miércoles, 30 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Almonaster la Real

Nos vamos hoy de sierra. A la Sierra de Huelva. Entramos – luego, si quieres, también salimos – de la mano de Barbeito. Escribió algo precioso en “Pueblos en mancomunidad” y contó: “el forastero vino por aquí hace muchos años y se arrodilló y lloro de emoción,  cuando en la madrugada, vio venir a medio pueblo cantando el mismo fandango…”

El viajero que te escribe llegó un medio día de verano. El verano en la sierra es esplendor y agua y vida y belleza escondida. Entonces el viajero no conocía a Pepito Romero José, que es perita y que, además, se encuentró con antiguos alumnos míos en Santiago – con lo lejos que está eso – y va el tío y se lo dice a Barbeito y me manda recuerdos…

La almunia dice la toponimia que es la “huerta”. Porque acabamos de entrar en Almonaster la Real me tomo la licencia de apuntártelo. Higueras, ciruelos, melocotoneros crecen a orillas de los cauces de agua y certifican lo que te digo.

Toma apellido – ‘la Real’ -  del rey Fernando III, que por aquel entonces aún no era ‘el Santo’, que la conquista cuando la emprende con los pueblos  de la ribera derecha del Guadalquivir camino de Sevilla.

Vas a oír el canto de los pájaros y te vas a deleitar oteando un horizonte de suaves colinas cubiertas por un manto verde y tupido. Sobre el azul del cielo de seguro que se recortarán las siluetas de la Concepción  y del castillo. Cinco siglos de historia tienes ante tus ojos.

Deja el coche en la plaza del Llano, centro de la población;  súbete hasta la fortaleza. Después de la visita a la mezquita pasea por el pueblo. Te vas a encontrar con un conglomerado de estilos. Mudéjar, gótico y hasta una magnífica obra –Puerta del Perdón– de estilo manuelino.


Cuando te vayas, piensa en los ojos negros que te vieron desde detrás de una puerta aunque tú no los vistes - ¿o sí? -, y en noches de fandangos y en Cruces de Mayo…y quédate con la esencia de Barbeito: “Si quieres que yo me crea / ese querer que tú sientes / me lo tienes que jurar / ante la Cruz de la Fuente / de Almonaster la Real”.

martes, 29 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Cazorla

                                               A mi amigo Carlos Gómez Lagares que se las anda estos días por la Sierra.


A Cazorla se llega por entre olivos picuales. Cuando superes la última revuelta del camino te topas con el pueblo. Es de tarjeta postal.

Te explico. De telón de fondo la Peña de los Halcones y el Cerro del Castillo; a media distancia, choperas. Se elevan sobre sí mismas. Quieren superar a las cumbres y acariciar el cielo; siluetas de torreones derruidos y murallas desdentadas y un caserío blanco de ventanas simétricas chorreado en la ladera con tejados pardos...

Lugar y sitio del Adelantamiento de Cazorla. Tiempos de guerras;  conflictos en frontera. Obispos y Reyes magnánimos. Pagaban  los ‘favores’ con cesiones de tierras, bienes y hombres. ¿Los obispos? Desde Rodrigo Ximénez de Rada, don Sancho de Castilla, Pedro Tenorio, Gómez Manrique; los reyes; Fernando III, Alfonso X, Pedro I, Enrique II... hasta Carlos I.

Mucho poder acumulado en manos de la iglesia  durante siglos. Ya sabes lo peligroso que es  cuando confluyen estos dos factores. Y, si no, con darle un repaso a las páginas de la historia verás cómo te confirma que la iglesia, cuando no manda, conspira.

A tus espaldas, cuando des en entrar al pueblo: olivar y campiñas. Mira lo que pidió don Antonio Machado: “Olivares. Dios os dé / los eneros,/ de aguaceros,/ los agostos de agua al pie / los vientos primaverales/ vuestras flores racimadas;/ y las lluvias otoñales /vuestras olivas moradas”.

Ve, cuantas veces quieras, del “huevo al Cristo y del Cristo al huevo”. No es más que un paseo por la zona céntrica. Plazas emblemáticas. Sienta allí tus reales. Bebe en las fuentes; observa cómo pasa de ti la gente. Están acostumbrados al bullicio.

Tienen dos castillos. Uno, de “cinco esquinas”, por la forma pentagonal; otro, el de la Yedra donde dicen que el tiempo se detiene. ¡qué cosas!

San Isicio es patrón de la Villa. Debió venir por la época en que lo hizo Santiago del que dicen era discípulo. Al Cristo del Consuelo lo veneran por septiembre. El día de la Exaltación de la Cruz le rinden tributo: ‘la entrada del trigo’.


Puede que el otoño – ya está allí – te reciba con un aguacero de tormenta. Escucha cómo truena en la Sierra; deja que corra el agua…

lunes, 28 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El día después

Tranquilos. No les hablo de la bicha, ni de la soga aquella famosa, ni de la purga de Benito que nos daban cuando chicos, ni del agua de Carabaña, ni del aceite de ricino, ni del aceite de hígado de bacalao, ni de las sal de fruta en ayunas, ni del calcio Sandoz. No, no. Nada de eso.

Anche estaba la luna preciosa. Salió y llenó el cielo. Asomó por los Lagares, bajó por las laderas, cruzó el río y traspuso por donde siempre traspone pero antes, ¡ay, antes!... Antes hubo un eclipse. Yo que soy un noctámbulo empedernido, me lo perdí. Me rindió el sueño. Y, es que  a mí, me pasan unas cosas…

Por cierto que hablando de la luna me viene a la mente la anécdota de aquel de mi pueblo. Verán. Iba a Cádiz. Examen de ingreso en la Facultad de Medicina. Subió al correo en la estación de Álora. Era medio día; calor. Trasbordo en Bobadilla; en la Roda de Andalucía lo que antes iba en sentido de la marcha, ahora, al revés. Nuevo trasbordo en Utrera, muevo cambio de sentido de  la marcha… 

Llegan a Cádiz. Era la estación junto a la Plaza de Sevilla. Era ya noche cerrada.
El padre, le dio información al muchacho de  los lugares por donde pasaba. Las huertas de Álora; el claroscuro de los túneles de El Chorro; llanuras en Bobadilla y Antequera; olivares en Casariche; la ganadería de los Benítez Cubero cuando el tren cruzaba la campiña entre Aguadulce y Marchena; más olivos en Utrera; viñedos en Jerez…

El muchacho iba saturado de información. El muchacho iba sobrepasado; el muchacho que tampoco andaba muy sobrado, al bajarse del tren ve la luna resplandeciente en el cielo de Cádiz; la luna riela en la mar. Pregunta:

-          Papá, esta luna ¿es la misma luna que la del pueblo?

