Agosto, 24 lunes
Quevedo
llegó a León un atardecer, muy frío de diciembre. Lo habían detenido la noche
del día 6. A la mañana siguiente, salieron de Madrid con dirección a León.
Tenía sesenta y un años.
La
noche anterior se encontraba durmiendo al calor de los braseros, lo propio de
diciembre, y en Madrid, en el palacio del duque de Medinaceli, inmueble
alquilado al duque de Alba. Varios alguaciles de corte irrumpieron en la casa y
lo sacaron para llevarlo detenido al convento de San Marcos. Era 1639.
Fue
conducido durante cuarenta y cinco leguas, “a pelo, sin ropas y sin dinero”. A
la llegada lo metieron en un aposento muy frío.
Todo
venía por venganza del Conde Duque. Hay también quien opina, que el Duque del
Infantado lo acusó de espionaje a favor de los franceses, y por oponerse al
nombramiento de santa Teresa como patrona de España.
Durante
el trayecto preguntó del “por qué a León”. Obtuvo como respuesta de alejarlo lo
más lejos posible de Madrid. Fue encerrado en una celda de la Orden Militar de
Santiago, a la que pertenecía el convento.
Quevedo
había escrito un Memorial al Rey, escondido bajo una servilleta donde le daba
cuentas de lo que ocurría en España… No se lo perdonaron. También había
criticado al rey, ante las grades fiestas que daba en palacio por lo aguerrido
de las tropas españolas que previamente habían sido derrotadas. Escribió: “es
tan grande como los hoyos, mayor cuanta más tierra le quitan”.
Después,
lo trasladaron, desde la primera celda, a un sótano pequeño, poco ventilado, casi
sin luz y húmedo por la cercanía del río Bernesga. El frío, casi insoportable.
Lo
excarcelan, después de casi cuatro años, enfermo y envejecido, en el verano de
1643 tras la caída del Conde Duque de Olivares y escribe. “… yo he pasado
muchas veces los Alpes y los Pirineos y no he padecido de tan profunda
destemplanza de frío como en este lugar”. Dos años vivió después y también
fue muy gráfico: “me duele el habla y me pesa la sombra”.
Después
de un año en Madrid “aprendiendo a andar”, dice, arregló asuntos y se
marchó a La Torre de Juan Abad, en Villanueva de los Infantes, donde falleció
un año después…
Su
obra es la propia de uno de los grandes; su vida, desvergonzada, a veces; moralista,
otras, un reflejo de como España trata a sus grandes, con el olvido. (Hace unos
días, en una librería ‘de viejo’ en Madrid, en la calle Arenal, junto a la
iglesia de San Ginés, sobre la mesa Mi idolatrado hijo Sisi de Delibes,
lo vendían, por ¡1 euro!; de otro, sé que se ha vendido su obra ¡al peso!)
España nuestra…
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