miércoles, 10 de junio de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Madre

 

 



Junio, 10 miércoles


 Madre tomó un cubo de cinc con un asa grande. Introdujo la ropa y una tabla de lavar de madera con rayaduras; sobre la ropa, un taco de jabón…

- ¿A dónde vas? Preguntó, el niño.

- Al arroyo…, contestó, madre.

- Yo voy contigo, dijo el niño.

Madre tomó en una mano el cubo con el taco de jabón, la ropa y la tabla de lavar; en la otra, la manita pequeña del niño… Bajaron por la vereda, junto a la vía del tren. Se encaminaron al arroyo.

- Madre, dijo el niño, ¿de dónde vienen los trenes?

- De muy lejos, le dijo

- Y ¿van muy lejos?

- Sí muy lejos, contestó madre. Y le dijo el nombre de algunas ciudades, pero el niño no comprendió nada de todo lo que le dijo.

Cuando llegaron al arroyo, madre, acopló la tabla de lavar sobre unas piedras, y se arrodilló sobre una gamuza que traía en el fondo del cubo debajo de la ropa. Le encargó que tuviese cuidado y no se mojase porque el agua estaba muy fría.

- ¿Por qué, preguntó el niño, está el agua fría?

- Porque es invierno y en invierno está el agua muy fría.

- ¿Y en verano, también, está fría?

- No, dijo, madre, en verano no está tan fría.

Pasó Francisquito con un hatillo de cabras. Careaban despacio por el borde del arroyo. Frasquito era un hombre enjuto, con la cara surcada por dos grandes hendiduras en ambas mejillas, quemadas por el viento frío del campo. Saludó a madre y madre le devolvió el saludo.

- Madre, volvió a preguntar, el niño ¿de dónde viene el agua del arroyo?

- De aquella sierra y le apuntó, con el dedo, unas montañas en el horizonte…

- ¿Me vas a llevar un día a  donde nace el arroyo?  Preguntó.

- Cuando seas mayor, ahora, eres muy pequeño y no puedes andar…

- Y ¿por qué no me lleva papá en los hombros?

- Por que papá está en el cielo.

- ¿Yo veré algún día a papa? Volvió a preguntar el niño

 El niño, en la conversación, distraído, resbaló. Metió los dos pies en el agua y entonces madre, dijo…

- Hijo vas a coger una pulmonía. Recogió la ropa de prisa y tomó al niño de la mano…

- Madre, dijo, el niño. Estás llorando…

No, dijo madre, es que me ha caído jabón en los ojos…

Y asido de la mano, madre y el niño volvían por la vereda que va junto a la vía. En la lejanía sonó el pitido de un tren, al poco rato apareció y desapareció casi con la misma velocidad que traía…

martes, 9 de junio de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El Pueblo

 


                El Papa León XIV por las calles de Madrid


Junio, 9 martes


Don José Ortega y Gasset dijo que en España “lo que no hace el pueblo se queda por hacer”. Don José nos conocía bien, muy bien. Él fue quien escribió un libro clave para comprender todos los desaguisados que, ahora, nos atosigan, cuando siglo XXI acaba de superar el primer cuarto. El libro se llamó España invertebrada.

Otro español genial, don Antonio Machado definió Madrid como rompeolas de las Españas. El pueblo de Madrid, o sea España, acaba de dar una lección de civismo, de saber estar, de generosidad en la acogida a quien viene en una visita oficial, pero que es algo más que la oficialidad de la vista, o sea, recibe al Pastor. Nosotros lo llamamos Obispo de Roma o Papa.

Cuando se publiquen los documentos de lo que nos ha dicho veremos la profundidad de todo lo que nos ha dejado. Hacerle caso o no, es harina de otro costal.  Vamos, como el molinero que sacaba la harina que le convenía y del costal que él quería.

