Santuario de Flores. Donde zurean las palomas en las ventanas..
Junio,
5 viernes
A
media mañana me las andaba por la realenga de Casabermeja, en la Loma de las
Caballerías, a la altura de la Hacilla. Los olivos están ahítos de aceitunas. Ya
se sabe una en San Juan...
Hacía calor; un poco antes se había arrancado el levante. De vez en cuando venía una brisa suave, agradable. Ponía una nota de placidez en un día donde también parece que se han dejado abiertas las puertas del infierno…
Decido
que, en el regreso, tomaré en Casablaquilla, a la derecha, por Virote, Paredones,
Camino de los Llanos, Cuesta del Convento y al santuario.
No
hay casi tránsito a esta hora. Camiones de los que limpian el arroyo Jévar
llevan zahorra; levantan mucho polvo. Adelanto a uno a la altura de la fuente
de Juan Rajao…
Subo
la cuesta. El cielo, a pesar del levante, sigue azul, muy azul. Llego. Percibo
la paz de siempre. Allí, en su altar, Ella, la que vino a finales del XV de
mano de los marochos desde Encinasola en la Ribera del Múrtiga…Hoy, le han
cambiado de manto. Echo un ratillo con ella. Le he pedido que nos conceda lo que más falta nos haga…
Un
matrimonio, que no conozco, está sentado en la nave del evangelio, delante del
atar de san Francisco. En un momento determinado ella se ha levantado. Ha depositado
unas monedas en el lampadario, se ha encendido una velita ‘artificial’. Es una buena
medida; evita posibles problemas.
Él
tiene abierta, por la mediación, una de las Biblias que, sobre una mesita, en
la nave de la epístola, ante el la Capilla de la Orden Tercera espera a que
alguien les eche un vistazo…
Se
me vienen a la mente recuerdos de siglos… Las obras
del Santuario de Flores se iniciaron en 1590. Es de suma sencillez y humildad. Viene
de la mano de la nueva reforma de los Observantes, los Recoletos.
El Concilio de Trento manifestó la voluntad de la Iglesia de que los templos, casas de Dios infinitamente incomprensible por ser infinito, se convirtieran en lugares de conmoción y de impresión sensorial. El convento de Flores, lo es. El arco toral con guirnaldas, hiedras (símbolos de fidelidad), frutos o ramilletes, amparados en los versículos: “Flores aparuerunt in terra nostra” (Cant. 2, 12) (“Nuestra tierra se llenó de flores” en una traducción muy libre), dan entrada al mundo de gozo por la presencia de Dios. Culmina, tras pasar por la muerte, en el ‘Paraíso’ representado en el camarín con María, Reina y Señora.
El templo
es grande, alegre, diáfano; engalana sus paredes lisas con la cal nítida, combinada
con grises, marrones, ocres o tonos más intensos, propios del tenebrismo de un
barroco avanzado. Concluirá con la exaltación del rococó del camarín.
En el
lateral de la Epístola, un camarín más pequeño, decorado con yeserías rococó de
finales del siglo XVIII y junto a este, una capilla adyacente cubierta con
bóveda de media naranja con decoración de rocalla. Perteneció a la capilla de
la Tercera Orden.
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