domingo, 19 de abril de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Abderramán III y el castillo de Álora

 



Abril, 19 domingo


Umar ibn Hasfun cometió, quizá, el mayor error militar de su vida. Él era un guerrillero nato. Conocía mejor que nadie el terreno, vericuetos, arroyos, pasos para cruzar los ríos y lugares donde ocultar su tropa. Sabía, también, la manera de enfrentarse a tropas superiores.

 No se valoró así mismo lo suficiente y s creyó superior al potencial militar que tenía como contendiente. Se enfrento, en batalla abierta. a las tropas ¡nada menos que del Califato de Córdoba! Fue derrotado en la batalla de Poley. Era el anuncio de su fin y el del propio Bobastro. Sus hijos, divididos entre sí no tenían la capacidad de él, ni fortaleza para sobreponerse.

Umar, enfermó en Ubbda.  Regresó a Bobastro y murió, de muerte natural, el 1 de febrero del año 918, a los 64 años de edad. Una edad muy avanzada en la vida de un hombre de aquel tiempo para la fecha en que ocurre. Lo enterraron  bajo el rito cristiano: boca arriba, con los brazos cruzados sobre el pecho y con el rostro vuelto hacia oriente.

A la muerte de Omar ibn Hafsun, Ya’far, su hijo, dueño en Bobastro, se mantiene ajeno al Estado. Eso hace que desde Córdoba se inicie una campaña, en abril de 919, donde Abd al-Rahman III que vio la ocasión propicia dio orden de movilización de sus tropas.

El ejército partió de Córdoba bajo el mando del propio emir. Toman Balda (Cuevas de San Marcos) ponen cerco a los fortines cercanos a Bobastro, que se toman sin encontrar excesiva resistencia y, luego marchan hacia al-Lura/ Álora “notable por su inexpugnabilidad y por dominar el castillo de Bobastro, nido de perdición y sus puntos flacos”.

Dicen las crónicas que encuentran vacía la fortaleza de al-Lura. ‘Abd al-Rahman ‘lo agradeció a Alá y lo consideró presagio de victoria’. Tomó posesión de ella y colocó una guarnición al mando del alcaide Walí ibn Muhammad.

Los rebeldes de Bobastro ya jamás tendrían poder sobre Álora.  Por el Guadalhorce marchó hacia Bobastro y puso el campamento al pie del Castillón, donde se asentaba Tallayra.

 Se produce el asalto, la huida y el abandono de la fortaleza a orillas del río cerca de los que hoy se conoce como arroyo de la Dehesilla. Desde el cerro de enfrente, Ya’far ve lo que se le avecina. Saqueada la fortaleza, - esparcieron las cenizas de Umar al viento, algo impropito de tan gran califa - quemados los campos y destruido lo que encuentran a su paso, dice la crónica: “luego se pasó [otra vez] a la fortaleza de al-Lura para acabar de guarnecerla y reforzar a los que la ocupaban”.

 

 



viernes, 17 de abril de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La primavera

 




Abril, 17 viernes


Las abejas libaban esta mañana en la rosaleda. Las abejas habían madrugado casi tanto como el sol y, entre ellas, se había distribuido el los arriates donde debían sacar el extracto de néctar que luego será miel. Todas sabían su rosa asignada: roja, amarilla, blanca, lila (las lilas me las tocáis con mucho cuidado, les dije, y me hicieron caso) anaranjadas, cobrizas…

Las abejas cumplían lo mejor que ellas saben hacer su cometido. Competían con ellas otro insectos, esos de los que no conocemos sus nombres.  Saben que estamos en primavera y que, luego, vendrán los meses tórridos del estío y ellas durante algunas horas darán paso a las avispas. Las avispas como son más puñeteras no le temen ni a la calor, ni a nada. Bueno, sí, le temen a los abejarucos, que comparten espacio con ellas y pían y pían y señalan círculos concéntricos en el cielo azul.

