domingo, 3 de mayo de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Málaga, a la orilla del mar

 


                    Málaga en el crepúsculo; al fondo, África


Mayo, 3 domingo.


Cuando llegaba de su Valladolid natal en los primeros viajes hasta su nuevo traslado, Málaga, me decía mi admirado Paco Fadón que, tras pasar el Puerto del León, al llegar a lo alto de la Cuesta de Reina, creía que ya había llegado…

Málaga se extendía a sus pies. Si era de día, a veces, cubierta con alguna bruma. Dependía de dónde venía el aire; si era de noche, un sinfín de puntitos luminosos emergían en la oscuridad. La ciudad parecía más grande de lo que, entonces, era.

Málaga, desde las cumbres, cuando se viene desde Colmenar era una ciudad de sorpresas. Primero, a la izquierda, desde esas primeras ventas que uno no sabe si son adelantos escapados de la ciudad o son, por el contrario, las primeras salutaciones de bienvenida al viajero que llega.

Si viene con luz del día ve precipicios imponentes, desde allí hasta Comares tierras quebradas de suelo alpujarride. Antaño tierra de viñedos. Las uvas pasas y el vino fueron bandera y seña de una ciudad, de muchos pueblos y de mucha gente a los que la filoxera llevó a la ruina.

Si mira hacia el otro lado de la carretera, primero, ve unos cuantos alcornoques. Pocos, es verdad, pero hacen pensar que ahí el clima debe ser muy húmedo. Es un espejismo. Una pequeña sensación para despistar al viajero. Luego, unas cuantas encinas; después, la mano del hombre ha sembrado una extensión considerable de pinos. Era la manera de luchar contra el empobrecimiento de la tierra, el arrollamiento de tierras con las lluvias fuertes y una manera de acabar con las inundaciones periódicas que arrasaban la ciudad. Para esto, además, construyeron el pantano del Agujero…

El viajero comienza la bajada; a media ladera la Fuente de la Reina; un poco más adelante, ahora, al otro lado, una casa de los antiguos Peones Camineros. El abandono se ha apoderado de ella. La bajada es una sucesión de curvas. Málaga, al fondo. Unas veces por la derecha; otras, por la izquierda. La línea de mar se ve más clara. Se adivina la costa. La ciudad se ensancha, se estira en la línea de playa…

-Málaga ¿es que está a la orilla del mar?

-Sí, a la orilla, de punta a punta.

- ¿Cómo dice?

- Desde la Araña hasta el Guadalhorce…

Hay que bajar, hay que llegar a la orilla y, entonces, se comprende que Málaga nació y vivió durante la mayor parte de su milenaria existencia del mar, para luego, más tarde, darle la espalda… Cosas que pasan.

sábado, 2 de mayo de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Crespúsculo

 




Mayo, 2 sábado


Me dice un amigo, que sus nietos van a acompañar a un grupo de niños italianos que vienen en intercambio de Erasmus a Huelva. ¡Qué suerte tienen estos niños que no tuvimos los niños de ayer! Van a visitar esa punta de España que ve irse el sol cada tarde…

“La Fe descubridora” asida a una cruz, pierde la mirada –como si la fe tuviese mirada- en la mar océana, aquella de la que Colón quiso que lo nombrasen almirante, y lo consiguió… Una traiña regresa a puerto y en el horizonte la luz. Y Huelva, allí, con su entramado de hierros que recuerdan a Eiffel…

 


 

La luz, la ‘sagrada luz’ del sur que la llamó Miguel Ángel Asturias de un sol que se hunde a un palmo del agua. Todo dorado, todo de ensueño, todo único como los paisajes que reflejan, a veces, los estados de alma. ‘Por allí, me dijeron la primera vez que estuve, se va a América”.

