DESDE EL LUGAR
Lectores de José Morales García
domingo, 26 de abril de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Y, al norte el mar Cantábrico
La Escuela de los años cincuenta del siglo XX
Abril, 26 domingo.
España
era para el niño un mapa de hule descascarillado y viejo. Brillaba - el mapa -
por algunos sitios; en otros, tenía perdido el color. Con un puntero de madera
largo – como los palos de billar que usaban, los hombres para jugar en el
casino al que llamaban Círculo Cultural – se señalaban los accidentes
geográficos.
El niño
sabía porque lo cantaban, todas las tardes, en la escuela, que España limitaba
“al norte con el mar Cantábrico y los Montes Pirineos que nos separan de Francia”.
El niño nunca había visto el mar y ni, por supuesto, tenía idea de dónde podía
estar Francia.
No
comprendía por qué si la Islas Canarias eran unas islas tenían que encerrarlas
con una línea quebrada y no la dejaban libres, sin marca, sin ninguna marca,
como estaban las Islas Baleares que también eran otras islas.
El niño
no entendía muchas cosas. No comprendía por qué la Guardia Civil cuando
llevaban a alguna persona detenida la paseaba, esposada y humillada, por la Fuentarriba - que era la plaza principal
de su pueblo - ante los ojos de todos los que miraban y no lo hacían de una
manera más discreta.
También
se preguntaba por qué había entierros de varias ‘categorías’ y que según
pagaban los dolientes, les hacía uno o dos o más responsos, con canturreos
gregorianos, parando la comitiva fúnebre en la calle…y, por qué, otras veces,
delante de la caja no iba el cura, pero esos entierros no hacían paradas en la
calle.
Otras
veces, venían por las casas algunas personas mayores, pidiendo para enterrar a
alguien “de caridad”. Los entierros siempre le impresionaban mucho al niño
porque cuando la ‘parroquia’ se acercaba a la casa del muerto desde dentro
salían muchos llantos y gritos de las mujeres; los hombres, casi siempre, iban
detrás, en silencio.
El niño
se hacía mayor. Cambió el pantalón corto por uno largo; de jugar en la calle
pasó a jugar en el Llanillo y se moceaba por la Cancula. Luego anduvo los caminos
que le marcó la vida. El niño comprendió algunas cosas; otras, no. ¡Cosas que
pasan!
sábado, 25 de abril de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La importancia de llamarse Antonio
Abril, 25 sábado
Dentro
de unos años va a ser algo insólito. Los ríos llevarán agua; en invierno hará
frío; en verano, calor. El sol saldrá cada mañana y las sierras estarán blancas
cuando en sus cumbres se deposite la nieve; el mar tendrá agua salada y por las
vías (por algunas) circularán los trenes, pero eso de llamarse Antonio puede
ser algo raro. Seguro que sí.
Verán.
Me lo contaron hace unos días. Llega a la consulta del médico. Tienen que
hacerle la ficha:
-
¿Cómo se llama usted?
-
Iloveni
-
Me lo repite, por favor…
-Iloveni
-
Por Dios que nombre más raro. No lo he oído nunca.
-
Pues no sé. Se ve mucho por la calle. Lo pone en las camisetas (I love NY)
La
enfermera alucina en blanco, en negro, en colores. Una sorpresa mayúscula de hasta dónde puede llegar la
estupidez humana. La publicidad de la ciudad americana… (I love NY) “Yo amo a Nueva York”, en inglés,
lo había tomado como un nombre…
Hasta
hace unos años a los recién nacidos les colocaban el nombre de los abuelos (a
algunos, de verdad, los machacaban); luego, vinieron otros nombres y, sobre
todos, se impusieron los de los protagonistas de las telenovelas y películas.
Aparecieron Cristal, Yésica, Kevin, Jhonsire…
En
Castilla tenían la costumbre de ponerles el nombre del Santo del Día. Conocí en
un curso de verano, en Ciudad Real, a una chica zamorana – un encanto de
persona – a la que le habían encasquetado ¡Alfonsa!