-          Vámonos,  - contestó el padre -  que tú ya tienes la carrera hecha…


El día después, mucha gente habla del resultado… del eclipse de luna de anoche.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. San Sebastián

La habitación estaba, conforme se subía la escalera, a la derecha. La habitación tenía una puerta muy alta y lisa, pintada de gris verdoso; siempre estaba cerrada. Tenía una cerradura con llave y una manilla Era una habitación cuadrada, grande, de techos altos; las paredes, blancas Era una habitación espaciosa. En aquella habitación se guardaban muchas cosas.

En el testero de enfrente había dos trojes donde se almacenaba el trigo. El trigo lo subían los hombres, desde la era, en costales de lona y los vaciaban. Allí permanecía el grano hasta que, poco a poco, se sacaba, otra vez, en costales y se llevaba al molino.

En el testero de la izquierda había una ventana con reja y cristales. El quicio de  la ventana era de madera. Tenía la pintura descascarilla por el sol de la tarde. Parecía viejo y como quien lucha contra todo y contra los elementos. La ventana solo se abría cuando entraba alguna persona mayor para recoger alguna cosa.

En la habitación se guardaban, también, las cosas de la matanza: sobre las trojes los embutidos colgaban de unas cañas largas y gruesas. Eran unas cañas especiales para sostener el peso de  la chacina. Había también pilones y varias de orzas: con tocino salado, con el añejo, con chorizos en manteca, con morcilla… En otra orza, más pequeña, se guardaba el queso en aceite.
Había, a la derecha, debajo la puerta del palomar, un pilón grande y otros más pequeños. Se llenaban de aceite. El aceite del año se traía de la fábrica después de la molienda. Una tapadera de madera con un asa cubría las tinajas panzudas.

Había, también, otras orzas más pequeñas tapadas con un trapos y donde se guardaba la miel, la meloja, el arrope y la miera para las curas que hacía el cabrero… En la pared colgaban las cribas de la era, la pala para aventar el grano, un par de bieldos nuevos, varios rastrillos y una escoba de ramas.


La habitación tenía un olor especial. Era un olor que no tenía ninguna otra habitación de la casa. Era una sinfonía de olores; no se molestaban entre sí. La penumbra, la orientación y la frescura que tenía en verano la hacía única. Era la habitación de la casa con nombre propio. Se llamaba ‘San Sebastián’… 
Resultado de imagen de orzas

sábado, 26 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Misterio

Hace un rato grande que la madrugada se ha echado a la calle. No pasan motos ruidosas; ni coches. No transita casi nadie. Se asoman las estrellas… Ya se ha ido el camión de recogida; el bar de enfrente ha dejado bajo llave las mesas y las sillas de la terraza.

Roberto Fernández cuelga en facebook:

-          “¿Sabías que las calles de Álora son tan empinadas porque te llevan de camino al cielo?”

Y a mí se me ocurre contestarle:  

-          O,  porque cuando la gente del cielo quiere echar un paseo, caer la tarde, se lo dan por Álora...

El otro día, en la Casa del Libro encontré algunas ‘cosillas’ de Josep Pla. La obra de Pla está casi descatalogada. Aprovecho la ocasión. Compro lo que tienen. Ahora, en la tranquilidad del rincón, lo devoro.

Abro “Viaje en autobús” (Austral básico, pag. 87) Cuenta que sigue el consejo de un antiguo maestro: “A Platón  - les inculcó -  hay que leerlo en el tranvía”. Y, dice que le hizo caso. Y dice, también, que siempre que viaja se echa un libro al bolsillo.

 Ahora, se las anda por Cataluña. Lleva a Spinoza: “cuando viajando lo leo, el paisaje y el contenido se me funden en la retina. En la obra, la presencia difusa de Dios es permanente; en el paisaje veo también esa difusión…”

Spinoza y Pla nunca estuvieron en Álora. No gozaron del azahar en primavera, ni de los trigos encañados en abril, ni de los rastrojos con alondras al amanecer. No escucharon los cantos de los mirlos en los cañaverales del río; no vieron los olivos arracimados ni cómo el sol se va, cada tarde, por el Monte Redondo camino de América.

No supieron del embrujo y el encanto de sus noches. No escucharon los pasos de los que regresan, de madrugada, cuando ya la gente se ha recogido. A esas horas resuena los pasos por las calles estrechas. Algunas veces viene la luna y se asoma… Con luz en penumbra, los pueblos – y éste más – se envuelven en el misterio…


Y, me pregunto yo, ¿no será ese misterio la presencia difusa de Dios…?

viernes, 25 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Madroños

Cuenta la leyenda que cuando Heracles mató a Gerión, éste sangró por la herida de la flecha. De la sangre brotó un árbol y el árbol daba una fruta que, ya madura, cambiaba de color: de anaranjada a rojiza. Se la comían los pájaros y los hombres. Y, si comían muchas, entonces, de emborrachaban.

En el escudo de Madrid aparece un oso y un madroño. Lo del bicho como no fuese por los que había en los montes de El Pardo…; el madroño pudo haberse criado en las quebradas de la Pedriza o del Guadarrama. Cuentan, también, otras cosas, pero…

En el parque de los Alcornocales hay unos ejemplares magníficos porque me estoy refiriendo a los madroños. Están en los bordes de la carretera conforme se sube desde Jimena, bordeando el parque camino de Ubrique, donde la carretera abre un ramal para Cortes…

Una parte de la vacas coloradas que Heracles robó a Gerión se alejaron (a lo mejor se les escaparon, digo yo) un poco de Tartessos, o sea donde el Guadalquivir dice qué es marisma, qué es el Coto y qué es Cádiz y se vinieron, retintas ellas,  donde los aires de Tarifa levantan el polvo fino de la arena de la playa y los romanos fabricaban el ‘garum’.

El madroño tiene una madera maleable. Los hombres del campo le han buscado muchas utilidades; a la fruta, también. Hay sitios donde los venden en canastillos por la calle. “Detenida lluvia de sangre dulce, o redonda nevada de azúcar” los vio Barbeito. En otros hacen mermeladas, licores y, dicen, que hasta un brandy.

Cuando yo era niño subíamos por el Hoyo de Perea, trepábamos y antes de llegar al Puerto de Jévar, en la ladera de poniente del Cerro del Cura,  allí había uno. Me dijeron que un incendio de verano se lo llevó por delante.


Mi amiga Juana en su hurgar refranero ha colgado fotos y dichos de madroños. Le contesté con la letra de los tangos de aquella mujer perchelera, La Pirula de Málaga, que en la primera mitad del siglo XX cantó: “La que quiera madroños / vaya a la sierra, / olé morena, / porque se están secando, / sus madroñera / ay, olé morena / sus madroñeras”.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Alborán

Ha cambiado el tiempo. De madrugada se arrancó el Levante. A primera hora se entoldó el cielo. Eran nubes altas; a media mañana hubo un amago de dispersión;  el aire dejó el cielo expedito. No había brumas; no había nubes. El cielo estaba limpio y azul; era un cielo, a ratos, precioso.

