Agosto,
3 domingo
España, física y moralmente, arde sin misericordia. Hoy toca en Ceuta y Extremadura. España, una parte de España se
nos va. Se nos fue, se nos está yendo. Paisajes que algunos no volveremos a ver
nunca más porque nuestra vida no será lo suficientemente larga como para poder
ver ese cambio soñado que no va a llegar.
El
filósofo alemán Kant decía que el sabio suele cambiar de opinión, el necio
nunca. Estos días asistimos a dogmatismos que ríanse de la terquedad de aquella
inquisición de otro tiempo. Me asombro cuando veo como hay gente que opina de
todo. No sabía yo que teníamos tanta gente sabia en puestos de responsabilidad ni esa pléyade de ingenieros forestales ocultos en
la oscuridad del anonimato. Salen como los espárragos después de una temporada
de lluvia. Naturalmente sus títulos de Ciencias Políticas y de Ingeniero de Montes es equivalente al mío
de maquinista de barco. Nulo; inexistente.
Opinan,
dogmatizan. Culpan a otros y todos saben lo que hay que hacer. Me flota una
pregunta en el aire. ¿Y por qué no se ha hecho? Ahora, me temo, que ya todo
esto es irreversible. No se puede volver el río a la cumbre de la montaña. Esta
situación – otra, como Ceuta, también – se nos han ido de la mano.
La
sucesión de noticias es de tal voracidad que, lo ocurrido esta mañana, parece
antiquísimo y a pesar de que la luna vuelve cada veintiocho días, todo,
absolutamente todo, es viejo. Hay algo peor. Estamos crispados. Saltamos como
esas chispas que prenden el campo seco y el bosque abandonado, como ese odio
ancestral oculto. Hay demasiada intolerancia; hay, también, demasiado estómago
agradecido pregonando su doctrina y vendiendo la consigna de culpar a otros a
los que se les pone incluso nombre: mafias. Hay demasiado mediocre ocupando
puestos de responsabilidad. Piensen en el señor de uniforme diplomático, que
ocupa un Ministerio fundamental.
Tengo
recorrido desde Plasencia hasta el nacimiento del Tiétar. Me son familiares, también, los nombres de
los países de la gente que huye del hambre y de esos pueblos achicharrados y lo
que era – desgraciadamente, ‘era’- parte de su paisaje. Ojalá, a quien o a
quienes corresponda sean conscientes de la situación y si no, que el demonio
los haga arder en ese fuego que no se apaga nunca. Por los clavos de Cristo.
Hagan caso a Kant: “el sabio, rectifica…”
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