La Cieguecita. Juan Martínez Montañés. Catedral de Sevilla
Septiembre,
3 jueves
Don
Antonio García era el cura de El Chorro. Don Antonio era natural de Dos
Hermanas. Por motivos de salud vino al Seminario de Málaga y por su estado
delicada lo destinaron, una vez ordenado, a la parroquia de El Chorro,
entroncada con la de Álora.
A
él lo conocí yo de niño. Era un hombre obeso, con una gracia natural que Dios
le había dado y con una generosidad fuera de lo normal. De El Chorro lo
trasladaron a Melilla y ya, al final de su vida, delicado de salud, volvió a su
pueblo natal donde murió.
Don
Antonio fue, siendo yo muchacho, el primer guía que tuve en Sevilla. Me enseñó
la ciudad, parte de sus monumentos, su parque, los Reales Alcázares y por
supuesto la catedral. Recuerdo como si nuestra conversación fuese de ayer
mismo.
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Aquí todo lo que hay es magnificencia, pero quédate con estas tres: la
Cieguecita y el Cristo de la sacristía de los Cálices que son de Juan Martínez
Montañés.
Luego,
me llevó a una tercera obra: Este cuadro, me dijo, de San Antonio es de
Murillo. En una ocasión – el cuadro es de grandes dimensiones – robaron el Niño
Jesús, pero recuperado fue incrustado en su lugar y no se nota nada.
Alguna
de las veces que he vuelto a Sevilla, cuando he podido me ha acercado y ante
las tres obras de arte, lo he recordado. Se lo conté a mis alumnos cuando
íbamos de viaje de estudios o con amigos. Siempre se lo he agradecido y ahora
aprovecho para exteriorizarlo.
La
Cieguecita – por motivo de espacio hoy, no hablaré de las otras dos obras –
está en el trascoro de la catedral, no lejos del mausoleo de Cristóbal Colón.
Fue un encargo de Jerónima de Zamudio en recuerdo de su marido, Francisco
Gutiérrez de Molina.
Martínez
Montañés la realizó en madera de cedro entre 1628 y 1631. Le originó un pleito
por incumplimiento de contrato. Elartista atravesada un momento de delicado de
salud por la muerte de su hermana menor y la de sus discípulos Andrés de Ocampo
y Juan de Mesa.
La
imagen de la Inmaculada Concepción es una manifestación muy precoz de que
Sevilla proclamó el Dogma más de doscientos años antes que Roma. Le costó un
proceso de la Inquisición. La imagen, bellísima. Inclina la cabeza ligeramente hacia
la derecha; las manos, a la izquierda. Le confiere un movimiento único. Sus
ojos medio entornados miran al suelo. El pueblo la bautizó como “la cieguecita”
y él “como una de las mejores cosas que haya en España y lo mejor que he
hecho”.
Si tienen la suerte, como yo tuve, en una
ocasión, de escuchar las campanas de la Giralda muy temprano cuando ya el sol aparece
sobre el horizonte, desde una de las habitaciones del hotel doña María, al otro
lado de la calle…
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