El tiempo está duro. No llueve. No quiere llover. Las predicciones dicen que para dentro de unos días entrarán las borrascas que vienen del Atlántico. Así desde… Una esperanza continua. Casi se ha ido septiembre entre el deseo y la realidad diaria. El verano ha sido duro, muy duro. Las estadísticas hablan de datos aterradores.

Ha pasado una mujer por la calle. Lleva un manojo de hinojos. Se ha parado a hablar con otra. Se intercambian opiniones de cómo aliñan las aceitunas para que no se le pongan zapateras.  Se ve que cada maestrillo tiene su librillo.

Un muchacho joven vende lotería. El muchacho es forastero. Tiene voz de barítono y unas gafas con muchas diotrías. Aparece solo algunas mañanas; sube y baja por la acera. Ofrece su mercancía a los transeúntes; casi nadie le compra. Dice que lleva el 28 y el 63 para hoy.

Me llama Fermín Adame quiere fotos de la Virgen de Flores para confeccionar un tríptico. Los hermanos de Encinasola – porque Fermín vive en Encinasola – tienen programada una excursión mariana para mediados de noviembre. La Virgen de Flores es el lazo de unión entre los dos pueblos.

Está revuelto el patio: un obispo (Solsona) pide un toque de campanas el 27; amenazan con más cortes de tráfico en la Gran Vía, esa arteria, que une las orillas de la estación del Norte y Cibeles; el AVE llega a Palencia y a León; inauguran un puente impresionante en Cádiz;  la filial de la empresa alemana en España - la de made in Germany… - monta medio millón de coches fraudulentos en Martorell…


Hay una patera perdida con un montón de personas a bordo  en el mar de Alborán. El mar hace pequeña la sordidez humana. El mar es una tumba de sueños. Buscaban la tierra de promisión más allá de las arenas abrasadoras del desierto. Esta, ahí, enfrente;  Lo tenemos por nuestro. Tumba de sueños, cementerio inmisericorde. 

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Tú

En la primera acepción del Diccionario de la Real Academia Española, actualizado en 2014 afirma que, “Tu: 1. Pronombre Personal. Formas de nominativo y vocativo de la 2ª persona singular en masculino y femenino”. No va por ahí el tema.

Finaliza el partido. España había ganado el campeonato de Europa de Baloncesto. Una reportera entrevista a Su Majestad el Rey y, ni corta ni la larga, lo tutea con la mayor naturalidad del  mundo. Dos lecciones: magnífico comportamiento de saber de estar de Don Felipe; ignorancia total de la profesional (¿?)

Fidel Castro recibe al Papa. El Papa Francisco va como corresponde; el mandatario cubano con camisa blanca impoluta y un chándal azul eléctrico. Llamativo, como quien da gritos desde lejos. Como para hacerse notar.

El chándal lleva la publicidad de la casa que lo fabrica de la que por ciento se dice por ahí que explota a criaturas del Tercer Mundo para obtener más beneficios. A lo mejor eso no es cierto. No he visto ningún comentario de la firma multinacional que lo desmienta. De verdad que me gustaría verlo.

El presidente Maduro, en Venezuela, hace exhibición de los colores de la bandera de su país… también en un chándal. Se ve que el uso de esa prenda es muy querido por los dictadores. A lo mejor es por comodidad, digo yo, y no tiene otra connotación.

El alcalde de El Ferrol recibe a altos mandatarios marinos casi en chancletas y mangas de camisa. Los marinos iban de uniforme acordes con su rango y responsabilidad y adecuada para el acto protocolario de aquel momento.


Dicen que para dialogar - estoy de acuerdo - no importa el atuendo. Basta la predisposición a hacerlo. El refranero que sabe de algunas cosas – de hecho es la sabiduría del pueblo, que no escribe nadie, pero que está ahí – informa que “el hábito no hace al monje… pero le ayuda”. Cualquier día actualizamos el ‘suma y sigue’…

martes, 22 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Hoy

Ha amanecido un día espléndido, soleado y veraniego: el cielo, muy azul y limpio. El resfriado, -  o sea, la tos - porque el aire acondicionado del AVE, el otro día, me la jugó y me ha mandado un recado, no me ha dejado dormir. Estos finales del verano son puñeteros. Vestidos con ropa ligera, frío por las mañanas; abrigados, se suda la gota gorda.

La radio bombardea con lo que nos viene el final de semana. Pontifican. Se escuchan una cantidad de tonterías. No sé cómo la gente se las arregla para no ruborizarse cuando dicen algunas cosas. Hay quienes trabajan una barbaridad para no dar un palo al agua.

José María Hidalgo, en su artículo de hoy, informa del nombramiento de Picasso como director del Museo del Prado, y del Guernica, y de los tumbos que ha dado el cuadro para venir a su sitio en una España democrática.

 Álvaro Fernández se va, por un tiempo, a vivir a Génova. Me ha enviado una colección de fotografías. Santa María Assunta, su parroquia. Es casi imposible mejorar tanto arte, tanta calidad, tanta armonía. Me dice que es una ciudad bellísima y ‘portuaria’.

Barbeito, Antonio García Barbeito, se deja caer colgando un video. “Sevilla en sus manos. Oración a Jesús del Gran Poder”. No hay palabras, no hay nada que uno pueda apostillar. Difícilmente habrá algo más sublime. Solo cabe una cosa. Entornar los ojos y decir: “Dios mío, Dios mío…”

Marilina con ese ojo que tiene para ver cosas únicas ha cazado, en el buen sentido de la palabra, un pato de excursión por el río. El paisaje está lleno de encanto. Melacolía, dulzura, sosiego. El río, el nuestro, que cuando está de buenas ofrece esta paz.


Garci, José Luis, ha respondido a Trueba. Afirma que él no ha estado ni cinco minutos sin sentirse español. Unos pocos estamos orgullosos de ir en el mismo barco. Ya ven. Siempre  he dicho que las fronteras, los límites y las lindes es asunto de  los hombres. El viento, el sol, los ríos, los pájaros… No saben de esas cosas.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Cuba

“Más se perdió en Cuba – se dice en el aforismo diario  y, agrega - y  venían cantado”. En Cuba se perdió el último florón de lo que se llamó Imperio. Gloria, pasado, gestas… Llegaba al final el siglo XIX y muchas cosas tocaron a su fin.

