Cristo de la Buena Muerte. “Ego feci Joannes de Mesa, anno de 1620″.
Marzo, 26 jueves.
Hace
unos días cometí un error imperdonable, exceso de confianza. Uno es humano.
Atribuí una obra suya, el Cristo de la Buena Muerte, a su maestro Juan
Martínez Montañés, andaluz como él. Uno, de Córdoba, el alumno; de Alcalá la
Real, el maestro. Los dos, crearon, y dijeron que entraban dentro del elenco de
los grandes, en Sevilla. Desde allí parte de sus obras se expandieron por otros
lugares.
El 13
de marzo de 1620 el prepósito de la Casa Profesa de la
Compañía de Jesús en Sevilla, Pedro de Urteaga, contrató su hechura con el
imaginero cordobés. En la carta del concierto el artista queda obligado a “dar
hechas y acabadas dos imágenes de escultura, la una con Cristo Crucificado y la
otra una Magdalena abrazada al pie de la Cruz, de madera, de cedro, ambas a
dos, de la estatura ordinaria humana…”. El importe del encargo ascendió
a 150 ducados.
Hoy, se procesiona en la tarde y noche del
Martes Santo, como Hermandad de Estudiantes, desde la Antigua Fábrica de
Tabacos, actualmente, Universidad de Sevilla. Verlo de cerca, sublima; en la
calle, su belleza, aunque cercana, pero desde la altura del trono, reprime el resuello.
Juan de
Mesa nació en 1583, en Córdoba, de familia de pintores. Se inició en el taller
de Uceda, y en 1606 pasó a Sevilla. Entró a trabajar con Montañés. Fue oficial
hasta 1615. En esa fecha abre su propio taller. En la primera época en que
vuela solo dicen los críticos de arte que aún se observa la influencia del
maestro. Realiza un San José con el Niño para la parroquia de las
Fuentes de Andalucía y una Asunción para la de la Magdalena de Sevilla
que relacionan con la realizada por su maestro para Santiponce.
En el
período comprendido entre 1518 y 1523 según algunos de sus estudiosos, Juan de
Mesa alcanza el mayor grado de perfección en su obra. Ya era un maestro. En
esos años, además, entra con nombre propio en la Historia del Arte de España,
en la imaginería del Barroco sevillano, que para el caso es lo mismo.
Murió
muy joven con 44 años en 1626, parece que de tuberculosis. Lo enterraron, sin
conocerse el lugar exacto, en la iglesia de San Martín de Sevilla. Una lápida,
en el exterior, del templo lo recuerda.
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