domingo, 18 de octubre de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 



Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Jardines de España 5. Huerto de Calixto y Melibea. Salamanca

 

 


                                                                                                                                       Octubre, 18 domingo

Salamanca. “Arte, saber y toros”. En su suelo nació el Lazarillo. Ese pillo simpático que cae bien y con quien se establece una corriente de afecto. Él mismo dice:

«Pues sepa vuestra merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre.”



Unos años antes, a finales de siglo XV, el Bachiller Fernando de Rojas natural de la Puebla de Montalbán (Toledo) escribió La Celestina o Tragicomedia de Calisto y Melibea. Era criptojudío, o sea, judío converso (su padre murió quemado por la Inquisición). Ejerció como juez en Talavera de la Reina donde murió.



Su obra cumbre, La Celestina. Calisto pretende a Melibea que lo rechaza. Recurre a una vieja alcahueta muerta a manos de sus criados Sempronio y Pármeno al no conseguir parte de una cadena oro, botín pagado por Melibea por los favores. Los ajustician al día siguiente. Calisto cae de una escalera al escalar un muro y muere; Melibea se suicida… Se le puede suprimir lo de “comedia” y dejarlo en tragedia



No hay ninguna evidencia que la obra transcurra en Salamanca ciudad muy conocida por el autor como estudiante en su Universidad. Salamanca ha querido dar su nombre a un “huerto” hoy parque recóndito y lleno de romanticismo en recuerdo al amor que no pudo ser.               

    “Celestina: No hay cirujano que a la primera cura juzgue la herida. Lo que yo al presente veo te diré: Melibea es hermosa; Calisto loco y franco. Ni a él penará gastar, ni a mí andar. ¡Qué corran monedas y dure el pleito lo que tiene que durar! Todo lo puede el dinero; las peñas quebranta, los ríos pasa en seco. No hay lugar tan alto que un asno cargado de oro no lo suba.”

               


    “Entrando Calisto en una huerta en pos de un falcón suyo, halló ahí a Melibea, de cuyo amor preso començole de hablar. De la cual rigurosamente despedido, fue para su casa muy sangustiado.”

 


 


    “Calisto: En esto veo, Meibea, la grandeza de Dios.

Melibea: ¿En qué Calisto?

Calisto: En dar poder a la naturaleza que de tan perfecta hermosura te dotase y hacerme, inmérito, tanta merced que alcanzase a verte, y en tan conveniente lugar que mi secreto dolor pudiese manifestarse.”




    “Sempronio. ¿Pues qué? ¿Toda tu vida habías de llorar?

Calisto. Sí.

Sempronio: ¿Por qué?

Calisto. Porque amo a aquella ante quien tan indigno me hallo que no la espero alcanzar.”

 


    “Celestina. No es cosa más propia del que ama que la impaciencia. Toda tardanza le es tormento. Ninguna dilación le agrada. En un momento querrían poner en efecto sus deseos.”



    “Celestina. (…) ¡Y qué gorda y fresca que estás! ¡Qué pechos y qué gentileza! Por hermosa te tenía hasta ahora, viendo lo que todos podían ver; pero ahora te digo que no hay en la ciudad tres cuerpos tales como el tuyo en cuanto yo conozco." 



    “Celestina. No lo sienten con el enajenamiento del amor; no les apena; no ven; no oyen. Lo cual yo juzgo por otros que he conocido, menos apasionados y metidos en este fuego de amor, que a Calisto veo. Que ni comen, ni beben, ni ríen, ni lloran, ni duermen ni velan ni hablan ni callan, ni penan ni descansan, ni están contentos ni se quejan, según la perplejidad de aquella dulce y fiera llaga de sus corazones.”



La Celestina, de la que he seleccionado algunos fragmentos que preceden recoge la enfermedad del amor; la pasión y la añoranza del placer sexual; la fortuna y la muerte, la magia y la prostitución; las relaciones sociales de amos y criado; el dinero.

Todo eso, parte de la vida de entonces, y de ahora, ha convertido a La Celestina en la primera obra en importancia, después de El Quijote, de la Literatura Española.

 



sábado, 17 de octubre de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Luz y otra cosa

 

   


Octubre, 17 sábado

 

    La luz; la sagrada luz del Sur se ha venido a vivir, por un tiempo, a los lienzos de Jaime Rittwagen. Es la luz de cada día. La del amanecer por la mar abierta; la misma luz que se va, cada tarde, agotada por la Sierra de Mijas. Mientras tanto, eso que llamamos vida, se las anda por las calles de Málaga.

Jaime es un pintor näif. Vamos, Jaime pinta lo que todos pensamos que podríamos hacer pero que sólo los artistas tienen la capacidad de llevarlo desde la realidad al lienzo. Jaime nos enseña que tocados con la varita mágica del arte hay… muy pocos.

