta atravesarlos. Sus ramas  entrelazadas llegan hasta el suelo. ¿Se hablan cuando se quedan a solas? Siempre me preguntó qué se dirán entre sí  los árboles en las noches frías de invierno, en esas noches donde campa por sus respetos el miedo.

Están los frutos a la espera de una bajada, razonable, de las temperaturas y, entonces, tornaran su verde rabioso y fuerte, por ese color que irá del amarillo al dorado pero eso serán cuando lleguen los meses menores de verdad. Esos meses en que al sol siempre le pilla la noche antes de llegar a coronar el Monte Redondo.

Los granados de la linde han comenzado a desvestirse.  Se despojan lentamente. No tienen prisa.  Ya aparecen las primeras ramas desnudas. Las granadas  -frutas coronadas que encierran rubíes encendidos – cuelgan, al bamboleo del viento. Las mece, con suavidad, casi con la ternura de quien siente compasión hacia quien se quedó en el desamparo del olvido.
Crecen los zarzales que ya no tienen moras silvestres. Ha pasado su tiempo. Venía de la mano del verano. Ahora, también, esperan el cumplimiento de su ciclo natural. ¡Ley de vida!

Entre las ramas de los árboles he visto un movimiento rápido, chispeante. Algo así como la llamarada fugaz… No veo nada. Después, otra vez… Ah, era el primer pitirrojo del otoño. Ya están aquí. Nadie ha reparado en ellos. Se han venido como se fueron, en silencio, y entonces me han hecho caer en la cuenta. El soto está sumido en una sinfonía de vida. Es todo en él  belleza suelta, dispersa…

 “¿Adónde te escondiste Amado…?” No hay que preguntarlo. Está ahí. Solo hay que acercarse y abrir los ojos porque…: “Mil gracias, derramando pasó por estos sotos con presura…”

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