martes, 5 de mayo de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Venid y vamos todos

 

 

                              Foto. A. García Suárez

Mayo, 5 martes


Las tardes de mayo apuntaban a calor. Los niños volvíamos a la escuela a las tres; en el campanario de la iglesia, casi sobre nuestras cabezas, las campanas tocaban a vísperas; la brisa de la tarde peinaba los trigos y las cebadas tempranas que ya estaban espigadas.

Mi maestro era don José Oropesa. Don José era bajito, de cuello corto un poco entrado en carnes y de voz muy agradable… Un hombre bueno “en el buen sentido de la palabra bueno”. Teníamos la clase en el primer piso de aquel casaron inmundo, conforme se subía las escaleras, a la izquierda. Una ventana abría al patio interior donde don Sebastián Arrabal tenía sembrados varios celindos. Por mayo, se ponían preciosos.

Don José abría la sesión de la tarde con un dictado. Uno se repetía sobre los demás. Entonces, no sabía su autor. Después supe que era del Padre Colomas; de su obra “Jeromín: "Resonaba en el fondo de la galería un piano destemplado que parecía balbucear, de mala gana, un monótono tema de los ejercicios de Hanon". Nosotros lo sabíamos de memoria; apenas sacábamos faltas de ortografía. Por días, salíamos a la pizarra Miguel Bootello, Agustín Lomeña, Paquito, el Pillo Lobato,  Almodóvar, Pepe Campano, Diego Mamely,…

Un mapa de hule pendía en la pared. Me gustaban los dibujitos con que ilustraba a los personajes típicos de cada región: el del campo charro, uno de mis preferidos, un hombre con un sombrero muy raro y una capa; una mujer lo acampaba, también, vestía de negro. Tenía collares en el cuello. Las cordilleras estaban tintadas de color marrón, los ríos de azul y la Depresión del Guadalquivir, de verde…

Don José Oropesa tenía una estampa de la Inmaculada de Murillo colgada en el testero principal, al fondo, el cristal hacía mucho tiempo que estaba cubierto de polvo. ¿Culpable? El tiempo. Una repisa de madera sostenía dos tarros de cristal:  en mayo, siempre con flores. Los niños traían azucenas de sus casas; la otras, del campo.

 En las tardes del mes de mayo, después, de hacer aquel dictado, ponía varias cuentas de dividir (ya dividíamos por casi todas las cifras,) en la pizarra; después, Geografía. Era lo que más me gustaba. Yo veía muy arriba del mapa el Mar Cantábrico…Algunas regiones tenían levantado el trozo de hule donde ponía su nombre.

Don José rezaba, un Ave María; al finalizar, entonaba: “Bendita sea tu pureza …” De aquella clase salieron amistades de ideologías dispares. Han durado hasta que Dios, a su antojo, a alguno los llamado a su vera. Con don José, ahora, escriben el dictado en la pizarra azul, no utilizan tizas y no tiene principio ni fin…




 

lunes, 4 de mayo de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Amor al saber...

 

 


                                          San Martín de Tours. Frómista

 

Mayo, 4 lunes

                           

Llamo a un amigo. Hoy ha publicado un artículo excelente de filosofía. Hablamos. La mejor definición sobre filosofía, le digo, nos la dio don Manuel Burgos: “Filosofía es amor al saber” Viene del griego. Del verbo fileo: amar; sophia, saber…

La inquietud por saber del Románico me llevó a recorrer el Pirineo. Buscaba las raíces desde de Jaca a Camprodón. Fui de la mano de mi amigo Joan Mas. Experto. Me llegó por todos los vericuetos perdidos en lo más intricado de aquellos montes. Decían que nos separaban de Francia. Es verdad…Quédense por no abusar con San Juan de la Peña, San Clemente de Taüll, todo el Valle de Boí, Ripoll…

 

Valle de Boí

El románico riojano lo he husmeado desde el Ebro hasta las estribaciones de la Ibérica: Sierras de las Demanda, Urbión, Cebollera…Yuso y Suso, San Millán de la Cogolla (donde nacieron el euskera y el castellano) …

El románico castellano-leonés, arranca en Burgos y Soria. Camina por Segovia; su cenit, en Palencia. Santo Domingo de Silos; los valles de Valdivieso, la Bureba y el Condado de Treviño… Campos solitarios. De vez en cuando, en primavera, cantos de alondras; por los caminos, peregrinos que van a Santiago.

