DESDE EL LUGAR
Lectores de José Morales García
viernes, 17 de abril de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La primavera
Abril, 17 viernes
Las abejas
libaban esta mañana en la rosaleda. Las abejas habían madrugado casi tanto como
el sol y, entre ellas, se había distribuido el los arriates donde debían sacar el
extracto de néctar que luego será miel. Todas sabían su rosa asignada: roja, amarilla,
blanca, lila (las lilas me las tocáis con mucho cuidado, les dije, y me hicieron
caso) anaranjadas, cobrizas…
Las
abejas cumplían lo mejor que ellas saben hacer su cometido. Competían con ellas
otro insectos, esos de los que no conocemos sus nombres. Saben que estamos en primavera y que, luego, vendrán
los meses tórridos del estío y ellas durante algunas horas darán paso a las avispas.
Las avispas como son más puñeteras no le temen ni a la calor, ni a nada. Bueno,
sí, le temen a los abejarucos, que comparten espacio con ellas y pían y pían y señalan
círculos concéntricos en el cielo azul.
Piaban
los gorriones que se las anda a la gresca metiendo broza en los bajantes de
agua de los tejados. Hay un nido de jilgueros en el ciprés de la alberca, pero
está muy alto. No logro verlo. Tampoco he visto el nido de mirlos. Está en algún
encuentro de los naranjos. Veo al mirlo posado en los cables de la luz y de vez
en vez da una volada cercana. No he querido zarzalear por la huerta para no espantarlos.
Esta mañana temprano, también, cantaba un carbonerillo. Luego, a medida que
entraba la mañana, desapareció.
Por la
barranca, al otro lado del arroyo, apareció una piara de cabras. Era una sinfonía
de latón. Primero, lejanas, luego cada vez con más intensidad. Pasaron y se
alejaron con lentitud, sin prisa. Careaban
por la ladera. Comían la hierba fresca que esta primavera está generosa, espléndida….
El cabrero llevaba un perrillo negro, una honda y un garrote. Me saludó en la
lejanía. Le devolví el saludo…
La
primavera lleva su ritmo y su cadencia; la rosaleda florece a su modo; están ahítos
de azahar los limoneros y los naranjos y dicen que también los cerezos… Se han
vestido los almendros y las higueras. Están en sazón los nísperos.
La primavera
un año más nos embellece la vida y como Muñoz Rojas en Las cosas del campo
nos hace meditar: “Decir es siempre hermoso. Poder decir, cantar o irse por jardines
la primavera y luego dejar la primavera y encontrar aquel niño que acaso fuimos.
Irnos con él, irle contando lo que fuimos, igual que yo, lo mismo”.
jueves, 16 de abril de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El campo de antes
Abril, 16 jueves
Por la ‘sanmiguelá
– ese tiempo que viene en los inicios del otoño en torno a la festividad del
arcángel - el gañán se levantaba de madrugada. Echaba un pienso a los mulos: paja
y cebada. La cuadra estaba caliente; desprendía un vaho. Piafaban las bestias.
El hombre, colgada el candil en un clavo en pared, y las sombras parecían
fantasmas alargados que no tenían manos.
Cuando
el lucero del alba se ponía sobre el monte del Cerro del Cura sacaba la yunta
al corral. Primero, uno; luego, el otro. Los mulos tenían nombres. Se llamaban Chaparro
y Peregrina. La mula era más noble; chaparro, más destartalado.
Les
ponía la jáquima un artilugio de cuero con una pieza metálica a la
altura del befo. Sujetaba a los animales. Los aparejaba. Movimientos mecánicos
y colocaba sobre el lomo: albardón, ropones, harma, sobreharma y cubierta.
La cincha los inmovilizaba. A uno de
ellos le echaba el serón. Lo afianzaba con un cordel de esparto… En los cujones
ponía, en uno, el costal con la simiente; en el otro, el cantarillo del agua y
la talega con las viandas para el día.
En la besana,
los desprendía de los aparejos. Se dejaban, muchas veces, bajo algún olivo
solitario. Era el hato. Si le acompaña un perrillo se quedaba en la
guarda… Los uncía en el ubio. Sobresalía el extremo del ejero que
fijaba con una lavija. El arado, un arado romano, de madera, se componía
de varias piezas: garganta, orejeras que esparcía la tierra del surco a
ambos lados, mancera… El gañán trazaba varios surcos separados, o sea, amergaba
la tierra para tener un orden….
