DESDE EL LUGAR
Lectores de José Morales García
domingo, 2 de agosto de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Kant no está de moda
Agosto,
3 domingo
España, física y moralmente, arde sin misericordia. Hoy toca en Ceuta y Extremadura. España, una parte de España se
nos va. Se nos fue, se nos está yendo. Paisajes que algunos no volveremos a ver
nunca más porque nuestra vida no será lo suficientemente larga como para poder
ver ese cambio soñado que no va a llegar.
El
filósofo alemán Kant decía que el sabio suele cambiar de opinión, el necio
nunca. Estos días asistimos a dogmatismos que ríanse de la terquedad de aquella
inquisición de otro tiempo. Me asombro cuando veo como hay gente que opina de
todo. No sabía yo que teníamos tanta gente sabia en puestos de responsabilidad ni esa pléyade de ingenieros forestales ocultos en
la oscuridad del anonimato. Salen como los espárragos después de una temporada
de lluvia. Naturalmente sus títulos de Ciencias Políticas y de Ingeniero de Montes es equivalente al mío
de maquinista de barco. Nulo; inexistente.
Opinan,
dogmatizan. Culpan a otros y todos saben lo que hay que hacer. Me flota una
pregunta en el aire. ¿Y por qué no se ha hecho? Ahora, me temo, que ya todo
esto es irreversible. No se puede volver el río a la cumbre de la montaña. Esta
situación – otra, como Ceuta, también – se nos han ido de la mano.
La
sucesión de noticias es de tal voracidad que, lo ocurrido esta mañana, parece
antiquísimo y a pesar de que la luna vuelve cada veintiocho días, todo,
absolutamente todo, es viejo. Hay algo peor. Estamos crispados. Saltamos como
esas chispas que prenden el campo seco y el bosque abandonado, como ese odio
ancestral oculto. Hay demasiada intolerancia; hay, también, demasiado estómago
agradecido pregonando su doctrina y vendiendo la consigna de culpar a otros a
los que se les pone incluso nombre: mafias. Hay demasiado mediocre ocupando
puestos de responsabilidad. Piensen en el señor de uniforme diplomático, que
ocupa un Ministerio fundamental.
Tengo
recorrido desde Plasencia hasta el nacimiento del Tiétar. Me son familiares, también, los nombres de
los países de la gente que huye del hambre y de esos pueblos achicharrados y lo
que era – desgraciadamente, ‘era’- parte de su paisaje. Ojalá, a quien o a
quienes corresponda sean conscientes de la situación y si no, que el demonio
los haga arder en ese fuego que no se apaga nunca. Por los clavos de Cristo.
Hagan caso a Kant: “el sabio, rectifica…”
sábado, 1 de agosto de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Un faro en tierra de Campos
Ampudia
UN
FARO EN LA TIERRA DE CAMPOS
Agosto,
1 sábado
Es media mañana. Dejo, después de albergar una impresión de
reverencia, admiración y sobrecogimiento, San Juan de Baños. Por Dueñas, a un
lado de la carretera, la Cartuja. Recuerdo a Fray María Rafael. Sus salidas y
entradas en la trapa. Su camino a la santidad…
¡Cómo pudo ser
Castilla tan grande en santos, en tierras, en monumentalidad, en hazañas al otro
lado de los mares! La respuesta me viene
con un gozo sentido por dentro. Nosotros, hijos de Castilla, en muchas cosas,
también, la metemos en la alforja de pueblos que forjaron Andalucía.
Un puñado de palomas picotea en el rastrojo; No está lejos el palomar. Es un edificio redondo, inconfundible. En la parte superior unas ventanas pequeñas se abren al campo; está casi derruido. Lo ha castigado el tiempo. Tampoco hay muchos hombres que valoren ya la palomina ni la importancia económica que en otro tiempo tuvieron los palomares.
Monasterio
de Alconada
Junto a la carretera, el Santuario de Alconada. Sigo camino; un poco más adelante, la torre monumental de San Miguel corta las pocas brisas que mueven los rastrojos. Sobresale a un templo, magnífico. Otro. Castilla, llena de templos y pueblos sin gente Le saca tres o cuatro cuerpos a los tejados de las casas. Una polvareda de tierra delata al tractor que va por la planicie.
Calle de Ampudia
Ampudia es un pueblo como todos los pueblos de Castilla de
color ocre. Sobresale también, sobre un
cerro de poca altura, el castillo. Sus calles, con soportales. Voy de paso.
