Junio,
30 lunes
Dicen
que vienen de lejos, del trópico. O sea, de los sitios más calientes. Arbustivas
y siempre verdes. Es una planta que desarrolla, en ocasiones, con bastante
voracidad y es invasiva del espacio que ocupa privándoles a otras plantas cercanas
a ellas en los arriates, incluso de su espacio. Los rosales próximos ‘sufren’
su invasión.
Su
color azul, a veces intenso, y otras más suave hace que al plumbago, que ese es
su nombre, también se la conozca por celestina. Las hay de color azul
intenso, otras, más turquesas y las hay, incluso que aparecen con un color desleído,
como despintadas.
Tienen
el color del cielo cuando ya declina la tarde; el color de los ojos de la niña
aquella que vendía revistas en el quiosco de la esquina cuando íbamos a clase y
subíamos la cuesta del Ejido antes de doblar calle Carrión; tienen el color turquesa
de la mar cuando regala calma…
En
algunos jardines ocupan rincones de privilegio; en otros, tienden a subirlas
para que hagan emparrados y den sombra en verano; otros, les peinan sus formas
a modos de setos o en bolas de tamaño considerable…. Sus flores se abren desde
una espiga. Les dan aspecto de belleza delicada y sutil.
De
donde vienen ella no pega el frío. Está extendida por las zonas templadas de
todos los continentes, principalmente, África, América del Sur, Asia - donde
cambia el color azul por otros anaranjados – y por el mediterráneo de Europa.
No
son exigentes en cuanto a suelos. Sí, con las temperaturas. Les duele el frío –
‘temen’ al frío, dicen los que saben - en su esencia y en los lugares donde
pegan las heladas su desarrollo es menor, e incluso paran el crecimiento.
Amigas del calor, como el jazmín - de hecho, a ella, en algunos lugares, la
denominan Jazmín de El Cabo y Jazmín del cielo – amigas del calor del estío.
El
plumbago no pide muchos riegos. Los prefiere mañaneros cuando el sol aún no
calienta ni abrasa; tampoco es muy ‘delicado’ en la selección de abonos y no
quiere suelos encharcados…
Pide
podas. Todas las plantas arbustivas quieren podas severas. Florecen sobre los
tallos nuevos. Duele, en ocasiones, ‘sentarles’ la mano, pero es necesario. En
ello les va su subsistencia, es decir, la vida.
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