DESDE EL LUGAR
Lectores de José Morales García
miércoles, 6 de mayo de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Aprendiendo
Mayo, 6 miércoles
En algún lugar lo he leído. Con
el tiempo, decía, hay que saber que no es lo mismo asirse una mano con la otra,
que encadenar el alma. ¿El alma, lo que nos hace diferentes? Todos tenemos
nuestra alma y ‘nuestro almario…’
Uno empieza a aprender (no lo
consigue nunca). Y sabe más de derrotas que de victorias. Porque, en el fondo,
¿qué es lo uno y qué es lo otro? En la materialidad, nada; en lo espiritual una
equivalencia entre ambas. Dicen, que al final, solo nos examinarán de amor…
Empezamos a andar el camino.
Pensamos que elegimos el camino. Nuestra prepotencia nos obnubila. Creemos que hemos elegido y hemos descartado
otros. A veces, cuando ha pasado eso que llamamos tiempo sabemos que no fue así.
Pensábamos que sí, pero, no. Nos autoengañamos; nos interesaba. Pones la lupa
sobre algunos momentos y te das cuenta que no fuiste tú. Fue Alguien que te lo
tenía marcado. No lo percibíamos en aquel momento...
Anduvimos senderos. En
ocasiones tortuosos; otras, de esa manera que llamamos placenteros y momentos
que ni lo uno, ni lo otro, simplemente, caminábamos bajo las estrellas de las
que desconocemos sus nombres; bajo el sol o bajo luces de neón. Le ponemos
nombre: éxitos. Yo, yo, yo… Todo ficticio. Todo efímero. Marcamos un
impresionismo en nuestro interior difuminado, lleno de matices, colores,
sobresaltos, asombros… Un día vimos la ilusión. Un bosque, impenetrable. Quisimos
perpetuarlo. Imposible. Ya no hay más fotografías.
Y así, día a día. Se arrancan
las hojas del calendario. Pasan días, semanas, años…Romero San Juan, lo
cantaba: “Y no has notado que has vivido cuando pasa la vida” Pero,
si yo he estado, a caballo, entre dos milenios, te dices. Nadie responde. Lo
que creías que era tu tiempo es de otros. Y cuando te das cuenta que cuando
quieres aprender a seguir aprendiendo ya eres de otro tiempo.
Con el paso de los años sabes
que el calor del sol, cuando está en su cenit, quema. La protección de la piel
la venden en la farmacia; ¿la del alma? Uno, porque somos – creemos – libres,
tiene que averiguarlo por sí mismo.
Tienen mala literatura la
soledad buscada, el silencio que habla (el otro, no; el otro, no existe y si
existe es dañino, como la soledad no deseada). Es la naturaleza que habla, es
la belleza del campo, es la gente de ese medio mundo que anda “buscando con una
flor en la mano y la otra mitad del mundo por esa flor deseando”. Es Dios; no
es fácil. Seguro, que no.
martes, 5 de mayo de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Venid y vamos todos
Foto. A. García Suárez
Mayo, 5
martes
Las tardes de mayo apuntaban a calor. Los niños volvíamos a la escuela a las tres; en el campanario de la iglesia, casi sobre nuestras cabezas, las campanas tocaban a vísperas; la brisa de la tarde peinaba los trigos y las cebadas tempranas que ya estaban espigadas.
Mi maestro era don José Oropesa. Don José era bajito, de cuello corto un poco entrado en carnes y de voz muy agradable… Un hombre bueno “en el buen sentido de la palabra bueno”. Teníamos la clase en el primer piso de aquel casaron inmundo, conforme se subía las escaleras, a la izquierda. Una ventana abría al patio interior donde don Sebastián Arrabal tenía sembrados varios celindos. Por mayo, se ponían preciosos.
