DESDE EL LUGAR
Lectores de José Morales García
domingo, 25 de octubre de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Jardines de España. Aranjuez
Octubre 25, domingo.
No ha llegado la otoñada al campo manchego. Tierras de labor
en barbechos sedientos esperan el agua que no viene. Los pámpanos de las viñas
se han atabacado y con duras penas se mantienen asidos a las cepas que le
dieron la vida durante el estío.
A Aranjuez sí llega. Aranjuez en otoño es otra cosa. Tiene el encanto de la melancolía que baja de los árboles cuando caen las hojas de los plátanos; la ternura de quien sabe que esto se acaba porque comienza un tiempo de acurruco y nieblas; la intimidad del silencio, que pasea por sus caminos
Cuando yo era muchacho el largo pitido de un tren que hacía
maniobra marcaba en el cielo nubes de humo. Otras nubes señalaban otros caminos… Eran nubes
algodonosas; eran grandes sueños de azúcar que se columbraban por el cielo.
Ahora, los trenes ya no usan esos silbidos que atravesaban los campos.
Corre el Tajo entre jardines que aún conservan las últimas
rosas: blancas, rojas, amarillas. Los mirtos soportan sus propias hojas y las
que bajan de los árboles. Las ramas más altas peladas por el viento se saludan
entre ellas. Todo tiene encanto, todo tiene poesía, todo es sublime.
Aranjuez sin el Tajo sería otra cosa. El río lo envuelve. Le
da nombre a sus jardines porque en sí todo el jardín es uno y luego le pone
nombres: La casita del Labrador, Jardín de la Reina, Jardín del Rey, Jardín del
Parterre, Jardín del Príncipe, Jardín de Isabel II. No tiene, sin embargo, una
rosaleda… Esparce las rosas por arriates sueltos, como sembrados a voleo, sin
asignarles un sitio concreto...
Las avenidas son largas. En primavera es la eclosión de la
vida; en verano, la sombra deseada; en otoño las hojas amarillentas dan
pinceladas diferentes: alfombran el suelo y dejan un tapiz blando. Es una capa
especial que gime bajo los pies del viajero. Algunos patos nadan indiferentes
junto al dique de contención del río.
Aranjuez en otoño tiene un encanto especial. El sol dorado
de la tarde no quiere irse y por entre el ramaje pelado de los árboles parece
que se enredan las notas sueltas, pinceladas de amor – ¿“adónde te escondiste
amor”? - del concierto del maestro Joaquín Rodrigo, aunque él lo escribió con
otro sentimiento de alma. Es el momento de entornar los ojos, de escuchar como
entre las ramas silba el viento. Es el momento de sueños. Aranjuez, Aranjuez…
viernes, 23 de octubre de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El otoño ya ha llegado a la Quinta de los Molinos
Octubre 23 viernes
Este
verano largo que nos ha azotado no quiere irse. Le pasa como a mí cuando voy a
Madrid. Es lo que hay. Pero la naturaleza siempre se manda.
El
parque de la Quinta de los Molinos está en ese lugar de Madrid donde si uno se
empina sobre las puntillas de los pies, con un poco de suerte, puede ver
Guadalajara al fondo. Bueno. Es una broma y una exageración. Está claro.
El
parque de la Quinta de los Molinos está muy arriba de la calle de Alcalá, si
por “muy arriba’ se entiende lejanía de la Puerta de Sol y acercamiento al
final de las líneas de metro o de autobús que unen la periferia con el centro.
Es un
espacio ajardinado. A mí siempre me gusta llamarlo un pedazo de vegetación
mediterránea incrustado en Madrid. Lo digo por los almendros y por los olivos que,
a modo, de tierra de labranza, rememoran que, en otro tiempo, fue un espacio
agrícola.
Al
parque, que está cercado se puede llegar con la línea 5 de metro desde Gran Vía
por Ventas, hasta Suances o con la 146 de autobús, que como va por superficie
es más divertida. Jacometrezo, Callao, Gran Vía, Alcalá, José Banús, Hermanos
de Pablo, - cruza Arturo Soria - General Aranda, Tampico, Los Molinos…
El
parque limita al sur con la calle de Alcalá; por el norte, con Juan Ignacio Luca
de Tena; al este con 25 de Septiembre (que debió ser una fecha muy importante
para que Madrid le dedique una calle…) y por el oeste, con Miami que, además,
es cierto que está al oeste, pero que muy al oeste de la capital.
El
parque tiene dos momentos estelares. Cuando, a finales de febrero o primeros de
marzo – depende de cómo venga el tiempo –, los almendros se llenan de flores.
Es el aldabonazo de la vida. Rompe en mitad del rigor del frío. Todo es una
sinfonía de color blanco; comienzan a libar de las abejas.
El
segundo, ahora, en otoño. Los plátanos orientales que orillan sus paseos se
visten de oro viejo. Caen las hojas, lentamente, y en el estaque que ocupa su
centro hay una chispa especial. Ese encanto que solo tienen los parques cuando
llegan los días cortos y las noches largas y se ocultan las urracas y no hay
arrullos de palomas torcaces que desde hace un tiempo se han adueñado de los
parques de las ciudades.
jueves, 22 de octubre de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Álora, en el coro de la catedral de Toledo
Octubre,
22 jueves
Cuando
voy por Toledo, si puedo, me acerco a la Catedral. Hago una visita al coro.
Lleva mucho de hedonismo. Eso de que uno vea su pueblo en una tabla esculpida
en su sillería... ¿Qué quieren que les diga? Gusta y es algo así como visitar a
un paisano que reside allí y, al que se le rinde pleitesía, por parte del que
va de paso.
La
Catedral de Toledo, la Catedral Primada, fue la iglesia de más poderío en un
tiempo en España. Su arzobispo, era el más importante después del Papa –
curiosamente, obispo de Roma; el de Toledo, arzobispo – de la cristiandad.
Sus alcances iban desde el Guadarrama hasta el
Despeñaperros, con penetración hasta Guadix y Huéscar, en Granada; desde Molina
de Aragón hasta el límite con Portugal. En su suelo se asentaban el monasterio
de Guadalupe, Madrid, la Corte, y Alcalá de Henares. Su Universidad la fundó el
cardenal Cisneros, siendo arzobispo de Toledo. Las rentas de la Catedral
Primada se equiparaban a las del Rey de España…
Un
arzobispo, el cardenal Mendoza, encargó a Rodrigo Alemán, tallista formado en
los Flandes, la realización del coro bajo de la catedral de Toledo entre 1489 y
1495. Realizó cincuenta y cuatro relieves, en madera de nogal, (en la silla
segunda, conforme se entra, a mano izquierda, después de Málaga, Álora). Es un
recorrido por la Historia de España que incorporaba a la Corona el reino Nazarí
de Granada.
En
el de la toma de Álora, en 1484, el rey Fernando recibe las llaves del alcaide
del castillo arrodillado delante de su montura. La efigie serena del caballo
con su pata izquierda levantada se corresponde con el gesto magnánimo del
monarca que extiende su mano derecha para recibir las llaves que le ofrecen.
En
la muralla del castillo el escultor señaló cinco impactos de metralla. Es un
reconocimiento (el castillo había sido inexpugnable hasta entonces) al uso de
armas de artillería como pasavolates, ribadoquines y, sobre todos, la lombarda,
hecha por maestros borgoñones y franceses, traídos exprofeso…
Álora,
bendita tierra, acogedora, que siempre da más que recibe…













