martes, 20 de octubre de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Monsaraz

 


                Al fondo, Monsaraz; en primer plano, pantano de Alqueva en el río Guadiana

 

Octubre, 20 martes.


         A media mañana, en compañía de unos amigos, cruzamos el Múrtiga. Viene de Fuenteheridos y va camino del Ardila; luego, los dos que ya son uno, entregarán sus aguas al Guadiana. Ya no existen fronteras y subo hasta Barrancos de un tirón. Es el primer pueblo del Alentejo. En un supermercado nos aprovisionamos de quesos y algo de embutidos...

         La carretera sigue camino hacia Amareleja. Por allí el paisaje sufre las colas de la calor tardía. La presa de Alqueva, el mayor lago artificial de Europa, preciosa. Un puente une las dos orillas. Remansa las aguas del Guadiana.

 



Paisaje de verano. Alentejo (Portugal)

 

         Alentejo, literalmente significa “más allá del Tajo”. “allen- Tejo”. Por un lado, por donde cada tarde se va el sol camino de América, el Océano Atlántico; por donde viene cada mañana, o sea por el Este, España, de la que le separa el Guadiana.

El Alentejo es una tierra ardiente en verano y muy fría en invierno. El paisaje ondulado. No es un disparate decir que está salpicado de pequeñas ciudades, de pueblos y freguesias muy bien comunicadas entre sí que no tienen edificios apiñados ni la polución de las grandes ciudades. Son espacios en los que se funden paisajes rurales y toques ligeros urbanos. Entornos distinguidos y sobrios a la vez.

 

Alentejo. Bosque de alcornoques


El campo es una dehesa continuada de bosques de alcornoques (Portugal es primer productor de corcho del mundo) olivares y viñedos, de vez en cuando, alguna dehesa, pero pocas. Transito por campos casi sin nadie en las carreteras.

Reguengos de Mosaraz sigue con sus tiendas de cerámica a orillas de la carretera. Vamos a un antiguo molino de aceite reciclado como restaurante…. Aún conserva el olor a fábrica y a maquinaria que ha dado su esquilmo. El lugar, un escondite, para no olvidarlo.



Reguengos de Monsaraz


Hace calor. He estado en Monsaraz… No sé, cuatro, cinco veces.  He perdido la cuenta. He llegado por muchos caminos:  desde Moura, desde Évora, desde Barrancos, (las, más). Se ve desde la lejanía. Sobresale sobre un cerro la mole del castillo. Está allí, dice la historia, desde el siglo XIV.

Lo tienen muy bien conservado por el exterior; su interior, un pupurrí repetitivo de tiendas para turistas. El patio de armas es una plaza de toros y la iglesia… del XVI. Acusa el paso del tiempo. Tiene una casa de la Inquisición, un pozo comunal, una casa de la misericordia, y una oferta de paisajes, sobre el Alentejo, como se pueden encontrar pocos sea la época del año que sea.



Mourao. Alentejo. (Portugal)


De regreso, cuando cae la tarde, viene bien un descanso en el parque de Mourao junto al quiosco de la música. En una esquina de la plaza, la iglesia de san Francisco, barroco del XVIII. Sobre los tejados chimeneas circulares acabadas en remates circulares… ¡Ay, Portugal, por qué te quiero tanto!



lunes, 19 de octubre de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Las grandes pequeñas cosas

 


Octubre, 19 lunes.

 

Hace unos días, Antonia María Ortega publicó la foto de un cuadro pintado por ella y decía que le gustaban las cosas pequeñas. No tiene mal gusto. En lo pequeño uno se deleita; en lo grade, se diluye. Algo así como cuando la mente tiene tantas llamadas que no sabe a donde acudir.

El primor de lo pequeño es algo difícil de valorar. Dicen que nuestro cerebro trabaja a unas revoluciones ínfimas comparadas con la capacidad con que la naturaleza lo ha dotado. Puede ser. De neurología, - como de tantas otras cosas – ni idea.

A lo que iba. Esta mujer, o sea Antonia María, ha conseguido que uno concentre la mirada en un puñado de objetos: unas azucenas; dos claveles; un pajarillo que picotea una flor; unas cortinas cubren las paredes de una habitación desvencijada. Sobre una mesa de madera, un libro sin abrir. ¿Qué procesión de letras hilvanada unas a otras, tendrá en su interior el libro cerrado? ¿Qué dirá ese mensaje escrito? No lo sabremos nunca. Nunca la autora nos abrirá, al azar, el libro…

De este pequeño cuatro recojo un mensaje tácito. Es la obra de una mujer con un alma grande, que la exhibe a la vista de todos. Abarca un puñado de preguntas y una conclusión: uno cuando está delante de un cuadro así sabe que está ante el primor de las cosas pequeñas y por supuesto, de un regalo de su interior. Se entra en el alma de la creadora. ¿Por qué ha utilizado los blancos, rosas y naranjas para flores? ¿Por qué los rojos con intensidad diluida de las cortinas, de la mesa… ¿Por qué esa manera de pliegues en las cortinas? Por qué, por qué…

