DESDE EL LUGAR
Lectores de José Morales García
lunes, 29 de junio de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Noche de jazmines y luna llena
Junio, 29 lunes
La luna creciente en el cielo anuncia
que está muy cercana a ser luna llena. O sea, a poner esa nota de luz única que
solo ponen ciertas fases de lunas en el año en el éter del firmamento y ella
solo se basta para oscurecer a las estrellas.
Florecen con más vigor lo jazmines en
las tardes de verano. Lo prolonga por las noches y están casi ahítos de perfume
embriagador que solo tienen ellos. Digo casi porque le falta muy poquito para
apoderarse de los cielos del verano y entonces, en la humidad de su pequeñez,
llenen totalmente el entorno que los rodea. Bendita noche que huele a jazmines
y pone esa nota de esencia y perfume que no pude poner ninguna otra flor.
En Álora porque es tierra de Málaga,
tierra de jazmines, desde siempre el jazmín tiene sitio y lugar. Cuando yo era
muchacho, cada noche, le ensartaba a mi madre una moña en un ganchillo de los
que las mujeres se colocaban en la cabeza. Mi madre se lo ponía en el canalillo
del pecho y, desde aquel momento, mi madre olía a jazmines y los jazmines olían
a madre.
No sé porqué razón ahora, en mi pueblo,
las mujeres – buenos, algunas mujeres – se han apartado de esa costumbre de adornarse
con ramilletes de jazmines en las noches de verano. En Málaga, no. En Málaga
suele aparecer el biznaguero, ese hombre que vende perfume por las calles va
vestido de marengo, camisa blanca, pantalón negro, alpargatas de esparto y
fajín rojo en la cintura y recorre el centro. Lleva las biznagas hincadas en
una penca de chumba y ensartadas en un palito de eneldo…
Siendo monográfica, como lo es, la luna
mueve las mareas y, al mismo tiempo, lleva la serenidad y la quietud, el
sosiego, el embrujo y el embelesamiento y la dulzura a quien la contempla y la
ve y la mira y entorna los ojos… “como esas noches de luna en que se mira al
cielo cuando todos duermen”. Recuerdo, cuando yo era niño, y me acostaba bajo
la parra, junto a mi abuelo, y yo la miraba y la miraba hasta que me rendía el
sueño… y de lejos venía el perfume del jazmín.
domingo, 28 de junio de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora.Nuestra cruz de cada día...
El Hacho; a sus pies, Alora.
Junio, 28 domingo.
No, no es la que usted está pensando. No. Es 'otra'. Tiene, también, su bellaza, pero distinta. Todavía está calentita la visita del Papa León XIV a España. Ha dejado una estela de mensajes. Hacen pensar. Lo ha dicho todo muy clarito. En la Sagrada Familia, de Barcelona, bendijo algo que aún no se había finalizado cuando estuvo por allí, el Papa Benedicto. Y, entre otras cosas, proclamó: “La cruz fue diseñada para reflejar la luz del sol durante el día y brillar como un faro de noche”.
Muchos años antes, en esta tierra nuestra, ya se tenía sentido de lo sagrado. En tiempos de los visigodos debió vivir por aquí una población de campesinos y gente que manejaba el ganado. El obispo y monje Martín de Dumio los llama ‘rustici’. El concilio del año 653, los cataloga como ‘plebe rustica’. Están más cercano al mundo del esclavo o del siervo que al del hombre libre.
No hay que descartar tampoco a los que, apartados de las orillas del río, optaron por las montañas como lugar más seguro (caza y alimento a modo de frutos secos: bellotas) de vida y subsistencia. Buscan la coronación de montes o cerros - fácil defensa y difícil acceso - y, probablemente enclavan el habitat en el entorno de alguna ermita o lugar sagrado con el apócope cristiano de “sanct”. Me viene a la mente el cerro de Sancti Petri en el camino de Álora a Almogía.
Ortiz Lozano cita a Medina Conde. Dice: “el despoblado del castillo de Sancti Petri (…) lo era de un lugar existente en 1480: habiendo una tradición de la existencia allí de un monasterio en tiempos de los godos”.
No hay que descartar, tampoco, como una costumbre venida de la época la tradición de coronar un monte con la cruz. El Hach lo está, y según el citado Martín de Dumio, en el 570 hace una llamada a la corrección (De correctione rusticorum) de los campesinos. Afirma que son muchos los espíritus malignos que habitan en los mares, ríos, bosques e incluso en los propios hombres “los cuales no saben protegerse con el signo de la cruz”.
Felipe
Aranda, - el notario fotográfico de la Álora de nuestros días - recoge en un
documento muy explicativo, sin pretenderlo, parte de lo expuesto en este
artículo. Tradición y modernidad. En el centro, la Cruz. Desconocemos quién y
cuándo la puso. Cuando yo era niño la cruz estaba hecha en madera; ahora,
metálica. En el entorno la rodea un enjambre de antenas de comunicación. ¿Cabe
mejor conjunción?
sábado, 27 de junio de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La gente de la playa
Playa de la Malagueta. Málaga
Junio, 27 sábado.
La gente, poco a poco, llegaba a la playa desde las primeras
horas de la mañana. Acaba de comenzar el
verano; no ha hecho más que irse, vamos que casi va por la esquina del puerto
la noche de San Juan. La gente tiene ganas de la playa, de mar azul, de gaviotas
de vuelos bajos y olas de nácar.
Se sentaba frente al mar. Llevaban ropa adecuada, o sea poca
ropa. Extendían las tollas. Izaban las sombrillas Se desprendía de la ropa de
calle. Sacaba de una cesta de palma, toallas de rayas de colores intensos, bronceadores
y gafas de sol. Se daba una loción de crema protectora…Algunos, los menos, se
han puesto un sombrero en la cabeza.
Algunos, los más madrugadores, han avanzado por el rebaje y han
tomado “posesión” de la orilla, lo más cerca posible, del agua; otros, se han
conformado, ¡qué remedio!, con la segunda, tercera o cuarta fila. Lo que quedaba.
La orilla sabe de otra manera. Diría que diferente. Vamos,
un sabor a sal y olas que se bamboleaban esta mañana a su antojo. La brisa
acariciaba los cuerpos; movía acompasadas las ramas de las palmeras; las flores
rojas, sensuales de los flamboyas; de las plumarias bancas y rosas; de adelfas
multicolores. Jugaba con ellos como solo
lo hacen las brisas caprichosas que se levantan de la mar los días de verano.
Lejos de la playa hacía calor. Allí no se sentía.
Cuando el sol subía lento, parsimonioso, sobre la mar, a esa
horas en las que aún no ha llegado a su cenit
pero les falta poco, algunas velas se movían sobre el azul. En la lejanía,
entre una bruma difusa que no sé es por calor o por ese vaho en que en ocasiones
de acunan el mar y el cielo.
Ya han regresado las traíñas que han pasado la noche de pesca.
Las barcas venían de la pesca de bajura. Las barcas buscan el amparo del puerto
y han pasado de largo por enfrente de la playa. Un enjambre de gaviotas
revoloteaba entre el mar y el cielo. A su paso, dejaban una estela de espuma
blanca sobre el agua. El motor con su ruido monocorde rompía el graznido de las
gaviotas.
Me acompañan unos amigos que ha dejado, por unos días, el
calor de Sevilla y se han venido al sur del sur. Esto, me dicen, es una delicia.
Esta brisa no tiene igual; aquí no hace calor. ¡Qué suerte tenéis en Málaga!
Pues si ellos los dicen…