Enero,
12 lunes
El
título no es mío. Se lo he copiado a Vicente Aleixandre, nuestro Premio Nobel
que pasó su infancia en esta tierra. Málaga, dicen, los que vienen, tiene
‘algo’, un no se sabe qué, que atrapa, que enamora. ¿La brisa del mar? ¿Sus
días de sol, en invierno? ¿Su gente? No sé. Soy parte; no soy objetivo.
Quizá
sea eso y un poco más de otras muchas cosas. Cada cual cuenta de la feria como
le va. Podríamos hacer una lista: habría puntos comunes; a lo mejor, otros que
se sabe que están ahí, pero que ¡ay! No había caído.
Tiene
de entrada tres jardines excelsos. Oigan para quitarse el sombrero: el Retiro,
La Concepción y el Parque. Este es su orden de antigüedad. El Retiro está en
una barriada: Churriana. En sus orígenes una finca en el campo; la Concepción,
conforme se sube hacia Casabermeja, primero; las Pedrizas, después, a la
izquierda. El Parque, en el centro de ciudad en terreno ganado al mar.
El
Retiro en sí es un jardín botánico se debe a uno de los grandes obispos que ha
tenido esta ciudad: Fray Alonso de Santo Tomás. La finca data de 1669 y tiene
un sello francés que le da un toque especial. El jardín-huerto es lo único que
se conserva de lo primero. Quedan azulejos sevillanos en su fuente, mármol de
Italia… Eso es, de ‘después’.
La
Concepción es una selva. Podemos decir que se extrapoló del Amazonas y no
exageramos. Si se afirma que se vino desde la tropical Miami, tampoco.
¿Entonces? No se define. Hay que verla, casi tocarla con la yema de los dedos
del alma y entonces, uno va y piensa ¿y esto, en un país arboricida como el
nuestro como ha sobrevivido aquí? Hay, una respuesta: los milagros existen.
El
tercero, por antigüedad, que no por importancia: el Parque. Fue una ‘invención’
de Cánovas. Le ganó los terrenos al mar. Desde la Acera de la Marina, la Aduana,
Catedral y la Alcazaba. Echaron tierra a la mar que no era profunda y lo
empujaron sobre sí mimo, mar adentro… Ya ven Málaga ignora a sus hijos y sus
hijos dejaron huellas imperecederas.
Hace
unos meses acompañaba a un amigo que vive fuera. Paseábamos por el entramado de
sus sombras…
- No
sabéis qué joya tenéis aquí me dijo.
- Fíjate,
le contesté, que mi inolvidable maestro Manuel Alcántara decía que, desde una
de sus palmeras, la paloma de Picasso veía los barcos cuando entraban por la bocana
del puerto…
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