La
semilla si era de cereal iba en una pequeña bolsa de lona. La mano entreabierta
asía un puñado y lo esparcía, entreabriendo la mano, a voleo. Si eran leguminosas,
alguien detrás de él las dejaba caer espaciados en lo hondo del surco que, a la
vuelta de la yunta terminaban enterradas bajo la tierra.
El
cante le puso su momento de poesía: “arando en un peñascal / se me perdió la
besana / y aonde la viene a encontrar/ debajo de tu ventana”. A veces,
una bandada de palomas picoteaba las semillas antes de que el arado las
cubriera de tierra.
Luego,
si venían las lluvias de otoño, unos meses después, en torno a la Navidad,
verdegueaba el campo. Las lomas aparecían verdes y cuando avanzado el tiempo y
llegaba abril, cuando se arrancaba el levante peinaba los sembrados y
parecían olas de mares de un secano que respondía a la pregunta. Sí, por aquí
paso y dejó su belleza prendida para regocijo de las almas que valoran estos
paisajes…
miércoles, 15 de abril de 2026
Una hoja suelta de del cuaderno de bitácora. Antonio Becerra, el hombre sabio
Abril,
15 miércoles
Antonio
Becerra era un hombre bajito. Andaba con paso firme y ligero. Su profesión de
cartero (entonces en el pueblo solo había dos carteros y hacían dos repartos
diarios) le daba el privilegio de conocer a todos los vecinos. Antonio no tenía
hijos.
Antonio
vivía, cundo yo lo conocí, en la barriada que, como casi todo en Álora, se llamaba
“Virgen de Flores” pero el pueblo la conocía como Casas Nuevas. Se hicieron en
aquellas promociones del Ministerio de la Vivienda. Un mosaico, en una de las
fachadas, informaba pomposamente Obra Sindical, año 1959.
La barriada
se realizó en dos fases y, entonces, yo, un niño de poco más de diez años supe
que había unas máquinas que se llamaban hormigoneras. Era el último grito en la
maquinaria para hacer mezcla en las obras… ¡Qué cosas, Dios mío!
A lo
que iba. Antonio vivía allí. El niño aquel se había hecho muchacho, Antonio, ya
jubilado, era nuestro vademécum particular en las excursiones de los domingos.
Salíamos por los caminos que Antonio conocía a la perfección y nos daba
lecciones de botánica que aún no he olvidado.
Un
domingo cercano a la Navidad salimos a primeras horas de la mañana, bajamos por
la calle Cantarranas, pasamos el arroyo Hondo, por debajo del Capricho y el Baece
– aquellos son los Peñones de Juan Díaz, nos dijo – bordeamos la Miguela, nos
indicó cuál era la Sierra de la Robla y Casarabonela, la Cuesta del Verrón. Al
mediodía dimos en comer en la Fuente de Pedro Sánchez. Por cierto, nosotros, Miguel
Antonio Bootello, su hermano Regino, mi hermano Andrés y un servidor (venía
alguien más) nos sentamos. Del grupo ya faltan dos. Antonio permaneció de pie durante toda la
comida…
Bordeamos
El Hacho. Nos dijo donde se cogía, al final de la primavera, la mejor
manzanilla, el mejor esparto y cuando florecían los gamones, las retamas y las
aulagas, lo que era el rabogato, nos
marcó los roales de tomillos, romero, matagallos y donde estaba la encina
con la bellota más dulce…
A la
caída de la tarde, cuando ya se encendían las paupérrimas bombillas del alumbrado
público bajábamos desde el Llano de Santa Ana, por la calle Suspiro y Peligros,
al Callejón. Él como una rosa; nosotros, fundidos.
Antonio
Becerra en sus ratos libres ejercía de relojero y además era el mantenedor del
reloj del Ayuntamiento. Muy poca gente sabe que ese reloj perteneció al extinto
Beaterio de la Concepción, “el Convento de las Monjas”, derribado en la
barbarie que nos azotó cuando los españoles perdimos tanto. Tenía otra
particularidad. Daba los cuartos, la media, los tres cuartos y la hora entera
que, además por si alguien estaba despistado la repetía…
Hoy me
he acordado de Antonio Becerra, cartero, relojero hombre de unos conocimientos
de botánica excepcionales. Un hombre sabio y bueno, muy bueno…