ANDALUCÍA VISTA
POR LOS ESPAÑOLES DEL SIGLO XIX
Febrero, 2 lunes
Los viajeros
románticos buscaban en la Andalucía del siglo XIX bandoleros, artistas,
toreros, gente de guitarra y castañuelas. Los nuestros, no. Relataron lo que
ellos conocían. Contaron una realidad que palpaban. A veces, de las ventanillas
del tren que era la novedad, o en la diligencia que consumía horas bajo el sol
y cruzaba campos solitarios.
Olivares de la
Peña (1878) dice:
“La vegetación,
pobre y desmedrada sobre las alturas pedregosas, se hace cada vez más bella y
potente, rica en trigo, viñas y olivares, gracias al Guadalquivir que pronto se
descubre en el campo que fertiliza. Lo atravesamos en Menjibar, sobre un puente
de hierro”.
Cecilia Böhl de
Fäber (1856) establece, un canon de lo que debe ser el paisaje desde su punto
de vista. Ofrece una visión negativa de los paisajes cotidianos del campo
andaluz. No dice el nombre, pero deja al pobre pueblo para el arrastre:
“Para hacer de este pueblo, que tiene fama de ser muy feo, un lugar pintoresco y vistoso (…). En él no se ven ni ríos, ni lagos, ni umbrosos árboles; tampoco casitas campestres con verdes celosías, merenderos cubiertos de enredaderas, ni pavos reales y gallinas de Guinea picoteando el verde césped”.
El granadino,
Pedro Antonio de Alarcón (1873) describe ambientes y paisajes con precisión y
detalle. Su obra histórico-literaria: La Alpujarra es una fiel
interpretación de uno de los paisajes agrarios señeros de Andalucía:
“Lanjarón es un
sueño de poetas (…). Lo que yo puedo asegurar que en Marzo, cuando lo vimos
nosotros, parecía un verdadero paraíso; pues, en la base del cerro, todo era ya
verdor, y hasta fruto; en su cumbre, abundaban aquellos árboles que no pierden
sus hojas en el invierno; y, en la parte intermedia, los almendros, los
guindos, los cerezos, los perales y los duraznos, si no tenían hojas, tenían
algo mejor: tenían flores (…)
Se canta el
campo que se vive, que se conoce o que se ve al pasar. Juan Valera (1895),
egabrense, viajero por el mundo. Embajador de España en Portugal, Bélgica y
Alemania. Hombre muy enamoradizo vertía su propia vida en los paisajes ¿o era
al revés y los paisajes lo configuraron a él? en Pepita Jiménez, su obra
más universal cuenta:
“Hermoso sitio,
de lo más ameno y pintoresco que puede imaginarse. El riachuelo que riega casi
todas estas huertas, sangrado por mil acequias, pasa al lado de la que
visitamos: se forma allí una presa, y cuando se suelta el agua sobrante del
riego, cae en un hondo barranco poblado en ambas márgenes de álamos blancos y
negros, mimbrones, adelfas floridas y otros árboles frondosos”.
Aprovechamiento del agua. Cuevas del Becerro (Málaga)
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