DESDE EL LUGAR
Lectores de José Morales García
viernes, 8 de mayo de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El barco y el mar
Crucero infestado por el ‘dichoso’ virus alejándose de
las costas africanas frente a Cabo Verde
Mayo, 8 viernes
Cuando niño,
entre la gente menuda, corría una canción los días que íbamos de asueto a algún
sitio que se salía de lo normal. La chiquillería cantaba: por el mar corren
las liebres por el monte las sardinas…
Algo
insólito, pero ante la alegría de romper la tenaz monotonía de lo que tardaba
en pasar el tiempo, aquello tenía un sabor diferente, distinto. No sé quién se
habría inventado el libreto y la música. Eran malos; nosotros, peores cantores.
Nos dábamos la mano en la alegría desbordada de la infancia.
Hoy,
dicen las noticias, que por el mar corre otra cosa. Lo llaman crucero. Iban a
comerse el mundo de las bellezas desconocidas y un bichito que solo se ve en
los microscopios ha formado un lío y bueno. Habían partido del sur del sur de
Argentina. Dicen que allí se acaba la tierra y hacia abajo, o sea, hacia el
Polo Sur, agua - embravecidas, hielo y el fin del mundo - le pusieron por
nombre la Antártida donde dicen que hace frío hasta verano.
Pues
bien, un ratoncillo que dicen que vive en la Cordillera de los Andes, esa que
separa, como si fuera una espina dorsal, pero echada hacia un lado, Argentina
de Chile, la ha liado. Es portador de un virus. Alguien ha pisado sus excrementos.
No saben si fuera o dentro del barco. Puede que el ratón haya querido
embarcarse con ellos y andar medio mundo, aunque sea por por el mar. Ya hay un
puñado de muertos y lo que te rondaré morena.
Es un
barco de apestados. No los quiere nadie. Los pobres, porque como son pobres,
dicen que no tienen medios para hacerles frente a lo que se les viene encima; los
ricos, porque como son ricos, a ellos esas cosas como que no, y que con su pan
se lo coman.
Nunca
he visto a tanta gente pontificando y con tanto saber oculto como estos días en
los medios de comunicación. ¡Dios Santo, qué poderío! Arremeten contra lo divino
y lo humano. Naturalmente, alumbran en la procesión según les va por la teta.
Todavía no se sabe sin son tirios o troyanos. Lo cierto es que por el mar azul
( algunos se han enterado ahora donde está la isla de Santa Elena, que saben
que les suena pero no saben de qué) navega hacia las Islas Canaria un barco,
que no es un barquito velero y que está claro que no va, ni para Almería, ni
para Cartagena…
jueves, 7 de mayo de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Percheles
Mayo, 7
jueves
Lo cita
Cervantes en El Quijote. Solo por eso hay que descubrirse. Algo insólito,
diferencial y distintivo de una ciudad como Málaga a la que se le pueden poner
un montón de epítetos. De aquel barrio no queda nada o casi nada. Metamorfosis
con viviendas por las que se pagan más de medio millón de euros…
El
Perchel, barrio extramuros de la entonces ciudad constreñida por el
Guadalmedina, nació antes, mucho antes. Julián Sesmero dice que existía en la
Málaga romana. En su suelo se hicieron salazones. Dieron nombre a uno de los productos propios
de esta ciudad Mediterránea.
En
Bolonia fabricaban el garun; en Málaga salaban el pescado, lo secaban colgado
sobre un palo o una percha, ‘percheles’ y se ‘curaba con el tiempo. El olor
desagradable no lo admitía la ciudad romana. Decidieron alejarlo. Lo colocaron
al otro lado del río.
Los
árabes siguieron el camino ya iniciado. En el barrio ‘industrial’ – por
llamarlo de alguna manera – comenzó a congregarse gran cantidad de población.
Mano de obra, se le llama hoy. Trabajaban en la confección de cítricos, en la
vendeja, en las bodegas, en los derivados de la mar… Apareció el chulo de la
calle que imponía su ley – mejor, la sin ley que era la suya- y dejaron de
depender de la iglesia de San Juan.
Construyen
una capilla, a San Andrés, patrón de pescadores. Se amplía y le da nombre a una
parte de la zona y a la playa (a otra, más deteriorada, la bautizan como “El
Bulto”, allí fusilan a Torrijos) San Pedro y Santo Domingo, convento
dominico, con uno de los grandes obispos de Málaga, Fray Alonso de Santo Tomás,
inyectan nueva vida.
