Septiembre,
1 martes
“Cuando
se llega a los Gaitanes – escribía Salvador Rueda – y se entra en el Valle de
Álora, y se atraviesa por aquella sucesión de granados, naranjos, chumberas,
perales, plátanos, moreras, olivos, eucaliptos e higueras, como si se
atravesara por medio del Paraíso, no hay un átomo de mi cuerpo que no se remueva
ni nervio que permanezca insensible”.
El
poeta de Benaque, murió en La Coracha, un día de una primavera lluviosa de hace
muchos años y con tanto barro en la calle que no permitió el acceso a la poca
gente que acudió al entierro. Solo, por razones obvias, llegaron a la casa los
empleados de la funeraria…
El
poeta de la Axarquía y uno de los grandes, si no el que más, del Modernismo
conocía a la perfección su tierra. Y, también, otras Málaga. Lo dejó palpable
en el escrito que encabeza este artículo.
Pudo
adentrarse por la tierra Álora y conocer ejemplares extraordinarios de
acebuches en Majaluna, en la Zurriaga, en Cerro del Cura. Habría sabido,
también, de los manchones de encinas en la vertiente norte del Hacho, y de las
bellotas de la encina dulce de la jerriza por encima de la Cañada de la Fuente
de la Zorra…
Había,
además, un árbol excepcional. Un algarrobo. Estaba en el Hoyo de la Herradura.
El paso del tiempo lo ha desgajado y le ha arrebatado mucho de su poderío y de
su hermosura.
Cuando
yo era muchacho y tocaba recoger la almendra, el manijero ponía el hato bajo la
sombra del algarrobo grande. Era grande, más grande, mucho más que los que
había en el Escondrijo al otro lado del arroyo de los Chinos, ese el que viene
desde la Atalaya de Omar hasta el arroyo Jévar. Tenía unas algarrobas muy dulces
y mantillo vegetal sacado del tronco que le llevaba a mi madre para las macetas.
Les
decía que el manijero ponía a su sombra el hato. No sé el manijero, probablemente
tampoco, sabría, como no lo sabía el muchacho que luego se hizo grande, que el
algarrobo es un árbol de enormes dimensiones, sensible a las heladas. Pide
suelo con gran drenaje, o sea que no se encharque, y una buena orientación hacia
zonas soleadas y secas. Se cultiva desde el Sur de Portugal hasta el Mediterráneo
Oriental…
Tampoco
el muchacho conocía, entonces, al maestro Alcántara, ni que lo habían enviado
para cubrir ‘literariamente’ - ¡qué lujo, Dios mío! - la Vuelta ciclista
a Italia, es decir, el Giro, y escribió, en su página Barquitos de papel. Un
día en Palermo: “Hay puestos ambulantes. Muchos puestos de quita y pon:
cacahuetes, algarrobas, garbanzos torrados, bocadillos, limones, plátanos,
caramelos…”
Y
el muchacho aquel, esta tarde calurosa de septiembre…
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