Llego a Ampudia para saludar a una amiga.
Contemplo,
miro, me empapo de un horizonte entrecortado por oteros, algunas choperas en
las orillas del río Carrión cercano ya a entregarse al Pisuerga. Están segados
los trigos. El hombre castellano trabaja su tierra.
Me acerco al Museo, pregunto por Ascen. Me atiende un
hombre joven, muy amable, muy atento. Él, también sabe de mi llegada. Me dice
que hay un mal entendido, que ella me esperaba ayer tarde. Hace gestiones por
teléfono y al rato aparece, con paso firme, enhiesta como una espiga de trigo
de la Tierra de Campos, Ascen… Nos saludamos. Le pregunto por Begoña, me dice
que se habría alegrado mucho de estar…
Hablamos
muy poco, solo lo que da el tiempo del saludo y cuatro palabras más, todas muy
bonitas. Me dice de su alegría del reencuentro, le correspondo. Le digo que
tengo que seguir camino. Ante mí solo me restan cien kilómetros para llegar a
Aguilar de Campoo…
Castillo
de Ampudia
viernes, 31 de julio de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El amable vecino de enfrente
Chefchauen
Julio,
31 viernes
Cuanto
estaba permitido, las carreteras españolas exhibían paneles
publicitarios en sus orillas. Algunos, vulgares; otros con su chispa de gracia.
Recuerdo uno, entre Aranda de Duero y Burgos: "Papá, ven en tren”. Kilómetros más adelantes: “Con Iberia ya
habría llegado…”
Otro,
en un panel grande combinaba figuras de tuaregs del desierto sobre camellos,
paisaje nevado del Atlas y algunos edificios emblemáticos de Marrakech. Era una
preciosidad. Con grandes letras fácilmente legibles: “El amable vecino de
enfrente”. La verdad, el cartel entraba por los ojos.
He
estado dos veces en Marruecos. La primera, a final de los años ochenta del
siglo pasado. Entramos por Melilla. Continuamos: Nador, Oujda, Taza, Fez, Mekne,s
Marrakech, – en el hotel Es Saadi, desconozco si aún existe, pedí un refresco
de limón. En mi mente era una fanta. La sorpresa vino con un jarrito de
zumo de limón, agua fresca y azúcar para que hiciese la proporción adecuada… -,
Safi, Casablanca, Rabat, Larache, Ceuta. Doce días inigualables. ¿Experiencia?
En Fez, en pleno ramadán, tarde tórrida. Compramos una sandía, con la Ciudad
Santa delante. Le ofrecimos al guía acompañante una tajada. Cortésmente, la
rechazó.
- No
es posible. Es el ramadán.
Otra.
Salíamos de Marrakech. Mi amigo conducía; yo, de copiloto. Un mapa sobre las
piernas. Me comenta que nos sigue un coche y que, a pesar de darle paso, no nos
adelanta. Me dice que le ha hecho señas con las luces.
-
Prevente, sin que las mujeres se den cuenta de nada. Tomo una cesta que
teníamos con viandas sobre mis piernas. Discretamente, introduzco la mano en la
cesta. Cojo un cuchillo sin que se vea mi mano. Se echa a la cuneta, baja el
cristal de la ventanilla. El coche se pone a nuestro par…
- Se
han equivocado. En Marrakech han preguntado por Safi. Tendrían que haber tomado
a la izquierda y han cogido la carretera de la derecha. Dense la vuelta. Van
mal. Sentí una profundísima vergüenza. Podían más los prejuicios que la solidaridad
humana.
La
segunda vez. En la mediación de este primer cuarto de siglo XXI. Entramos por
Ceuta. Seguimos por Tánger, Asilah, Chefchauen – una de las ciudades más
bonitas que he visto del Atlas – Tetuán y otra vez, Ceuta. La experiencia
totalmente, contraria. Nos engañaron dos veces. Convenimos unos precios; luego,
quería otros.
Nuestro
amable vecino de enfrente hoy la ha liado. Y bien liada. Se ven que la
condición humana es como el día y la noche. Cuando hay luz y relación positiva
tiene que venir la oscuridad que todo lo estropea. Ustedes al igual que yo a
estas horas están empachados de opiniones. Vecino, es; que está enfrente,
también. Con el sofocón de hoy ¿Amable?