Agosto
7, viernes.
Hay
trasiego de gente. Va y viene. Es la primera noche de feria. Me apoyo en la
barandilla del balcón. Miro y veo. Me acuerdo de los versos del maestro
Alcántara. “La vida es una historia de allá abajo pero aquí no llega la
marea”.
Antes,
cuando yo era más joven, los niños, algunos niños, claro, llevaban un globo.
- Papá, papá, cómprame un globo…
- Con una condición.
-
No, no, con una guita…
A
veces, un movimiento extraño hacía que el “muchacho” soltase la cuerda y por
aquello del peso del aire, aunque él aún no conocía las leches de la física, el
globo subía y subía hasta perderse en la oscuridad del cielo que en las noches
de feria las luces del alumbrado arbitrario e igualitario porque iba de pueblo
en pueblo, apagaba las estrellas. Después, la tragedia estaba servida. Ya no
había más globos…
Ahora
los tiempos han cambiado. Frente a mi balcón una familia ha puesto dos mesas
largas, como serán sus días, en espera de que en la bulla de la noche… No los
he visto estrenarse. Los peluches (conejitos, gatitos, perritos…) permanecen
quietos, inmóviles. Esperan una mano que los alcance, unos ojos que los
escudriñen. Alguien que se interese por ellos y dejen de ser mercancía de feria
y pasen a ilusión.
Contiguo
a las mesas plegables un muchacho espigado tiene extendidas sobre el suelo un
abanico de camisetas de equipos de deportes de todo el mundo. Es en un decir.
Del mundo que yo conozco, se entiende. La gente, pasa, miran, no se detienen.
De pronto se han parado dos chicas jóvenes. Le han pedido algo. El chaval de
pelo ensortijado revuelve la mercancía. Busca lo que le han pedido. Encuentra
un paquete. Lo abre le despliega una camiseta roja con raya verticales negras…
Un
poco más arriba una caseta con una guirnalda de bombillas, a lo largo, vende
pizzas. Hay una cola delante de la caseta. Esperan que les entreguen el
servicio solicitado. Por el movimiento que tiene la cola, la espera no deber
ser larga… Unos se acercan, otros, se marchan con una caja cuadrada. Hay
quienes degustan, allí mismo la mercancía.
Un
bar, calle abajo, ha colocado, un mostrador metálico rectangular. Sirve en el
mostrador a la gente que permanece de pie. Se apalanca, toma algo y se va.
Desde
el balcón he observado un rato. No ha pasado ninguna mujer con una biznaga, con
una moña en el pelo y los jazmines porque es agosto, están en flor…; con un
clavel en el canalillo. Eso, muchas llevan tatuajes en los brazos en las
piernas… ¡Qué mal gusto! No, sé. Han cambiado los
cánones de belleza. Quizá yo ya estoy aparcado en la vía muerta.
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