jueves, 5 de marzo de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. ¿Belleza o desconcierto?

 


                         Puente romano de Córdoba sobre el río Guadalquivir

 

Marzo, 5 jueves

 

Los parámetros del arte van por derroteros que, a veces, desconciertan. Hay momentos puntuales que nadie tiene que decir lo que encierra dentro. ¿Hay que explicar un crepúsculo? ¿El canto de un ruiseñor en la madrugada? ¿El llanto de un niño? ¿La expresión de alegría en la cara?

Decían que los griegos cultivaron la belleza por el placer de lo bello. Pensemos en cualquiera de las muestras de su arte que, algunas hasta mutiladas, han llegado hasta nosotros. A veces, incluso, en nuestra fantasía podemos llegar a dotarlas de más belleza aún de la que incluso tenían.

Los romanos a lo bello, agregaron, lo práctico. La utilidad. El Coliseum era una obra de arte por la magnificencia que se unía a lo que ya en sí suponía, por su acústica, por su espectacularidad. He visto pasar el agua del Tajo bajo el puente de Alcántara o del Guadalquivir  en Córdoba y he pensado en la marcha del agua que no está quieta y en el puente estable durante años y años para que se dé uso a la gente.


   

                   Jardines del Generalife. Granada

 

Los árabes nos trajeron jardines con aguas, arriates con mirtos en flor, fuentes que manaban y mitigaban los rigores de la noche de los veranos tórridos del sur… Los pájaros cantaban en las arboledas y el hedonismo de unos pocos era envidado por otros que carecían de muchas cosas. El Generalife, la Alhambra, Medina Azahara…

En las proximidades del año mil la gente pensó que se acaba el mundo. A aquel gran cataclismo que iba a arramplar con todo había que hacerle frente. Muros descomunales que pudieran resistir lo se les venía. El hombre luchó contra su miedo y su impotencia y… no pasó nada.

El gótico respondió con el encaje de la piedra, con las vidrieras que darían la luz – oh luz del sol, o Luz de Dios – al interior de templos oscuros que, a medida que avanzaba el día todo era una sinfonía en el interior y uno, cuando se encuentra allí y mira sin saber hacia dónde porque quiere atraparlo todo, queda anonadado.

 

                 


                   Vidrieras de la Catedral. León


El Barroco, el Rococó, el arte de los siglos XX y XXI es una sucesión de sensaciones. Nos preguntamos. ¿Qué es la belleza? Hay dos respuestas: la que nos da la naturaleza y la que nos ofrece el artista. Me quedo con aquella que dice que “es una iluminación, algo que se ha de sentir más que se ha de pensar, algo que el hombre puede hallar en cualquier ser de la creación y o en cualquier obra creada por otro hombre.”

                 


                  El peine de los vientos. E. Chillida

miércoles, 4 de marzo de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Ni puñetero caso

 

 


 

Marzo, 4 miércoles

 

Dicen que se subió a promontorio, o sea un lugar un poco más alto, donde la gente podía verlo y escuchar las palabras que se iban por los caminos del viento, pero que les llegaba a todos. Probablemente estarían sentados en el suelo, habría silencio y todos percibían lo que Él transmitía… La gente le prestaba atención. Todo aquello sonaba a nuevo. Ahora, también.

 

Dicen que comenzó a hablar. No tenía prisa, recalcaba las palabras y los conceptos. Escuchaban:

 “Bienaventurados los pobres de Espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los mansos de corazón porque ellos poseerán la tierra…

Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados…

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justica porque ellos serán hartos

Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia

Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios

Bienaventurados los pacíficos porque ellos serán llamados hijos de Dios

Bienaventurados los que son perseguidos por causa de la justicia porque de ellos es el Reino de los Cielo.”

 

Y la gente escuchaba… y pasó el tiempo. Mucho tiempo. Hay  otros hombres que han escuchado más o menos lo mismo, pero..., ni puñetero caso. Es más, ni oyen ni escuchan, que parece que es igual pero no lo es.