De Cuba vino Gonzalo Estrada. Lo calificaron como ‘Héroe de Ramblazo’. Recibió – con otros – la Cruz Laureada de San Fernando en reconociendo al comportamiento en aquella guerra. Su pueblo ha dedicado calles a la Bulería o la Petenea, por ejemplo. A lo mejor, en el Segundo Centenario de aquello, los que vivan entonces, tienen  un recuerdo. Nunca es tarde..

Don Miguel de Molina cantó y contó que de la Habana – o sea de la capital de Cuba – había venido don Triquitraque que por cierto dice que era su tío con una bagaje imprensionante: “canela y clavo, azúcar cande, oro nativo, los colmillos de un elefante…”  Eso sí, traía toito el mundo  recorrio, rejuntando parneses, con su comercio de jipa-japa.

Carlos Cano cantó una habanera preciosa. Nos vino a decir que La Habana es Cádiz con más negritos y Cádiz es La Habana con más salero. No lo sé. Yo nunca he estado en La Habana pero amigos que han estado cuentan y no acaban…

De Cuba vino un negro – que sí que tenía un alma, blanca, muy blanca – que está enterrado en Sevilla y que le preguntó muchas veces al pintor que no le respondía porqué no pintaba angelitos negros.
Ahora ha llegado a La Habana un hombre que viste con sotana blanca. Reúne un montón de cosas juntas. Verán: origen italiano, argentino de nacimiento, formación jesuítica y, desde hace un tiempo, ocupa la Sede de Pedro.


Ha traído aires nuevos a la Iglesia, y a la revolución cubana. Ha roto moldes. Muchos moldes. Este hombre va a cambiar el rumbo de la Iglesia del siglo XXI.  Dicen que come en comunidad y duerme en Santa Mónica. A lo mejor, ahí pueden entenderse algunas cosas…

domingo, 20 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Un día cualquiera

Los días finales de septiembre me traen recuerdos de infancia lejanos y llenos de evocaciones. Septiembre tiene connotaciones de principios de curso. Con todo lo que conllevaba y con todo, lo que suponía poner fin a los días largos del verano.

Hace calor. Refresca por las noches, ya no hay tanta gente en la calle, y cuando se anuncia el alba, la brisa de la madrugada aconseja entornar la ventana. Es tiempo de uvas moscateles, doradas, dulces, sensuales, exquisitas.

Por la mañana me he acercado al campo. El campo pide agua. El agua del cielo decían los viejos tiene bendición de Dios. Los viejos no sabían que las gotas de lluvia atraviesan un espacio físico desde la nube al suelo. Están cargadas con el nitrógeno de la atmósfera… La física pone su parte; la fantasía de los hombres, el resto.

Osama es un refugiado sirio que huyó de aquel horror. Cruzaba Hungría y una periodista (¿?) le puso una zancadilla. Osama rodó por el suelo. La imagen indignó a medio mundo; al otro, también. Aquel hombre, además, llevaba un niño en brazos…

En Getafe le han dado acogida. Parece que también le van a dar trabajo. Lo han invitado al palco del Bernabeu… Osama ha dicho – al menos así se ha publicado – que no perdona a aquella mujer que le puso la zancadilla.

Los pámpanos de la parra han cambiado de color. Están atabacados. Muchos pámpanos ya están por el suelo. Anuncian lo que viene. Los gajos que se quedaron atrás ya no están lustrosos. Muestran la decrepitud propia de quien tuvo su tiempo pero que ya pasó.

Están espléndidos los membrillos. Sensuales, pomposos, dorados. Se doblan las ramas con el peso de la fruta madura. Los membrillos reclaman el protagonismo de cada año. Ese protagonismo pasa por el perol, el almíbar, una caña que movía y movía aquella masa dulce y apetitosa.
 

Despido la tarde desde la barandilla de Flores. Hay un empedrado de nubes raras en el cielo; Juan saca unas fotos. Desde Encinasola me llama Fermín Adame. Allí tampoco ha llovido. Por Aracena, sí. Ya ven cosas que pasan un día cualquiera…

sábado, 19 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Metro

La gente baja la escalera del Metro con prisa. Los escalones son grisáceos y rudos, de piedra de granito. Fuera chispea. Los escalones están mojados pero no resbalan. Tienen como unas pequeñas picaduras que lo impiden.

Del interior sale un aire caliente, viciado, raro. Es un aire que ha respirado mucha gente. Ahora, el aire,  se asoma a la puerta de cristales que separa el primer espacio del Metro. Parece que tiene miedo a la calle; se vuelve hacia el interior.

Detrás de una mampara de cristal hay una señora. La mampara está cerrada. La señora viste uniforme. Tiene la nariz larga, pintadas las uñas de los dedos de las manos de color carmín oscuro y un collar de bisutería que le cuelga hasta un poco más arriba del pecho.

 Le digo que no funciona la máquina que expide los billetes. Me atiende. Saco un bono de diez viajes.
-          “El importe, me dice, son 10,20 euros…”

Le pago. Me da el cartoncito y me pregunta si quiero recibo. Le digo que no. Paso el torno y giro a la derecha. Bajo las escaleras metálicas. Me coloco a un lado; me adelanta un chico joven. Lleva prisa; luego, otro. Y, otro más.

 La gente corre cuando baja las escaleras del Metro. ¿Por qué corre la gente si después viene otro tren? Un día me sorprendí a mí mismo: yo también corría…

La pantalla electrónica dice que el tren vendrá en 3 minutos; el próximo, en 7. Por el túnel suenan ruidos metálicos, secos, lejanos, disparatados… Todo es negro. Llega más gente. Llega el tren. Salen; entramos. Ya no nos atropellamos. La gente sabe que antes de entrar hay que dejar salir. La gente sabe, también, otras cosas; no las cumple.

El Metro viene lleno. No habla nadie. Leen algunos; muy pocos. Otros trastean el teléfono móvil. Ha subido un músico callejero. Toca un acordeón. En el silencio metalizado del Metro evoca melodías y recuerdos de un Paris lejano, y un río, el Sena y un amor…


 En el asiento de enfrente se ha sentado una chica morena. Lleva auriculares. No escucha al hombre del acordeón. Va abstraída en sus cosas. La megafonía anuncia: próxima estación, Gregorio Marañón, correspondencia con línea 10… Y todo sigue…

viernes, 18 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Preludio

El aire mueve las ramas altas de los plátanos. Por el suelo hay hojas de acacia, de  alces, de almeces y de otros árboles. Anuncian ya algo que va a llegar pronto. Todo es un preludio del final del verano.
No suena aquella canción del Dúo Dinámico que nos enternecía tanto. No. Aquel final del verano que decían ellos que había llegado se refería a otro verano. El verano de amor de adolescentes cuando todo aquello era tanto.

