Enero, 6 martes
Anoche vinieron
los Reyes Magos. No traían en sus capas y botines polvo de los desiertos. No
venían mojados por las inclemencias de estos días ni traían restos de nieve de
las cumbres cuando atravesaron por cordilleras y sierras de las que sabe sus
nombres un tal Pepe Morales que da por irse por esos cerros por los que no va
nadie. No.
Bueno,
no fue exactamente así. Los Reyes – que tenían que ir a muchas casas donde hay
niños y niñas – iban justos de tiempo y les pidieron ayuda a mis hijas y ¡oh,
sorpresa! me trajeron algo que me hizo una ilusión enorme. Me trajeron un
libro.
No es
un libro de escaparate de librería de moda, no. Es un libro que se publicó en
París (Les Editions Ouvrières, 1954). En España, siete años después, en
Salamanca, Ediciones Sígueme, en 1961. A mis manos vino dos o tres años después,
en torno a 1964 o por ahí. Yo andada por los dieciséis o diecisiete años… Lorenzo
Orellana tuvo que ver. “En un régimen de disciplina, me dijo en una ocasión, yo
os quise abrir puertas de libertad” ¿A que es muy bonito? El libro, más…
Del libro,
copio: “Yo amo a los niños, dice Dios, y quiero que os parezcáis a ellos.”
Y
sigue: “No me gustan los viejos, dice Dios, a no ser que sean niños todavía”.
Y continúa
más: “Y en mi reino no quiero más que niños, eso está decretado desde siempre.”
Y
agrega: “Nichos cheposos, niños retorcidos, niños arrugaditos, niños de barba
blanca, todas las clases de niños que queráis, pero niños, solo niños.”
El
libro, el libro aquel, se fue de mis manos. No se fue solo. Se fue en las manos
de una persona, (eso lo intuyo yo) que tenía acceso a mi biblioteca donde, entonces,
por cierto, no había muchos libros por lo que era muy fácil, encontrarlo.
Y anoche,
cuando llegó a mis manos de nuevo, sentí un gozo enorme. Sé que otros niños y
niñas no habrán tenido regalos materiales, esos que se rompen y se les gastan
las pilas, pero ellos son felices así, pues eso. Pensé, también, en los otros
niños y niñas, ustedes me entienden, los chicos y los grandes que rumiaban su
soledad mientras fuera había otros ruidos.
Había,
también, otros ruidos, los que no percibe el oído físico. Es el ruido de la
gente entregada a los demás. Esa gente estaba dando su mejor regalo de Reyes.
Se estaban dando así mismos…
Ahora,
acaricio con deleite el libro que llegó anoche, que me llegó anoche. Y uno, que
está acostumbrado a rezar en los sitios más inverosímiles y a su manera, siente algo especial
cuando entre sus manos tiene Oraciones para rezar por la calle. Michel Qoist.
París, 1954
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