jueves, 12 de febrero de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Un hombre de ayer: tallista y de los buenos

 


 

Febrero, 12 jueves.


Francisco Casermeiro Fernández, - Paco, “el Cantúo” mote heredado de su padre-, era tallista y de los buenos. Aprendiz en el taller de Antonio Salas, en el lugar donde hoy está el Hotel Don Pero. Afable, de trato agradable y conversación amena. Autodidacta, culto y gran entendido en el cante flamenco. Fue presidente de la Peña Flamenca de Alora. Siempre tenía la palabra oportuna, la chispa irónica: “en mi casa, decía, en los años del hambre comíamos a la carta. Quien la sacaba más alta, comía; los demás miraban”.

Tuvo su último taller en calle Atrás, conforme se baja hacia la Plaza Baja de la Despedía, a la derecha. Trabajó en un local relativamente pequeño para la producción que tenía. Siempre que se pasaba por la calle Paco andaba con el manejo oportuno y precio de gubias, buriles, formones… con los que sabía sacarle a la madera las entrañas de su esencia para convertirla en obra de arte.

Su buen gusto para trabajar la madera era proverbial. El exceso de trabajo hacía que las entregas se demorasen en el tiempo hasta el punto de acumular retraso de años, pero la espera siempre merecía la pena y sorprendía al cliente satisfecho con la obra que le entregaba.

Muy minucioso en su trabajo, lo que le hacía acumular aún más retraso. Piezas excepcionales del ajuar doméstico eran el adorno de muchas casas: arcas primorosas, repisas, cornucopias, mesas con un labrado exquisito.

Paco, también emprendió obras de más envergadura. La primera de ellas, fue un trono para Jesús Orando en el Huerto, en 1956. Era hermano de esta cofradía de artesanos y durante muchos años fue una joya de las que se procesionaban en la Semana Santa de Alora. Cuando realizó la obra, en los años cincuenta del siglo pasado, no se tenían en consideración algunos aspectos por que resultó un trono excesivamente pesado que hizo a la Junta de Gobierno de la Cofradía buscar uno más ‘aliviado’.

Realizó un trono para la patrona de Calaña y en colaboración con Francisco Ruiz Martínez unas andas para la Virgen de Flores. Paco, nunca superó la temprana muerte de su hija Mercedes, la tragedia de su vida.  Su obra última, cuando estaba en un momento esplendido de madurez, que no llegó a terminar -murió en agosto de 1993- fue el trono de la Piedad.

 

 

 

miércoles, 11 de febrero de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Don Camilo

 


Febrero, 11 miércoles


Hurgo entre los libros que llevan mucho tiempo en el anaquel. Me encuentro con Don Camilo, de Giovanni Guareschi. Dicho así, no deja de ser un libro como cualquier otro. Vivimos días de crispación y desencuentro. Pienso que, hoy, vendría bien algo de humor.  

Este Don Camilo, es una edición de 1968. Tiene pastas gruesas, de calidad, un papel decentemente aceptable, y una letra ahora, por mor de la merma de vista, sería motivo para no adquirirlo o sea, la letra es pequeña.

Me ha dado satisfacción encontrarme con un ‘viejo’ conocido. En aquel tiempo me hizo reír mucho. Cuando Don Camilo vino a mis manos, yo era un muchacho. Ha pasado el tiempo. Todo es diferente, pero la lozanía de los personajes hace que aflore, otra vez, la sonrisa.

Transcurre entre la llanura del Po - el único río decente, en palabras de Guareschi, de Italia - y los Apeninos. Dice casi al comienzo de su obra que allí “el cielo es a menudo de un hermoso color azul, como por doquiera en Italia, salvo en la estación menos buena, en la que se levantan espesísimas nieblas”.

Los protagonistas: son el Cristo del altar, Don Camilo y Pepone. Don Camilo es el cura del pueblo, orondo y robusto. No tiene pelos en la lengua y,  a pesar de sus años, a veces, es ingenuo como un niño; Pepone, el alcalde, alterna su faenas en el taller de automóviles con la militancia política en el Partido Comunista.

