DESDE EL LUGAR
Lectores de José Morales García
miércoles, 20 de mayo de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Caminos que llevan a Málaga
Río Guadalhorce por Álora
Mayo, 20 miércoles
El escritor andalusí al-Saqundi, decía, en el siglo
XIII que dos ríos llevaban, desde el alfoz de la ciudad, hasta Málaga en la
orilla del mar azul. Es el mismo mar de Ulises, el que baña las costas de
África, allá en la lejanía o las de este lado, en el sur de Europa. Eso no lo
decían los escritores de aquel tiempo, pero se lo digo yo.
El Guadalhorce viene de lejos. Nace en puerto de los Alazores; el
Guadalmedina, en los límites del Campo de Cámara. No se han puesto aún de
acuerdo en el significado del ‘horce’ del primero; lo de
‘guadal’ sí queda claro. Hay quien lo llama río del trigo; otros, río de aguas
cristalinas; otros, río de ‘encuentros’. Si les digo la verdad, no sé con cual
quedarme.
¿Trigo? Es verdad que lo había en la vega de Antequera por donde pasa el
río desde Archidona hasta Bobadilla, donde da un giro inesperado y el río que
iban hacia el Atlántico dice que no y se viene al Mediterráneo. No es fácil ni
el camino ni la fractura del murallón de caliza que tiene que atravesar para
dejar unos de los lugares más bellos y sobrecogedores que uno puede encontrarse
en su andar por esos mundos de Dios.
¿Aguas cristalinas? No sé qué decirles. Sus aguas son claras excepto cuando
las crecidas de otoño con los arrastres se vuelven turbias y feas, muy feas; el
estiaje – o sea, el agua que lleva el río en verano, es muy grande por lo que
hay zonas donde incluso aparece seco.
En cuanto a río de ‘encuentros’… Hay que rizar mucho el rizo. Es el río más
importante de la Cuenca Mediterránea, es verdad, pero solo recibe a Río Grande
que viene de la Sierra de las Nieves en el Parque Nacional, en Yunquera y el
Campanillas, por la izquierda que no es un río que rompa moldes…
El Guadalmedina es el río de la Ciudad. Viene de lejos pero su caudal es
muy pobre. No tiene afluentes que lo engrosen a lo largo del recorrido. Sus
crecidas, sobre todo en otoño, eran temidas.
El pantano del Agujero, ya casi en las mismas puertas de Málaga, sirvió de
regulador. Solo permitía el paso del agua con una oquedad, en su muro, que río
podía admitir en su cauce desde Ciudad Jardín hasta la playa. Se terminó el
toque de campanas de la catedral y de las iglesias en las madrugadas como aviso
a los vecinos.
Años después el pantano del Limonero ha servido de fuerte contenedor…
Caminos desde el interior hacia la Ciudad, Ciudad del Paraíso la llamó
Aleixandre… ¿Por qué será?
martes, 19 de mayo de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Ibn Gabirol, "el Malagueño"
Mayo, 19 martes.
Ibn Gabirol, “el malagueño” o Avicebrón, (latinizado) tiene una estatua en la linde de la judería de Málaga. La que se asoma a calle Alcazabilla, en las traseras del museo Picasso, frente al teatro romano. Un monumento discreto, casi como su recuerdo. Exalta a una de las figuras más importantes: poeta y filósofo andalusí que nuestra tierra aportó, allá, por el 1021.
Su familia procedía de Córdoba, de ahí también, el otro gentilicio de “cordobés” con el que se le conoció. Vivió en Málaga. Después de la muerte de su madre, marcha a Zaragoza. Se educa bajo la protección del mecenas Yekutiel Ben Isaac, visir judío del rey Munir II de la taifa.
Vida azarosa; años después lo llevan Granada, Lucena y Valencia donde murió. Pero no es el caso. Los hombres perviven por sus obras, aunque parte de lo que estas tierras le aportaron, quedó reflejado en su poesía.