Las mañanas, ahora, amanecen frescas. Sobre los techos de los coches quedan restos del rocío de la noche. Lo secan los primeros rayos del sol. Se forman regueros secos por las que las gotas dejaron un surco entre el polvo acumulado.

Un vaho se levanta del campo. Comienza a calentar el sol. A medida que entra el día sobran las prendas. Dieron un poco de calor al cuerpo que salía a la intemperie de la calle. La ropa y el jersey, buscado con deleite para arropar al cuerpo, a media mañana, son un estorbo.

En estas tardes de los alrededores del otoño hay una luz especial. El cielo, primero, fue azul intenso; luego, celeste, después, desvaído y giró a encarnado, violeta y morado. Todo el horizonte fue un candilazo por el horizonte y ya lo dice el refrán candilazos al anochecer…

Los atardeceres de otoño tienen un encanto especial. Son bellos, dulces, enternecedores. Como si llenasen sus alforjas con gavillas de adjetivos arrebatados al diccionario con prisa y se los apropian y los hacen suyos.

Los pobres sin techo, en las grandes ciudades,  buscan cobijo para acurrucarse en los cajeros, en las bocanas del Metro, en los soportales de los templos, en los bancos solitarios que siguen siendo igual de duros pero que ya comienzan a ser más fríos.


Los pájaros del parque ven, también,  reducida su fronda espesa y generosa; el campo muestra otra cara. La poesía del preludio de otoño va por algunos barrios; por otros, la realidad cruda de la vida.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Sueños

La habitación es pequeña, humilde. La habitación es una habitación de una casa pobre de pueblo. La habitación es limpia, extremadamente limpia; pulcra. La habitación estaba en una casa de un barrio pobre. De esos barrios que alguien los llamó marginales porque no encajan en los centros pomposos y rimbombantes que hay en todos sitios. Allí vive ‘otra’ gente.

El techo de caña está sostenido por vigas dispares. Vigas cogidas del campo, de la orilla de algún río, de un arroyo con poco nombre… Son vigas asimétricas. No pasaron por el aserradero de algún taller de madera. ¿En las noches de lluvia se filtrarían las gotas de agua entre las rendijas?

La piedra de la pared deja claro que no sobró precisamente presupuesto para rematar la obra; la cal reverbera. La cal suple lo que otros materiales no aportaron. Una casa de poco pan y muchas bocas.
Una pequeña ventana deja que entre la luz. Es la luz del día. La luz que regala la Luz para todos. No cobra nada por el regalo. Se la da, por igual, a  pobres y a ricos. Es de las pocas cosas en que los pobres tienen el mismo trato que los otros, los que tienen de todo.

En las noches de invierno ulula el viento por las esquinas. ¿se colaría por las rendijas? Un cristal es el tope. El cristal está sostenido por junquillos de madera. Son junquillos ligeros y de poco peso. Una hoja de ventana, abierta deja ver el día.

La cama es sencilla. De tubo de latón. En las equinas está reforzada por pequeños pomos más resistentes. La cama, o sea el colchón que pudo ser de lana, de borra o de sayo se recubre con una colcha que no desentona del ambiente. Tiene, eso sí, su pequeñas, diminutas pretensiones artísticas…


Una habitación de casa donde la vida fue dura, difícil, con más vientos en contra que a favor. La lucha diaria algo tan cotidiano como la salida del sol. La humildad es el patrimonio de los grandes ante Dios. ¿Cuántos sueños habrán anidado bajo ese techo?

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Rafalillo

Rafalillo era un personaje solitario. Rafalillo vivía en la calle de Atrás. Era hijo de Felipe y de Josefa y hermano de Adrián que perdió una pierna en un accidente laboral y que terminó atendiendo a las llamadas del teléfono en la parada de taxis. Rafalillo tenía más  hermanos y una hermana…

Era de estatura baja; delgado, de complexión débil y con pocas carnes. De nariz larga un poco aguileña y orejas prominentes. Tenía la boca grande y muy deficiente en la palabra. No iba limpio. Vestía mal, generalmente con ropa desechada de otros y su calzado…

Su pelo era largo y rebelde; muchas veces estaba sucio; su higiene… Caminaba despacio. Felipe Aranda captó que en cara nunca faltaba un esbozo de sonrisa. Arrastraba los pies como quien no va a ninguna parte. De hecho Rafalillo nunca fue a ninguna parte. De joven desfilaba, una vez al año, en la cabalgata de Gigantes y Cabezudos en la feria. Lo usaban para las cucañas… Hasta su nombre se quedó en diminutivo.

‘Sostenía’ las paredes o la barandilla de la fuente. Buscaba la recacha en invierno; la sombra, en verano. Su estado nunca le permitió el acceso al mundo laboral. Los días de fríos reguardaba las manos en los bolsillos. Sus dedos eran largos y tenía las puntas de las uñas negras.

Rafalillo no se metía con nadie. No hablaba con nadie. No era amigo de nadie. Nadie era amigo de Rafalillo. Rafael siempre estaba solo. Se subía cada mañana a la Fuentarriba. Era su sitio natural, o sea el sitio para dejar que pasasen las horas. Su espera era siempre la misma: la hora del vaso de vino.


Rafalillo nunca anduvo sobrado de nada y sí falto de todo. Pequeña, lúgubre  sin ventilación su casa. Escasa la dotación de inteligencia que se le asignó el día que lo echaron al mundo. Su deambular fue triste. Al final, extendía la mano. Todos sabíamos qué quería y para qué lo quería. Al menos eso, ya que tuvo tampoco… 

martes, 15 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Ciclogénesis

Tiene un nombre raro. Es un nombre feo. Cuesta hincarle el diente  a primera lectura. Ciclo…¿qué?: ciclogénesis. ¡Ah! No es una palabra del vocabulario de andar por la tienda del barrio. Tampoco es muy corriente que camine entre los cafés humeantes del mostrador de amanecida de cuando mi amigo Mateo tenía el bar…

Dicen los que saben que ha entrado por Galicia. O sea que viene del Atlántico. Está cargada de agua – porque es una borrasca de las grandes- y de aires con mala leche. Vientos de esos que arrancan árboles, se llevan las antenas de los tejados, arrancan las persianas de los balcones.

Parece como si una confabulación de meigas si hubiesen dado cita en las costas gallegas. Las meigas del mar; las de tierra adentro, es decir, las viven en los montes; las de los bosques y las de las orillas de los ríos… Como si en un patio de vecinas, de las de antes, se hubiese desencadenado una pelea a la que no entraban ni los guardias.

El campo necesita agua pero agua de la buena; de la que arrasa, no. De esa la menos posible. En unos días barrerá toda España. Más por el norte que por el sur. Los informes de los técnicos en meteorología hablan de ‘cambios’ de tiempo por los cielos.

