viernes, 13 de febrero de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La tierra nuestra: Valsequillo

 


Peña de los Ballesteros
 

Febrero, 13 viernes.


Ayer, aprovechando el día soleado (hoy, desabrido, ventoso y con lluvia a ráfagas, imposible) paseaba con un amigo. El campo, agradecido por las recientes lluvias, se muestra pletórico.

Mi amigo, amante de la tierra como yo me dijo, escribe algo de Valsequillo. No es  tierra de literatura fácil. Tiro de archivo y del Diccionario del Paisaje de Alora (2025) saco:

Según Álvaro Galmés su nombre pertenece al grupo étnico-lingüístico de la raíz ‘sik sek’ (corriente de agua). Nace en tierras del Cortijo de Mediano de Abajo, en la vertiente sur del Cerro de la Fiscala.


                Cañada de Valsequillo


Atraviesa tierras arcillosas dedicadas al cultivo de cereal y leguminosas. La cañada solo saca agua en períodos lluviosos, sobre todo en otoño, o cuando lo hace de manera torrencial, dependiendo, exclusivamente de la pluviometría.

En su vertiente derecha está la Peña de los Ballesteros. Debe su nombre a la enorme piedra que sobresale, solitaria, en todo el contorno y muy visible desde la lejanía. El Libro del Repartimiento, este pago, se le asigna a Diego de Vera, y reza “que viene del arroyo el Espinazo del Perro, e de la otra parte otro arroyo que viene de la Peña de los Ballesteros”.


                           Cortijo de Las Caballerías


En su composición geológica aparece una alta aportación de arcillas expansivas que la hacen apropiadas para el cultivo de cereales de verano.  

En la izquierda, tierras del Lomo Frío, el Zarzo, Antonio Gálvez y Cortijo de las Caballerías. Sus tierras, cerealistas, están cruzadas de norte a sur por el Camino Real de Casabermeja. El cortijo debe su nombre a antiguas mediciones de tierra usadas en la época del Repartimiento. En la relación de hacendados de 1804, durante el reinado de Carlos IV, figura que Cristóbal Márquez, uno de los mayores contribuyentes de Álora, domiciliado en la calle de Parra, pagaba 3.389 rs. de vellón, por la siembra de tierras en el cortijo de las Caballerías. Las tierras del cortijo de Zorita, en su margen izquierda, lo despiden antes de tributar en el arroyo Jévar.

Zorita    


Por poniente lo delimita de las tierras de El Chopo el arroyo del Espinazo del Perro que nace en la vertiente norte del Cerro de la Fiscala en tierras cercanas a La Joya y al cortijo de Los Cabritos. En sus orígenes también se le conoce con el nombre de arroyo del Aljibe. Es tributario del arroyo Jévar, después de pasar por tierra de Alhaja Prieta, el Algarrobo, Frenturria, Los Cocos, la Pataleta, la Aguililla y Venta Tendilla. Desemboca frente a la Gavia.




Arroyo Jévar


 




jueves, 12 de febrero de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Un hombre de ayer: tallista y de los buenos

 


 

Febrero, 12 jueves.


Francisco Casermeiro Fernández, - Paco, “el Cantúo” mote heredado de su padre-, era tallista y de los buenos. Aprendiz en el taller de Antonio Salas, en el lugar donde hoy está el Hotel Don Pero. Afable, de trato agradable y conversación amena. Autodidacta, culto y gran entendido en el cante flamenco. Fue presidente de la Peña Flamenca de Alora. Siempre tenía la palabra oportuna, la chispa irónica: “en mi casa, decía, en los años del hambre comíamos a la carta. Quien la sacaba más alta, comía; los demás miraban”.

Tuvo su último taller en calle Atrás, conforme se baja hacia la Plaza Baja de la Despedía, a la derecha. Trabajó en un local relativamente pequeño para la producción que tenía. Siempre que se pasaba por la calle Paco andaba con el manejo oportuno y precio de gubias, buriles, formones… con los que sabía sacarle a la madera las entrañas de su esencia para convertirla en obra de arte.

