Junio, 17, miércoles
¿Adónde te escondiste / Amado, y me dejaste
con gemido? / Como el ciervo huiste, / habiéndome herido; / Salí tras ti,
clamando, y eras ido….” El hombre que escribió esto había nacido en
Fontiveros. Tuvo una infancia terrible. Su hermano murió de hambre; él, casi.
Se conoció como Juan de Yepes. En la iglesia como San Juan de la Cruz. En la literatura española como el más grande
poeta místico de nuestra Historia.
Llegó a
Úbeda en los primeros días del otoño de 1591. Fue a curarse de “unas
calenturillas”. Después, han dicho que era una erisipela que degeneró en una
septicemia. Su celda muy humilde. Entregó su vida en la noche del 12 al 13 de
diciembre, con cuarenta y nueve años…
Hileras
de olivos plantados en perfecto alineamiento peinan lomas y cerros; alternan
con campiñas de barbecho. Montañas azules en la lejanía. Cazorla y su sierra un
poco más allá. Solo un poco más allá y luego se pierden por la de Segura y por
Quesada, por Benatae y por Siles…
Los
pueblos de la Loma de Jaén, en lontananza, son pueblos blancos; salpican
colinas onduladas, a veces, pardas, a veces, rojizas; la carretera, una raya
entre olivos bajo un cielo entoldado.
Desde
la lejanía, Úbeda aparece recostada: caserío blanco de tejados pardos. En el
horizonte algunas torres le dan nota de un pasado esplendoroso.
Úbeda
regala Renacimiento. Es una prolongación de Vandelvira, y de la cerámica de
Tito, de la música de Sabina, de la literatura de Muñoz Molina…
Las
plazas son amplias. No tiene agua la fuente en la plaza de Vázquez de Molina.
El Salvador, majestuosidad en piedra, espera al otro lado, reminiscencia de un
pasado que fue y que se resiste a irse. Vive de un recuerdo ahíto de esplendor.
Atesora mucho arte y la esencia acumulada a través de los siglos.
Sus
calles rezuman Renacimiento: palacios e iglesias, monumentos civiles, casonas
con dinteles de piedra y fachadas blasonadas; forjas y retablos. Recuerdos de
Carlos V en la piedra del palacio de Francisco de los Cobos.
Úbeda
es la antesala de la Sierra de Cazorla. He pernoctado muchas veces… La última
vez que estuve me subí en un artilugio a modo de tren articulado con neumáticos
y recorrí la ciudad desde un balconcillo abierto. No la anduve, como otras
veces, a música de talón, y es que los años… Pues eso, ¡ya se sabe…!
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