 Han aparecido nubes. Desde el suelo tienen pinta de cirros. Los viejos hablaban de “borreguitos en el cielo, agua en el suelo”. Los viejos no sabían de algunas ciencias modernas pero sabían mucho de experiencia que se acumula con los días y con los años. A eso le llamamos vida.

Santiago Bartolomé ha colgado unas fotos  preciosas de los cielos sorianos. Son de la zona de Valdelubiel, en las tierras del Burgo de Osma. En Madrid,  anunciaban agua de media tarde arriba; llovió.


Se han puesto a cubierto los pájaros. Los plátanos del parque bamboleaban sus ramas más altas. Entre ellas se cruzaban mensajes.  A medida que corría la noticia había un alboroto de hojas. La naturaleza se prepara para algo que puede ser sonado…

lunes, 14 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Pan

La mañana olía a pan caliente y a aire viciado. Las panaderías comenzaban el amasijo a eso de la media noche; el caldeo, de madrugada. Con las primeras luces del alba la gente se echaba a andar. Necesitaba el pan para la talega.

Las panaderías - antes del progreso industrial - caldeaban con aulagas, retamas y leña de monte. Los mulos, casi siempre una yunta,  la tarde anterior venían con  la carga de leña desde la sierra. Descargaban en la puerta y la calle se impregnaba de otros olores. Era un adelanto a campo que se venía hasta el pueblo.

Cada panadería tenía el nombre, cuando no el apodo, del panadero que la regentaba: “El Bojo” en la calle Cantarranas; “Jazmines” en la Plaza Baja; “La Perrita” en el Callejón; “Juanico Díaz” en la calle Atrás; “Faroles” en la calle Juan Naranjo; “Hortensia” en la calle Negrillos; “Granao” en la Plaza de Santa Ana…

El progreso y los  años se llevaron por delante a muchos de aquellos panaderos emblemáticos. De la lista solo sobre vive uno. Los hermanos Díaz Becerra siguen con el negocio en el Callejón… Vinieron otros. Técnicas, productos, nombres… Se cumple lo de Juan Ramón: “el pueblo se hará nuevo cada año…”

Los niños voceaban molletes por la calle en  las mañanas de invierno. Eran tiempos en que faltaba de casi todo.  El mollete era un pan de levadura diferente;  poca corteza y mucha miga. El mollete era el pan ideal para el aceite o para la zurrapa que siempre venía cuando aparecían los primeros fríos.


La industria y el progreso echó al olvido la levadura recentada y el cedazo y la artesa y el amasijo a mano clavando los puños en la masa. La harina ya viene refinada de la fábrica. La panadería no huele a pan caliente al amanecer, y ahora, según que pan, por las tardes, casi parece chicle y al día siguiente… 

domingo, 13 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El coche de Rivero

El autobús entonces no se llamaba ‘autobús’. Era el coche de Rivero.  Tenía dos finales de trayecto: la Fuentarriba y el Llano de la Estación. Bajaba y subía a los usuarios del tren. Era destartalado y viejo; hecho a retazos. No cerraban las ventanillas ni la puerta. El volante era grande; a la derecha tenía, sobre el motor, la palanca de cambio y una bocina.

Bajaba por la mañana, muy temprano, al mixto que venía de Ronda y Antequera. Luego, al correo de Málaga. El tren traía y llevaba las cartas. A media tarde, al correo que venía de Madrid; al cortillo y, casi de noche, al mixto de Málaga. Si la cosa venía bien al tren de ‘las once’.

Pepe Rivero era el conductor. Pepe era un hombre erguido, bajito, rechoncho, con un gran diámetro de cintura y amable con los viajeros. El coche tenía, también, un cobrador. El cobrador portaba, en bandolera, una cartera de cuero. Daba los billetes y anunciaba a Pepe dónde debía hacer la parada oportuna.

Si el coche venía lleno daba la vuelta por la Fuente de la Manía, si no, subía por el Camino Nuevo.

En el coche de Rivero había viajeros VIPs. No pagaban el Juez, el Notario y el Alcalde (el Registrador de la Propiedad no acostumbraba a viajar en aquel medio); los curas; la Guardia Civil, ni las mujeres ni los niños de los guardias; no pagaban algunos empleados – todavía no se llamaban funcionarios – del Ayuntamiento…

Allí no pagaba ni Dios. Era un enigma que  aquel negocio sobreviviera. El viejo coche de Rivero era una institución como lo era su conductor. Entre los muchachos se decía que a Pepe le vendaban los ojos y hacía el trayecto sin inmutarse…


Cambiaron los tiempos; Pepe se jubiló. Se renovó la flota y el paisanaje. Un día la gente supo que el billete había que pagarlo. Cosas que pasan. El coche de Rivero fue el heredero de las Diligencias, tiradas por mulas, que acercaban a los usuarios desde el tren a los baños de Carratraca…

sábado, 12 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Frente a palacio

Tenía ganas de encontrarme con el otoño. Me he acercado a Aranjuez. El otoño aún no ha llegado. Andará perdido por los caminos o sabe Dios por dónde, pero el otoño, este año, aún no se ha aposentado en su sitio natural, o sea en Aranjuez.

Llegué a eso del medio día. Dejé el coche aparcado bajo los plátanos. El cielo estaba gris; corría una brisa ligera. Arrastraba algunas hojas de las acacias que se habían bajado hasta el suelo. Me senté en una terraza frente al palacio. Me llaman Inés y Juan. Hablamos un rato; el rato que se puede hablar por un teléfono.

No sonaba el punteo de guitarra de Narciso Yepes ni el juego de violines en el  adagio del Concierto del Maestro Rodrigo; no sonaba, tampoco, la música de los Pekenikes en aquel memorable “Frente a Palacio”.

Tampoco sonaba la sinfonía que un día escuchaba Azorín: el silbido lejano de un tren que se perdía en los campos. Ahora, los trenes ya no silban. Van veloces y silenciosos. Desde las alamedas de Aranjuez no se oyen los trenes que llegan a su estación… Esta tarde  sonaba una sinfonía diferente. Era la sinfonía del viento que acariciaba las copas de los árboles.

Me echo a andar. Sorteo a la gente. Había mucha gente. Iban, venían. Eternizaban (¿) el momento en las digitales. Poses estudiadas; conversaciones en otras lenguas; voces de niños. Personas de otros de sitios que se acercan a Aranjuez atraídas como por imanes interiores.