            

San Miguel. Fuentidueña  (Segovia)

 

En Segovia hay que ir a Cantalejo, Turégano, Riaza, Sepúlveda (aquí, además, cordero lechal… ¡Imponente!), Ayllón y de allí a San Esteban de Gormaz (pero, eso es Soria, a orillas del Duero) Y ¿si les digo que no vayan en invierno? Avisados están.

En Palencia, parada, fonda y algo más. Tierra de Campos. Ampudia, Frómista, Támara… He deambulado sin rumbo fijo. Es lo mío. Mosaicos de verde cuando aún no ha entrado el verano; palomares, en medio de los páramos en el verano abrasador. Desvencijados por el abandono del hombre y el paso del tiempo.


Ampudia. (Palencia)
 

Bellísimos. “Quien habla a solas, espera a hablar a Dios un día”: Lo dijo don Antonio Machado. No hay nadie. En Frómista, además, el Canal de Castilla. Tanta belleza ahí… Manda la sensatez hacer parada y fonda y algo más.. Sí, sí. Volver, volver siempre, una y otra vez, volver…

 


                          Tierra de Campos. Palencia

 

 

 

 

                              

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                            

 

 

 

 


 


 

 


domingo, 3 de mayo de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Málaga, a la orilla del mar

 


                    Málaga en el crepúsculo; al fondo, África


Mayo, 3 domingo.


Cuando llegaba de su Valladolid natal en los primeros viajes hasta su nuevo traslado, Málaga, me decía mi admirado Paco Fadón que, tras pasar el Puerto del León, al llegar a lo alto de la Cuesta de Reina, creía que ya había llegado…

Málaga se extendía a sus pies. Si era de día, a veces, cubierta con alguna bruma. Dependía de dónde venía el aire; si era de noche, un sinfín de puntitos luminosos emergían en la oscuridad. La ciudad parecía más grande de lo que, entonces, era.

Málaga, desde las cumbres, cuando se viene desde Colmenar era una ciudad de sorpresas. Primero, a la izquierda, desde esas primeras ventas que uno no sabe si son adelantos escapados de la ciudad o son, por el contrario, las primeras salutaciones de bienvenida al viajero que llega.

Si viene con luz del día ve precipicios imponentes, desde allí hasta Comares tierras quebradas de suelo alpujarride. Antaño tierra de viñedos. Las uvas pasas y el vino fueron bandera y seña de una ciudad, de muchos pueblos y de mucha gente a los que la filoxera llevó a la ruina.

Si mira hacia el otro lado de la carretera, primero, ve unos cuantos alcornoques. Pocos, es verdad, pero hacen pensar que ahí el clima debe ser muy húmedo. Es un espejismo. Una pequeña sensación para despistar al viajero. Luego, unas cuantas encinas; después, la mano del hombre ha sembrado una extensión considerable de pinos. Era la manera de luchar contra el empobrecimiento de la tierra, el arrollamiento de tierras con las lluvias fuertes y una manera de acabar con las inundaciones periódicas que arrasaban la ciudad. Para esto, además, construyeron el pantano del Agujero…

El viajero comienza la bajada; a media ladera la Fuente de la Reina; un poco más adelante, ahora, al otro lado, una casa de los antiguos Peones Camineros. El abandono se ha apoderado de ella. La bajada es una sucesión de curvas. Málaga, al fondo. Unas veces por la derecha; otras, por la izquierda. La línea de mar se ve más clara. Se adivina la costa. La ciudad se ensancha, se estira en la línea de playa…

-Málaga ¿es que está a la orilla del mar?

-Sí, a la orilla, de punta a punta.

- ¿Cómo dice?

- Desde la Araña hasta el Guadalhorce…

Hay que bajar, hay que llegar a la orilla y, entonces, se comprende que Málaga nació y vivió durante la mayor parte de su milenaria existencia del mar, para luego, más tarde, darle la espalda… Cosas que pasan.