DESDE EL LUGAR
Lectores de José Morales García
viernes, 15 de mayo de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Jacarandas en flor
Mayo, 15 viernes
Ha
publicado mi amiga Manuela una foto de Sevilla en primavera. El Giraldillo,
desde su altura, se asoma a ver la ciudad a la que tiene a sus pies todos los
días y todas las noches del año …
Vaya
por delante que Sevilla ofrece belleza en cualquier estación del año. A mí me
lo parece, y cada vez que, por algún motivo me he acercado a ella nunca me ha
defraudado, ni en las personas que me han acogido, ni en el arte encerrado en
sus iglesias y museos, ni en las sombras
de sus calles, ni en el frío del invierno o el calor de sus veranos. Siempre,
siempre han sido generosos en abundancia.
El
Giraldillo, en esa foto de jacarandas en flor, se asoma como quien se empina
solo lo justo para decir que, siempre, en el corazón de las personas que
admiran la belleza – y no esos bodrios, ruptura de paisajes, empeñados en poner
feos los cielos de algunas ciudades - estará él para dar acogida a los que
vienen de lejos.
Ahora tengo una duda. ¿Cuál es la flor de
Sevilla en primavera?, ¿ la lila del árbol que, por el camino de la mar océana, vino
desde tierras lejanas en la América del Sur o el de las rosas de los Reales
Alcázares? A lo mejor, las dos preguntas
pueden tener cabida y aceptar que son ambas...
El
Giraldillo ve también al ‘pasmo de Triana’. Junto al puente ve pasar los
días para engrandecimiento del barrio que fue alfarero y Cava de los Gitanos, y
ve el puente cada Viernes Santo cuando el Cachorro agonizante lo hace pequeño, extremadamente pequeño…
A sus
pies, Santa Cruz, ya no es ni judería ni barrio de embrujo por el que paseaba
don Juan Tenorio (“los muertos que vos matáis gozan de buena salud, don Juan”)
y daba en una de las mesas del Laurel para rendir cuentas con don Luis…
Ahora, (“¡Ay, Barrio de Santa Cruz! ¡Ay, plaza
de Doña Elvira…”), es Leyenda de amores
de sueños que pasaron a lo imposible, porque la vida está hecha de imposibles
que, a veces, un día cualquiera, se fueron por el revolver de una esquina.
Ve el
Giraldillo que el Arenal, ya no es el Arenal, ni por allí se las andan
Rinconete y Cortadillo, ni están los pillos sentados en los escalones de la
Catedral, ni Cervantes en la cárcel del Rey. Ve, eso sí, la belleza de un río
que trajo riquezas. No las supieron aprovechar los hombres, ni el Rey quiso
hacer a la ciudad Capital del España. Mientras tanto, cuando ya ha pasado tanto
tiempo, él, cada primavera, se asoma tras las copas moradas de los jacarandas…
jueves, 14 de mayo de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Jardín de la Concepción
Mayo, 14
jueves.
Conforme
se enfila la autovía de las Pedrizas, a la salida de Málaga, hacia el interior,
al poco de pasar el nudo de carreteras que desvía el tráfico para la ciudad o
para la costa, en sus dos versiones, ahí está el jardín que va caballo entre la
belleza y el ensueño.
¿Qué por
qué está ahí? Como todo en la vida tuvo un principio. Junto al Camino de
Casabermeja, vivía en el siglo XIX Manuel Agustín Heredia; los terrenos de
enfrente estaban vacíos. Se los regaló a su hija, Amalia Heredia Livermore,
casada con Jorge Loring Oyarzábal. En 1855 comenzaron a formar el más bello
jardín de Málaga. Los expertos dicen que también de Europa...
Cantidad
de especies vegetales traídas por los capitanes de los barcos de la flota de
Heredia que venían de América, de Asia y África, conocedores de la afición a
las plantas de las propietarias, su madre Isabel Livermore y ella, les obsequiaban
con plantas y semillas como regalos especiales y únicos.
En la
finca de enfrente, en la que hoy conocemos como San José vivían sus padres.
