Dice el
periódico que era mediodía. Pasada la una, poco más o menos. Tampoco es
cuestión de afinar tanto. Una hora propicia para que la gente estuviese dándose
un remojón. Los primeros bañistas impacientes, no se resisten. Todos dicen que
ha sido bajo el cielo azul de Fuengirola. Luego, otras informaciones, hablan de otro bicho - o el mismo – un poco más allá, en Los
Boliches. Todos coinciden: un tiburón.
El
tiburón aparentaba que tenía las costumbres de nuestro Guadiana. Aparece y desaparece.
Bueno, entre Fuengirola y los Boliches hay un trago no muy grande de agua y desde
el tramo de tierra que es más bien chico
no lo ha visto nadie.
Ver a las
aletas que asoman un palmo por encima del agua, tan cerca no es nada apetitoso.
Cundió el pánico. La gente salió en estampida. Colgaron la bandera roja y
empezaron a llamar a todo el mundo. Digo yo, habrán informado a Susana pero le
habrán dicho que nada de fotos, dada su afición, no sea que dé por adentrarse
en el agua…
El
enterado de turno dijo – lo recogen unas imágenes de aficionado – “está herido,
con una cuerda se puede coger”. Hubo quien rizó el rizo. “Es una lisa”. Se ha
pasado. La lisa es pescado de río, o sea de agua dulce.
El
Mediterráneo invita a espetos en la brasa de una barca pero en la orilla, a
coquinas y conchas finas, a pescaíto frito. Es mar de traíñas pescando con
luces de amparo en las noches oscuras.
Un mar de sirenas de cabellos largos, dicen que rubios y cuerpo de pez
que embaucaban a los marineros. Un mar de cultura por el que vinieron fenicios
y griegos y Ulises de la mano del padre Homero.
Ese mar,
también, tiene olas de nácar y un cementerio en sus entrañas. Ese es otro cantar más triste. Nos estamos
acostumbrando mal. Cada día, por frecuente, deja de ser noticia y se engulle
niños, hombres, mujeres. Huyen de la miseria y viene al encuentro con la
muerte. A veces, deja su aparente belleza y se convierte en tiburón insaciable.
A los de
secano nos quedan un poco lejos los sobresaltos de tiburones en la playa. Ya
ven es una suerte que otros….
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