domingo, 22 de noviembre de 2020

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El vino

 

 

 

                                               


 

Hoy, el día ha comenzado con buen pie. Me llegan por arte de birlibirloque, unos textos referentes al vino. Dicen, entre otras cosas, que la primera información sobre el vino, se recoge hace 5.400 años a.C. (Tampoco es cuestión de ponerse a averiguar si lo descubrieron por la mañana o por tarde). Todo fue en el monte Zagros, en Irak.

Siguen con citas de Platón, de Tucídides, de Séneca…Son textos de una profundidad y una enjundia propia de las mentes de donde salieron, y que luego, a través del paso de los años, han seguido con total vigencia.

Me viene a la mente nuestro simpar Lazarillo de Tormes. Recuerdo  cuando dice: ‘Usaba poner cabe sí un jarrillo de buen vino cuando comíamos….’  Van camino de Almorox. Están sentados junto a un vallado, comparten un racimo de uvas regaladas y el ciego le propone el trato de comer una a una. Después muda de propósito y… El lazarillo que lo observa, come a cuantas se les venían a sus manos.

-         ‘Lázaro engañado me has…’ dijo el ciego

El mozo, sorprendido pregunta:

-         ‘Y, ¿en qué lo conocisteis vos?’

-         En que yo comía dos a dos y tú callabas…

Cuenta el muchacho que él, le robaba el vino del jarrillo, dándole ‘tientos callados’ y lo volvía a poner en su sitio con sigilo, y que luego, cuando el ciego sospechó algo, ya no lo soltaba de la mano, pero él, muy pillo, se armó de una pajita larga y chupaba y chupaba hasta agotárselo. El ciego, que podría carecer de vista, pero no de inteligencia, optó por poner la mano encima a modo de tapón y no soltarlo en ningún momento…

Y el lazarillo, que estaba empicado al vino y le gustaba casi tanto como a los chivos la leche, cuenta que le hizo un agujero, le ponía cera que con el calor de la lumbre se derretía y él fingiendo tener frío, se acurrucaba entre sus piernas….Y dice con toda la franqueza del mundo: ‘maldita la gota que perdía’.

El ciego lo descubrió. No dijo nada. Un día elevó el jarro al cielo, y con todas sus fuerzas lo estrelló contra la cabeza del rapaz y lo hizo añicos… Y con un recochineo propio de quien encierra mucho, lavó las heridas y  le dijo:

-         ‘Lázaro, lo que te enfermó te cura y da salud’.


 

 

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