DESDE EL LUGAR
Lectores de José Morales García
lunes, 24 de agosto de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Quevedo y San Marcos de León
Agosto, 24 lunes
Quevedo
llegó a León un atardecer, muy frío de diciembre. Lo habían detenido la noche
del día 6. A la mañana siguiente, salieron de Madrid con dirección a León.
Tenía sesenta y un años.
La
noche anterior se encontraba durmiendo al calor de los braseros, lo propio de
diciembre, y en Madrid, en el palacio del duque de Medinaceli, inmueble
alquilado al duque de Alba. Varios alguaciles de corte irrumpieron en la casa y
lo sacaron para llevarlo detenido al convento de San Marcos. Era 1639.
Fue
conducido durante cuarenta y cinco leguas, “a pelo, sin ropas y sin dinero”. A
la llegada lo metieron en un aposento muy frío.
Todo
venía por venganza del Conde Duque. Hay también quien opina, que el Duque del
Infantado lo acusó de espionaje a favor de los franceses, y por oponerse al
nombramiento de santa Teresa como patrona de España.
Durante
el trayecto preguntó del “por qué a León”. Obtuvo como respuesta de alejarlo lo
más lejos posible de Madrid. Fue encerrado en una celda de la Orden Militar de
Santiago, a la que pertenecía el convento.
Quevedo
había escrito un Memorial al Rey, escondido bajo una servilleta donde le daba
cuentas de lo que ocurría en España… No se lo perdonaron. También había
criticado al rey, ante las grades fiestas que daba en palacio por lo aguerrido
de las tropas españolas que previamente habían sido derrotadas. Escribió: “es
tan grande como los hoyos, mayor cuanta más tierra le quitan”.
Después,
lo trasladaron, desde la primera celda, a un sótano pequeño, poco ventilado, casi
sin luz y húmedo por la cercanía del río Bernesga. El frío, casi insoportable.
Lo
excarcelan, después de casi cuatro años, enfermo y envejecido, en el verano de
1643 tras la caída del Conde Duque de Olivares y escribe. “… yo he pasado
muchas veces los Alpes y los Pirineos y no he padecido de tan profunda
destemplanza de frío como en este lugar”. Dos años vivió después y también
fue muy gráfico: “me duele el habla y me pesa la sombra”.
Después
de un año en Madrid “aprendiendo a andar”, dice, arregló asuntos y se
marchó a La Torre de Juan Abad, en Villanueva de los Infantes, donde falleció
un año después…
Su
obra es la propia de uno de los grandes; su vida, desvergonzada, a veces; moralista,
otras, un reflejo de como España trata a sus grandes, con el olvido. (Hace unos
días, en una librería ‘de viejo’ en Madrid, en la calle Arenal, junto a la
iglesia de San Ginés, sobre la mesa Mi idolatrado hijo Sisi de Delibes,
lo vendían, por ¡1 euro!; de otro, sé que se ha vendido su obra ¡al peso!)
España nuestra…
domingo, 23 de agosto de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La Virgen de Flores vetebra el reencuentro de Álora y Encinasola
Foto. José Carlos Torres
Agosto
23, domingo
Los
pueblos de Encinasola y Álora, lejanos en la distancia; muy cercanos en el
afecto, han vivido un fin de semana pletórico de actos reforzando, aún más si
es posible, los lazos de afecto y hermanamiento entre ambos.
Un
numeroso grupo de “marochos” se desplazaron a Álora. Arroparon a Juan Carlos
Luna, pregonero del la Virgen de Flores, “perota”, devoción donada por los
hijos de allí cuando en 1484 acompañaron a las tropas de los Reyes Católicos en
la Guerra contra el reino nazarí.
La
imagen, según tradición oral, fue donada por la Reina Isabel en los Reales
Alcázares de Sevilla en 1502 y, desde entonces está entronizada en el Santuario
de Flores. Un mosaico, obra de María Rengel inaugurado en la explanada del
convento – otro idéntico – está en Encinasola, rememora el momento.
Un
pitero, con tamboril y flauta dulce, abrió la comitiva a la entrada de la
Encarnación cuando llegó la comitiva compuesta por los alcaldes de Álora,
Francisco Martínez y la Alcaldesa de Encinasola Dolores Benjumea; párrocos de
Alora, Felipe G. Gallego y Diego Pérez de Encinasola que concelebraron la Eucaristía; hermanos
mayores de Álora y Encinasola.