Don José abría la sesión de la tarde con un dictado. Uno se repetía sobre los demás. Entonces, no sabía su autor. Después supe que era del Padre Colomas; de su obra “Jeromín: "Resonaba en el fondo de la galería un piano destemplado que parecía balbucear, de mala gana, un monótono tema de los ejercicios de Hanon". Nosotros lo sabíamos de memoria; apenas sacábamos faltas de ortografía. Por días, salíamos a la pizarra Miguel Bootello, Agustín Lomeña, Paquito, el Pillo Lobato, Almodóvar, Pepe Campano, Diego Mamely,…
Un mapa de hule pendía en la pared. Me gustaban los dibujitos con que ilustraba a los personajes típicos de cada región: el del campo charro, uno de mis preferidos, un hombre con un sombrero muy raro y una capa; una mujer lo acampaba, también, vestía de negro. Tenía collares en el cuello. Las cordilleras estaban tintadas de color marrón, los ríos de azul y la Depresión del Guadalquivir, de verde…
Don José Oropesa tenía una estampa de la Inmaculada de Murillo colgada en el testero principal, al fondo, el cristal hacía mucho tiempo que estaba cubierto de polvo. ¿Culpable? El tiempo. Una repisa de madera sostenía dos tarros de cristal: en mayo, siempre con flores. Los niños traían azucenas de sus casas; la otras, del campo.
En las tardes del mes de mayo, después, de hacer aquel dictado, ponía varias cuentas de dividir (ya dividíamos por casi todas las cifras,) en la pizarra; después, Geografía. Era lo que más me gustaba. Yo veía muy arriba del mapa el Mar Cantábrico…Algunas regiones tenían levantado el trozo de hule donde ponía su nombre.
Don
José rezaba, un Ave María; al finalizar, entonaba: “Bendita sea tu
pureza …” De aquella clase salieron amistades de ideologías dispares. Han
durado hasta que Dios, a su antojo, a alguno los llamado a su vera. Con don
José, ahora, escriben el dictado en la pizarra azul, no utilizan tizas y no
tiene principio ni fin…
lunes, 4 de mayo de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Amor al saber...
San Martín de Tours. Frómista
Mayo, 4 lunes
Llamo a un amigo. Hoy ha publicado un artículo excelente de filosofía. Hablamos. La mejor definición sobre filosofía, le digo, nos la dio don Manuel Burgos: “Filosofía es amor al saber” Viene del griego. Del verbo fileo: amar; sophia, saber…
La inquietud por saber del Románico me
llevó a recorrer el Pirineo. Buscaba las raíces desde de Jaca a Camprodón. Fui
de la mano de mi amigo Joan Mas. Experto. Me llegó por todos los vericuetos perdidos
en lo más intricado de aquellos montes. Decían que nos separaban de Francia. Es
verdad…Quédense por no abusar con San Juan de la Peña, San Clemente de Taüll, todo
el Valle de Boí, Ripoll…
El románico riojano lo he husmeado
desde el Ebro hasta las estribaciones de la Ibérica: Sierras de las Demanda,
Urbión, Cebollera…Yuso y Suso, San Millán de la Cogolla (donde nacieron el euskera
y el castellano) …
El románico castellano-leonés, arranca en Burgos y Soria. Camina por Segovia; su cenit, en Palencia. Santo Domingo de Silos; los valles de Valdivieso, la Bureba y el Condado de Treviño… Campos solitarios. De vez en cuando, en primavera, cantos de alondras; por los caminos, peregrinos que van a Santiago.
En Segovia hay que ir a Cantalejo, Turégano,
Riaza, Sepúlveda (aquí, además, cordero lechal… ¡Imponente!), Ayllón y de allí
a San Esteban de Gormaz (pero, eso es Soria, a orillas del Duero) Y ¿si les
digo que no vayan en invierno? Avisados están.
En Palencia, parada, fonda y algo
más. Tierra de Campos. Ampudia, Frómista, Támara… He deambulado sin rumbo fijo.
Es lo mío. Mosaicos de verde cuando aún no ha entrado el verano; palomares, en
medio de los páramos en el verano abrasador. Desvencijados por el abandono del
hombre y el paso del tiempo.
Bellísimos. “Quien habla a solas, espera
a hablar a Dios un día”: Lo dijo don Antonio Machado. No hay nadie. En Frómista,
además, el Canal de Castilla. Tanta belleza ahí… Manda la sensatez hacer parada
y fonda y algo más.. Sí, sí. Volver, volver siempre, una y otra vez, volver…