Junio, 29 lunes
La luna creciente en el cielo anuncia
que está muy cercana a ser luna llena. O sea, a poner esa nota de luz única que
solo ponen ciertas fases de lunas en el año en el éter del firmamento y ella
solo se basta para oscurecer a las estrellas.
Florecen con más vigor lo jazmines en
las tardes de verano. Lo prolonga por las noches y están casi ahítos de perfume
embriagador que solo tienen ellos. Digo casi porque le falta muy poquito para
apoderarse de los cielos del verano y entonces, en la humidad de su pequeñez,
llenen totalmente el entorno que los rodea. Bendita noche que huele a jazmines
y pone esa nota de esencia y perfume que no pude poner ninguna otra flor.
En Álora porque es tierra de Málaga,
tierra de jazmines, desde siempre el jazmín tiene sitio y lugar. Cuando yo era
muchacho, cada noche, le ensartaba a mi madre una moña en un ganchillo de los
que las mujeres se colocaban en la cabeza. Mi madre se lo ponía en el canalillo
del pecho y, desde aquel momento, mi madre olía a jazmines y los jazmines olían
a madre.
No sé porqué razón ahora, en mi pueblo,
las mujeres – buenos, algunas mujeres – se han apartado de esa costumbre de adornarse
con ramilletes de jazmines en las noches de verano. En Málaga, no. En Málaga
suele aparecer el biznaguero, ese hombre que vende perfume por las calles va
vestido de marengo, camisa blanca, pantalón negro, alpargatas de esparto y
fajín rojo en la cintura y recorre el centro. Lleva las biznagas hincadas en
una penca de chumba y ensartadas en un palito de eneldo…
Siendo monográfica, como lo es, la luna
mueve las mareas y, al mismo tiempo, lleva la serenidad y la quietud, el
sosiego, el embrujo y el embelesamiento y la dulzura a quien la contempla y la
ve y la mira y entorna los ojos… “como esas noches de luna en que se mira al
cielo cuando todos duermen”. Recuerdo, cuando yo era niño, y me acostaba bajo
la parra, junto a mi abuelo, y yo la miraba y la miraba hasta que me rendía el
sueño… y de lejos venía el perfume del jazmín.
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