miércoles, 2 de septiembre de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Málaga y sus cosas

 

 


                    Maneras de pedir un ´Café’ en Málaga


Septiembre, 2 miércoles


Málaga se nos va haciendo demasiado grande. En el último tercio de siglo XX, por motivos políticos, le segregaron Torremolinos. En un principio aquello suponía un frenazo para la ciudad provinciana. Al mismo tiempo un empujón para otra ciudad de Andalucía, Sevilla que con la capitalidad podía iniciar un despegue imparable.

Málaga se puso las pilas. Ya se sabe, somos según el aforismo popular “gente de Málaga” más despectivo que de reconocimiento. El pueblo, a su aire. De no tener plazas hoteleras, a un crecimiento de hospedajes, casi incontables.

Somos de otra manera. No tenemos un puerto. No. Tenemos, tres, en uno. El de los trasatlánticos, el de carga y descarga de toda la vida (en uno de sus muelles atraca el “Melillero” ese barco, correo con Melilla y sin el que Málaga perdería parte de su identidad). Y, el  de yates de lujo, un poco más allá del muelle uno, ese paseo genial para tomar el sol de invierno.

No tenemos un parque al estilo de los parques europeos. El Jardín de Luxemburgo en París, el Retiro de Madrid o Hyde Park en Londres. No, no. Tenemos tres jardines que son tres joyas de la botánica: el Retiro, en Churriana, la Concepción a la salida por la autovía, que para nosotros sigue siendo “la carretera de las Pedrizas” y el Parque. En el centro de la ciudad. Lejanos entre sí, pero, tan próximos en belleza y contenido que se dan la mano para jugar a la rueda las tarde de primavera.

No tenemos, como tienen todos los puertos de mar un faro que alumbre en las noches tenebrosas. No, no. Tenemos una ‘farola’ centenaria y a pie de un monte que ese sí, ese, dijeron, que se iba a llamar Gibralfaro. O sea, la luz (faro) que alumbrará desde la roca. Entre la farola y el monte una plaza de toros, también, centenaria. Tomó el nombre del barrio, La Malagueta. Por su sombra pasaba el tren de vía estrecha.  Ya no está, Iba hasta Ventas de Zafarraya. Era muy especial. Uno de sus tramos, de cremallera, según la copla: “que soy como el tren de Vélez / en cayendo cuatro gotas / se le mojan los papeles”.

Tenemos nuestra manera de pedir el café. Más café que leche: Solo, largos, semilargo, corto, mitad. Más leche que café: Entrecorto, corto, sombra, nube, no me lo pongas (el favorito para hacer amigos). El Café Central los plasmó en un mosaico; el P. Laureano Manrique, los tradujo al ¡latín! ¿Quieren más? Lo hay

Una mañana temprano en la barra del Central, dos chicas jóvenes se dirigen al camarero.

- Queremos un café, pero no está en el mosaico…

- Díganme.

- Muy poco café, que sea grande y tenga mucha agua…

-Ustedes, lo que quieren es un café americano.

¡Qué arte, Dios mío! Recuerdo al maestro Alcántara: “Por la mar chica del puerto / andan buscando los buzos / la llave de mis recuerdos” Me salgo y me echo a andar por las calles solo…

martes, 1 de septiembre de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestra rosa de cada día

 


Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Algarrobos

 



Septiembre, 1 martes


“Cuando se llega a los Gaitanes – escribía Salvador Rueda – y se entra en el Valle de Álora, y se atraviesa por aquella sucesión de granados, naranjos, chumberas, perales, plátanos, moreras, olivos, eucaliptos e higueras, como si se atravesara por medio del Paraíso, no hay un átomo de mi cuerpo que no se remueva ni nervio que permanezca insensible”.

El poeta de Benaque, murió en La Coracha, un día de una primavera lluviosa de hace muchos años y con tanto barro en la calle que no permitió el acceso a la poca gente que acudió al entierro. Solo, por razones obvias, llegaron a la casa los empleados de la funeraria…

El poeta de la Axarquía y uno de los grandes, si no el que más, del Modernismo conocía a la perfección su tierra. Y, también, otras Málaga. Lo dejó palpable en el escrito que encabeza este artículo.

Pudo adentrarse por la tierra Álora y conocer ejemplares extraordinarios de acebuches en Majaluna, en la Zurriaga, en Cerro del Cura. Habría sabido, también, de los manchones de encinas en la vertiente norte del Hacho, y de las bellotas de la encina dulce de la jerriza por encima de la Cañada de la Fuente de la Zorra…

Había, además, un árbol excepcional. Un algarrobo. Estaba en el Hoyo de la Herradura. El paso del tiempo lo ha desgajado y le ha arrebatado mucho de su poderío y de su hermosura.

Cuando yo era muchacho y tocaba recoger la almendra, el manijero ponía el hato bajo la sombra del algarrobo grande. Era grande, más grande, mucho más que los que había en el Escondrijo al otro lado del arroyo de los Chinos, ese el que viene desde la Atalaya de Omar hasta el arroyo Jévar. Tenía unas algarrobas muy dulces y mantillo vegetal sacado del tronco que le llevaba a mi madre para las macetas.

Les decía que el manijero ponía a su sombra el hato. No sé el manijero, probablemente tampoco, sabría, como no lo sabía el muchacho que luego se hizo grande, que el algarrobo es un árbol de enormes dimensiones, sensible a las heladas. Pide suelo con gran drenaje, o sea que no se encharque, y una buena orientación hacia zonas soleadas y secas. Se cultiva desde el Sur de Portugal hasta el Mediterráneo Oriental…

Tampoco el muchacho conocía, entonces, al maestro Alcántara, ni que lo habían enviado para cubrir ‘literariamente’ - ¡qué lujo, Dios mío! - la Vuelta ciclista a Italia, es decir, el Giro, y escribió, en su página Barquitos de papel. Un día en Palermo: “Hay puestos ambulantes. Muchos puestos de quita y pon: cacahuetes, algarrobas, garbanzos torrados, bocadillos, limones, plátanos, caramelos…”

Y el muchacho aquel, esta tarde calurosa de septiembre…