Inmaculada. Alonso Cano (1601-1667)
Enero,
25 domingo
Hay
quien dice que la Escultura Barroca vino de Italia. Su creador, Bernini.
Algunos críticos de Arte, sitúan el nacimiento de la nuestra, la española, en
Sevilla, (también brillaron con luz propia: Valladolid y Granada) por aquel
entonces, emporio económico con el comercio de América.
Dicen,
que a diferencia de lo que se entiende de manera generalizada como una
escultura llena de contorsiones en sus figuras, la nuestra, la que sacan a
flote los escultores del siglo XVII se mueve “dentro de la sencillez expresiva
y de una contención de las formas”. Lo heredan, agregan, de la última escultura
del Renacimiento español.
Cuando
avanza el siglo, y sobre todo en su segunda mitad aparecen las huellas de una expresividad y dinamismo que la eleva a la cumbre de lo
sublime. Es la entrega absoluta al espíritu de la Contrarreforma donde se
impone la espiritualidad e impera la belleza serena.
La
iglesia católica (catedrales, iglesias, parroquias, conventos, oratorios…) son los principales clientes.
Piden obras para llenar sus lugares de oración. Imágenes que transporten al
fiel que se postra ante ellas hacia un mundo idealizado y espiritual. Alguien
lo expresó de manera muy rudimentario: “del suelo, al cielo”.
En
Francia o Italia se utiliza el mármol. En España, la madera. La madera
policromada le da, además un aspecto más natural. Humaniza a las imágenes y si,
como en algunos casos, se estofa o se apoya en la combinación de colores,
entonces, se alcanza algo muy cercano a la perfección emocional.
La
policromía, los escorzos, los ojos de cristal, la viveza extraída de lo
cotidiano es tan real, que la imagen que aparece sobre un trono o en un altar
entre cirios en la penumbra de un templo, es algo nuestro, tan nuestro que se
le pone incluso la identidad de un vecino al que se conoce. Piensen, por
ejemplo, en el gitano que en su agonía da vida al Cachorro de Triana…
Se les
van a recoger, en la iconografía, a los nuevos santos canonizados. Santa
Teresa, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, San Juan de Dios… Aparecen
las cofradías con manifestaciones religiosas en las calles y en los templos.
En
Sevilla, trabajan, entre otros, que casi forman multitud, Ocampo, Ruiz Gijón,
el alcalaíno, Juan Martínez Montañez o el granadino Alonso Cano, Pedro Roldán,
su hija ‘la Roldana’… Su número y calidad artística es tan excelsa que solo uno
de ellos llenaría muchas páginas de la Historia del Arte. Un tiempo en la que
España, y este caso, Sevilla, dijo mucho y muy bueno; un tiempo donde la
escultura subió a cotas de ensueño…
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