Piaban los gorriones que se las anda a la gresca metiendo broza en los bajantes de agua de los tejados. Hay un nido de jilgueros en el ciprés de la alberca, pero está muy alto. No logro verlo. Tampoco he visto el nido de mirlos. Está en algún encuentro de los naranjos. Veo al mirlo posado en los cables de la luz y de vez en vez da una volada cercana. No he querido zarzalear por la huerta para no espantarlos. Esta mañana temprano, también, cantaba un carbonerillo. Luego, a medida que entraba la mañana, desapareció.

Por la barranca, al otro lado del arroyo, apareció una piara de cabras. Era una sinfonía de latón. Primero, lejanas, luego cada vez con más intensidad. Pasaron y se alejaron con lentitud, sin prisa.  Careaban por la ladera. Comían la hierba fresca que esta primavera está generosa, espléndida…. El cabrero llevaba un perrillo negro, una honda y un garrote. Me saludó en la lejanía. Le devolví el saludo…

La primavera lleva su ritmo y su cadencia; la rosaleda florece a su modo; están ahítos de azahar los limoneros y los naranjos y dicen que también los cerezos… Se han vestido los almendros y las higueras. Están en sazón los nísperos.

La primavera un año más nos embellece la vida y como Muñoz Rojas en Las cosas del campo nos hace meditar: “Decir es siempre hermoso. Poder decir, cantar o irse por jardines la primavera y luego dejar la primavera y encontrar aquel niño que acaso fuimos. Irnos con él, irle contando lo que fuimos, igual que yo, lo mismo”.



 

jueves, 16 de abril de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 






Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El campo de antes

 



Abril, 16 jueves


Por la ‘sanmiguelá – ese tiempo que viene en los inicios del otoño en torno a la festividad del arcángel - el gañán se levantaba de madrugada. Echaba un pienso a los mulos: paja y cebada. La cuadra estaba caliente; desprendía un vaho. Piafaban las bestias. El hombre, colgada el candil en un clavo en pared, y las sombras parecían fantasmas alargados que no tenían manos.

Cuando el lucero del alba se ponía sobre el monte del Cerro del Cura sacaba la yunta al corral. Primero, uno; luego, el otro. Los mulos tenían nombres. Se llamaban Chaparro y Peregrina. La mula era más noble; chaparro, más destartalado.

Les ponía la jáquima un artilugio de cuero con una pieza metálica a la altura del befo. Sujetaba a los animales. Los aparejaba. Movimientos mecánicos y colocaba sobre el lomo: albardón, ropones, harma, sobreharma y cubierta. La cincha los inmovilizaba.  A uno de ellos le echaba el serón. Lo afianzaba con un cordel de esparto… En los cujones ponía, en uno, el costal con la simiente; en el otro, el cantarillo del agua y la talega con las viandas para el día.

En la besana, los desprendía de los aparejos. Se dejaban, muchas veces, bajo algún olivo solitario. Era el hato. Si le acompaña un perrillo se quedaba en la guarda… Los uncía en el ubio. Sobresalía el extremo del ejero que fijaba con una lavija. El arado, un arado romano, de madera, se componía de varias piezas: garganta, orejeras que esparcía la tierra del surco a ambos lados, mancera… El gañán trazaba varios surcos separados, o sea, amergaba la tierra para tener un orden….

La semilla si era de cereal iba en una pequeña bolsa de lona. La mano entreabierta asía un puñado y lo esparcía, entreabriendo la mano, a voleo. Si eran leguminosas, alguien detrás de él las dejaba caer espaciados en lo hondo del surco que, a la vuelta de la yunta terminaban enterradas bajo la tierra.

El cante le puso su momento de poesía: “arando en un peñascal / se me perdió la besana / y aonde la viene a encontrar/ debajo de tu ventana”. A veces, una bandada de palomas picoteaba las semillas antes de que el arado las cubriera de tierra.

Luego, si venían las lluvias de otoño, unos meses después, en torno a la Navidad, verdegueaba el campo. Las lomas aparecían verdes y cuando avanzado el tiempo y llegaba abril, cuando se arrancaba el levante peinaba los sembrados y parecían olas de mares de un secano que respondía a la pregunta. Sí, por aquí paso y dejó su belleza prendida para regocijo de las almas que valoran estos paisajes…