Febrero, 24 martes
Jaime,
mi amigo Jaime Díaz Rittwagen (Málaga, 1941), conserva en su segundo apellido
el de sus antepasados prusianos. Llegaron a la ciudad hace camino de tres
siglos (1786) como comerciantes atraídos por el vino moscatel que popularizó
Catalina la Grande de Rusia.
Más de
doscientos años después, el apellido sigue vivo en la ciudad de la mano de este
pintor autodidacta. Empezó a trabajar en la tienda de muebles de su padre. “Era
bueno dibujando, me dijo en una ocasión, porque a Jaime lo conozco desde hace casi
cincuenta años, y poco a poco me fui centrando en la pintura, con mi particular
estilo que algunos llaman naïf pero, que a mí, me gusta calificar, de primitivo
contemporáneo”.
Esta
mañana por esos avatares de la vida, los dos sin ponernos de acuerdo, hemos
deambulado por casi los mismos sitios, pero con la hora cambiada.
Jaime
envió una foto. La que encabeza este artículo. “Hola, viniendo caminando por el
parque de Málaga, veo este contraste de verdes. De paso envío esta foto. ¡Lo
que hace la lluvia! Tierra agradecida…”
Un poco
más adelante la foto es calle san Juan entre sombras mientras gallarea la torre
de su iglesia. Y escribe: “Calle y la torre de San Juan, a las doce con
campanas que me suenan a mi niñez; …Muchos recuerdos amontonados. Es Cuaresma,
y la iglesia, dentro preciosa”.
Jaime
que vive donde las sirenas se entrenan cada día para su concurso vespertino de
carreras, mano a mano, con los delfines y ve como entran y salen los veleros
por lo a bocana del puerto y abre, cada día, de par en par sus ventanas, para que entre a su casa la brisa y, algunas,
como hoy, va y se sale y nos hace partícipes de la Gracia de Dios.
Yo, le
he contestado, el “paisaje es un estado de alma, Jaime, lo decía nuestro
Manolo”: y él que ha pintado más de dos mil cuadros con su particular visión de
paisajes urbanos de toda Europa y la provincia, esta que está al sur, al sur
del Sur, por donde el mar de Ulises se vuelve celeste y plata, además de
regalar estilo naïf, esta mañana, se echa a la calle y nos regala un pedazo de
cómo su alma de niño grande y su corazón de amigo ve esta “Ciudad del Paraíso”.
Gracias, amigo.
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