DESDE EL LUGAR
Lectores de José Morales García
viernes, 11 de septiembre de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El paraiso está al borde del camino
Septiembre, 11 viernes
La almunia, (también he leído que su nombre viene de ‘monasterio’, no sé…) dicen que es la “huerta”. Porque acabamos de entrar en Almonaster la Real, entre la Sierra de Aracena y el Andévalo, me tomo la licencia de apuntártelo. Antes, por mi retina pasan higueras, ciruelos y melocotoneros, crecen a orillas de los cauces de agua y certifican lo que te digo.
Yo me las andaba aquel día por la Sierra. Unos dicen que de Aracena; otros, de Huelva. No es más que la Sierra Morena que da el boqueo final de que llega a donde se termina. Todo lo que empieza y todo se acaba. Con las sierras pasa igual.
Vas a oír el canto de los pájaros en la ribera, y te vas a deleitar oteando un horizonte de suaves colinas cubiertas por un manto verde y tupido. Sobre el azul del cielo, de seguro que se recortarán las siluetas de la Concepción, cinco siglos de historia ante tus ojos, y alguna rapaz en vuelo.
A principios del mes por mayo, las Cruces de Mayo: Cruz de la Fuente: “Si quieres que yo me crea / ese querer que tú sientes / me lo tienes que jurar / ante la Cruz de la Fuente / de Almonaster la Real” (Barbeito), y Cruz del Llano: “En Almonaster nací /en el Llano me criaron /que me pregunten a mí / cómo se canta el fandango”… El tercer domingo, la romería de Santa Eulalia: “El Odiel y el Zancolí / se unieron en un abrazo. / De testigo Santa Eulalia, / el tamboril y el fandango”.
Ya ves, por tener, las tiene a pares…
El fandango sale del alma y de la garganta: “Me
dormí bajo la sombra, de un arbolillo frutal, soñé que contigo hablaba y era
una alondra real, que en la jiguera cantaba”. Eso es poesía, sentimiento…,
otra cosa.
Deja
el coche en la plaza y súbete hasta la fortaleza. Después que hayas visitado la
mezquita, pasea por el pueblo. Te espera un conglomerado de estilos: mudéjar,
gótico y hasta una magnífica obra – Puerta del Perdón – de estilo manuelino. ¡Ni
te cuento! Te costará irte… por lo que vas a encontrarte y porque Almonaster te
robará el alma.
jueves, 10 de septiembre de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Y por compañía, el Maestro Alcántara
Esta tarde
tenía ganas de pasear por la orilla del mar. He dejado el coche en el centro;
en Trinidad Grund (una señora que es parte de la historia de Málaga y que muchos
malagueños ni la conocen) Esa es otra historia. He cruzado hacia el puerto…
Rectifico. Me
voy por el lateral del parque. Camino bajo la arboleda espesa. (En un tiempo
llamaron Paseo de España y pusieron un reloj que daba las horas con motivos
florales. Fue bonito. Duró poco tiempo. En Málaga suelen pasar esas cosas); al otro
lado la persistente baranda del puerto
Han comenzado
a soltar hojas los plátanos orientales que orillan el Paseo de los Curas.
Recuerdo los versos los cuando hablaba del pitido de un barco que se va, que se
está yendo… Maestro, ahora ya no entran esos barcos por la bocana del puerto. Vienen
unos trasatlánticos enormes y se quedan en un muelle nuevo, casi a la entrada.
Solo el Melillero no ha
perdido las buenas costumbres.
He bajado
hasta el Paseo Marítimo. Sigue Cánovas, en la esquina del parque, con su andar
pausado y sus manos asidas, por detrás, quieto en su estatua de bronce que
tardó tanto en llegar como Málaga en reconocer a su hijo preclaro.
Atardece. Se
va los últimos bañistas. Maestro, me acuerdo de tus versos: “Las olas que el mar levanta /
dispuestas a bien morir / llevan siempre una biznaga”. Se me viene,
también, a la mente, aquella definición tuya, una tarde que paseábamos por
calle Larios. Apareció un biznaguero. Señalaste: “más que una flor y menos que
una estrella”.