El
pregonero, habló con voz quebrada, a veces, y con el corazón. Emotivo, con pespuntes históricos,
descriptivo del paisaje, que “desde la Flores de la Ribera venía al pie del Guadalhorce.
Derramó
el cariño de quien quiere mucho a su Virgen de Flores desde pequeño inculcado
por sus padres, también, presentes en el acto en la parroquia de la
Encarnación. Intervino una pareja de la comitiva y la Panda de Verdiales, "el
Capitán".
A
la mañana siguiente, la Virgen de Flores de Álora fue bajada desde su Santuario
al pueblo. Apuntaba el sol por los Lagares. Palabras de Felipe G. Gallego,
párroco de Álora que se despide de su misión pastoral y marcha a Roma a
completar estudios. Descorrió la cortina de inauguración.
El
maestro Barbeito nos dona, sin él saberlo, el cuadro más hermoso para acompañar
a la Virgen: “El amanecer de agosto no es verano; es un regalo, un
auxilio; ese frescor de la mañana temprano es paño de Verónica en la cara
quemada del verano que viene de atravesar hogueras invisibles desde que mayo se
quiso hacer canícula y restrellaba látigos canallas con rabizas de fuego”.
Comitiva
en marcha. Celebración eucarística de despedida; recuerdos preceptivos. Mucha
emoción contenida, comidas de fraternidad y votos para continuar con los
encuentros.
Ahora,
cuando los viajeros retornan e irán cruzando los campos de esta Andalucía
nuestra, y la tarde se nos va, cabe agregar, que uno echó en falta a personas a
las que quiere y que, por imponderables, en esta ocasión, estuvieron presentes…
en el recuerdo.
sábado, 22 de agosto de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Llanto sobre llanto
Agosto,
22 sábado
Atraviesa
la agricultura española momentos duros en los costes de producción, en la
competencia con otros países y bajo el peso yugo de la propia administración española.
Cuando
entramos en la Comunidad Europea llegó un aire fresco al campo. Duró poco,
primero afectó a la ganadería, luego a la propia estabilidad del agricultor. Se
empezó a “pagar por no producir”. Eso es de locos. Media humidad pasa hambre y
los países ricos pagan para que se abandone los cultivos.
El
mal del campo por una u otra causa viene de largo. En 1795 Gaspar Melchor de
Jovellanos, (al que por cierto tuvieron preso en el castillo de Bellver en
Palma de Mallorca) uno de los españoles con vergüenza, intentó una reforma agraria y en su Memoria al informe lo deja claro.
En
la época romana durante doscientos años, que pudo ser un período de progreso,
no lo fue. Los males vinieron de continuas y sangrientas guerras. En la paz de
Augusto “no pudo gozar el cultivo en España ni de estabilidad ni de gran
progreso”. Empleo de esclavos en su dirección y cultivo, abandono, ignorancia….
Después
de aquel tiempo, la cosa de mal en peor. Vicios, desalientos. Cuanto más fértil
más “vexada que otras por tasas, exacciones a trigos y levas de gentes que los
Pretores hacían para completar ejércitos y abastecer a la capital".
Con
los visigodos, de mal en peor. No eran agricultores y sí ganaderos herederos
del clima del que venían. Abandonaban el campo. “Tan floxos estos bárbaros y
tan perezosos como diligentes en la
guerra". Anteponían la cría de ganados.
Hasta
la conquista de Toledo la agricultura era de la España septentrional. Las
llanuras de León y Castilla se veían amenazadas por las razias sarracenas.
Incendios de campos, destrucción. Se tenían que refugiar en los castillos; el
campo durante meses, abandonado.
Las
grandes conquistas del Valle de Guadalquivir se vieron ensombrecidas en guerras
internas de unos contra otros, vergonzosas divisiones, privanzas y tutorías…
¿Cuál pudo ser la suerte de la agricultura hasta finales del siglo XV?
La
toma del reino nazarí y las conquistas de América; expulsión de los moriscos,
despoblamiento de gente que iban de un sitio para llenar otras tierras… todos
eso llevó a cabo a una situación de pobreza extrema. Al campo le atacaban las
guerras, la nobleza a veces, era una de las manos de los gobernantes, la
iglesia… Todo llevaba al desaliento. Ah,
la reforma, como casi todas las emprendidas no prosperó, no por deficiencia en
ella sino por los de siempre. Ustedes me entienden.