jueves, 19 de febrero de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Teresa Vergara Domínguez, una mujer de Álora


                        Teresa Vergara Domínguez, una mujer de Álora, en el Lázaro Galdiano de Madrid


Febrero, 19 jueves


Cuando se pintó el cuatro tenía veinte y pocos años (veinte, y tres más, según el catálogo del museo) tenía cuando se pintó el cuadro.  Rostro serio, mirada perdida, chal rojo con flecos sobre los hombros.  Cae sobre un vestido blanco impoluto. Un moño recoge una mata de pelo negro. De fondo, arboleda tupida y verde. La señora se sienta sobre un banco de piedra. Está en el jardín de su casa: Aravaca, cuando era campo y, todavía, no la había devorado la gran ciudad. En las manos un libro del que interrumpe la lectura.

 Balaca, el pintor. Ricardo Balaca nació en Lisboa, el último día de diciembre de 1810. Circunstancialmente, su padre, trabajaba allí. Es pintor de pincel claro y escuela. La valoración le viene, además de por el retrato (el que nos ocupa) por otros: la guerra civil del norte de España, en las Guerras Carlistas, la Batalla de Bailén y los que le hace a Alfonso XII, al que considera su amigo. De esta amistad le vendrá la muerte. El Rey quiere un retrato ecuestre. Van a la Zarzuela para buscar el caballo idóneo. Es febrero y en Madrid. Tres días después muere a consecuencia de una pulmonía. Tenía sólo treinta y cinco años. 

Doña Teresa Vergara Domínguez, es la señora del cuadro. Nació en Álora el 7 de septiembre de 1852.  Vivió en la calle del Calvario. Huérfana de madre, a los ocho años, la acogen sus tíos. Posteriormente hay una duda, si su padrino era cónsul de Italia en Málaga o embajador en Madrid. Recibe una educación esmerada. Conoce, en la capital, al pintor con quien se casa a los dieciocho años. Del matrimonio nacen dos hijos. Con veintisiete enviuda. Avatares de la vida le hacen desprenderse de su retrato. Muere octogenaria en 1936.

Ahora, desde una pared, escoltada por obras de Valeriano Bécquer y Esquivel, desde su pequeño cuadro, ve como pasa el tiempo y los visitantes, algunos paisanos que ella no pudo ni soñar que irían a “hacerle una vista” ante sus ojos. En la puerta vigila un hujier.  Es, que sepa, el único retrato de mujer de Álora que se cuelga en un museo madrileño y si, además, es de la excelencia del Lázaro Galdiano, miel sobre hojuelas. Otras veces he escrito de ella; hoy, he creído oportuna recordarla…


miércoles, 18 de febrero de 2026

Una hoja suelta de cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El reventón



                                    Nacimiento del río de la Cueva. Cuevas del Becerro (Málaga)


                                                                                A mi hermano electo Bartolomé Ordóñez

 

Febrero, 18 miércoles

 

Tiene el pueblo varias pinceladas que ya de por sí lo hacen diferente. Verán, primero el nombre. Cuevas (hay más de una y de dos y de tres…) lo que dice que es terreno kárstico en el que se asienta. Las sierras toman nombres diferentes: La  Sierra de los Merinos, el Catillón, Majaco… que va como para la parte de Ronda.

¿A qué debe el nombre? Según unos, al hallazgo de un pequeño becerro oro. Ni que sí ni que no. (Fue romana y los romanos no eran mucho de venerar figuras de oro y esas cosas); otros, a un animal que cayó en una de las muchas oquedades que hay en la sierra. Puede ser más acertado.

Algo más. En el pueblo nace un río, y el mismo río tiene dos nombres:  de la Cueva y el Carrizal. El nacimiento está a medio monte del Castillón. Ellos lo llaman el ‘reventón’. Por el pueblo lo llevan encauzado y en la otra punta. En los pueblos eso de llamar al otro extremo, ‘la punta’ es normal, se precipita en una cascada y ahí comienza el Carrizal; más abajo, aguas arriba de Ortegícar, tributa en el Guadalteba. Ya saben las cosas que pasan.

Más, todavía. Una calle larga, derecha, alineada como si el urbanismo se remontase a años atrás, es la arteria del pueblo. Surge, la pregunta. ¿La respuesta? Es la antigua Cañada Real que unía Ronda con Cañete. Allí gira a la derecha y por Casarabonela busca el curso del río Guadalhorce.

La última vez que estuve por allí fuí a buscar el ‘reventón’. Le mando una foto a un amigo. Me contesta de seguida:

- ¡Qué hermosura!

