viernes, 26 de junio de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Belleza Kárstica

 

                                 

 

El Torcal. Antequera (Málaga)

 

Junio, 26 vienes.

 

Si como yo, vas desde el Guadalhorce por Álora y el Valle de Abdalajís, de entrada, te digo que la carretera no es buena. Muchas curvas, estrecha, bien asfaltada, pero si te toca un camión o algún vehículo lento olvídate del tiempo. No podrás adelantarlo.

La naturaleza es generosa. El paisaje bellísimo; te compensa. Subes por la Herriza del Duque, y a la izquierda la Sierra de Abdalajis. Te ofrece su mole karstica. Según la hora, el paisaje cambia. Donde viste una sola sierra, ahora ves un puñado; entre ellas; hondonadas, picachos que sorbresalen y las sombras te hacen pensar en figuras extrañas….

Cuando dejes, a un lado el Valle de Abalajís, a la derecha llevas el arroyo de las Piedras. Nace en los Prados de Eslava, por encima de los Nogales. Es uno de los arroyos tributarios al Guadalhorce y, con las gotas frías de los otoños, sus crecidas, tremendas. Pasado el puerto del Álamo ves, a la derecha, la cara norte de El Torcal.

Del Torcal se ha escrito mucho y bueno. No soy el llamado a contártelo porque otros que saben más y lo hacen mejor ya han ido delante. Si te digo que la belleza te sobrecoge. Esta tarde he acompañado a unos amigos, vienen, exultantes. 

Sube por la carretera que va al nacimiento del río de la Villa y luego por la Boca del Asno. Y lo ves. Si alguna vez nos encontramos en un cruce de caminos, hablamos. Te insisto en que te empapes de cuanto ven, miran, aprehenden o captan tus ojos. 

Cuando te asomes al mirador de las Ventanillas, al fondo,  entre brumas,  Málaga y el mar. Es el mar de fenicios, griegos, cartagineses y romanos. Por ahí vino el comercio, y el arte y el derecho y la lengua en la que nos entendemos más de trescientos millones de parlantes. Más cerca, bajo tus pies, son tierras de secanos. Villanueva de la Concepción. Colinas suaves y caseríos blancos, y el Campanillas y el Guadalmedina que, todavía, no son ríos sino torrenteras arrancadas de largo. 

Como para la parte del este quedan Casabermeja, Colmenar, Comares - pincelada blanca en una cumbre -, Periana, Canillas de Aceituno... 

Al norte, la llanura, y según a donde mires la Sierra de Rute, la Camorra, El Puntal y, si apuras, y está pero que muy limpio el día (esta tarde no lo estaba) las estribaciones meridionales de Sierra Morena. 

Al oeste Alcaparaín, Sierra de Aguas, de las Nieves, Los Guaperos, la Serranía de Ronda. 

Le ponen nombres y comparaciones. No hemos andado ninguna de las rutas con las que han tenido a bien orientar a cuantos viajeros osan pisar sus piedras, recorrer los vericuetos intrincados y ocultos. Es comienzo de una tarde de verano; calor. He acompañado a un matrimonio amigo; todas las dependencias cerradas. Cuesta creerlo, pero es así. Luego hemos bajado llenos de asombro y admiración, a la mano de Dios,  al paisaje y a  los caprichos que regala la naturaleza.



jueves, 25 de junio de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Malcocinado

 





                                    San José de Malcocinado



Junio, 25 jueves.

 

 

Me las andaba por la Sierra Norte de Sevilla. Supe que, camino adelante, llegaba a Malcocinado. La geografía dice que ya es Extremadura; al sur, Sierra Morena. La carretera tiene buen piso. Tramos de dehesa; alterna con tierras desbrozadas o de monte de cacería. El paisaje de los que uno recuerda durante mucho tiempo. 

            En la distancia se vislumbra, entre brumas de la tarde las estribaciones más septentrionales, “Qué bien los nombres ponía, / quien le puso Sierra Morena a esta Serranía” y en medio, blanco y estirado, sobre un altozano de colores ocres y amarillos, Azuaga.

En un periódico digital he leído que Malcocinado es un municipio de la provincia de Badajoz. El nombre es un poco ‘raro’. El periodista que firma el artículo, Alejandro de Santiago, da dos posibles explicaciones para aclarar un término un tanto raro

En el diccionario histórico de la lengua, afirma, el término aparece vinculado al mundo rural como el lugar de la dehesa donde se depositaban los restos de reses muertas o los despojos de animales sacrificados.