Málaga, como a casi otros tantos, lo ha ignorado mucho tiempo. Todo va muy deprisa. Lo descubrí a través de las publicaciones de Rafael León Portillo. Su poesía, desconocida: “Fíjate en el sol del ocaso rojo, / como revestido de un velo de púrpura (Hablaba del atardecer de Málaga). El resto de su obra, también. Sus proverbios y máximas se citan bajo su nombre latinizado, de Avicebrón: “La paciencia cosecha la paz; la prisa, la pierde”.
Casi desparecida la Judería (como desaparecieron la Trinidad y el Perchel), y casi reinventada, años después, cuando los intereses comerciales lo creyeron necesario. “¿A dónde fueron tus barrios?”, se preguntaba la copla, pero esos son otros cantares.
En un pequeño jardín, oasis de verdor y encanto, frente a reminicencias del pasado. Un cubo de cristal permite, en medio de la calle, a los viandantes observar fragmentos de murallas de otros tiempos; un poco más allá, el recuerdo de Roma. Alegorías en mármol, de Adrián Risueño, habla del paso de las estaciones. Monte arriba trepan la alcazaba y Gibralfaro. En un palmo de terreno herencia de las culturas romana, árabe y judía. Málaga, crisol de culturas. Ciudad abierta, desde siempre.
La cercanía del Museo Picasso, el embrujo del Pimpi, surgido como recuerdo de lo antiguo, mezcla de esencia vieja, vino y estética. Parada, casi imprescindible para los buscadores de algo de tipismo, aunque sea artificial.
Hoy,
ante la mirada curiosa de algunos transeúntes, su estatua sin pedestal, en
bronce, obra del escultor americano afincado en Málaga, Hamilton Rees Armstrong
en 1969, ve como pasa la gente y el tiempo. Inclina la cabeza de mirada
discreta hacia la tierra. En su mano izquierda sostiene un pergamino enrollado;
su diestra, abierta, parece que quiere asirse a otras manos para seguir camino
por una Málaga que fue y ya no es.
lunes, 18 de mayo de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora: Almoradux de hogaño
Mayo, 18 lunes
¡Qué bonito, qué bonito! Cuando subíamos, esta mañana, a las Mesas de
Villaverde, además del tomillo - que rebrota al abrigo de la primavera - ya
estaba el romero en flor y apuntaba el almoradux. La mano de Dios lo ha
sembrado a voleo y capricho...
De lejos, el río, se iba escondido entre las huertas. Buscaba la mar
soñada, anhelada, deseada, como se desea a la amante la noche de luna que rompe
abril, como se desea que se cumplan los imposibles… Ya se sabe. “El Dorado
siempre está un poco más allá de donde nosotros podemos llegar”.
Detrás de los montes aquellos que dicen de Málaga y, entre la bruma,
está la mar. No sé ve. Sabemos que está, que es azul y de olas plateadas.
Llegan, dejan besos de amor en el rebalaje y se van. Esa mar, también, es mar
de silencio y tumba. Hombres que huyen del hambre y la miseria y creen, otra
vez… El dorado... ¡Ya sabes!
Por aquellos montes, de enfrente, en caliza pura, se quiebran los
vientos fríos. Vienen del norte. Abajo, en el valle, se asienta antes que en
otros sitios la primavera. Están de antojo los almendros hardaleños; de
provocación, los ciruelos. Orgía de abejas en tropel ¿Quién llegará primero?
¿Has visto? Ya huele el aire a cebadas maduras.
Por los cerros de Bombíchar trepan olivos centenarios. Retorcidos.
Apuntan a trama nueva. Dentro de unos meses serán aceitunas y por San Juan…,
no, aún no estarán llenas de aceite que es vida, que es ungüento y bálsamo;
perfume y sueño de molino y compañía a la hogaza de pan…Bendita aceituna nueva.
Por allí… Teba y la campiña y Campillos y la laguna y Los Mapaganes y
las sierras del Sur de Sevilla. Ahí, entre los pinos, ruinas en piedra.
Matagallos, sabinas y mastrantos; salivitas del Señor, piñas en las ramas y en
suelo. Se han subido los espárragos. Mil años de historia. Sueños de hombres a
los que les vino chico su tiempo y, nosotros, en la cumbre, veroniqueando con
el viento; es un lugar para desgranar versos. ¡Qué suerte, qué suerte!