lunes, 23 de marzo de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La chica del café

La chica se sentó en la terraza de unas de las cafeterías que están junto a la catedral católica de Málaga. Por la calle corría una brisa suave, refrescante. Por esa calle siempre sube la brisa que viene del mar. Los tejados no dejaban bajar el sol hasta el asfalto. La fachada de la catedral estaba resplandeciente. Los rayos de sol de la tarde le daban un color especial.
La chica pidió un café.

-          Un café con leche fría,  por favor, le dijo al camarero que se acercó hasta su mesa.

El camarero era un muchacho joven, con pinta de universitario que se ayuda con algo de dinerillo extra.  Un mandil blanco le cubría desde la cintura hasta un poco por encima de las rodillas. Vestía camisa blanca, zapatos negros… En las otras mesas la gente hablaba cordialmente, sin prisa.

La chica abrió el bolso. Instintivamente de la pitillera sacó un ‘Camel Blue’, lo encendió y se acordó de su hijo mayor que ya le daba consejos:

-          Fumas mucho; demasiado, mamá…

Esbozó una sonrisa para sus adentros.  Miró el cigarrillo y entornó los ojos. Expulsó un chorro de humo al aire. La chica tenía unos labios preciosos. Suavemente retocados de rojo, como sus uñas, con delicadeza, con primor. La chica recordó cuando aquel primer beso en el portal entre la penumbras de la noche que llegaba. De aquello hacía mucho tiempo…

Pasaba la gente indiferente. Hablaba entre sí; otros, caminaban más de prisa. Había quien estaba en la calle porque iba a alguna parte o quien la ocupaba porque en algún sitio había que echar la tarde.

La chica barajaba la idea que le atormentaba. Se preguntaba a sí misma. No encontraba respuesta. Su interior bullía, pero tenía la serenidad para saber qué hacer en cada momento. Y lo hacía. Volvía a preguntarse. Se contestaba entre caladas profundas al cigarro. Las respuestas… Le dolían tanto las respuestas que no llegaban como los silencios que no se iban.


La chica se sentía sola. El reloj de la torre de la catedral dio una hora. La chica no sabía que en otra parte de la ciudad él, también, estaba tan solo como ella. Él no tenía un cigarrillo entre los dedos,  ni un café, ni estaba sentado delante de la fachada de la catedral católica de Málaga.

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