El Tajo se aleja. Rodea la tapia de los jardines del Palacio. Hay un rumor de agua en las chorrera de la presa; graznan los gansos; sobre las fuentes recae el agua de sus surtidores; cruza el cielo el ruido sordo de una avión que viaja a mucha altura. Por la carretera, al otro lado del río, pasan raudos los coches…


No tienen flores los magnolios. Dos gatos duermen la siesta a la sombra de los pompones de dalias que rodean la fuente de Ceres. Uno es un gato romano; el otro, de pelo gris y blanco. La placidez con que duermen me lo corrobora: todavía no ha llegado el otoño.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La escuela

No es otoño; lo parece. Las mañanas están frescas, agradables. Corre una brisa ligera y mueve las hojas de los árboles. Se columbran por el cielo azul un puñado de nubes blancas. Van de paso. Van para alguna parte y vienen de algún sitio lejano. No se detienen.

Desde muy temprano en muchas casas ha cambiado la vida desde hace unos días. Los niños vuelven al colegio. Mochilas nuevas, zapatillas nuevas, libros nuevos. El colegio es otro colegio. Han repitando los pasillos; han reparado las persianas. Se incorpora un profesorado nuevo. Dará lo mejor de sí. Hay, también, otra gente menuda.

¡Ay, Dios mío, aquella vetusta escuela de la Plaza Baja! Dos fotografías de Franco y José Antonio escoltaban un Crucifijo; debajo, la mesa del maestro; en el testero opuesto, una estampa de la Inmaculada… La ventilación nula. Del techo colgaba una bombilla que no se encendía nunca.

Las bancas eran bipersonales; los asientos, abatibles. Daban unos pellizcos…; el suelo, entablillado; los tinteros de porcelana y la tinta derramada por el tablero. A media mañana, leche en polvo y el queso americano…

Y la Enciclopedia Álvarez y una libreta de dos rayas y un plumín y la goma y el mapa de España con mucho hule levantado. Las campanas del campanario - estábamos a pie de campanario -  tocaban a muerto en los entierros. No teníamos patio de recreo: la plaza era nuestro patio. Trompos y bolas de barro y cristalinas y bronces…

En aquella escuela – lo dijo el Padre Manyanet; nosotros no lo sabíamos entonces - nacieron, enraizaron y crecieron amistades para toda la vida. Ha pasado mucho tiempo. Las mañanas siguen igual de frescas. Han cambiado los libros de textos; han cambiado los escolares, han cambiado…


Esta mañana los he visto llegar. Venían con ropas y zapatillas nuevas. Muchos han llegado en coches; las mochilas llenas de libros… Me he buscado entre ellos; tampoco he encontrado a Juan, a Diego, a Andrés, a Paquito, a Miguel Antonio… Lo dijo Juan Ramón: ‘el pueblo se hará nuevo cada año’.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Sentidos

Me llegan noticias del pueblo. Me echaron de menos en la procesión de la Virgen de Flores, - se agradece -, me preguntan por el cuándo de la vuelta. Me piden que opine de algunas cosas y digo que no las he visto, que no sé, que lo siento… Hay mucha gente que me quier; el sentimiento es de ida y vuelta..

Una amiga me envía unas fotos: están los granados con las frutas exuberantes, pletóricas, y un texto: “he bajado a la huerta, los naranjos preciosos, los olivos ni te digo, los granados ya los has visto, y para colmo se escucha la chorrera del río; todos los sentidos alerta…”

Y yo, en la lejanía, cierro los ojos y veo esas granadas sensuales, -“la graná de la pimpollá; la naranja de la sobacá”- , cada una en su sitio, sin que sobre ni falte nada,  como esos ramilletes de claveles que se pondrán en el pelo, el domingo, para la romería las niñas del pueblo.

Como esas flores que irán en la carreta de andar cansino y lento, con tantos recuerdos a pedir de mano. Claveles y jacas; caballos tordos, castaños, cartujanos… Y una mujer con ojos negros; y el pelo recogido y un suspiro en la garganta y la ilusión del romero.

Sé que a los olivos los ha venido Dios a bendecir y la aceituna que ya no aguantaba más, que pedía el agua a gritos ha dado un estirón, se han vestido de nuevo y están como si fueran de otra familia.

Y escucho en el silencio de la noche la chorrera del río, y el aire que sopla algunas noches, aunque dicen los que saben que el verano no se ha ido… El refranero les da la razón; los viejos, también.


Me refugio en San Juan de la Cruz y hago mío sus versos: “mil gracias derramando, / pasó por estos sotos con presura, / y yéndolos mirando, / con sola su figura / vestidos los dejó de su hermosura”.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Chamberi

El paso del tiempo ha cambiado muchas cosas. El barrio, Chamberi,  hoy tiene más de literatura y recuerdo en la voz de Nati Mistral que embrujo. Barrio emblemático; residencia de aristócratas. Mucho del Madrid de ayer. Historia a pedir de mano en sus calles, en sus monumentos, en su presencia diaria.

 En él vivieron toreros – Domingo Ortega o Marcial Lalanda – hombres de la nobleza; poetas de la talla de Miguel Hernández - en la calle Vallehermoso, en la linde con Cuatro Caminos - , cuando escribió ‘El rayo que no cesa’- o un embajador ‘alemán que nació en el barrio’: Guido Brunner.

Este hombre acuñó un vocablo al que todavía no le ha dado definición el Diccionario – ese que el maestro Barbeito, y yo lo sigo a pie juntillas - pedimos como libro de texto único y universal en todas las escuelas. A lo que iba. El vocablo es “convoluto”. Tiene mucho que ver con eso tan de moda en los tiempos actuales: corrupción. Pero, eso para otro día.

El barrio goza de las sombras de los plátanos ahora que el verano apunta a final. Se siente la brisa de la mañana en la cara. Han reciclado monumentos; los han adaptado a los tiempos. En el palacio de los marqueses de Bermejillos despacha el Defensor del Pueblo; en el de Maura, Cruz Roja; en el de Maudes, la Consejería de Transportes…

Plazas con encanto: la propia de Chamberi con recuerdo y homenaje a la actriz  Loreto Prado en obra de Benlliure o en la de Olavide con sabor parisino; iglesias de raigambre en Eduardo Dato, con San Fermín de los Navarros o la Milagrosa cuna de la fundación  del Opus Dei.

La gente menuda juega con la tierra del parque. No hay que remontarse a Darwin para saber que sí, que es verdad, que nosotros descendemos del mono y el mono del árbol y los niños… de los artilugios que ha puesto el ayuntamiento. Pasa la mañana…

-          Abuelo ¿nos vamos?

-          Vale. ¿Adónde quieres que vayamos?


-          A comprar pegatinas de Mickey…

martes, 8 de septiembre de 2015

Una hojas suelta del cuaderno de bitácora. Madrid

Madrid, al medio día, estaba de celeste y sol. La Naturaleza le abrió paso al tren. Cruzó raudo por los campos. Olivares, a la luz de la mañana, naranjales nuevos en las terrazas del Guadalquivir.

