miércoles, 24 de junio de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El muelle.

 

 


Junio, 24 miércoles

 

Cuando yo era niño y alguna vez mi madre me llevaba a Málaga, en esas horas muertas del mediodía en que cerraban las tiendas, era         n las horas más felices para el niño de pueblo. Mi madre me llevaba al parque. Sentados en un banco el cartucho de pescado frito sabía a gloria bendita. Luengo, al puerto, a ver los barcos y el mar. ¡Qué hermosura, el mar!

El niño no sabía que al puerto se entraba por una puerta grande porque una verja lo separaba del Paseo de los Curas. En una garita un Guardia Civil, diferente a los guardias del pueblo, controlaba la entrada y salida del personas y mercancías al recinto. Era un Guardia de Aduanas.

Al niño le llamaba la atención lo grande que era el Melillero. Era un barco que, entonces, hacía las travesías por las noches y llegaba al amanecer. En realidad, eran dos barcos que se cruzaban en alta mar, esa que baña las costas de África y Europa. Salían al anochecer. Hacía sonar una sirena ronca y alargada para anunciar su salida.

El Melillero llevaba y traía, magrebíes pero, sobre todo, soldados. Los que venían con el permiso reglamentario y los que regresaban a sus destinos. En otro tiempo llevaba hombres a la guerra. Después de esas guerras – como todas, verdaderos disparates – se supieron muchos entresijos de los que algunos debieron avergonzarse. Otros dejaron allí su sangre y la copla cantó: “En el  Barranco del Lobo / hay una fuente que mana / sangre de los españoles que murieron por la patria”.

Al niño le llamaba la atención un edificio muy feo y muy alto. Encerraba grano. Una grúa muy grande, muy grande llevaba el trigo desde el edificio hasta un barco atracado delante. Los granos de trigo caían sobre el enlosado y una bandada de palomas degustaban un festín. ¡Ah, el edificio se llamaba el silo!

En otros lugares, otros barcos, también movían sus mercancías. A esos barcos los llamaban barcos mercantes o de cabotaje. Tenían nombres muy raros y, además, en la popa llevaban una bandera del país al que pertenecían.

Muchos años después   - ya no hay maromas atadas a los noráis -  porque un alcalde que modernizó Málaga hizo tal reforma que el muelle, dejo de ser muelle; el Melillero lo cambiaron por un barco mayor; al paseo lo llamaron el Palmeral de las Sorpresas y en la otra parte, prologaron el espigón del  morro, más allá de la farola y allí atracan unos barcos enormes que no llevan y traen granos. No, no. Se llaman trasatlánticos y mueven personas que se conocen como turistas.

En las palmeras siguen las palomas de Picasso. El niño se hizo grande y su madre ya no puede llevarlo a comer cartuchos de pescado frito de Casa Catalina…

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