Septiembre,
28 lunes
Hoy,
se ha derramado la primera, de las tres Cabañuela del Pastor. El día abrió
entoldado. Estaba gris plata; luego, se oscureció. Subió el tinte y se tornó
más oscuro. Caían gotas casi imperceptibles. La calle cada vez estaba mas
mojada; algunos coches llevaban accionado el limpia parabrisas.
A
media mañana se quiso arreglar. Comenzó a llover de verdad. Era un agua mansa, de
esa que cala. Si yo supiera escribir les diría que era algo precioso, deseado.
Les contaría que los pájaros se han resguardado entre las hojas espesas de
algunos árboles y que los campos, las lomas del Chopo y las de Virote y las
otras, todas las otras y todas las tierras la recibían como se reciben los
regalos especiales y únicos.
Era
una mañana para estarse quietecito y contemplar. Esperar serenamente que pase
el tiempo y aguardar. Aguardar… ¿qué? Ese momento en que uno siente el alma henchida
porque sabe que Dios nos está regalando su Gracia.
Me
senté donde siempre, delante de la ventana. Veía como una música casi continua bajaba
– porque, como dice Barbeito, en días como estos, Dios toca el arpa de la
lluvia- sin descanso, sin interrupción sobre las copas de los algarrobos del Peñón
Gordo, sobre el tejado de frente de mi casa, sobre los olivos escuálidos de la jerriza,
sobre las piedras desprendidas de El Hacho, desde no sabemos cuándo y están ahí
y formaron parte de nuestras vidas y de nuestros juegos infantiles.
Era
mañana de libro. Me refugié en la Vidas del Miguel de Cervantes. Una
biografía distinta. Reeditado por Destino 2025. Hace unos días, cuando caía
la tarde, en un encuentro entrañable, me lo dedicó su autor. Para mi amigo
Pepe Morales, esta vida incógnita. Con todo mi afecto. A. (esa ‘A’ la aclaro
yo: Andrés y agrego Trapiello) 18 de sept. De 2026…
He
leído hasta hace un rato. He puesto, de fondo -ahora no llueve- el Otoño de Vivaldi y acudo a comunicarme
con ustedes que me leen cuando pueden porque hoy es un Día de Otoño.
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