Mientras tanto nos quedamos con el Pueblo – con mayúsculas -. Ese pueblo que cantaba bajo el sol abrasador del sol de Cibeles una mañana de final de primavera: Como estás mi Señor en la custodia, / igual que la palmera que alegra el arenal, / queremos que en el centro de la vida / reine sobre todas las cosas tu ardiente caridad”

El Pueblo, ha dejado muy clarito, una vez más, que está por encima, muy por encima de todo lo que le rodea y sabe distinguir entre churra y merinas y quien viene fiel a su doctrina y aunque duela, a decir,  esto es lo que hay.

Algunos de los que somos pueblo, a veces, caminamos en la penumbra.  Espinas, guijarros que hieren, dificultades, decisiones muy duras y, en momentos, incomprendidos. El Papa ha trasmitido su mensaje de esperanza, de paz. Ha mostrado el camino. Por lo pronto, el pueblo de Madrid lo ha acompañado en su caminar físico. Ha llenado plazas, calles, aceras o como anoche, el Santiago Bernabéu.

Nosotros, mientras tanto, tenemos su mensaje, su doctrina. Citó, aunque parezca que no está de moda, a san Manuel González y habló del Sagrario. En los tiempos que correen, ¡Jesús, en el Sagrario! Nos ha citado, también a místicos.

Teresa de Jesús: Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene, nada le falta, solo Dios, solo Dios basta. Ahí queda eso, o San Juan de la Cruz, que, tampoco, lo tuvo fácil y preguntó directamente: ¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido. / Como el ciervo huiste, habiéndome herido; / salí tras ti clamando, y eras ido…

Lo que no hay es espacio, pero hay más, mucho más.

lunes, 8 de junio de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El hechizo de Dios

 



Junio, 8 lunes

          

Esta mañana, cuando llegué al campo, los primeros rayos del sol aparecían por detrás de la loma de Virote. Cantaban los pájaros, como solo lo hacen en estos días de finales de primavera, cuando los últimos volantones tardíos esperan en sus nidos el momento para echarse a volar…

Me vienen a la mente dos momentos de ayer tarde.  El Papa echa un capote a un joven emigrante que quiso hablar a pecho descubierto y claro, se le olvidó el texto - los nervios juegan, a veces, esas malas pasadas – y él, como una humidad sobrecogedora, va y le dice: “yo también tengo que leer porque se me olvidan las cosas”. Eso se llama ponerse en el lugar de alguien que acababa de pasarlo mal.

Aún resuenan en mis oídos – son días de sensaciones, tantas, tantas, que unas se sobreponen a las otras – las palabras de Antonio Banderas,  ese hombre al que Málaga no le agradecerá bastante, lo que hace por ella, y donde dijo que él  recordaba aquellos momentos, cuando niño, en que la mirada de su madre lo llevaba a la imagen de la Virgen de la Esperanza, las cofradías en la calle y la saeta y…

Iba a más, muchísimo más, dijo con la voz semiquebrada,  “Hoy estoy aquí confesando haber sido víctima del hechizo de Diós”. Él había sentido el ‘hechizo de Dios”. Viniendo de quien viene eso deja a uno sin resuello. Este hombre, que tiene todo lo que el mundo puede dar, ante León XIV, agotó el número de adjetivos calificativos. Se acabaron los sinónimos. Solo quedaban palabras para decir, gracias Señor, porque has puesto en este mundo de zozobras y tanto oropel a hombres como Antonio. Coloca, como nadie, ese punto sobre una letra, que se llama ‘i” y que sin ese punto sería un palote suelto sin sentido.

No quedó ahí la cosa. Se entretuvo en citar a San Agustín. No usó la cita a la que muchos recurrimos para autoanalizarnos y proclamar nuestra limitación. “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. No, no. Usó otra.

Tocó la fibra de la fraternidad. Llamó a algo a lo que echamos mano, pero utilizamos poco. “Si decís vosotros que los tiempos son malos, sed vosotros mejores, y los tiempos serán mejores porque vosotros sois el tiempo”.

No sé. A mí, hubo un momento en que me dio la sensación de que el Papa, también estaba emocionado. Yo, desde luego, lo estaba y, obviamente, hoy no soy objetivo y me he permitido romper ese principio sagrado de la objetividad y me parece que, el auditorio de ayer tarde, también.