No puedo acércame todo es un lago de agua cristalina. En la cercanía un hombre tala con una motosierra una parcela de olivos. Me acerco. Entablo conversación. Se llama Rafael y supera los sesenta años.

- Con el hacha costaba más…

- No crea usted que también le he pegado lo mío. Pero esto no tiene comparación.

Me dice que los olivos son ojiblancos, que han estado buenos, pero que este año se ha quedado mucha aceituna en el campo. Toda la que no se cogido antes del agua está en el suelo. Ya es barro y eso ya no sirve…

Me despido de Rafael y antes le digo:

- Usted no ha pasado el domingo al lunes…

- Es lo que hay… En el momento que ha levantado el tiempo…

Eso es el campo, eso es parte de los pueblos esparcidos a voleo, eso es la gente de nuestra tierra con la que el hombre que gusta de andar los caminos se siente tan a gusto.

- Está impresionante, le digo al despedirme…

- Yo no lo he conocido nunca así y cuando se vacíen las posas que hay en la sierra…

martes, 17 de febrero de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Un malagueño las bautizó: Islas Filipinas

 


                                      Fuente: Novaciencia


Febrero, martes 17

 

Su nombre, Ruy López de Villalobos. Nació en Málaga, entre 1505 y 1510. Su padre del círculo cercano a Fernando II de Aragón, el Rey Católico, que unos años antes habían conquistado la ciudad en el final de la Guerra de Granada.

 “Caballero hijodalgo”, hombre de letras más que de espada, licenciado en Derecho. Fue cuñado de Antonio de Mendoza, el primer virrey de Nueva España, que lo pone al frente de la Armada de Poniente y a quien encomendó el cuidado de sus hijos en caso de muerte.

Un biógrafo lo define: “alto de cuerpo mas muy delgado [...] de sutil y muy claro ingenio [...] casto y amigo de sus amigos [...] hombre suficiente para proveer cosas de la mar, aunque en cosas de guerra ni de las que llevaba entre manos nada experimentado”.

Una vez, en Méjico, zarpó de Jalisco en una escuadra “hacia el lugar por donde se ponía el sol”. Sin un conocimiento exacto de sus posibilidades ni de los mares que transitaban. Llegan a las islas Hawai ¿Estaban y descubiertas? No lo sabemos, si no lo estaban ellos fueron los descubridores.

Llevan a cabo la exploración por el Mar del Sur. Van seis barcos. El suyo, la nao capitana: Santiago. A bordo de los seis barcos, cuatrocientos hombres, entre marineros, soldados, religiosos y funcionarios.

Anduvieron por las islas Marsallh, Molucas y otras del Pacífico. Tuvieron conflictos con los portugueses, que aducían la propiedad y que ya habían llegado con anterioridad. Villalobos con el Tratado de Tordesillas defiende la españoleidad de aquellas islas.

 En Mindanao bautiza una bahía con el nombre de Málaga que no prospera en la posteridad. A las Islas les da el nombre de Filipinas en honor del Príncipe, anteriormente ya había dado el nombre del rey Carlos I a las Carolinas.

Las penalidades se apoderan de ellos. Manda de regreso, en 1556, a parte de la expedición en un barco portugués. Llegan muy mermados a Lisboa. Él no vuelve, muere de fiebres palúdicas en la isla de Amboina, el Viernes de Ramos de 1556, con el consuelo de la asistencia espiritual del misionero jesuita Francisco Javier (no puede ser el santo navarro porque había muerto cuatro años antes; debe ser otro jesuita de igual nombre), siendo enterrado en el pueblo de Zozanibe.

Una placa en el centro de Málaga, en la esquina de calle Santos con Compañía, recuerda su nombre a los transeúntes y curiosos que hurgamos en los papeles viejos. Una Asociación pretende rescatar del olvido nombres ilustres. Hoy no sabríamos de ellos, de no ser por su empeño y dedicación.

 

 

Bibliografía

 

C. Pérez Bustamante, La Bula de Alejandro VI y el meridiano. Portugueses y españoles en Oceanía. La expedición de López de Villalobos, Santa Cruz de Tenerife, Imprenta de Sucesores de M. Curbelo, 1922

l viaje de don Ruy López de Villalobos a las islas de Poniente, 1542-1548, Milán, ed. Cesalpina- Goliardica, 1983

Islario español del Pacífico, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1984

Descubrimientos españoles en el Mar del Sur, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1991

Malagueños en América. Del Orto al Ocaso, Málaga, Diputación Provincial, 1992, págs. 107-164