No
queda ahí la cosa, el convento del Carmen, es punto de excelencia, y el de San
Carlos para “recoger a mujeres de la calle”, una aspiración social. Lorenzo
Armengual de la Mota, también obispo, aunque nunca de Málaga y figura señera
apuesta por mejorar su barrio. En el siglo XIX llega el ferrocarril. Nace “la Estación”. Es el progreso.
Aparecen
las cofradías Nuestra Señora del Mar, del Cristo de las Penas, de Jesús de la
Buena Muerte, la del Chiquito o Misericordia “para socorro de los pobres enfermos,
administrarles alimentos, medicina y Médico (10 de diciembre de 1791)”
Aquel
Perchel se unía por el Llano a la Trinidad; luego, calle Mármoles, fue la arteria
separadora; de Armengual de la Mota, hacia el Camino de Antequera, Zamarrilla,
el convento de la Aurora hacia el pasillo de Guimbarda…
La ‘remodelación’
(¿?) urbanística del Perchel no ha sido afortunada. Es verdad que no había
mucho que salvar, pero de ahí a entrar con el pico y la pala, hay un trecho. Han
recuperado pinturas de algunos antiguos mosaicos. Señalaban la actividad de la
zona; otros, los han inventado. Hoy ¿qué queda de aquellos nombres sonoros?:
calle Ancha del Carmen, Calvo, Cerrojo,
Ríos Rosas, Isturiz, Pulidero, Zurradores, San Jacinto…
miércoles, 6 de mayo de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Aprendiendo
Mayo, 6 miércoles
En algún lugar lo he leído. Con
el tiempo, decía, hay que saber que no es lo mismo asirse una mano con la otra,
que encadenar el alma. ¿El alma, lo que nos hace diferentes? Todos tenemos
nuestra alma y ‘nuestro almario…’
Uno empieza a aprender (no lo
consigue nunca). Y sabe más de derrotas que de victorias. Porque, en el fondo,
¿qué es lo uno y qué es lo otro? En la materialidad, nada; en lo espiritual una
equivalencia entre ambas. Dicen, que al final, solo nos examinarán de amor…
Empezamos a andar el camino.
Pensamos que elegimos el camino. Nuestra prepotencia nos obnubila. Creemos que hemos elegido y hemos descartado
otros. A veces, cuando ha pasado eso que llamamos tiempo sabemos que no fue así.
Pensábamos que sí, pero, no. Nos autoengañamos; nos interesaba. Pones la lupa
sobre algunos momentos y te das cuenta que no fuiste tú. Fue Alguien que te lo
tenía marcado. No lo percibíamos en aquel momento...
Anduvimos senderos. En
ocasiones tortuosos; otras, de esa manera que llamamos placenteros y momentos
que ni lo uno, ni lo otro, simplemente, caminábamos bajo las estrellas de las
que desconocemos sus nombres; bajo el sol o bajo luces de neón. Le ponemos
nombre: éxitos. Yo, yo, yo… Todo ficticio. Todo efímero. Marcamos un
impresionismo en nuestro interior difuminado, lleno de matices, colores,
sobresaltos, asombros… Un día vimos la ilusión. Un bosque, impenetrable. Quisimos
perpetuarlo. Imposible. Ya no hay más fotografías.
Y así, día a día. Se arrancan
las hojas del calendario. Pasan días, semanas, años…Romero San Juan, lo
cantaba: “Y no has notado que has vivido cuando pasa la vida” Pero,
si yo he estado, a caballo, entre dos milenios, te dices. Nadie responde. Lo
que creías que era tu tiempo es de otros. Y cuando te das cuenta que cuando
quieres aprender a seguir aprendiendo ya eres de otro tiempo.
Con el paso de los años sabes
que el calor del sol, cuando está en su cenit, quema. La protección de la piel
la venden en la farmacia; ¿la del alma? Uno, porque somos – creemos – libres,
tiene que averiguarlo por sí mismo.
Tienen mala literatura la
soledad buscada, el silencio que habla (el otro, no; el otro, no existe y si
existe es dañino, como la soledad no deseada). Es la naturaleza que habla, es
la belleza del campo, es la gente de ese medio mundo que anda “buscando con una
flor en la mano y la otra mitad del mundo por esa flor deseando”. Es Dios; no
es fácil. Seguro, que no.