miércoles, 28 de enero de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Naranjada y aguardiente

 

                            O Cebreiro (Lugo)

 

Enero, 28 miércoles


España tirita de frío y sobrecogida (por no escribir esa otra palabra que todos estamos pensando) por el viento. Fuentes y caños congelados, costras de hielo, escarchas mañaneras que duran hasta el mediodía.  Carámbanos y témpanos en los aleros. Ventiscas en las cumbres y nieve, mucha nieve en los valles. El viento arranca árboles de las calles…  Dicen que está aquí el invierno, el de verdad. El que tenía que venir, porque viene cada año, antes o después, pero fiel a la cita de siempre.

La televisión muestra imágenes de una España siberiana por el norte. No es exageración. Todo está gélido: el nacimiento del río Cuervo o del Jiloca en Cella; Guadalajara o la sierra de Albarracín; los Ancares y Pidrafita, los páramos sorianos, tan secos y desérticos este verano. El Guadalquivir a punto de desbordarse por Sevilla a la que también le pega fuerte el viento… El puente romano de San Rafael, en Córdoba, la deja pasar bajos sus arcos. ¡Hay que descubrirse ante la obra pública de los romanos! Todo, todo bajo un manto de frío, viento y agua.

En Castilfrío de la Sierra se las andan bajo cero, y nevando; por Oncala casi igual, pero con más nieve y en San Pedro Manrique. ¿Cómo se las apañarán, por la madrugada, esos pueblos vacíos en la España donde no vive casi nadie? ‘Sólo’ saltan a la noticia cuando el termómetro es el protagonista.

En las noches, como ésta, el viento helado trae el tañido de las campanas de la iglesia. Suenan lejos. Perdidas en un crujir de ventanas. Silba y ulula por espacios de ahí afuera. “Pobre cujá que no haya pillado un terrón esta noche”. (Y, ¿los que no tienen techo?, también son personas)

Cuando niño oía al autillo en los pinos de enfrente (después supe que a lo que yo llamaba pinos, eran casuarinas) que lanzaba su sonido monocorde y agudo. Sentía miedo. Me refugiaba debajo de la tapa; después, me rendía el sueño. Porque, entonces, no lo sabía, ahora sí, que mañana sería otro día. Ese, que ven tan lejos los que no tienen por donde echarse.

De grande el refugio - uno es egoísta - lo busco en los versos de aquel cordobés ilustre, de mala uva y culterano, don Luis de Góngora y Argote: “Traten otros del gobierno de mundo y sus monarquías / mientras gobiernan mis días / mantequilla y pan tierno / y en las mañanas de invierno / naranjada y aguardiente / y ande yo caliente / y ríase la gente”. Es lo que cuadra para hoy.  Pues eso.

 

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