En la
mili, mi furriel se llamaba ¡Rosario! Un día no me pude contener – era,
también, una buenísima persona – y se lo dije: “En mi pueblo ibas tú listo:
Charito, por aquí, Charito por allí”. Los
que fueron al Registro a la inscripción se lucieron.
Pasado
los años los masculinos y femeninos de Franciscos, José, Juan, Manuel,
Bartolomé, Jerónimos… Se conocían por Pacos o Pacas, Pepes o Pepas, Manolo o
Manola; Bartolo, Jeromo… Una letanía, casi apócrifa de Santos o Santas. Para el
caso, lo mismo.
Ahora
ya ven. Esto, como decía don Hilarión en la Verbena de la Paloma. “hoy las
cosas adelantan que es una barbaridad”. Dentro de unos años cuando la moda
vuelva a imponerse si usted a un niño, le puso por nombre Antonio, pues será un
espécimen raro, un bicho que, quizá ha venido de otro planeta de esos que se
las anda por los mundos siderales, pero podrá sacar pecho y valorará la
importancia de llamarse “Antonio”, por ejemplo.
viernes, 24 de abril de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Laudes
Abril, 24
viernes
Señor,
esta mañana ha amanecido un día gris, entoldado. Eran nubes altas. Parecían
quietas como ancladas en un cielo que no estaba azul. El sol no ha aparecido
como todos los días por detrás de los montes, esos que cierran el horizonte. Si
embargo, la luz cada vez era más intensa. Loado seas, mi Señor, por esa luz que
nos alumbra y nos dice que ya viene entrando el día.
Los
primeros coches de la mañana van ligeros. Van al trabajo. Bendito trabajo para
quien puede lograrse el sustento de cada día. Algunos coches se detienen ante
la puerta de la panadería. No paran el motor. Una chica con cara de sueño,
despacha, a cada demandante, sus peticiones: dos barras; una integral
gallega; medio casero cortado; una malagueña que esté tostadita… La prisa
hace que no se intercomuniquen por sus nombres. Solo el “buenos días” y
despacha… según, cada demanda. Un timbre dice que se abre la caja registradora.
Se intercambian un billete de papel y unas monedas de la vuelta. Bendito seas
Señor por esta gente de los que desconozco sus nombres. La prisa, Señor, la
dichosa prisa que nos empuja.
Cuando
he llegado al campo la luz era más intensa. El sol no ha aparecido. Las nubes
lo van a ocultar. El hombre del tiempo ha dicho que hoy puede llover en
Andalucía Oriental, que puede caer granizo en algunas zonas y que podría haber
oleaje fuerte en Almería.
Señor,
no te digo nada. A lo mejor hay alguna patera perdida entre olas embravecidas.
Loados seas, mi Señor, por las olas de nácar, por los mares azules, (por los
otros, también, pero cuando no hay personas por medio que huyen de sus
miserias) por la mano que les vas a tender para que lleguen a la playa. Loado
seas Señor por esos hombres vestidos de verde, por los otros, los de uniforme
rojo y una Cruz Blanca. ¿De qué color era tu Cruz, Señor? Siempre la hemos
visto de color madera…
Loado
seas, mi Señor, por las rosas, espejos tuyos que han sobrevivido a la noche.
Esta noche (no sé a qué hora vinieron las nubes, porque las nubes van y vienen
siempre de algún sitio a alguna parte) no han visto ese vocabulario en morse,
con apariencia de estrellas, con el que Tú hablas por las madrugadas.
Loado
seas, mi Señor, por el carbonerillo que canta en las ramas de la higuera. Debe
tener el nido cerca. Se deshace en sus trinos monótonos. Yo le pregunté si ibs a llover. Me fijo que
sí…
Señor,
a media mañana, unas gotas mojaron el suelo ¿Se habrá mojado el nido del
carbonerillo? Loados seas mi Señor, por los pajarillos que han cantado al
amanecer, por este día que nos has regalado, por este mundo, aunque está
demasiado convulso.
Loado
seas, mi Señor, por mi amigo Bruno que va recibir el Sacramento de la
Confirmación. Mi amigo Bruno tiene ocho años, como ocho soles, cara de pillo y
ojitos de niño listo, muy listo.
Loado seas, mi Señor, hoy y siempre.