DESDE EL LUGAR
Lectores de José Morales García
martes, 28 de abril de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora.
...Y CON LA MUERTE EN LOS PITONES
Ha terminado la feria de Sevilla. ¿No lo sabían? Bueno algo de eso han dicho periódicos, televisiones y emisoras de radios, pero no iba yo por ahí. No. Iba por la otra feria, por la de verdad, por esa que abre la puerta única en una plaza excepcional. Se llama Real Maestranza de Caballería, la plaza; la puerta, la del Príncipe. Es la puerta de la gloria, pero como la gloria es tan efímera dura lo que tardan en llegar al Hotel Colón que no está muy lejos de allí.
Zahariche se asienta en una loma entre Palma del Río y La Campana. De allí han venido los que han echado el cerrojo en la última corrida. En Zahariche pastan los toros de Miura, portadores, quizá, de la leyenda y de los genes de aquellos otros toros míticos que, cuando la historia no tenía nombre, pastaban, aguas abajo, en la marisma de Tartessos. Dicen que son los únicos toros que aprenden desde el primer capotazo.
Del campo charro, no lejos de Ciudad Rodrigo, de la ganadería de los Hermanos García Jiménez, llegó un embarque. Uno, en la tablilla decía que de nombre ‘Clandestino’, ha dado un disgusto grande al maestro Morante. Sí, José Antonio, de apellido Morante y es de la Puebla, la que ve como ya no vienen los barcos de vela camino a Sevilla. Ahora vienen otros. ¡Dios qué barcos!
De Guadalix de la Sierra, de la ganadería de Ricardo del Río González, en la Sierra de Madrid, el que estuvo a punto de llevarse a ese lugar por donde pastan no los toros, sino las nubes, a Andrés Roca Rey. Ese muchacho que cambió su tierra peruana para hacerse torero en Sevilla.
El ganadero-poeta arruinado, Fernando Villalón, en su búsqueda de míticos toros de ojos verdes, los alimentaba con margaritas del Guadalquivir; con espigas de media primavera crecidas con ‘lluvias de abril y sol de mayo’, que diría don Antonio Machado, en la Campiña de brisas ábregas y solanos de levante para que crezcan jaramagos y amapolas.
Ahora el río sigue su curso desde Cazorla a Sanlúcar; dentro
de unos días otro río, el Guadiamar, le lavará con su agua a algunos peregrinos,
‘otro’ pecado original, en el Vado del Quema. Son los que van por primera ver a
la Blanca Paloma en las marismas… Eso, yo lo viví un año con su noche y es otra
cosa. He ido más veces, pero nunca como aquella vez y en esa fecha. En fin, la
mañana del Lunes de Pentecostés está ahí casi al alcance de la mano. Dicen que
seguirá llorando la margarita por ser romero…
lunes, 27 de abril de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. ... Y la gracia de tus manos
Abril, 27 lunes
Popularizó
Carlos Cano una canción preciosa. Era un rosario de sensaciones, de sabores, de
olores, de asombros. Él la tituló Alacena de las monjas. Ya se sabe, el
arte de los conventos no solo está en los rezos – porque las monjas le hablan a
Dios de tu- sino en casi todo lo que ellas tocan. Pero el Arte (ahora con
mayúsculas) no se queda ahí.
Hay
quien opina que arte es la música, la pintura, la arquitectura… A lo mejor,
alguien con más generosidad lo extiende a otros campos y, a veces, la vida nos
sorprendo con algo que quizá casi nunca se repara en ello. Me refiero al ‘punto
de cruz”.
El arte
de cruz, dice, en su programa de mano, Toñi Díaz Blanco que ha colgado treinta
y ocho obras en la Casa de la Cultura de Fuengirola “Manuel Delgado Perea”, del
9 al 30 de abril de 2026, es una forma popular de bordado en la que usan
puntadas, en una combinación precisa, oportuna y milimétrica de hilos, sobre tejidos de trama uniforme. Eso es verdad.
Pero
eso no es todo. Esta mujer a la que he preguntado (a los amigos se les puede
preguntar y a mi me honra con su amistad) cuándo sintió la llamada de expresar
lo que lleva dentro, de exteriorizar esta riqueza, de sacarla a la luz y no me
lo ha contestado, no porque no haya querido, no, en absoluto. Sencillamente no
me lo ha contestado porque el sentimiento, el pellizco de arte, el hálito que
sale de su alma, nació con ella.
Toñi es
una mujer de tierra adentro – nació en Álora – y ha combinado esa sutil esencia
que solo tienen las personas privilegiadas, con las brisas saladas que suben
del mar, en su tierra de adopción, en Fuengirola. La Sierra de Mijas, las
retiene y ella las lleva a los lienzos, combina los hilos, juega con ellos,
como las golondrinas juegan con las corrientes de aire y hace que uno, cuando
sale de la exposición, le pregunte a quienes le acompañan: ¿no os ha asaltado
una voz sin eco, una sensación de admiración que reprime el resuello ante tanta
belleza, ante algo tan sublime?
Me
quedo sin espacio. Toñi ha puesto en punto de Cruz al Grego, en el Entierro
del conde Orgaz (que no era conde, sino señor del pueblo toledano), a
Velázquez en La Rendición de Breda, las Meninas, las Hilanderas. A
pintores franceses, belgas…
Ah, por
cierto, los cuadros son de su colección privada; no están en venta.
Toñi Díaz Blanco, en plena faena de
creación
domingo, 26 de abril de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Y, al norte el mar Cantábrico
La Escuela de los años cincuenta del siglo XX
Abril, 26 domingo.
España
era para el niño un mapa de hule descascarillado y viejo. Brillaba - el mapa -
por algunos sitios; en otros, tenía perdido el color. Con un puntero de madera
largo – como los palos de billar que usaban, los hombres para jugar en el
casino al que llamaban Círculo Cultural – se señalaban los accidentes
geográficos.
El niño
sabía porque lo cantaban, todas las tardes, en la escuela, que España limitaba
“al norte con el mar Cantábrico y los Montes Pirineos que nos separan de Francia”.
El niño nunca había visto el mar y ni, por supuesto, tenía idea de dónde podía
estar Francia.
No
comprendía por qué si la Islas Canarias eran unas islas tenían que encerrarlas
con una línea quebrada y no la dejaban libres, sin marca, sin ninguna marca,
como estaban las Islas Baleares que también eran otras islas.
El niño
no entendía muchas cosas. No comprendía por qué la Guardia Civil cuando
llevaban a alguna persona detenida la paseaba, esposada y humillada, por la Fuentarriba - que era la plaza principal
de su pueblo - ante los ojos de todos los que miraban y no lo hacían de una
manera más discreta.
También
se preguntaba por qué había entierros de varias ‘categorías’ y que según
pagaban los dolientes, les hacía uno o dos o más responsos, con canturreos
gregorianos, parando la comitiva fúnebre en la calle…y, por qué, otras veces,
delante de la caja no iba el cura, pero esos entierros no hacían paradas en la
calle.
Otras
veces, venían por las casas algunas personas mayores, pidiendo para enterrar a
alguien “de caridad”. Los entierros siempre le impresionaban mucho al niño
porque cuando la ‘parroquia’ se acercaba a la casa del muerto desde dentro
salían muchos llantos y gritos de las mujeres; los hombres, casi siempre, iban
detrás, en silencio.
El niño
se hacía mayor. Cambió el pantalón corto por uno largo; de jugar en la calle
pasó a jugar en el Llanillo y se moceaba por la Cancula. Luego anduvo los caminos
que le marcó la vida. El niño comprendió algunas cosas; otras, no. ¡Cosas que
pasan!