Esta tarde
tenía ganas de pasear por la orilla del mar. He dejado el coche en el centro;
en Trinidad Grund (una señora que es parte de la historia de Málaga y que muchos
malagueños ni la conocen) Esa es otra historia. He cruzado hacia el puerto…
Rectifico. Me
voy por el lateral del parque. Camino bajo la arboleda espesa. (En un tiempo
llamaron Paseo de España y pusieron un reloj que daba las horas con motivos
florales. Fue bonito. Duró poco tiempo. En Málaga suelen pasar esas cosas); al otro
lado la persistente baranda del puerto
Han comenzado
a soltar hojas los plátanos orientales que orillan el Paseo de los Curas.
Recuerdo los versos los cuando hablaba del pitido de un barco que se va, que se
está yendo… Maestro, ahora ya no entran esos barcos por la bocana del puerto. Vienen
unos trasatlánticos enormes y se quedan en un muelle nuevo, casi a la entrada.
Solo el Melillero no ha
perdido las buenas costumbres.
He bajado
hasta el Paseo Marítimo. Sigue Cánovas, en la esquina del parque, con su andar
pausado y sus manos asidas, por detrás, quieto en su estatua de bronce que
tardó tanto en llegar como Málaga en reconocer a su hijo preclaro.
Atardece. Se
va los últimos bañistas. Maestro, me acuerdo de tus versos: “Las olas que el mar levanta /
dispuestas a bien morir / llevan siempre una biznaga”. Se me viene,
también, a la mente, aquella definición tuya, una tarde que paseábamos por
calle Larios. Apareció un biznaguero. Señalaste: “más que una flor y menos que
una estrella”.
Dejo
que se me pierda la mirada en el horizonte. Entre esa bruma que lo difumina
quiero ver un barco. En la lejanía; está quieto. Sé que obviamente se mueve y
como la copla no sé si va para Almería o para Cartagena…
Picotean unas
palomas las migajas de pan de la merienda de un niño. Pasa un cafre con un
patinete. Las palomas, sobresaltadas, levantan al vuelo. Vuelvo a tus versos: Palomas. Y biznagas que han
querido /serlo para volar. También lo entiendo: / ser otro y lo que estuvimos
siendo. / Acaso alguna lo haya conseguido”.
Camino con la
vista perdida en el azul de la tarde. Pañolitos que vienen por ese camino que
solo conocen las olas. Se acercan tanto, tanto que: las olas que el mar levanta / dispuestas
a bien morir / llevan siempre una biznaga”.
Miro y remiro por si “los jazmines de la playa / el mar los deja en la orilla / y los recoge mañana…” Todavía, es temprano; aún no ha aparecido el planeta…Tampoco, hay tranvías con jardineras en los Baños del Carmen. Se han ido a los cuadros de Jaime. ¡Está pintando de cine!… Otras luces, vuelan hacía las alturas. Van a lugares lejanos…
… Por Dios,
Maestro, sigue estudiando segundo de jazmines.
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