viernes, 16 de enero de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Santuario de Flores

 



 

Enero, 16 viernes

 

Las obras del Santuario de Flores de Álora se inician en 1590. Es de suma sencillez y humildad. Viene de la mano de la nueva reforma de los Observantes, los Recoletos.

España vivía una crisis económica. Se limitan los ímpetus constructivos. Ya no se abordan obras con la magnificencia de las erigidas con anterioridad al siglo XVI.

El edificio corresponde a finales del siglo XVI; la cabecera, rehecha, a mediados del XVIII.  Los creadores agregan la escultura y la pintura para que los espacios se prolonguen indefinidamente. Crean una atmósfera de infinitud, de universalidad. El hombre, paradójicamente, vive y anhela la captación de lo concreto y finito.

Aquí, se exalta, también la profusión ornamental de yeserías y estucos. Culmina en la bóveda y el templo, lugar finito, es una eclosión de los sentidos.

El Concilio de Trento manifestó la voluntad de la Iglesia de que los templos, casas de Dios infinitamente incomprensible por ser infinito, se convirtieran en lugares de conmoción y de impresión sensorial. El convento de Flores, lo es. El arco toral con guirnaldas, hiedras (símbolos de fidelidad), frutos o ramilletes, amparados en los versículos: “Flores aparuerunt in terra nostra” (Cant. 2, 12) (“Nuestra tierra se llenó de flores” en una traducción muy libre), dan entrada al mundo de gozo por la presencia de Dios. Culmina, tras pasar por la muerte, en el ‘Paraíso’ representado en el camarín con María, Reina y Señora.

La zona más interesante, la capilla mayor, traspasado el arco toral.  Se deja la pobreza extrema franciscana que comienza en el inicio del templo, en la puerta principal y única, para adentrarnos en el mundo de bellezas inusitadas de la yesería.

La capilla mayor, de planta cuadrada, se cubre con bóveda de media naranja con linterna. Descansa sobre pechinas.

La cabecera presenta planta semicircular, con bóveda de nervios dividida en tres plementos cóncavos. El camarín se abre al templo por una oquedad de planta rectangular.

La trama argumental viene de las Sagradas Escrituras. Arranca con el Cantar de los Cantares: “Flores aparuerunt in terra nostra (Cant. 2, 12):

 “Las flores aparecen en nuestra tierra, y el tiempo de la poda ha llegado; / y se siente el arrullo de la tórtola  / en nuestra tierra”.

Desarrolla un tramado de guirnaldas, flores, frutos de toda índole: granadas, limones, naranjas, uvas, peras, manzanas, hojas y ramas.

El templo es grande, alegre, diáfano; engalana sus paredes lisas con la cal nítida, blancura acentuada en paredes vacías, en el primer tramo, para combinarlo con grises, marrones, ocres o tonos más intensos, propios del tenebrismo de un barroco avanzado. Concluirá con la exaltación del rococó del camarín. Sobre las puertas de acceso al camarín y a la sacristía, sendos frescos insertan los escudos de las Órdenes Franciscana y Dominica.

En el lateral de la Epístola, un camarín más pequeño, decorado con yeserías rococó de finales del siglo XVIII y junto a este, una capilla adyacente cubierta con bóveda de media naranja con decoración de rocalla. Perteneció a la capilla de la Tercera Orden.

 

BIBLIOGRAFÍA

MORALES GARCIA, José. Los franciscanos y el convento de Flores. Málaga. 2019

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