Dejo
que se me pierda la mirada en el horizonte. Entre esa bruma que lo difumina
quiero ver un barco. En la lejanía; está quieto. Sé que obviamente se mueve y
como la copla no sé si va para Almería o para Cartagena…
Picotean unas
palomas las migajas de pan de la merienda de un niño. Pasa un cafre con un
patinete. Las palomas, sobresaltadas, levantan al vuelo. Vuelvo a tus versos: Palomas. Y biznagas que han
querido /serlo para volar. También lo entiendo: / ser otro y lo que estuvimos
siendo. / Acaso alguna lo haya conseguido”.
Camino con la
vista perdida en el azul de la tarde. Pañolitos que vienen por ese camino que
solo conocen las olas. Se acercan tanto, tanto que: las olas que el mar levanta / dispuestas
a bien morir / llevan siempre una biznaga”.
Miro y remiro por si “los jazmines de la playa / el mar los deja en la orilla / y los recoge mañana…” Todavía, es temprano; aún no ha aparecido el planeta…Tampoco, hay tranvías con jardineras en los Baños del Carmen. Se han ido a los cuadros de Jaime. ¡Está pintando de cine!… Otras luces, vuelan hacía las alturas. Van a lugares lejanos…
… Por Dios,
Maestro, sigue estudiando segundo de jazmines.
miércoles, 9 de septiembre de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Al olmo de la calle.
Septiembre,
9 miércoles
Escribió
don Antonio Machado, en su estancia en Soria, un poema excelso a un olmo: “Al
olmo viejo, hendido por el rayo / y en su mitad podrido / con las lluvia de abril
y el sol el sol de mayo / algunas hojas nuevas le han salido”.
Don
Antonio hablaba de un olmo decrépito. Le ponía edad: centenario y lo situaba en
la colina que lame el Duero… Hace unos días paseaba por Madrid. Iba acompañado
por una persona a quien quiero mucho.
Abuelo,
me dijo, voy a llevarte a la Plaza de España. Verás que bien ha quedado con la
remodelación. Y fuimos. Cervantes seguía sentado donde siempre; don Quijote
cabalgaba (aunque casi nunca lo representan apedado del caballo; Sancho, a lo
suyo.)
Es
verdad. Ha quedado fenomenal. Las rosas– el calor, Madrid, como es norma y
costumbre, en el final de verano, tórrido – estaban mustias, con pétalos semicaídos
y secos; las otras plantas de los arriates soportaban mejor lo que tenían encima.
En
uno de los bordes, un olmo excelso. No sé calcular (¡Hay tantas cosas que no sé¡)
la edad de los árboles. Es un ejemplar digno de admiración. Un poco más allá
unos niños jugaban en unos artilugios modernos que ahora instalan en los parques.
¡Qué valientes - ¿o temerarios? – son los niños!
El
olmo, impertérrito, entre la plaza de España y la subida de Príncipe Pío, que
ya no existe como estación del Norte, veía pasar a viajeros locos que desafiaban
el calor a esas horas en que la sensatez aconseja estar en casa o a recaudo de
un lugar fresquito y nosotros nos las andaban por la calle. ¡Qué cosas!
Éste
no es un olmo cantor de la ribera como hablaba don Antonio de aquella de la lejana
Soria. No. Es un árbol de ciudad. Purifica el aire de la calle. Fija nitrógeno
del aire y elimina, en su posibilidad, el dióxido de carbono de la
contaminación de la gran ciudad.
Aquí,
con casi toda seguridad no hay ruiseñores de madrugada, ni ejércitos de hormigas
que suben por su tronco, ni arañas que tejen, como Penélope, una tela que no se
concluye nunca…
Le
auguraba don Antonio, al olmo soriano un final sombrío. El leñador, el
carpintero, o un final dando calor a una lumbre en la noche infinita de frío y
fantasmas por la llanura esteparia.
Hablaba
de nevadas en las cumbres. El no decía los nombres. Yo sé que podría estar pensando
en Montes Claros, en la Sierra de Alba o en Oncala. Hablaba de una rama verdecida
y de una esperanza: “Mi corazón espera / también, hacia la luz y hacia la vida,
/ otro milagro de la primavera”.