martes, 31 de marzo de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Media puerta

                                              

No se ha abierto la puerta entera a la luz de la mañana. No. Solo media puerta. Una hoja para que entre el sol, traspase el escalón de madera, y pregunte:

-          “¿Se puede?”

-          “Adelante”, contesta una voz de silencio desde el interior de la casa…

La puerta está ahí desde siempre. Marilina capta  lo que todos miramos; solo ella lo ve. Saca de donde no hay. Primorosa, detallista... ¡Qué arte tienes chiquilla! Un regocijo interior aflora; pienso en muchas cosas.

El  sol que es muy curioso ha entrado en eso que en algunos lugares llaman intimidad. Echa el paso seguro; se apoya en los ladrillos que quieren ser imagen mudéjar en el dintel, traspasa el escalón… y, adentro.

La luz, toda la luz que va siempre con él, lo espera en la calle. Es la plenitud de la Fuentarriba. O sea, es la plaza grande de mi pueblo.  No es la Plaza Mayor; no. La Plaza Mayor de Álora se llama Plaza Baja de la Despedía.

Esta plaza fue lo único bueno, si es que las guerras tienen algo bueno, que la guerra incivil trajo al pueblo. En su solar se levantaba el Beaterio de las Monjas de la Purísima Concepción. Las personas mayores nunca lo llamaron así. Era un nombre muy enrevesado. Las mentes sencillas acortan los caminos. De siempre fue ‘el’ Convento de las Monjas.

Les decía… Los disparates de entonces decidieron su derribo. Nunca más se edificó. Los escombros llevados en unas vagonetas metálicas sobre dos escuálidos raíles a la Cancula fueron los cimientos de un parque. Por unos meses el pueblo tuvo el primer y único tranvía de su historia.

La Fuentarriba – en contraposición a la Fuente de Abajo – se acortó en calle, perdió la fuente  y se engrandeció en plaza. Forma el sol con las plantas de adornos algunas sombras; en la pared de enfrente, un gigantesco cartel de Jesús atado a la Columna dice que es Semana Santa y que allí el Señor tiene mesa y mantel. Es decir, su segunda casa.


Por cierto, no ha habido alcalde que se precie que no haya remodelado la plaza… Una mujer del pueblo, - ¿qué pensará esa mujer? - sentada en la escuálida sombra, deja que pasen las horas; el tiempo, su tiempo…

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