La obra Rittwagen es uno y dos y más momentos de la Málaga de cuando éramos niños. La vida, toda la vida de entonces, la refleja con sus pinceles primorosos, delicados, únicos. El pintor näif ve la realidad diferente a como la ven otros artistas. Ni mejor ni peor, ni idealizada ni realista. Sencillamente, diferente.

Por los cuadros de Jaime circulan coches de caballos y carruajes que llevan sacos de azúcar desde los almacenes de coloniales de Adolfo Marineto o de Guerrero de las Peñas a las tiendas de calle Compañía, Cisneros Especerías…; toneles de vino que van de las bodegas Pérez Texeira a los Quitapenas, a las Campanas, a la Casa de Guardia…

Está la bahía con veleros al sol de la tarde; los barcos se van para otros mares. Los bañistas casi tostados al sol y chaveas que juegan a ser felices, y tranvías por la Alameda que cruzan el puente y que vienen de El Palo o de Huelin. Pregonan: Cerveza Victoria, Ceregumil, hojas Palmera y Anís del Mono.

Hay quien vende castañas en la calle; hay palomas en el parque, y un nota que siempre va en bicicleta, y gatos curiosos y perros y quien pasea el niño en un carrito. En Capuchinos o en la Trinidad han dejado la tarde libre a los soldados…

Yo creía que Jaime pintaba todo esto que acabo de contarles. No, no. Hay algo más. Hace unos días me envió una lámina con un toro para una corrida de época. Hice lo que hay que hacer: enmarcarlo y colgarlo en mi casa. Gracias, amigo.

 

 

viernes, 16 de octubre de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El olivo de la Plaza del Médico Zamudio

 


                   Olivo. Plaza del Médico Zamudio. Foto Felipe Aranda Ávila   


                                Octubre, 16 viernes


Dice la Biblia que hubo un tiempo en que Dios viendo el comportamiento que tenían los hombres decidió enviarles un diluvio que los borrase de la faz de la tierra.

Pero como Dios es bueno se percató que todos, todos, no eran malos. Como ahora, más o menos. Probablemente serían menos porque había menos gente. Si me lee uno matemático me dirá que eso es un error. La probabilidad es la misma, pero como yo no soy matemático… A veces me pregunto ¿qué soy yo?

A lo que iba. Le dijo a Noé que hiciera un arca, que llamase a sus hijos, que se encerraran todos dentro… y esas cosas que sabemos. Cuando pasó la polvareda, ya el tiempo se puso que no era de agua y después de tres intentos la paloma volvió con un ramito de olivo. Desde entonces es el símbolo de la paz. Por eso en algunos sitios los olivos lo tienen muy difícil.

El olivo vino a la Península Ibérica hace muchos, muchos años… Tantos que hemos perdido la cuenta. Vino en un barco fenicio. Se movían a vela y a remo si se echaba el viento cosa que ocurre en la tierra y en la mar.

Los fenicios venían de la otra punta del Mediterráneo. A su tierra le llamaban Fenicia. En sus montes crecían cedros que dan una madera excelente y su tierra estaba dividida en valles que tienen la salida más fácil hacia el mar que a comunicarse entre ellos… Esa tierra hoy se conoce como Líbano. Ciudades importantes de aquellos tiempos eran: Tiro y Sidón.

Nos trajeron más cosas. Con ellos llegó también el cultivo de la vid, el uso de la moneda y lo que es más importante: el alfabeto y los pueblos hispanos se comunicaron por escrito y pasamos a ser pueblos históricos.

Los fenicios por el Guadalhorce subieron hasta lo que hoy conocemos como Álora que llamaba Iluro y en el arroyo Hondo había alfares donde cocían el barro y hacían cántaras para transportar líquidos. (Hay unos ejemplares excelentes, en el Museo Municipal Rafael Lería). Casi seguro que allí pudo ir aceite y vino. Ellos los cambiaban por telas, vidrios, objetos…

Hace unos años en la transformación de una finca agrícola, propiedad de Miguel Ángel Conejo, hacia nuevos cultivos precisaba arrancar algunos ejemplares de olivos centenarios. El Ayuntamiento, tuvo la feliz idea de salpicarlos por nuestro pueblo.

Felipe Aranda, ese notario gráfico que Dios nos ha regalado, captó el ejemplar que hay en la Plaza del Médico Zamudio (Anda qué si don Francisco, hubiera vivido en aquel tiempo, seguro que Dios lo mete en el arca con Noé). Ante el olivo a mí se me ocurre una idea: ¿Le iría bien explicar sus características y la información que se precise, acerca del ejemplar, en una cerámica como otras preciosas que adornan nuestro pueblo?