Lo primoroso es diminuto. Hay una curiosidad. ¿Cuántas veces le cambiará el agua al jarrón? Porque no me negarán que el agua del jarrón de cristal es transparente y clara. Es una de las propiedades inherentes de las almas sencillas. Son las almas que regalan transparencia. ¿El primor de lo pequeño? También y, además, la luz que emanan un puñado de flores de diferentes colores que alguien colocó en un jarrón sobre una mesa con su único cajón entreabierto…

Oh luz de Dios que brillas en la altura cantaba el Villancico. O luz de Dios que nos regalas con el trabajo, la ilusión, de ese darse sin esperar, que hacen las personas, generosamente, a veces, con la sonrisa en un saludo, con una canción mientras realiza una faena,  o en una combinación, de colores a su manera de ver y entender y que llamamos cuadro…

Gracias, amiga. Como el arpa de los versos de Bécquer, la mano de tu inquietud arranca esas notas que dormían y que, ahora, nos deleitan y nos hacen reflexionar.

domingo, 18 de octubre de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 



Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Jardines de España 5. Huerto de Calixto y Melibea. Salamanca

 

 


                                                                                                                                       Octubre, 18 domingo

Salamanca. “Arte, saber y toros”. En su suelo nació el Lazarillo. Ese pillo simpático que cae bien y con quien se establece una corriente de afecto. Él mismo dice:

«Pues sepa vuestra merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre.”



Unos años antes, a finales de siglo XV, el Bachiller Fernando de Rojas natural de la Puebla de Montalbán (Toledo) escribió La Celestina o Tragicomedia de Calisto y Melibea. Era criptojudío, o sea, judío converso (su padre murió quemado por la Inquisición). Ejerció como juez en Talavera de la Reina donde murió.



Su obra cumbre, La Celestina. Calisto pretende a Melibea que lo rechaza. Recurre a una vieja alcahueta muerta a manos de sus criados Sempronio y Pármeno al no conseguir parte de una cadena oro, botín pagado por Melibea por los favores. Los ajustician al día siguiente. Calisto cae de una escalera al escalar un muro y muere; Melibea se suicida… Se le puede suprimir lo de “comedia” y dejarlo en tragedia



No hay ninguna evidencia que la obra transcurra en Salamanca ciudad muy conocida por el autor como estudiante en su Universidad. Salamanca ha querido dar su nombre a un “huerto” hoy parque recóndito y lleno de romanticismo en recuerdo al amor que no pudo ser.               

    “Celestina: No hay cirujano que a la primera cura juzgue la herida. Lo que yo al presente veo te diré: Melibea es hermosa; Calisto loco y franco. Ni a él penará gastar, ni a mí andar. ¡Qué corran monedas y dure el pleito lo que tiene que durar! Todo lo puede el dinero; las peñas quebranta, los ríos pasa en seco. No hay lugar tan alto que un asno cargado de oro no lo suba.”

               


    “Entrando Calisto en una huerta en pos de un falcón suyo, halló ahí a Melibea, de cuyo amor preso començole de hablar. De la cual rigurosamente despedido, fue para su casa muy sangustiado.”

 


 


    “Calisto: En esto veo, Meibea, la grandeza de Dios.

Melibea: ¿En qué Calisto?

Calisto: En dar poder a la naturaleza que de tan perfecta hermosura te dotase y hacerme, inmérito, tanta merced que alcanzase a verte, y en tan conveniente lugar que mi secreto dolor pudiese manifestarse.”




    “Sempronio. ¿Pues qué? ¿Toda tu vida habías de llorar?

Calisto. Sí.

Sempronio: ¿Por qué?

Calisto. Porque amo a aquella ante quien tan indigno me hallo que no la espero alcanzar.”

 


    “Celestina. No es cosa más propia del que ama que la impaciencia. Toda tardanza le es tormento. Ninguna dilación le agrada. En un momento querrían poner en efecto sus deseos.”



    “Celestina. (…) ¡Y qué gorda y fresca que estás! ¡Qué pechos y qué gentileza! Por hermosa te tenía hasta ahora, viendo lo que todos podían ver; pero ahora te digo que no hay en la ciudad tres cuerpos tales como el tuyo en cuanto yo conozco." 



    “Celestina. No lo sienten con el enajenamiento del amor; no les apena; no ven; no oyen. Lo cual yo juzgo por otros que he conocido, menos apasionados y metidos en este fuego de amor, que a Calisto veo. Que ni comen, ni beben, ni ríen, ni lloran, ni duermen ni velan ni hablan ni callan, ni penan ni descansan, ni están contentos ni se quejan, según la perplejidad de aquella dulce y fiera llaga de sus corazones.”



La Celestina, de la que he seleccionado algunos fragmentos que preceden recoge la enfermedad del amor; la pasión y la añoranza del placer sexual; la fortuna y la muerte, la magia y la prostitución; las relaciones sociales de amos y criado; el dinero.

Todo eso, parte de la vida de entonces, y de ahora, ha convertido a La Celestina en la primera obra en importancia, después de El Quijote, de la Literatura Española.