miércoles, 14 de octubre de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Aspidistras

 


                            Aspidistras. Balneario de Tolox (Málaga)


Octubre, 14 miércoles

 

Mi madre, cuando yo era niño, partía las pilistras al llegar los meses de otoño. Unos días antes me encargaba que tenía que traerle mantillo de la huerta. El mantillo era un humus del fondo de estiércol que, ya muy hecho, se convertía en una sustancia esencial para las macetas.

Tenía ‘muy buena mano’. De una planta envejecida por el paso del tiempo y ocupante de un tiesto grande sacaba varias macetas. Alguna acababa en casa de una amiga a la se la tenía prometida. Un servidor era el encargado de llevarla y casi nunca “perdía” el viaje.

Con cuidado la sacaba del recipiente. La ponía en el suelo sobre un saco de arpillera porque siempre dejaba residuos. Tenía un chuchillo recio, muy largo, con el puño de madera envejecida y con la hoja, espejo del paso del tiempo, oxidada. Antes de comenzar, la afilaba con una piedra especial que tenía para estas ocasiones. Según ella, así, cortaba más.

 Tenía preparados los recipientes que le darían “nueva” acogida. En el fondo depositaba varios puñados de mantillo, asía con las dos manos el panete y lo colocaba, con cuidado, de tal manera que quedasen bien acomodados los rizomas (ella les llamaba raíces) sin que uno estuviese sobre los otros. La rellenaba, además, con el mantillo por los bordes, entre la planta y la maceta, generalmente, macetón de barro. Era casi una exigencia de la aspidistra.

Con una regadera (recipiente de latón, que le hacía Pedro Luque, el maestro latero del Camino Nuevo) le repatría el agua  - porque escaseba el agua y había que administrarla y por exigencia de planta - con sumo cuidado. Las empapaba sin mojarle las hojas. Con una tijera de jardín, grande, le cortaba todas las hojas amarillentas, o deterioradas. “Hay que clarearlas”, me decía. Y, antes de concluir la faena, le pasaba un trapo húmedo por las hojas que había sobrevivido al saneamiento. "Así, peinadas, decía, lucen más”.

Mi madre no sabía que la aspidistra procedía de Asía. Mi madre no sabía dónde quedaba Asia; su hijo, entonces, tampoco. Tuvo que pasar mucho, pero que mucho tiempo, para que, a aquel niño, una noche de tormenta en los Urales viese como amanecía en Sverdlovsky, “esto, le dijerón, ya sí es Asia”. Es, otra historia.

La Aspidistra no quiere sol directo, soporta bien la falta de agua y el frío, si no es excesivo. Junto a ellas, el niño cuando fue muchacho, leyó a Mark Twain un navegante del Mississipi que contó las aventuras de otro niño que se llamaba Tom Sayer….



 

martes, 13 de octubre de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El impresionismo: aquello era otra cosa

 

                

            'Impresión, sol naciente', Monet

 

Octubre, 13 martes


Ya pisaba su último cuarto de siglo, el XIX. En 1874 aparece una nueva corriente. Se va a conocer, al principio, como un movimiento contrario a lo que existía hasta entonces y con un nombre despectivo: Impresionismo.

Pintores seguidores de esta nueva tendencia se había abierto sitio, como todo lo que llega nuevo, primero tímidamente; luego, con más seguidores, en París. Alguien dijo que por las aguas del Sena bajaban todas las corrientes y de allí, por osmosis, al mundo entero. Puede ser una exageración. En otros sitios también nacieron movimientos que tuvieron repercusión a nivel mundial y no tenía que ser necesariamente París.

Dentro de aquellos círculos de artistas, Édouart Manet ya era conocido por su cuadro “Almuerzo sobre la hierba”.

 

                   


         Manet, nació y murió en Paris, relativamente joven, con 51 a consecuencias de una enfermedad circulatoria que obligó a amputarle una pierna. A los pocos días falleció. Viajó por Brasil y algunos países de Europa. En España conoció la pintura de Velázquez. Lo encandiló.

