Enero,
19 lunes
El tren.
Hoy toca el tren. Era de noche… Venía uno; el otro, iba. Era de noche.
Uno
estaba pintado de blanco con una raya horizontal de un color semimorado; el
otro, de rojo.
Por no
se sabe qué, el de rojo dio un brinco indebido. Un brinco tan grande, que no
solo se salió de sus railes, sino que algunos vagones se fueron a la vía por la
que iba el de blanco, en el preciso momento que se cruzaban. El impacto enorme.
Ahí cabe la expresión, mortal.
Era de
noche. Todo oscuro. El terreno quebrado, y el frío intenso que se acrecienta cuando
ocurren esas cosas porque se enfrían los cuerpos; se hielan las almas. Todo debió
ser para no olvidarlo nunca los que vivieron el trance.
Tenemos
prisa. Demasiada prisa. Antes el trayecto del tren de rojo se hacía desde Málaga
a Madrid en doce horas. Toda la noche o todo el día de viaje. Los trenes tenían
otros nombres. El que cruzaba los campos que olían a rastrojos en verano,
durante la noche, el Express; el que salía por la mañana, el Rápido.
Aquello nos parecía un adelanto, porque había otro que se llamaba el Correo y tardada casi
veinticuatro horas…
Todo ha
cambiado. Nos parecía excesivo. Igual lo era. Ahora, en casi cuatro horas… ¡Y
nos quejamos porque nos parece mucho tiempo! Tenemos prisa, mucha prisa…
Siempre tenemos prisa. Demasiada.
Señor,
a veces, pienso que te lo ponemos difícil. Para ti nada es imposible. Los
hombres, con frecuencia, nos olvidamos de ti y solo te recordamos cuando queremos
pedirte. Somos olvidadizos, descuidados. Vamos a nuestras cosas y tenemos
prisa, tanta, tanta que… Ya sabes.
No sé si
como ayer era domingo habías dado la tarde libre a los ángeles de la guarda y
se las andaban en otros menesteres. No lo sé, Señor, no lo sé. Pero como se te
ocurra perdernos de vista la liamos.
Ahora
los medios de comunicación se las andan buscando las causas. Quieren saber el ‘porqué’
que al igual tiene muchas respuestas. Yo, de esas cosas, no tengo ni idea. Si
sé que no nos puedes dejar de la mano. Por tu Madre Bendita, no nos dejes de tu
mano. Solos, no te quepa la menor duda que la liamos. Acógenos como a niños
pequeños contra tu pecho.
Es noche.
Hace mucho tiempo que nos hemos empeñado en que sea de noche. El terreno, quebrado.
Todo oscuro y hace frío. Horrible, Señor.
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