Algunos dan la impresión de haberse  vuelto locos. Si no lo están, lo parecen. Malditos los Idus de marzo. Trajeron en un tiempo muerte, dolor, desesperación, rabia, impotencia…; ahora, también. Da igual el color de su piel o de su pelo; no importa a qué lado del mar viven, da lo mismo la manera como se visten. ¿A qué Dios dicen     que le rezan…?. No importa qué lengua hablan… Da casi igual, todo. Al que se subió al promontorio, y dijo todo aquello, ni puñetero caso.

Es más, dentro de unos días, sacaremos a las calles altares móviles en ciudades grandes, en pueblos medianos, pequeños o mediopensionistas Les pondremos candelería, música, flores, boato, tramoya…  Otros, sentirán que es una fiesta más. La primera gran fiesta de la primavera. Hay, también, quién al revolver de una esquina, o en un lugar que él se sabe, sentirá algo por dentro….

Es la manera de recordar como terminó Aquel que desde lo alto del cerro dio un programa de vida y terminó diciendo, ahí os lo dejo (No lo dijo así, pero se sobreentiende). Quien quiso hacerle caso supo que el camino no es fácil pero sí que el mundo sería otro, muy distinto a éste que nos han traído estos Idus de marzo…

 

 





 

martes, 3 de marzo de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Fermín Durante

 

 


Febrero, 26 viernes

 

- Manuel ¿don Fermín)? Le pregunto... (Manuel, atendía el estudio de fotografía).

- En el Palomar, suba, lo está esperando.

El “Palomar” era el Sancta Santorum de Fermín Durante, en Calle Salvago, entre Especerías y calle Compañía. Era el ático donde el maestro se encerraba con ese hálito de creación y melancolía que luego llevaba a sus cuadros. (Micheline, su mujer, le dio el tibio toque sutil de un Baudelaire de la pintura).                                                                                                                                        En el horizonte, dicen los que saben de geografía urbana, Málaga trazaba una línea imaginaria desde la Alcazaba al Guadalmedina.

De niño, en el Puerto de la Torre, me dice, mientras me dibuja con su mano la línea imaginaria donde termina Málaga y comienzan los sueños yo percibía los olores del campo a principios de verano; el de la lluvia que cada año llegaba a primeros de otoño y ese frío que bajaba desde Almogía, pero que según las personas mayores venía de El Torcal…

Ahora, me dice Fermín, en un desván que corona una casa de aquellas que nos dieron empaque de ciudad de provincia de segunda división pero que era nuestra en el siglo XIX. La casa, como tantas otras era una obra de Guerrero Strachan a quien quizá Málaga no le haya correspondido a tanto como nos dio. Ahora, decía Fermín lleva a los lienzos una pintura hiperrealista con un deje tan especial de la vida misma que uno ante el cuadro piensa, medita y se recrea.

Yo conoció a Fermín y a su hermano Adolfo, a través del maestro Alcántara y Jaime Rittwagen. Algunas veces acudí con ellos al “recreo de los jueves” en Frutos o donde decía el azar que tocaba.

Fermín era un pintor urbano. Se nos fue en 2008 y nos dejó huérfanos de esos personajes que sin ser nuestros venían a ocupar un lugar en nuestras vidas. Sus calles eran cordiales, y no siembre fáciles, como era la torre de la catedral desde su buhardilla; las palomas que anidaban en los tejados a tiro de nuestra vista en la altura o  la compañía de las campanas de san Juan.

Fermín llevaba una Málaga nuestra pero que no podíamos identificar con una calle cualquiera porque su pintura se encargada de suscitar en cada alma una receptividad diferente. Nosotros, en nuestra identidad, estamos, sin estar, en aquella policromía ante la que nos extasiábamos como podríamos hacerlo ante el cielo azul de Málaga desde las ventanas de su buhardilla.

Pintura real como la vida misma, velero en la policromía de los pinceles que marcan los trazos: azules, violetas, blancos, ocres… y, como en los versos de Jorge Guillén: “Y el silencio / de tanta duración humana va tan lejos / que el instante / se yergue universal y dorado en la tarde”.