América está tan lejos que no puede verse, que se intuye, que se sabe, que se anhela y que fue El Dorado para muchos. Alguien dijo que El Dorado está siempre un poco más allá de donde nosotros podemos llegar. Lo he buscado tanto que, siempre, siempre, cuando creía tenerlo al alcance de la mano, me topaba con la realidad. Cruda, dura, tal cual.

 


La mar, en calma. Sosegada, quieta, como sólo sabe hacerlo la mar cuando quiere ser buena, deja que reposen - quizá tengan echadas las redes - un puñado de pequeñas barquitas. Si uno no fuese hombre de tierra adentro sabría cómo se llaman esas barcas, qué están haciendo…

Me vienen a la mente aquella canción de tragedia donde la mar se tragaba faluchos y amores y esperanzas… ‘¿Me quieres, me quieres mucho? Dímelo, Manuel’… Y Gracia Montes que era quien la inmortalizó - a la copla - pregonaba que era tan bonita, la niña de Punta Umbría, como la Virgen del Conquero, como una flor entre la mar y la ría… Pero ¡ay! Ausencia, luto y pena y todo lo que viene después.

Las sirenas, dicen las malas lenguas que, no se atreven a llegar a donde se unen el Tinto y el Odiel porque, enfrente, en Punta Umbría, la niña sigue, triste y sola, mirando y mirando a las olas y, ahora, cuando ha pasado eso que llamamos tiempo, sigue y no se cansa de esperar.

Sigue allí, imbuida en el hábito de fraile franciscano de La Rábida cercana, la Fe Descubridora, y los faluchos que van y vienen a puerto y, la mar dorada bajo el sol de la tarde. Y lejos, muy lejos, debe quedar eso que llamaron El Dorado y que siempre - ¡me cachis! -  siempre, está un poco más allá de donde  nosotros podemos llegar.




 

viernes, 1 de mayo de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Mosaico de mayo

 


Mayo, 1 viernes


A media mañana se arrancó el levante; nubecillas errantes en el azul del cielo. El celindo de la esquina está ahíto de florecillas blancas, pequeñitas y perfumadas. Le han comprado un traje de Primera Comunión; todavía, no ha florecido el jazmín; revientan los geranios…

El campo no ha perdido la intensidad del verde crecido sin límites entre marzo y abril; ofrece pinceladas prietas del impresionismo. Si el verde de las lomas y de los bordes de los caminos se tornasen en azules y lilas podríamos decir que estamos delante de un cuadro de Monet

Desde la orilla del camino veo como cierra el cielo, la mole rocosa de la caliza kárstica de El Torcal; más abajo, sobre las lomas de Virote, olivos prietos; aquí, casi al alcance de mi mano, alcauciles nuevos, retamas en flor, hinojos, tagarninas subidas, eneldos…

Han pasado varios coches. Llevan prisa, demasiada prisa. Uno tiene necesariamente que preguntarse por la gente que va por la carretera con tanta prisa. Estoy seguro que no gozan, como lo hago yo, ahora, con la mirada del paisaje.  

Las montañas cercanas y las que están más al fondo o sea las Orejas de la Mula, Pozo Viejo, Alhaja Prieta… forman una enorme concavidad. Por su fondo corren dos arroyos; mejor, tres: el Jévar, el del Aljibe y el arroyo del Espinazo del Perro. Después de andar sus tretas, volteando piedras y lodos,  cahorros  y secanos, todos terminan en el Guadalhorce. Se cumple lo del pez grande se come al chico…

Todo está vigoroso. El campo tiene la bendición de Dios que le envió agua aún a tiempo y sol y brisa para peinar los trigos encañados. Ya tienen espigas, y las cebadas tempranas y los garbanzales ahítos de salitre y cascabullos, y los habares y... El paisaje hace que uno piense en Muñoz Rojas y en Barbeito que lo pintaron con la palabra escrita y en Monet y en Benjamín Palencia que lo hicieron con los pinceles y, por supuesto, en ese otro Pintor de Pintores. ¿A qué sí?