Playa de la Malagueta. Málaga
Junio, 27 sábado.
La gente, poco a poco, llegaba a la playa desde las primeras
horas de la mañana. Acaba de comenzar el
verano; no ha hecho más que irse, vamos que casi va por la esquina del puerto
la noche de San Juan. La gente tiene ganas de la playa, de mar azul, de gaviotas
de vuelos bajos y olas de nácar.
Se sentaba frente al mar. Llevaban ropa adecuada, o sea poca
ropa. Extendían las tollas. Izaban las sombrillas Se desprendía de la ropa de
calle. Sacaba de una cesta de palma, toallas de rayas de colores intensos, bronceadores
y gafas de sol. Se daba una loción de crema protectora…Algunos, los menos, se
han puesto un sombrero en la cabeza.
Algunos, los más madrugadores, han avanzado por el rebaje y han
tomado “posesión” de la orilla, lo más cerca posible, del agua; otros, se han
conformado, ¡qué remedio!, con la segunda, tercera o cuarta fila. Lo que quedaba.
La orilla sabe de otra manera. Diría que diferente. Vamos,
un sabor a sal y olas que se bamboleaban esta mañana a su antojo. La brisa
acariciaba los cuerpos; movía acompasadas las ramas de las palmeras; las flores
rojas, sensuales de los flamboyas; de las plumarias bancas y rosas; de adelfas
multicolores. Jugaba con ellos como solo
lo hacen las brisas caprichosas que se levantan de la mar los días de verano.
Lejos de la playa hacía calor. Allí no se sentía.
Cuando el sol subía lento, parsimonioso, sobre la mar, a esa
horas en las que aún no ha llegado a su cenit
pero les falta poco, algunas velas se movían sobre el azul. En la lejanía,
entre una bruma difusa que no sé es por calor o por ese vaho en que en ocasiones
de acunan el mar y el cielo.
Ya han regresado las traíñas que han pasado la noche de pesca.
Las barcas venían de la pesca de bajura. Las barcas buscan el amparo del puerto
y han pasado de largo por enfrente de la playa. Un enjambre de gaviotas
revoloteaba entre el mar y el cielo. A su paso, dejaban una estela de espuma
blanca sobre el agua. El motor con su ruido monocorde rompía el graznido de las
gaviotas.
Me acompañan unos amigos que ha dejado, por unos días, el
calor de Sevilla y se han venido al sur del sur. Esto, me dicen, es una delicia.
Esta brisa no tiene igual; aquí no hace calor. ¡Qué suerte tenéis en Málaga!
Pues si ellos los dicen…
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