domingo, 17 de mayo de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. ¿Vivió Michael en Álora?

 


                        Santo Cristo de la Salud. (Málaga). José Michael Alfaro. Siglo. XVII


Mayo, 17 domingo


José Michael Alfaro no era italiano. Es un escultor barroco – que probablemente pasó en su formación por Italia, pero fue en Málaga donde realizo un puñado de obras, algunas de gran renombre como es el caso del Cristo de la Salud.

No he encontrado documentos escritos, a modo de mandas, escrituras o documentos de pago en los que se puedan constatar el paso y presencia por Álora a lo largo de la vida del escultor e imaginero aragonés, del siglo XVII. (¿Pudo venir huyendo para refugiarse de la peste bubónica que asoló Málaga en las décadas los años cuarenta de aquel siglo?)

Un testimonio verbal recogido por Pepe Rosas a Mario Palma Burgos, sí lo afirman. Según le transmitió, en una reparación realizada por su padre, Francisco Palma García al patrón de Málaga, el Cristo de la Salud, al levantar el rostrillo de la cara del Cristo, encontró una nota que decía: “Hecho por Micael en Álora. Siglo XVII”.

El padre Andrés Llordén O.S.A. en su extensa obra cita el nombre de otros imagineros qué sí realizaron obras para la parroquia de la Encarnación de Álora y para otras capillas, pero no a José Michael Alfaro como posible imaginero que dejase su huella artística.

Michael indujo a la confusión a muchos investigadores al ‘italianizar’ su nombre compuesto. Se sabe que nació en Alcañiz, provincia de Teruel, en 1595.  Era hijo de Jerónimo Alfaro y Francisca Serrano.  Fue bautizado en el 22 de marzo. Hay oscuridad en su biografía durante unos años.

Con 34 años, en 1629, se traslada a Málaga. Hace imágenes para Colmenar, Antequera, El Borge, Riogordo, Motril, Granada y San Ciriaco y Santa Paula, patronos de la ciudad, para la iglesia los Mártires de Málaga... Trabaja para la sillería del Coro de la Catedral y deja varios apóstoles, bustos de santos y santas y decora las cornisas.

Su obra cumbre es el Cristo de la Salud (1633) que hoy se venera con el mismo nombre en la capilla de la calle Compañía. Junto a la plaza de la Constitució. Existe una calle, barrio de la Victoria, que se conoce como ‘Calle Cristo de la Epidemia”. Va desde Fuente Olletas, al inicio de la carretera del Colmenar al Jardín de los Monos.

Existía entre los escultores una leyenda. Si se realizaba una imagen que el pueblo la ‘consagraba’ como ‘milagrosa’. Al poco tiempo, su autor moría. Efectivamente, falleció como consecuencia de la peste bubónica que había azotado la ciudad desde unos años antes. El pueblo atribuyó la superación de la epidemia a un milagro. La imagen del Cristo apareció en una carreta de manera casual. Michael anunció que su muerte estaba cerca. Tenía 55 años… Lo enterraron en la parroquia de Santiago.







sábado, 16 de mayo de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Sur sagrado






Mayo, 16 sábado

 

En un recoveco de la Sierra de la Demanda, en la Cordillera Ibérica, entre Castilla y La Rioja se encontró el Código Emilianense donde un monje del siglo X escribió las primeras frases que se conservan en idioma castellano. O sea, nuestra habla es hija de Castilla.

En algún lugar del territorio andalusí, más al sur, nació el zéjel en la Edad Media. Es una composición poética con una métrica predeterminada que busca la rima de los versos donde tras varios entresijos expresa la idea. El zéjel entró en la poética castellana. Se fundieron.

Dice el maestro Barbeito que los olivos de Jaén son un ejército en plena formación y presentan armas enhiestas a los viajeros que se adentran por Despeñaperros. Vienen desde las llanuras de lo que antaño se llamó Casilla la Nueva; luego, La Mancha por donde anduvo el loco que quería arreglar el mundo, y ahora la cruzan trenes y vehículos con prisa porque siempre vamos tarde.