Allí estaba la nodriza que surtía de belleza a los dos jardines. Posteriormente
lo hizo con otros de la capital y sus aledaños. La muestra más notoria el
parque de Málaga al que muchos aficionados lo llaman, Jardín Botánico…
El
catálogo de plantas tiene censadas más de cinco mil quinientas especies
(tampoco es cuestión de contarlas); más de cien de palmeras, glicinias
trepadoras, dragos, ficus, magnolios, bambúes, coníferas, plantas medicinales….
El
jardín tiene la belleza propia de las cuatro estaciones del año. En primavera
es la eclosión de la vida. Cientos de pajarillos anidan en su frondosidad.
Rodeado de silencio y embrujo, mientras se pasea por sus caminos es algo de
ensueño.
El
otoño pone la sinfonía de oro viejo en las hojas de los plátanos orientales. Las
bambolea el viento, caen despacio, sin prisa; alfombra el suelo de la manera
como solo lo saben hacen estos árboles y desnudos reciben el invierno que les
llega poco a poco…
Las
cascadas de agua y los estanques dan frescor en verano. El senador cubierto de
glicinias pone un punto diferenciador. Se sabe que allí, bajo ellas, se
escribieron páginas de la Historia Económica y Política de España. La
temperatura interior por todo el jardín pone una nota diferenciadora. Propicia
una acogida placentera y uno deja pasar el tiempo sin prisa, solo con ese
sentir interior que le hace saber que está en un lugar especial creado por el
hombre, el único ser de la Creación “a semejanza de Dios”.
- Pepe ¿Cómo
está aquí, me dice Santiago, este paraíso?
- Ya
ves, cosas que pasan…
miércoles, 13 de mayo de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Aquel tiempo
Málaga. Puente de Tetuán. Años 50 del siglo XX
Mayo, 13 miércoles
Calle Cuarteles era el cordón umbilical desde Puente de Tetuán (no era el de la flor de la canela, pero como si lo fuera, porque Málaga es la única ciudad española hermanada con Lima) a la Estación. Acercaba el centro a algo tan periférico como el Bulto. De la estación hacia poniente, arrancaba calle Ayala y algo que comenzaba alargarse, de manera indefinida, y que dieron en llamar, entonces, carretera de Cádiz.
Por calle Cuarteles subían los carros, de cuatro ruedas neumáticas, tirados por caballos percherones. Emitían sonidos metálicos, acompasados y repetitivos. Llevaban trote cochinero. Un hombre los azuzaba desde lo alto del pescante. El hombre tenía un látigo de cuero largo, pendía del extremo de un palo delgado y flexible. Lo hacía crujir con gran maestría. Decían que las gomas no dañaban la calzada, pero las calles estaban llenas de baches y acarreaban las mercancías, desde la estación, a los almacenes de coloniales de Jacinto Pariente, Guerrero de las Peñas o Adolfo Marineto.
Lo
primero que veíamos los niños de los pueblos cuando bajábamos del mixto, que
venía de Ronda y Antequera, antes de unirse, en un solo tren, en Bobadilla, era
el asilo de San Manuel: lo atendían las Hermanitas de los Pobres. Hacía esquina
con la calle por la que se iba el tranvía de Huelin.
Asilo, Hermanita de los Pobres. Calle Cuarteles. Málaga años 50
Una vez, mi madre nos llevó, en el tranvía, a
casa de mi tía María, que no era mi tía, pero que yo la quería como si lo fuera
porque “niño –me contó mi madre un día- tita María fue la primera mujer que a
ti te cogió en brazos y a mí me llevaba, todos los días, un caldito del puchero
al hospital”.
Cuartel de Aviación, ‘Gurripatos”, en calle Cuarteles. Málaga, años 50 del siglo XX
Un poco más arriba, en la misma acera, del asilo estaba el cuartel de los “Gurripatos”; y en frente, Casa Catalina, la mejor freiduría de pescado de la calle, que era como decir, de Málaga. Cuando regresábamos, por la tarde, al pueblo, mi madre compraba cartuchos de aquella fritura que nos comíamos en el tren y que estaba sabrosísima.
A mí el
tren me parecía diferente al de la mañana. Al niño de entonces le desorientaba
entrar a la estación por una puerta y salir por otra. Sólo una cosa no había
cambiado: eran los mismos asientos de madera, corridos y duros, muy duros. Y el
tren enfilaba hacia tierra adentro entre humo y carbonilla que se entraba, a
modo de motas, por los ojos. Málaga se quedaba lejos, muy lejos…