8 de agosto, sábado.
Apareció por la calle, como la que sabe que va a alguna parte, pero no va ninguna. Camina despacio. No tiene prisa. Mira. Habla con la amiga que la acompaña. La mujer de blanco, porque viste de un blanco impoluto, bellísimo, va en la noche de feria, calle arriba, como quien dice que no necesita argumento: el argumento es ella.
Se paran en uno de los puestos. La veo en la lejanía. Tiene el pelo suelto, negro d azabache. Me lo pienso: el encanto va con ella. Se alisa con las puntas de sus dedos su pelo largo y lacio. Se realza con el moreno de su cara. Es un moreno de sol de playa. Es ese moreno temporal que la mujer busca siempre para realzar la belleza. Lo consigue
Mas cerca me percato que la mujer de blanco tiene los ojos negros de chiquita piconera, y la gracia de una media de Morante. Parece como escapada de un verdial de Comares: “Viva Dios que nunca muere / y si muere resucita / viva la mujer que tiene delgada la cinturita”. Hechiza, atrae, irradia belleza, armonía. Si existe la perfección…
Avanzan la mujer que lleva consigo el hechizo y su amiga. Desoyen los reclamos que vienen de un mantero que vende bolsos de plástico de imitación. Se detienen otra vez. Ahora, curiosean unas gafas de sol. La mujer de blanco tiene los dedos finos, sutiles, delicados. Se prueba las gafas. Las vuelve a dejar sobre la mesa del puesto. Con esos ojos no necesita gafas de sol la mujer de blanco que habla con el hombre del tenderete. ¡Suerte que tiene el hombre que vende gafas!
Mujer
de amor platónico y fugaz como un suspiro. Se aleja, poco a poco. Se pierden - la
amiga y ella - entre el gentío y la bulla de la feria. Con la mirada la busco
en un bosque de cabezas. Pienso en los
versos de Romero Murube “por la calle
honda, un hombre en silencio…
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