Su buen gusto para trabajar la madera era proverbial. El exceso de trabajo hacía que las entregas se demorasen en el tiempo hasta el punto de acumular retraso de años, pero la espera siempre merecía la pena y sorprendía al cliente satisfecho con la obra que le entregaba.

Muy minucioso en su trabajo, lo que le hacía acumular aún más retraso. Piezas excepcionales del ajuar doméstico eran el adorno de muchas casas: arcas primorosas, repisas, cornucopias, mesas con un labrado exquisito.

Paco, también emprendió obras de más envergadura. La primera de ellas, fue un trono para Jesús Orando en el Huerto, en 1956. Era hermano de esta cofradía de artesanos y durante muchos años fue una joya de las que se procesionaban en la Semana Santa de Alora. Cuando realizó la obra, en los años cincuenta del siglo pasado, no se tenían en consideración algunos aspectos por que resultó un trono excesivamente pesado que hizo a la Junta de Gobierno de la Cofradía buscar uno más ‘aliviado’.

Realizó un trono para la patrona de Calaña y en colaboración con Francisco Ruiz Martínez unas andas para la Virgen de Flores. Paco, nunca superó la temprana muerte de su hija Mercedes, la tragedia de su vida.  Su obra última, cuando estaba en un momento esplendido de madurez, que no llegó a terminar -murió en agosto de 1993- fue el trono de la Piedad.

 

 

 

miércoles, 11 de febrero de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Don Camilo

 


Febrero, 11 miércoles


Hurgo entre los libros que llevan mucho tiempo en el anaquel. Me encuentro con Don Camilo, de Giovanni Guareschi. Dicho así, no deja de ser un libro como cualquier otro. Vivimos días de crispación y desencuentro. Pienso que, hoy, vendría bien algo de humor.  

Este Don Camilo, es una edición de 1968. Tiene pastas gruesas, de calidad, un papel decentemente aceptable, y una letra ahora, por mor de la merma de vista, sería motivo para no adquirirlo o sea, la letra es pequeña.

Me ha dado satisfacción encontrarme con un ‘viejo’ conocido. En aquel tiempo me hizo reír mucho. Cuando Don Camilo vino a mis manos, yo era un muchacho. Ha pasado el tiempo. Todo es diferente, pero la lozanía de los personajes hace que aflore, otra vez, la sonrisa.

Transcurre entre la llanura del Po - el único río decente, en palabras de Guareschi, de Italia - y los Apeninos. Dice casi al comienzo de su obra que allí “el cielo es a menudo de un hermoso color azul, como por doquiera en Italia, salvo en la estación menos buena, en la que se levantan espesísimas nieblas”.

Los protagonistas: son el Cristo del altar, Don Camilo y Pepone. Don Camilo es el cura del pueblo, orondo y robusto. No tiene pelos en la lengua y,  a pesar de sus años, a veces, es ingenuo como un niño; Pepone, el alcalde, alterna su faenas en el taller de automóviles con la militancia política en el Partido Comunista.

Pepone se acompaña de su “cuadrilla”; Don Camilo, del Cristo del altar. Lo frena, le reprende, le aconseja, le marca muchos caminos. Cada vez que don Camilo hace alguna fechoría a Pepone procura evitar al Cristo. Pasa rápido camino de la sacristía…

- Don Camilo, le dice el Cristo, llevas mucha prisa hoy no será que…

- Veras, responde don Camilo, es que me ha montado un mitin en la plaza durante la misa…

- Y tú, has cerrado la puerta del campanario por dentro para que no puedan subir y has llevado a cabo un repique de campanas…

- Señor, es que si…

- Si don Camilo, como si yo no lo supiese todo.

 Pepone se ve, en ocasiones, en el dilema de hacer caso a las directrices del partido o de seguir el sentido común. La obra, deliciosa, deja palpable que, a pesar de las ideologías, la amistad siempre está entre ambos.

Tiene Don Camilo parte de autobiografía, de Guarechi. Vivió enfrentado al Partido Comunista y fue encarcelado por la Democracia Cristiana a la que apoyó. Humorista, hombre de finísimo humor, murió con sesenta años de un ataque al corazón.