jueves, 1 de enero de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Benedicto XVI, de progresista a conservador

 



                                  Benedicto XVI, el sudor en la frente, delata la presión que soportaba


Enero, 2 viernes


La prensa ayer informaba del tercer aniversario de la muerte de Benedicto XVI, un gran pontífice. El tiempo hará justicia y resarcirá de la cicatería cometida con su pontificado, con su obra y con su erudición.

La crueldad carece de límites. Aparecieron atisbos de burla y mofa cuando fue nombrado Papa. Dijeron que la “iglesia necesitaba un pastor alemán”. Naturalmente era alemán por nacimiento; pastor, por ministerio. No lo recibieron en ese sentido.

Lo tildaron de nazi - con 15 años le obligan a alistarse en las juventudes hitlerianas -. Ni él ni su familia lo eran. Hijo de una cocinera y de un policía. Su educación, estricta. Silenciaron su labor como gran teólogo. Llegará el día del reconocimiento como Doctor de la Iglesia. También ocurrió con Santa Teresa, San Juan de la Cruz o San Juan de Ávila. No importa. Su obra, sí.

Joseph Ratzinger llegó al Concilio Vaticano II en 1962 como un joven teólogo profesor en Berlín, asesor del arzobispo de Colonia, Cardenal Joseph Friengs. Algunos tomaron a sorna al joven teólogo. Luego, dicen, durante las sesiones del concilio, el cardenal leía en sus intervenciones lo que Ratzinger escribía. Sus conocimientos teológicos, sobresalientes. Fue el progresista del Concilio Vaticano II.

Posteriormente, arzobispo de Munich, y en el mismo año, Pablo VI lo eleva a cardenal. En 1981 llega a Roma como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. O sea, la esencia de la Iglesia.

Fue muy criticada su posición ante la homosexualidad, la presencia de la mujer en el sacerdocio, algunos puntos marxistas de la Teología de la Liberación y el encubrimiento o al menos el ‘mirar para otro lado’ en el tema de la pederastia. Se le identificaba en sus corrientes teológicas cercano a Rahner y Küng y un alma gemela con Juan Pablo II. De hecho, a su muerte, estaba cantado que sería su sucesor.

Sus cercanos vieron un intelectual profundo, tímido y muy humano. Amante, de la música. Dicen que hablaba con sus silencios y cuentan que, algunas tardes, lo veían cruzar la Plaza de San Pedro con una pequeña bolsa en la mano. Llevaba una pizza para su cena…

Sus principales obras: Jesús de Nazaret, considerada su obra cumbre; fundamentales: Introducción al cristianismo, el Espíritu de la liturgia, la Luz del mundo y La sal de la tierra. Además de encíclicas y otros escritos.

Su mirada aguda, penetrante, escudriñaba. Escondía un hombre encerrado en sí mismo, de fe profunda. Le venían grandes muchos de los ornamentos que precisaba usar en las ceremonias y el gobierno de la Iglesia al que renunció con una enorme valentía, generosidad y un posterior silencio elocuente.  

 

 

 

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