San
José de Malcocinado
Junio, 25 jueves.
Me las andaba por la Sierra Norte de Sevilla. Supe que, camino adelante, llegaba a Malcocinado. La geografía dice que ya es Extremadura; al sur, Sierra Morena. La carretera tiene buen piso. Tramos de dehesa; alterna con tierras desbrozadas o de monte de cacería. El paisaje de los que uno recuerda durante mucho tiempo.
En la distancia se vislumbra, entre brumas de la tarde las estribaciones más septentrionales, “Qué bien los nombres ponía, / quien le puso Sierra Morena a esta Serranía” y en medio, blanco y estirado, sobre un altozano de colores ocres y amarillos, Azuaga.
En un periódico digital he leído que Malcocinado es un municipio de la provincia de Badajoz. El nombre es un poco ‘raro’. El periodista que firma el artículo, Alejandro de Santiago, da dos posibles explicaciones para aclarar un término un tanto raro
En el diccionario histórico de la
lengua, afirma, el término aparece vinculado al mundo rural como el lugar de la
dehesa donde se depositaban los restos de reses muertas o los despojos de
animales sacrificados.
La leyenda popular, agrega, ofrece
otra lectura. Según la tradición oral, en una de las calles del pueblo existía
una posada frecuentada por viajantes a la que acudía con frecuencia un hombre
llamado Marcos Cinado. Con el tiempo, la pronunciación coloquial del
nombre, unida al acento de la zona, habría derivado fonéticamente hasta
transformarse en «Malcocinado».
En otra ocasión hurgaba por la Sierra
de Cádiz, camino de Vejer. Hay que andar caminos, todos los caminos
posibles. Un indicador indica por dónde se va a San José de Malcocinado… Aquí
el paisaje es distinto. Recibe los vientos del Estrecho. Una alfombra verde
crece por campiñas onduladas, riberas de alisos y fresnos, vegetación de lugares
donde no falta el agua o debajo de
quejigo, encinas y alcornoques, sobre todo, estos árboles que necesitan de
mucha humedad y dan una corteza generosa, el corcho. Luego, los hombres le sacan
mucho, muchísimo partido.
En las zonas libre de arbolado, dehesas y
más dehesas. En algunas crecen toros bravos; en otras, ganado retinto. Dan una
carne de excelente calidad.
El toro bravo vilipendiado por una parte
de la sociedad es la esencia de una cultura ancestral en muchos pueblos de la
Península Ibérica y del sur de Francia. Dicen que es el heredero del toro
mítico que crecía en la isla de Creta y luego se extendió por todo el
Mediterráneo.
Aquí cuando camino entre paisajes
bellísimos los veo que pastan, tranquilamente, en prados del edén, perdidos
donde Cristo dio las tres voces y solo la oyeron quienes tenían que hacerlo o
algún despistado que transita por los caminos y busca los lugares a los que no
va casi nadie.
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