Puente romano de Córdoba sobre el río Guadalquivir
Marzo, 5 jueves
Los
parámetros del arte van por derroteros que, a veces, desconciertan. Hay
momentos puntuales que nadie tiene que decir lo que encierra dentro. ¿Hay que
explicar un crepúsculo? ¿El canto de un ruiseñor en la madrugada? ¿El llanto de
un niño? ¿La expresión de alegría en la cara?
Decían
que los griegos cultivaron la belleza por el placer de lo bello. Pensemos en
cualquiera de las muestras de su arte que, algunas hasta mutiladas, han llegado
hasta nosotros. A veces, incluso, en nuestra fantasía podemos llegar a dotarlas
de más belleza aún de la que incluso tenían.
Los
romanos a lo bello, agregaron, lo práctico. La utilidad. El Coliseum era una
obra de arte por la magnificencia que se unía a lo que ya en sí suponía, por su
acústica, por su espectacularidad. He visto pasar el agua del Tajo bajo el
puente de Alcántara o del Guadalquivir en
Córdoba y he pensado en la marcha del agua que no está quieta y en el puente
estable durante años y años para que se dé uso a la gente.
Jardines
del Generalife. Granada
Los
árabes nos trajeron jardines con aguas, arriates con mirtos en flor, fuentes
que manaban y mitigaban los rigores de la noche de los veranos tórridos del sur…
Los pájaros cantaban en las arboledas y el hedonismo de unos pocos era envidado
por otros que carecían de muchas cosas. El Generalife, la Alhambra, Medina Azahara…
En las
proximidades del año mil la gente pensó que se acaba el mundo. A aquel gran
cataclismo que iba a arramplar con todo había que hacerle frente. Muros
descomunales que pudieran resistir lo se les venía. El hombre luchó contra su
miedo y su impotencia y… no pasó nada.
El
gótico respondió con el encaje de la piedra, con las vidrieras que darían la
luz – oh luz del sol, o Luz de Dios – al interior de templos oscuros que, a
medida que avanzaba el día todo era una sinfonía en el interior y uno, cuando
se encuentra allí y mira sin saber hacia dónde porque quiere atraparlo todo, queda
anonadado.
Vidrieras de la Catedral.
León
El Barroco, el Rococó, el arte de los siglos XX y XXI es una sucesión de sensaciones. Nos preguntamos. ¿Qué es la belleza? Hay dos respuestas: la que nos da la naturaleza y la que nos ofrece el artista. Me quedo con aquella que dice que “es una iluminación, algo que se ha de sentir más que se ha de pensar, algo que el hombre puede hallar en cualquier ser de la creación y o en cualquier obra creada por otro hombre.”
El peine de los vientos. E.
Chillida
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