Marzo, 25 miércoles
La parroquia de Álora ha inaugurado una exposición permanente sobre la vida y obra de Laura Aguirre Hilla, hoy Sierva de Dios y en camino de la Beatificación. Una serie de paneles financiados por el Ayuntamiento y empresas de la localidad, colocados en uno de los tapiales del Santuario, dan a conocer la vida y obra de una persona excepcional en su desarrollo personal, humano y sobre todo espiritual. Su lema: “Providencia y Caridad”.
El acto lo presidió el obispo emérito de Málaga, Jesús Catalá, acompañado por el párroco de la localidad e impulsor de la idea, Felipe Gallego, acompañado del ecónomo de la Diócesis. El Ayuntamiento estuvo representado por el edil de Cultura, José A. Díaz. Contó, también, con la presencia del Juez de Paz, Eduardo Peláez, colaboradores, miembros de la postulación, cofradías y la presencia de público seguidores de la obra de Laura Aguirre que llenó el santuario a pesar de la tarde desabrida, ventosa y fría.
La Señorita Laura era de estatura superior a las mujeres de su tiempo. Ligera de carnes y enjuta. De caminar seguro y paso firme; flexible como un junco y con la dureza de los aceros bien templados. Hablaba con dulzura y su voz siempre se acompasaba de un acompañamiento de manos entrelazadas.
Llegó, a Álora cuando acababa la década de los cuarenta del siglo pasado. Tiempos de necesidad y muchas - demasiadas - carencias. Gente de luto y, vacío en el alma y en los estómagos; frío, por fuera y, por dentro.
Vino a darse a niñas muy necesitadas: “de balde y con todo lo nuestro” en palabra de San Manuel González. Peregrinaron - ella y sus niñas - por distintos lugares: calle de Atrás, convento de Flores, Plaza Baja (que aún no era de la Despedía), carretera de Los Llanos…
Algunos de esos lugares hoy no pasarían ni la más mínima inspección de habitabilidad. Carecían de todo lo material, cristales rotos, ventanas que azotaba el viento en las noches de invierno, sin servicios ni agua, poca luz y paredes desvencijadas, humedades y goteras…
Allí faltaba de todo, menos lo principal: cariño, mucho cariño, muchísimo cariño hacia un grupo de niñas que lo precisaban más que las demás. Lo demandaban, a voces, a una sociedad que tampoco podía dárselo. Su barca quedó varada, en Álora, donde el Guadalhorce casi ni lleva agua. La Providencia tienes cosas así.
Se le unieron otras colaboradoras. En principio viven casi (o sin casi) de la generosidad de otros a los que tampoco les sobraba. Eso tiene un nombre, duro, pero real: caridad. Después, las cosas, las generaciones, la manera de enfocar la solución cambian y se adaptan a los tiempos…
Con su
muerte la labor siguió con sus continuadoras, después… pues eso. Nuevos
enfoques, nuevos tiempos, la desaparición. Por sus manos pasaron generaciones
de niñas, y por Álora aún pervive el recuerdo de gratitud, hacia quien pudiendo
tenerlo todo, lo dio - no es el sitio para una biografía- a cambio del Amor (con
mayúscula) a Dios y a sus niñas.
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