DESDE EL LUGAR
Lectores de José Morales García
sábado, 21 de febrero de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestros árboles de niños
Febrero,
21 sábado
Dicen
los botánicos, que son los que saben de estas cosas, que el Almez (Celis
australis) es un árbol que prefiere los suelos frescos y pedregosos. Su
fruto es un drupa negra, maciza y consistente y, además, comestible. Pierde la
hoja en otoño para reverdecer, de nuevo, tras pasar el invierno, cuando llega
la primavera.
Es un
árbol típicamente mediterráneo y sin embargo gracias a los pájaros que han transportado
sus semillas se encuentras ejemplares en puntos tan lejano y distantes del Mare
Nostrum como puede ser el Océano Pacífico.
Para
nosotros, los niños que cuando salíamos de la escuela en la calle se encontraba
eso que ahora se llama ocio y para nosotros juego, era un árbol ‘muy apropósito
para nuestras posibles fechorías’. Le cambiábamos el nombre y de almez pasaba a
llamarse almencino. Crecía en los bordes de la vía del tren, cerca de
las atarjeas de riego que esparcían el agua por las huertas, en algunos roquedos
calizos y porosos por debajo de convento de Flores, en El Quebraero…
No
necesita grandes cuidados y desarrolla muchísimo hasta el punto de alcanzar
alturas muy considerables. Es algunos pueblos de la provincia de Burgos no
lejos del río Ebro, lo utilizan como un árbol de sombra comunitaria donde
acudían los vecinos en sus horas compartidas de convivencia. No es un árbol
especialmente querido por los pájaros para anidar, pero sí para comer su fruto.
Cuando está maduro, o sea, en otoño cuando se desprende de las hojas, estorninos,
tordos, y mirlos saben que allí tiene comida.
Los
niños, los buscábamos por otros ‘intereses inconfesables’. Con un canuto de
caña hacíamos una cerbatana. Nosotros no
sabíamos que eso se llamaba así pero era un instrumento idóneo para organizar la
travesura. El fruto, de sabor dulzón, encontraba el lugar apropiado para salir
por aquel cañón que se proyectaba hacia el cogote del amigo que se permitía un
descuido.
Su
madera es blanda y de un peso no excesivo, más bien ligero. Se utilizaba en el
campo para darle muchas aplicaciones: horcones que sostenía el entramado de las
parras; estacas para amarrar las bestias; empalizada que permitía hacer un
sombrajo donde los moreros mitigaban el sol implacable de la era cuando venía
el tiempo de trillar la mies; como astiles de azadillas, escardillos…
Los
almeces de la niñez, ahora, esperan pacientes a llegada de la primavera para volver
a su ciclo de vida; nosotros, en la estación del otoño esperamos otra cosa…
pues eso.
viernes, 20 de febrero de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Tierra de Lagares
A
medida que se sube por Viso Alto, Álora queda enfrente, a la otra orilla del
río, como cal blanca derramada por la ladera; como si a un cabrero se le
volcase el cubo de ordeño; abajo el verdor de las huertas. A media ladera, la
vía del AVE que rompe montes y rocas y va lejos. Muy lejos. Tanto, que llega…
hasta Madrid, por lo menos.
Antaño
arañaban con yuntas la tierra quebrada; hoy lo poco que se labra con tractor de
cadena. No hay esparragueras y las pocas
que orillan el camino las han rebuscado. Están todas andadas.
- Todo
esto está trillao, me dice Juan, al que conozco y baja en una motillo de
las que llevan las aguaderas a modo maletero, detrás. Juan es de los frenen la
moto con los pies…
Se
bifurcan los caminos. Hay plantaciones nuevas de aguacates y mangos. Almacenan
el agua en contenedores enormes de color verde. Están mimetizado con el
terreno.
Algarrobos
centenarios y olivos de troncos retorcidos.
- ‘¿Cómo
llamáis aquí a la flor del olivo’? Trama, Antonio - respondo.
- ‘En
mi pueblo – me dice – también’.
Y
recita versos y habla y cuenta y me enriquece y escucho y subimos… Nos
encontramos a otro Antonio. Saludos. No preguntamos. Informa: ‘Por los alreores de Serpeta hay un puñado de
esparraguera, pero están muy jondas’.
Serpeta
está en ruinas. Se cae de abandono y viejo.Ya no se labra el olivar que lo
rodea ni hay bichos careando en las laderas. Nos cruzamos con una
furgoneta de reparto. El camino, estrecho. Por Majaluna se baja a la cañada de
Garnica y de allí a Pollo Moro y Montesinos que están el arroyo Pedro Latorre.
No lo hacemos. Seguimos camino.
Desde
la ermita de la Cruce se abre el horizonte. Málaga y los Montes y El Torcal y
la Sierra del Valle y ¿aquello? Alcaparaín y Sierra Blanquilla. La bruma no
deja ver el mar. El mar los días claros, desde aquí, es un espejo de plata.
Hoy, sólo una intuición, un deseo porque se sabe que está allí.
Como
están allí: el partido de Jévar y Villanueva y La Joya, y el caserío blanco,
disperso, esparcido… Comemos en Almogía. Un grupo de hombres no se hablan. Se
gritan entre ellos. Por Cherino, desde el borde de la carretera, escuchamos que
canta un reclamo… Está verde el campo. Subimos al Torcal… ¡Dios, estando Tú tan
cerca…!
jueves, 19 de febrero de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Teresa Vergara Domínguez, una mujer de Álora
Teresa Vergara
Domínguez, una mujer de Álora, en el Lázaro Galdiano de Madrid
Febrero, 19 jueves
Cuando se pintó el cuatro tenía veinte y pocos años (veinte, y tres más, según el catálogo del museo) tenía cuando se pintó el cuadro. Rostro serio, mirada perdida, chal rojo con flecos sobre los hombros. Cae sobre un vestido blanco impoluto. Un moño recoge una mata de pelo negro. De fondo, arboleda tupida y verde. La señora se sienta sobre un banco de piedra. Está en el jardín de su casa: Aravaca, cuando era campo y, todavía, no la había devorado la gran ciudad. En las manos un libro del que interrumpe la lectura.
Balaca, el pintor.
Ricardo Balaca nació en Lisboa, el último día de diciembre de 1810.
Circunstancialmente, su padre, trabajaba allí. Es pintor de pincel claro y
escuela. La valoración le viene, además de por el retrato (el que nos ocupa)
por otros: la guerra civil del norte de España, en las Guerras Carlistas,
Doña Teresa Vergara Domínguez, es la señora del cuadro. Nació en Álora el 7 de septiembre de 1852. Vivió en la calle del Calvario. Huérfana de madre, a los ocho años, la acogen sus tíos. Posteriormente hay una duda, si su padrino era cónsul de Italia en Málaga o embajador en Madrid. Recibe una educación esmerada. Conoce, en la capital, al pintor con quien se casa a los dieciocho años. Del matrimonio nacen dos hijos. Con veintisiete enviuda. Avatares de la vida le hacen desprenderse de su retrato. Muere octogenaria en 1936.
Ahora, desde una pared, escoltada por obras de Valeriano Bécquer
y Esquivel, desde su pequeño cuadro, ve como pasa el tiempo y los visitantes,
algunos paisanos que ella no pudo ni soñar que irían a “hacerle una vista” ante
sus ojos. En la puerta vigila un hujier.
Es, que sepa, el único retrato de mujer de Álora que se cuelga en un
museo madrileño y si, además, es de la excelencia del Lázaro Galdiano, miel
sobre hojuelas. Otras veces he escrito de ella; hoy, he creído oportuna
recordarla…