martes, 9 de junio de 2020

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Sacristán



                                    



Pepe, rayaba la edad en la que no se ha entrado en la madurez  pero tampoco se es joven. Un poco grueso, bajito, con el pelo moreno y los ojos grandes, afable, atento, siempre queriendo agradar y con disposición al servicio por encima de todo.

Entró de monaguillo. Don Miguel, un cura bonachón con gran estatura de cuerpo y más de alma, vio en aquel niño, ya casi zagalón, un posible sustituto del viejo sacristán, Rafael, al que ya le podían los achaques…

Don Miguel le propuso que contaba con él para el cargo. Comenzó a dejar a de ir a la escuela y se quedó en las cuatro reglas, escribir sin faltas de ortografía, y un conocimiento exhaustivo de todas las fiestas litúrgicas aprendidas por lo repetitivo del oficio.

Desaparecieron por edad don Miguel y Rafael, y Pepe era el alma de aquella parroquia. Dominaba a las beatas, sabía que monaguillos se bebían el vino de la misa, y llevaba un orden perfecto del archivo parroquial.

Un día llegó un cura joven. Le dijo que iba a informatizarlo todo. Él tendría que reciclarse y ponerse al frente del equipo operativo. Pepe, confesó  que no tenía formación…Entonces, el cura nuevo prescindió de sus servicios y lo mandó al paro.

Pepe llegó a su casa desolado. Le contó a su mujer lo que le había pasado. Ella se echó para adelante. “Mira, le dijo, tú te vas a hacer una cajita de las que se cuelgan al cuello para vender tabaco, y cada vez que haya un entierro, te pones en la puerta de la iglesia y como la gente te conoce…”

A los cuantos años, Pepe que seguía vendiendo tabaco en la puerta, tenía quioscos en los extremos de las calles, luego muchos por la ciudad, se salió de la comarca, después pasó el tiempo y…

Dejó de ser Pepe, y cuando llegaba al banco le llamaban don José. Por Navidad y por su santo, recibía regalos del director, del jefe de zona, del director regional, y hasta el presidente del banco le mandaba una felicitación…

Un día, un director recién llegado salió a recibirlo a la puerta. Lo entró en el despacho y lo sentó en un sitio preferencial…

-         ¡Ay qué ver, don José, Usted, sin formación a dónde ha llegado! Si hubiese estudiado  ¿qué sería de usted?

-         “Sacristán en Santa María”, contestó, humildemente.




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