Febrero,
26 viernes
-
Manuel ¿don Fermín)? Le pregunto... (Manuel, atendía el estudio de fotografía).
- En el
Palomar, suba, lo está esperando.
El
“Palomar” era el Sancta Santorum de Fermín Durante, en Calle Salvago,
entre Especerías y calle Compañía. Era el ático donde el maestro se encerraba
con ese hálito de creación y melancolía que luego llevaba a sus cuadros.
(Micheline, su mujer, le dio el tibio toque sutil de un Baudelaire de la
pintura). En
el horizonte, dicen los que saben de geografía urbana, Málaga trazaba una línea
imaginaria desde la Alcazaba al Guadalmedina.
De
niño, en el Puerto de la Torre, me dice, mientras me dibuja con su mano la
línea imaginaria donde termina Málaga y comienzan los sueños yo percibía los
olores del campo a principios de verano; el de la lluvia que cada año llegaba a
primeros de otoño y ese frío que bajaba desde Almogía, pero que según las
personas mayores venía de El Torcal…
Ahora,
me dice Fermín, en un desván que corona una casa de aquellas que nos dieron
empaque de ciudad de provincia de segunda división pero que era nuestra en el
siglo XIX. La casa, como tantas otras era una obra de Guerrero Strachan a quien
quizá Málaga no le haya correspondido a tanto como nos dio. Ahora, decía Fermín
lleva a los lienzos una pintura hiperrealista con un deje tan especial de la
vida misma que uno ante el cuadro piensa, medita y se recrea.
Yo
conoció a Fermín y a su hermano Adolfo, a través del maestro Alcántara y Jaime
Rittwagen. Algunas veces acudí con ellos al “recreo de los jueves” en Frutos o
donde decía el azar que tocaba.
Fermín
era un pintor urbano. Se nos fue en 2008 y nos dejó huérfanos de esos
personajes que sin ser nuestros venían a ocupar un lugar en nuestras vidas. Sus
calles eran cordiales, y no siembre fáciles, como era la torre de la catedral
desde su buhardilla; las palomas que anidaban en los tejados a tiro de nuestra
vista en la altura o la compañía de las
campanas de san Juan.
Fermín
llevaba una Málaga nuestra pero que no podíamos identificar con una calle
cualquiera porque su pintura se encargada de suscitar en cada alma una
receptividad diferente. Nosotros, en nuestra identidad, estamos, sin estar, en
aquella policromía ante la que nos extasiábamos como podríamos hacerlo ante el
cielo azul de Málaga desde las ventanas de su buhardilla.
Pintura
real como la vida misma, velero en la policromía de los pinceles que marcan los
trazos: azules, violetas, blancos, ocres… y, como en los versos de Jorge
Guillén: “Y el silencio / de tanta duración humana va tan lejos / que el
instante / se yergue universal y dorado en la tarde”.
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