Por cierto, alguien sabe el nombre del monje que escribió aquel primer castellano, o el que nos dejó el primer Zéjel. ¿Cómo se llamaba el fenicio que traía en su barco el primer plantón de olivo? A lo mejor, traía el hueso de la aceituna y la sembró. No nos dejaron dicho nada; sus obras si quedaron.

En todo ese conglomerado – vinieron otros y nos aportaron y se mezclaron con los que ya había- y nació un pueblo con sello propio. Tan es así que canta cuando tiene penas, que llora cuando está alegre y donde para “cantar una copla o matar un toro se basta un hombre solo”.

Un poeta andaluz, don Manuel Machado, nos retrató con una precisión asombrosa: “yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron / -soy de la raza mora, vieja amiga del sol-, que todo lo ganaron y lo todo lo perdieron. Tengo el alma de nardo del árabe español”.

Aquel andaluz de entonces nacido en el crisol de la fusión de culturas dejó monumentos (algunos perdidos como Medina Azahara, por ejemplo); otros, en pie. Han sorteado vientos, tempestades, guerras, desencuentros y han permanecido con muchos esfuerzos. Ahí sobreviven la Giralda, la Alhambra, la Mezquita de Córdoba, la Alcazaba de Málaga…

Ahora, cuando un tonto dice una tontería, es decir lo que le es propio se entiende que tenemos que respetar la libertad de expresión. Hay por ahí una mente luminosa que dice que nos quiere levantar del sofá. La respeto, expreso la mía: ¡Qué atrevida es la ignorancia”. Bendito Sur sagrado.

 


viernes, 15 de mayo de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Jacarandas en flor

 




Mayo, 15 viernes


Ha publicado mi amiga Manuela una foto de Sevilla en primavera. El Giraldillo, desde su altura, se asoma a ver la ciudad a la que tiene a sus pies todos los días y todas las noches del año …

Vaya por delante que Sevilla ofrece belleza en cualquier estación del año. A mí me lo parece, y cada vez que, por algún motivo me he acercado a ella nunca me ha defraudado, ni en las personas que me han acogido, ni en el arte encerrado en sus iglesias y museos, ni en las sombras de sus calles, ni en el frío del invierno o el calor de sus veranos. Siempre, siempre han sido generosos en abundancia.

El Giraldillo, en esa foto de jacarandas en flor, se asoma como quien se empina solo lo justo para decir que, siempre, en el corazón de las personas que admiran la belleza – y no esos bodrios, ruptura de paisajes, empeñados en poner feos los cielos de algunas ciudades - estará él para dar acogida a los que vienen de lejos.

 Ahora tengo una duda. ¿Cuál es la flor de Sevilla en primavera?, ¿ la lila del árbol que, por el camino de la mar océana, vino desde tierras lejanas en la América del Sur o el de las rosas de los Reales Alcázares? A lo mejor,  las dos preguntas pueden tener cabida y aceptar que son ambas...

El Giraldillo ve también al ‘pasmo de Triana’. Junto al puente ve pasar los días para engrandecimiento del barrio que fue alfarero y Cava de los Gitanos, y ve el puente cada Viernes Santo cuando el Cachorro agonizante lo hace pequeño, extremadamente pequeño…

A sus pies, Santa Cruz, ya no es ni judería ni barrio de embrujo por el que paseaba don Juan Tenorio (“los muertos que vos matáis gozan de buena salud, don Juan”) y daba en una de las mesas del Laurel para rendir cuentas con don Luis…

 Ahora, (“¡Ay, Barrio de Santa Cruz! ¡Ay, plaza de Doña Elvira…”),  es Leyenda de amores de sueños que pasaron a lo imposible, porque la vida está hecha de imposibles que, a veces, un día cualquiera, se fueron por el revolver de una esquina.

Ve el Giraldillo que el Arenal, ya no es el Arenal, ni por allí se las andan Rinconete y Cortadillo, ni están los pillos sentados en los escalones de la Catedral, ni Cervantes en la cárcel del Rey. Ve, eso sí, la belleza de un río que trajo riquezas. No las supieron aprovechar los hombres, ni el Rey quiso hacer a la ciudad Capital del España. Mientras tanto, cuando ya ha pasado tanto tiempo, él, cada primavera, se asoma tras las copas moradas de los jacarandas…