La leyenda popular, agrega, ofrece otra lectura. Según la tradición oral, en una de las calles del pueblo existía una posada frecuentada por viajantes a la que acudía con frecuencia un hombre llamado Marcos Cinado. Con el tiempo, la pronunciación coloquial del nombre, unida al acento de la zona, habría derivado fonéticamente hasta transformarse en «Malcocinado».

 

En otra ocasión hurgaba por la Sierra de Cádiz, camino de Vejer. Hay que andar caminos, todos los caminos posibles. Un indicador indica por dónde se va a San José de Malcocinado… Aquí el paisaje es distinto. Recibe los vientos del Estrecho. Una alfombra verde crece por campiñas onduladas, riberas de alisos y fresnos, vegetación de lugares donde no falta el agua  o debajo de quejigo, encinas y alcornoques, sobre todo, estos árboles que necesitan de mucha humedad y dan una corteza generosa, el corcho. Luego, los hombres le sacan mucho, muchísimo partido.

 

En las zonas libre de arbolado, dehesas y más dehesas. En algunas crecen toros bravos; en otras, ganado retinto. Dan una carne de excelente calidad.

 

El toro bravo vilipendiado por una parte de la sociedad es la esencia de una cultura ancestral en muchos pueblos de la Península Ibérica y del sur de Francia. Dicen que es el heredero del toro mítico que crecía en la isla de Creta y luego se extendió por todo el Mediterráneo.

 

Aquí cuando camino entre paisajes bellísimos los veo que pastan, tranquilamente, en prados del edén, perdidos donde Cristo dio las tres voces y solo la oyeron quienes tenían que hacerlo o algún despistado que transita por los caminos y busca los lugares a los que no va casi nadie.

 

miércoles, 24 de junio de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El muelle.

 

 


Junio, 24 miércoles

 

Cuando yo era niño y alguna vez mi madre me llevaba a Málaga, en esas horas muertas del mediodía en que cerraban las tiendas, era         n las horas más felices para el niño de pueblo. Mi madre me llevaba al parque. Sentados en un banco el cartucho de pescado frito sabía a gloria bendita. Luengo, al puerto, a ver los barcos y el mar. ¡Qué hermosura, el mar!

El niño no sabía que al puerto se entraba por una puerta grande porque una verja lo separaba del Paseo de los Curas. En una garita un Guardia Civil, diferente a los guardias del pueblo, controlaba la entrada y salida del personas y mercancías al recinto. Era un Guardia de Aduanas.

Al niño le llamaba la atención lo grande que era el Melillero. Era un barco que, entonces, hacía las travesías por las noches y llegaba al amanecer. En realidad, eran dos barcos que se cruzaban en alta mar, esa que baña las costas de África y Europa. Salían al anochecer. Hacía sonar una sirena ronca y alargada para anunciar su salida.

El Melillero llevaba y traía, magrebíes pero, sobre todo, soldados. Los que venían con el permiso reglamentario y los que regresaban a sus destinos. En otro tiempo llevaba hombres a la guerra. Después de esas guerras – como todas, verdaderos disparates – se supieron muchos entresijos de los que algunos debieron avergonzarse. Otros dejaron allí su sangre y la copla cantó: “En el  Barranco del Lobo / hay una fuente que mana / sangre de los españoles que murieron por la patria”.

Al niño le llamaba la atención un edificio muy feo y muy alto. Encerraba grano. Una grúa muy grande, muy grande llevaba el trigo desde el edificio hasta un barco atracado delante. Los granos de trigo caían sobre el enlosado y una bandada de palomas degustaban un festín. ¡Ah, el edificio se llamaba el silo!

En otros lugares, otros barcos, también movían sus mercancías. A esos barcos los llamaban barcos mercantes o de cabotaje. Tenían nombres muy raros y, además, en la popa llevaban una bandera del país al que pertenecían.

Muchos años después   - ya no hay maromas atadas a los noráis -  porque un alcalde que modernizó Málaga hizo tal reforma que el muelle, dejo de ser muelle; el Melillero lo cambiaron por un barco mayor; al paseo lo llamaron el Palmeral de las Sorpresas y en la otra parte, prologaron el espigón del  morro, más allá de la farola y allí atracan unos barcos enormes que no llevan y traen granos. No, no. Se llaman trasatlánticos y mueven personas que se conocen como turistas.

En las palmeras siguen las palomas de Picasso. El niño se hizo grande y su madre ya no puede llevarlo a comer cartuchos de pescado frito de Casa Catalina…