Manet y otros «rechazados» por las tendencias ‘oficialistas de moda, comenzaron entonces a reunirse en grupos de artistas fuera de los círculos expositivos oficiales (en ese Salón de los Rechazados) y deciden exponer sus obras por su cuenta. En una primera exposición (en 1874).

Claude Monet que, posteriormente, se erigió, como la figura más señera expuso un paisaje del puerto de Le Havre. Se titulaba “Impresión, sol naciente”. Quería captar la luz.

Y la llevó de tal manera que impacto. Por allí pasó Lois Leroy, muy influyente en el academicismo reinante, del gusto del colectivo de intelectuales de aquel tiempo, Leroy la tituló “Impresionismo”. Desconocía que le estaba dando nombre a una corriente pictórica de una importancia colosal en el mundo de Arte.

Monet, incluso, se fue a ir a vivir a una villa que adquirió a poco más de una hora de Paris. Hizo su propio jardín, sembró sus propias flores, construyó los parterres que le servirán de modelo y trazó los estanques y riachuelos donde crecían los nenúfares. Esa villa se llamó Giverny.

Con Monet llegaron también: Degas, Manet…,



                                Renoir: En los bosques

 


                       Pissarro: Bulevar de Montmartre.

 

El Impresionismo francés irrumpía, tomaba su sitio y se prolongaba en el panorama artístico, primero en París; luego, en otras partes del mundo para firmar una página dorada dentro de una nueva tendencia en lo que llamamos Historia del Arte.

lunes, 12 de octubre de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. ... Y, el sol la baña cada mañana


 

 

Octubre, 12 martes

 

Fray Juan de Yepes, o sea, San Juan de la Cruz. Escribió algo precioso.   “Qué bien se yo la fonte que mana y corre… Él nunca estuvo en Álora y esa estrofa pertenece al ‘Cantar del Alma’. Lo compuso en 1578, en Toledo. Y habla de la fuente de la fe…

Es la Jerriza de tanta belleza como puede tener una parte material,

frondosa y desconocida, muy difícil de transitar por ella, tan difícil como

puede ser el hacerlo por el ‘terreno’ de la Fe. Está cercana al pueblo, pero…

En la Jerriza estaba el Peñón de la Bigornia. Del Peñón y de aquella antigua fragua, donde había una pieza maciza de hierro parecida a un yunque, que es lo que significa ‘bigornia’ solo el recuerdo en los papeles viejos. La Jerriza, no. La jerriza está en pie, de pie quebrado como los versos si se quiere, pero en pie. Soporta avatares de los tiempos y de los hombres…


 


Es un sitio pintoresco. Se enclava en ladera a sol naciente de El Hacho, entre el campo de fútbol y la Fuente de la Manía. Primero, cuando el sol sale, cada mañana por Los Lagares, toca las cumbres de El Hacho. Luego, poco a poco, baña el precipicio, los recovecos que hace la erosión, las quebradas, o los petrolifos que se inventa la imaginación …

 

En el Libro del Repartimiento se habla del ‘Peñón de la bigornia’ que podría identificarse con el Peñón Gordo. Las inundaciones de 1989 provocaron corrimientos de tierra lo que conllevó, por motivos de seguridad, su desmoche y un principio de demolición que, posteriormente, no se llevó a cabo en su totalidad. A finales del siglo XX el Ayuntamiento construyó una zona recreativa, y a comienzos del XXI, un aparcamiento.

En el campo cuando los hombres trabajaban sin reloj, las sombras en uno peñascos anunciaba que era la hora de migar las sopas. Era mediodía y, por tanto, hora de comer.

En el ocaso, por el contrario, esas zonas son las primeras a las que llegan las penumbras, hasta el punto que en los meses de invierno con noches muy largas, hasta bien entrado el día siguiente, no desaparecen las escarchas. A veces, llegan, incluso, hasta que vuelve a llegar la noche.

 


La zona tiene su encanto. Si me apuran hasta un cierto misterio emocional el transcurrir por estos caminos por los que transitan poca gente, los que precisan de esa intimidad y los que gusta de andar por los vericuetos que generan aventura.