Pepone se acompaña de su “cuadrilla”; Don Camilo, del Cristo del altar. Lo frena, le reprende, le aconseja, le marca muchos caminos. Cada vez que don Camilo hace alguna fechoría a Pepone procura evitar al Cristo. Pasa rápido camino de la sacristía…

- Don Camilo, le dice el Cristo, llevas mucha prisa hoy no será que…

- Veras, responde don Camilo, es que me ha montado un mitin en la plaza durante la misa…

- Y tú, has cerrado la puerta del campanario por dentro para que no puedan subir y has llevado a cabo un repique de campanas…

- Señor, es que si…

- Si don Camilo, como si yo no lo supiese todo.

 Pepone se ve, en ocasiones, en el dilema de hacer caso a las directrices del partido o de seguir el sentido común. La obra, deliciosa, deja palpable que, a pesar de las ideologías, la amistad siempre está entre ambos.

Tiene Don Camilo parte de autobiografía, de Guarechi. Vivió enfrentado al Partido Comunista y fue encarcelado por la Democracia Cristiana a la que apoyó. Humorista, hombre de finísimo humor, murió con sesenta años de un ataque al corazón.


 




 


 

martes, 10 de febrero de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


De hoy.  La primera de la temporada. (Nunca se escribió nada de los cobardes)

Una hoja suelta del cuaderno de hoy. Gonzalo de Berceo

 



            San Millán de la Cogolla. Rioja Alta

 

Febrero, 10 martes


Berceo es un pequeño pueblo de poco más de cien habitantes de la Rioja Alta. Se ubica en el Valle del río Cárdenas, entre Nájera y Ezcaray, cerca de las estribaciones de la Sierra de la Demanda y próximo a los Monasterios de Suso y Yugo, hoy conocidos por San Millán de la Cogolla.

De no ser porque en su suelo – del que tomó el nombre – nació a finales del siglo XII, en 1196, y vivió durante el XIII, hasta 1264, uno de los primeros poetas de la Lengua Castellana, Gonzalo de Berceo, el representante más notorio del mester de Clerecía, hoy sería uno de tantos pueblos desconocidos y dispersos en las tierras de España.

La primera vez que fui por aquellas tierras era verano. Iba acompañado de mi entrañable amigo, Fernando Espíldora. Las ventanas estaban ahítas de geranios rojos; los viñedos en todo su esplendor, los trigos verdes. El clima, más benigno que en el nuestro, lo permite…

Nosotros buscábamos el mejor vino de La Rioja Alta. “Vayan ustedes, nos dijeron, a Haro, Elciego o Cenicero. Y fuimos. Luego anduvimos, también, tras las raíces de la Lengua -que tampoco está reñido- en que están esas palabras tan únicas como “amor”, “madre”, “paz…” encontramos la joya en la Biblioteca de San Millán. Allí, además, de muchas más cosas también supimos de las primeras palabras del Eusquera, que ya se hablaba en La Rioja y de eso que dice Fernando   García de Cortázar que los españoles no estamos tan lejos de los vascos. Ya ven ¡y los hay empeñados en llevar la contraria.!

En otra ocasión, en compañía de un amigo al que yo quiero mucho, en la plaza mayor de Logroño delante de lo que ahora es la catedral para contrarrestar la preponderancia histórica de Santo Domingo de la Calzada y Calahorra, entramos en una librería. Él me regaló la obra cumbre de Gonzalo de Berceo: Los milagros de Nuestra Señora. Ed. de la Real Academia Española.

La última vez, una mañana soleada de primavera. El campo estaba en todo su esplendor, precioso, como lo había visto Gonzalo en sus días de monje.  Un grupo de amigos anduvimos media España compartiendo compañía y momentos muy agradables.

La obra de Berceo, escrita en San Millán, es hagiográfica, o sea de vidas de santos o relacionados con la Virgen. En la introducción de los Milagros de Nuestra Señora, dice:

“Yo, maestro  Gonçalvo     de Verceo nomnado, / yendo en romeria   caecí en un prado, / verde en bien sencido,  de flores bien poblado, /logar cobdiciaduero  pora  omne cansado.”