lunes, 1 de diciembre de 2014

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Margaritas del camino

                                 

 Ha vestido el otoño el campo con colores ocres; los árboles, casi desnudos, exhiben sus ramas a los vientos. Anuncian que pronto vendrá el invierno. La naturaleza parece que se queda con el alma encogida como quien aguarda algo grande que está por venir.

Lo que sí ha llegado ya ha sido la violencia a la calle. Cafres – da igual del equipo que sean – se han citado para pegarse en un Madrid envuelto en las nieblas del amanecer. Era domingo, temprano y a orillas del río Manzanares.

Madrid que sabe de despertares sobrecogedores no tenía en el calendario de último  domingo de noviembre la muerte de un hombre que había venido desde “la punta verde de España” a buscar gresca y..., luego, asistir a un partido de fútbol.

No se sabe, porque todo es confusión, si cuando dio con su cuerpo en las aguas del río ya estaba muerto por la paliza. Da igual. La muerte siempre viene mal y tiene un camino feo, muy feo.

Hoy todas las informaciones hablan de lo mismo. Demasiada farfolla y literatura barata. No se hagan ilusiones si piensan que esto va a tener remedio. No lo tiene. Los culpables, probablemente, no estén en la manada de vándalos. Esos eran los ejecutores. Los responsables podrían estar calentitos a esa hora entre sábanas acogedoras.

La televisión – que es la invitada, cada día, en nuestra casa – muestra violencia y todo lo malo que puede encerrar en sí una sociedad sin valores, carente de horizontes y con el norte perdido desde hace mucho, muchísimo tiempo.


En medio de toda esta vorágine mi amiga Marilina colgó, hace unos días, en este medio, sin que probablemente ella fuese consciente de la valía de su aportación, una foto: unas margaritas crecen al borde del camino. ¿Por qué  será que las cosas más sublimes siempre son las más sencillas?

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