El río iba camino de la mar grande. Llevaba versos de sueños de califas. Más abajo, en Sevilla, recogerá poemas de amor de Al-Mutamid pero esos no se ven desde el tren. La Sierra ahora no tiene la jara en flor; la dehesa  está agostada. ”Qué bien los nombres ponía / quien le puso Sierra Morena a esta Serranía” Lo escribió don Antonio y si él lo dijo…

Llanuras solitarias; viñedos a voleo; otros olivos. Sueños de un loco que quiso arreglar el mundo y la realidad, escudero. Tampoco desde el tren se ven los gigantes. Son cosas que pasan. Poca agua en los Ojos del Guadiana y ganado pastando en la Alcudia.

Entre la bruma, a la izquierda, se ve en la lejanía Toledo…; el Tajo marca el camino. El páramo está seco y espera, también, el agua que tiene que venir. Toledo llama, reclama… El tren sigue su marcha.

Atocha es un hervidero de gente. Van, vienen; llegan, salen. Los tableros electrónicos informan e informan. Maletas. Ruidos; trasiego. Las grandes estaciones están llenas de gente. Mucha gente solitaria.

La megafonía del Metro anuncia: “próxima estación, Atocha; atención estación en curva. Tengan cuidado de no introducir el pie entre el tren y el andén”. Sube un hombre. Toca un acordeón. Nadie le hace caso. Nadie habla.

El hombre lleva un blusón largo con grandes bolsillos en los laterales; camisa de cuadros… El hombre viste una ropa ajada. Tiene el pelo sucio. Termina la pieza y pasa un vaso solicitando una ayuda.

En Tirso de Molina sube una mujer que recita una petición... Unas chicas le dejan algo. Sigue el silencio. La gente no se comunica. Tiene la cabeza encerrada en los móviles; alguien lee; otros miran al infinito cercano de la oscuridad de enfrente.


En Ríos Rosas salgo a la calle. La ciudad está llena de luz. Los plátanos tiene aún las hojas del verano. Corre una brisa fresca. Dicen que cuando Josep Pla llegó a Nueva York y la vio ciudad iluminada preguntó: “y, ¿esto quién lo paga?”.  Madrid, Madrid , Madrid.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Lío

Dicen que Noé se asomó a la ventana. Las nubes coronaban todo lo que rodea el macizo de Ararat. Armenia e Irán estaban bajo un mar de nubes y la paloma que se vino al palomar porque la cosa estaba un poco fea y fue cuando dijo: parece que el tiempo está de agua y total para cuatro gotas…

La lluvia la ha liado esta mañana en Adra. Han sido más de cuatro gotas. Se ha llevado por delante la vida de un hombre y eso ya no tiene arreglo. Ha sembrado ruina en muchas familias.

Desesperación; impotencia. Han salido los de siempre con las mismas declaraciones de siempre, con las pamplinas de siempre. Total para cuatro gotas y encima la gente pide que se limpien las ramblas.

Las ramblas tienen mala leche. Son ríos secos. O sea ríos por los que no corre agua nunca salvo cuando las malditas ‘cuatro gotas’ caen sobre las montañas cercanas y baja a la mar precipitadamente. Lo arrolla todo. Se lo lleva todo por delante. Es decir, un lío.

No sé cuantos vuelos desviados. Venían a Málaga, capital de la Costa del Sol – tiene bemoles la cosa – desde Bolonia, Londres, Nueva York, Roma… ¡Hala, a otros aeropuertos!

En el de Málaga, en el aeropuerto, la tromba de agua por seguridad no dejaba tomar tierra (agua podían tomar toda la que quisieran, pero ese no era el destino programada en origen) y claro…

En la T-3 recogían las goteras en cubetas. ¿A qué ustedes no han visto nunca cómo llueve dentro de un ascensor? La imagen… Los primeros en tantas cosas; en esas, también. Las obras de impermeabilización comenzaron en mayo. El ciclo de continuas nevadas en julio y agosto han impedido su terminación.

La N-340 colapsada. No se podía acceder al aeropuerto ni a los pueblos - ciudades - de la Costa del Sol occidental; en la otra, también tenían agua para dar y regalar. Que se inunde la N-340 es tan novedoso como que el Viernes Santo caiga en viernes…


Ustedes perdonen la ironía de hoy. Esto es para reventar de rabia. ¿Hasta cuándo?  Como la Zarzuela: “siempre me dices lo mismo…” No es cachondeito, no; por supuesto,  que no, simplemente que parece que tiempo está de agua… y, los ríos sin limpiar.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Barbecho

Amaneció como un no, pero sí; como un sí, pero que no. Aparecieron nubes negras pero todas seguían de paso. Venían de poniente y se iban para no sé qué parte que las esperan, también, porque hace falta agua, el agua de bendición que baja del cielo, meteorizada y con la Gracia de Dios y trae vida para el campo, para el ganado, para los veneros…

Mi amigo Miguel Ángel me manda unas fotos. La tierra está en barbecho. La tierra espera una sementera: bajo su mando dormirá la lenta noche de la germinación. La tierra espera, elabora y da. La tierra da siempre a pesar de muchas cosas.

La tierra es tan generosa que lo que hoy es un páramo mañana será vergel y verdor y florecillas silvestres y pan para el hombre y comida para el ganado. Y un manto verde cubrirá las lomas y el barbecho será vida con la otoñada.

Miguel Ángel quiere al campo casi tanto como lo quiero.  Sabe de soles largos y de amaneceres preciosos, de días de fuego y de estrellas lejanas, perdidas, allá arriba pero que dan sentido a la noche, a muchas noches, a una sucesión de noches de muchas ilusiones.

Los dos sabemos que el hombre enganchaba el arado, levantaba los rastrojos y preparaba la tierra. La yunta abría un surco profundo y largo. El hombre hacía el barbecho. Luego, en otoño, la sementera. Si era preciso, en el campo se abrían varias hojas, cada una, con su siembra oportuna. Gramíneas, leguminosas…

Detrás de la yunta de paso cansino y lento, la mano sobre la mancera del arado y el ejero largo y el ubio que crujía y el grano -  a voleo, o pintado de uno en uno, todo dependiendo de qué se dejaba caer – enterrado.

Una banda de pajarillos seguía a la yunta. Los pajarillos eran los primeros beneficiados de la siembra que aún no había nacido. Los pajarillos eran los únicos compañeros en el caminar del hombre detrás de yunta.


Después vendrían los días cortos de invierno, de nieblas agarradas por las mañanas, de heladas y rociadas que brillaban con los primeros rayos a la salida del sol. Y, tiempo de la esperanza y el deseo y  la mirada al cielo esperando el agua, esperando la bendición de Dios.