Lee uno cosas y tiene que volver atrás. Es decir: relee.
España va casi en cabeza de los niños que están viviendo en pobreza. Cuesta
creerlo. No puede y lo que es más. No tiene que ser así. A los niños, por Dios,
¡ti tocadlos!
Era aquella una España de posguerra. Colas interminables,
jarrillos de lata, niños vestidos con harapos y adultos con un listón negro en
la solapa de una chaqueta ‘heredada’. Colchón de sayo y mujeres de luto por
fuera, y por dentro…
Vinieron después los años cincuenta. Ni maquis desengañados
en los montes ni plan Marsall en los bancos. España levantaba cabeza contra los
demás y contra sí misma. Había pobreza. Hambre y penicilina de estraperlo.
Trigo en los cortijos a precio de oro y funcionarios corruptos que miraban…
‘Cebaero’ –apodo puesto a uno que fiscalizaba por las casas
del campo y que antes de dar el saludo de educación preguntaba: ¿dónde está el cebaero? – hurgaba en la posible
economía del que tenía algo para la despensa. Por cierto, alguien de su estirpe
sigue en línea. Eso, para otro día.
Vino el queso americano y la leche en polvo. Eran escuelas
con tinteros de porcelana y mapas de hule. Las islas Canarias estaban en un ‘rincón
enmarcado’ del mediterráneo y aparecían, también, unos nombres muy raros, tan raros como Fernando Poo,
y esas cosas… Pupitres bipersonales y la Enciclopedia Álvarez en sus tres
grados.
Dejamos de ser niños.
“Desperté de ser niño / nunca despiertes / triste llevo la boca / ríete siempre
(…)” Lo dijo Miguel Hernández. Era para su hijo. ¿Cuántos niños de la España del
dispendio tendrán un poeta que les cante una nana así? Por ahora, sólo engrosan
lista de la miseria. ¡Esta España nuestra!
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